You are on page 1of 3

En la antigua Roma (monarquía, 754-510 a. C.) y hasta el final de la época de la República (510-27 a.

C.), se podría hablar de un cierto equilibrio político e institucional entre diferentes órganos (el senado,
las asambleas populares y las magistraturas). Superada la fase de confusión entre el ius y el fas –el
derecho y la religión–, entre el rey y los pontífices, durante la República no cabía ninguna duda de que
la maiestas –algo parecido a aquello que siglos más tarde se definiría como soberanía– pertenecía al
pueblo romano.
Con Augusto, calificado como Princeps –formalmente, pero no sustancialmente, era el primero, el
principal entre los funcionarios– se inauguraba un nuevo régimen político conocido como Principado;
eso pasaba entre los años 27 y 23 a. C.
Augusto fue el primero en recibir por delegación –por medio de una lex de imperio, formulada por el
Senado como expresión de la voluntad del pueblo romano–, aquellos poderes que conformaban la
maiestas del pueblo romano. Se abría la puerta a un ejercicio unipersonal del poder que no haría otra
cosa que crecer en los siglos venideros. Lo destacable, con todo, es que los poderes de Augusto no le
pertenecían de manera originaria, sino por delegación. El recuerdo de esta delegación de un poder
originario del pueblo, sin embargo, se iría borrando y erosionando con el paso de los años. El mismo
jurista Ulpiano (fallecido en 228), que antes habíamos visto definiendo justicia, señalaba que “lo que
complace al Príncipe tiene fuerza de Ley”, de manera que cualquier cosa que el emperador estableciera
por cualquier medio –epístola, suscripción, mandato, edicto, etc.– devenía ley, y eran las que
vulgarmente eran reconocidas como constituciones imperiales.
A partir de entonces, en cambio, la Ley se identifica con la voluntad del Príncipe como depositario de la
voluntad del pueblo romano.
Diocleciano (que gobernó entre los años 284-305), dio al imperio un carácter de monarquía absoluta, o
absolutista, donde el emperador, ahora ya calificado de Dominus et Deus (y de dominus, que significaba
‘amo’ o ‘señor’, derivaría el nombre de “Dominado”), ostentaba un dominio absoluto, los emperadores
dejaron de pedir, caso por caso, la delegación de los poderes del pueblo, y eso quería decir que ya se
entendía que habían sido cedidos para siempre.
Ante la ausencia de una legitimación clara del poder imperial –ya que el apoyo y la fidelidad del ejército,
indispensable, a partir de la fuerza, no era una fuente de legitimación–, se recurrió a la identificación del
emperador con los dioses y a desarrollar un ceremonial y una simbología, importantes desde el punto
de vista legitimador, sobre el carácter sagrado del emperador.
Con la cristianización del imperio, el emperador se convertía, de repente, en el intermediario entre Dios
–el Dios de los cristianos– y los hombres, de modo que la misma Iglesia le estaba vinculada; hay que
recordar, en este sentido, que Augusto también había reunido el título de pontifex maximus.
Con el emperador Constantino, y a partir de él, se desarrolló el concepto de monarquía divina y la
voluntad del Dominus es fuente viva, y única, del Derecho.

En esta tradición romana, sin embargo, es muy importante remarcar que, en última instancia, la
creación del derecho –y por extensión el poder político– tenía un carácter ascendente, de abajo arriba,
y, por tanto, pertenecía a los hombres.

Con Agustín de Hipona (354-430), se empezó a formular una nueva concepción del poder político según
la cual todo el poder era divino y la línea no era ascendente sino descendente, o sea, de Dios a los
hombres. Esta corriente de pensamiento político y jurídico, calificado después de agustinismo político,
tuvo poca relevancia mientras el imperio occidental era una realidad incuestionable, pero en cambio
obtuvo relevancia cuando desapareció en el año 476, y la Iglesia cristiana se encontró con el monopolio
del legado antiguo y como única entidad con un auténtico poder universal.

La res publica christiana


El primer paso de la doctrina política conocida como agustinismo político, lo dio Agustín de Hipona (s.
IV). Como se ha mencionado anteriormente, éste planteaba que el mundo natural, terrenal o temporal
tenía que estar sometido al mundo sobrenatural, ya que ésta era la única realidad y la única verdad. En
consecuencia, cualquier poder de los hombres procedía, en última instancia, de Dios. A finales del siglo
V, y desaparecido ya el imperio occidental, el Papa Gelasio (pontífice los años 492-496) reiteró la
doctrina de
Agustín de Hipona pero dio el primer paso para reconocer la supremacía de la Iglesia. Gelasio afirmaba
que en el mundo había dos grandes poderes: el Pontífice, que disponía de auctoritas, y los reyes, de
potestas, pero decía que la carga que soportaba el Papa era mucho más pesada que la de los reyes o
emperadores porque éste tenía que dar cuentas a Dios de la actuación de todos los cristianos, incluidos
los reyes. No afirmaba la superioridad de ninguno de los dos poderes –los cuales también eran
diferentes por sí mismos–, pero explicitaba que no se encontraban en una misma situación ante Dios.
Un paso más en esta dirección lo realizó Isidoro de Sevilla cuando se refería al carácter ministerial del
rey visigodo. Para Isidoro de Sevilla, el poder político –el poder temporal– no existía por sí solo y, por
tanto, no tenía naturaleza política. Existía un poder temporal, eso era evidente, pero sólo para cumplir
los objetivos divinos. El poder político no se autojustificaba sino que era un instrumento en manos de la
Iglesia que tenía que servir, por medio del terror, para apartar a los hombres del mal y conducirlos hacia
el bien.
Sin embargo, aunque este poder temporal de los reyes tenía una finalidad puramente instrumental al
servicio de la Iglesia, y si bien los objetivos del poder temporal y los del espiritual se habían confundido
en uno solo, la sumisión de uno al otro todavía no era total. En el pensamiento de Isidoro de Sevilla no
hay deposición de los reyes visigodos por parte de la Iglesia, lo que hay es que cuando los reyes no
actuaban rectamente, perdían, como hemos visto, su condición de reyes. Había, en todo caso,
autoprivación de la función regia, y la Iglesia se reservaba el papel de constatar en qué momentos y en
qué ocasiones el rey no había actuado de acuerdo con la justicia divina.
La posición de Carlomagno, que hemos analizado en un epígrafe anterior, también se tiene que
interpretar en este mismo contexto de formación de la Doctrina del agustinismo político. No insistiremos
más. Con él, los objetivos de Papa, que era el titular del poder espiritual, y los del emperador, titular del
principal poder temporal, eran los mismos. Carlomagno, en definitiva, asumió como objetivos propios del
imperio que él había restaurado, los de la Iglesia. El bautizo era la puerta de entrada a una sola y única
comunidad
política; o sea, aquello que era uno sacramente y, por tanto, una señal de identidad cristiana, ahora
adquiría una nueva dimensión convirtiéndose, al mismo tiempo, en señal de pertenencia política. Toda
la cristiandad altomedieval se entiende, cuando han desaparecido las diferencias entre poder político
y espiritual, como una res publica christiana constituida por todos aquéllos que comparten una misma
fe. El bautizo era la forma de entrar, la confirmación era el testimonio de la permanencia dentro de
aquella res publica christiana y la excomunión, en consecuencia, implicaba la expulsión a la vez de la
Iglesia y de la organización política.

La teoría de esta res publica christiana, formulada en torno al pensamiento del agustinismo político y
que se deja entrever en el episodio de Luis el Piadoso y la Iglesia franca, se podría sintetizar como
sigue: en primer lugar, que fuera de la Iglesia no existe ninguna organización política; el jefe de la
Iglesia es Cristo,
que es, al mismo tiempo, sacerdote y rey. En segundo lugar, que el poder tiene un origen divino. En
tercer lugar, que el rey ocupa un poder ministerial que implica regir al pueblo con equidad y justicia, pero
más a cuerpo de rey-juez que no a cuerpo de rey-legislador, como había sido en la monarquía visigoda.
Todos los reyes antiguos se consideran tiranos porque no asumieron la defensa de la Iglesia tal como
habría correspondido a su función ministerial. Y en consecuencia, si los reyes son los defensores de la
Iglesia, tienen que asumir las tareas propias de la Iglesia. No hay otras tareas fuera de éstas. Toda esta
teoría política que se muestra en la res publica christiana, se llevó en la práctica primero entre los reyes
visigodos y después, a partir de la difusión del pensamiento y la obra de Isidoro de Sevilla, también
entre los francos, llegando a su máxima expresión con Carlomagno.
La construcción ideológica de la res publica christiana acogía, en el terreno real y a pesar de su
discurso, posibilidades de enfrentamientos por la supremacía en última instancia entre los titulares de
los diferentes poderes temporales, y el titular del poder espiritual.

Por una parte estaría la Doctrina de la teocracia pontificia, que postula la sumisión del emperador ante
el Papa, y de otra la Doctrina del césaropapismo, que postula la sumisión de Papa al emperador, tal
como había llevado en la práctica Justiniano en Oriente.
A fin de captar la esencia de los textos que nos han sido facilitados, es preciso, volver la mirada a las
fuentes originarias, al marco histórico-político que en definitiva es el que impregna el pensamiento de
San Isidoro de Sevilla.

Siendo como era el derecho de la época en cuestión, el resultado de la fusión de costumbres germanas
y de la tradición (mutilada) de los iura y las leges, es de justicia (nunca mejor dicho) recordar que en la
tradición romana, en origen y última instancia, la creación del derecho –y por extensión el poder
político– tenía un carácter ascendente, de abajo arriba, y, por tanto, pertenecía a los hombres.

En la antigua Roma , de la monarquía, y hasta el final de la República se podría hablar de un cierto


equilibrio político e institucional entre diferentes órganos (el senado, las asambleas populares y las
magistraturas).

Tras una primera etapa de confusión entre el ius (derecho) y el fas (religión), entre el rey y los
pontífices, llegamos a la República , durante la cual, no cabía ninguna duda de que la maiestas
(soberanía), pertenecía al pueblo romano.
Con Augusto, se inauguraba un nuevo régimen político conocido como Principado; Augusto fue el
primero en recibir por delegación –por medio de una lex de imperio, formulada por el Senado como
expresión de la voluntad del pueblo romano–, aquellos poderes que conformaban la maiestas del
pueblo romano. Se abría la puerta a un ejercicio unipersonal del poder que no haría otra cosa que
crecer en los siglos venideros. Lo destacable, con todo, es que los poderes de Augusto no le
pertenecían de manera originaria, sino por delegación. El recuerdo de esta delegación se iría borrando
y erosionando.

El jurista Ulpiano señalaba que “lo que complace al Príncipe tiene fuerza de Ley”.

A partir de entonces, en cambio, la Ley se identifica con la voluntad del Príncipe como depositario de la
voluntad del pueblo romano.

El Dominado dio al imperio un carácter de monarquía absoluta, o absolutista, donde el emperador,


ahora ya calificado de Dominus et Deus, ostentaba un dominio absoluto, los emperadores dejaron de
pedir, caso por caso, la delegación de los poderes del pueblo, y eso quería decir que ya se entendía
que habían sido cedidos para siempre.

Ante la ausencia de una legitimación clara del poder imperial se recurrió a la identificación del
emperador con los dioses.

Con la cristianización del imperio, el emperador se convertía, en el intermediario entre Dios y los
hombres, de modo que la misma Iglesia le estaba vinculada;

Emperador Constantino, y a partir de él, se desarrolló el concepto de monarquía divina y la voluntad del
Dominus es fuente viva, y única, del Derecho.

Con Agustín de Hipona, se empezó a formular una nueva concepción del poder político según la cual
todo el poder era divino y la línea no era ascendente sino descendente, o sea, de Dios a los hombres.

Papa Gelasio afirmaba que en el mundo había dos grandes poderes: el Pontífice, que disponía de
auctoritas, y los reyes, de potestas, pero decía que la carga que soportaba el Papa era mucho más
pesada que la de los reyes o emperadores.