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INSTITUTO DE ESTUDIOS ESTRATÉGICOS DE BUENOS AIRES

EL FASCISMO COMO REVOLUCIÓN

Lic. Pablo Anzaldi

Abril 2003

La caracterización de la naturaleza del fascismo es un asunto altamente controvertido y


polémico. Una amplia serie de historiadores y cientistas sociales y políticos ha divergido
sustancialmente a la hora de determinar su naturaleza social, su significado ideológico y su
función histórica.
Para encuadrar el análisis de los conceptos de revolución y fascismo, hemos recurrido al
aporte y la contrastación de teóricos como JOSÉ LUIS ROMERO, KARL DIETRICH
BRACHER, RENZO DE FELICE Y ERNEST NOLTE.
A partir de la diversidad de interpretaciones acerca de los conceptos de revolución y
fascismo, remontamos el análisis hacia los supuestos últimos que articulan- como
condición de posibilidad - la construcción de las distintas interpretaciones.
En primer lugar, hemos recurrido a la descripción del proceso de desarrollo de las figuras
de la conciencia histórica, en particular de la crisis de la conciencia burguesa y la irrupción
de nuevas figuras de la conciencia histórica. Es decir, dar cuenta del desdoblamiento de la
conciencia burguesa en una conciencia revolucionaria que conserva, en un nuevo plano de
mayor radicalidad, los aspectos filosóficos fundamentales1, así como en una nueva figura
de la conciencia que niega los mismos, tratando de abrir un nuevo cauce histórico, político
e ideológico, a partir de una configuración conciencial y arquetípica nihilista.
Romero es el autor que remonta el análisis de la aparición de la conciencia revolucionaria a
1848.En este sentido, la explosión insurreccional europea de aquél año opera una profunda
crisis en la conciencia burguesa, produciendo un quiebre múltiple de la que no se
recuperará jamás. A partir de ese hito histórico, la conciencia burguesa gira sobre sí misma
y volviendo sobre sus pasos- abandonando su arranque emancipador original- adopta la
decisión política reaccionaria y la forma conservadora.

1
La tesis de la continuidad de la línea iluminista desde la “preparación” de la Revolución Francesa hasta la
Revolución Socialista, es sostenida por autores como Eric Hobsbwan, herederos de la escuela marxiana.
Para Romero, la conciencia revolucionaria se inicia reabsorbiendo para sí la intencionalidad
progresista y transformadora con la que había empezado su acción histórica la clase
burguesa2. El análisis de ROMERO constata el proceso de desarrollo de las “figuras de la
conciencia histórica”, en un proceso dialéctico de despliegue a partir de la contradicción y
la negación consigo misma.3
Una segunda interpretación la proporciona KARL DIETRICH BRACHER, quien adopta
como categoría de análisis fundamental al “totalitarismo”, es decir, a la invasión del poder
estatal en las esferas de libertad política y vida privada operada tanto por el fascismo como
por el comunismo.
Para BRACHER, ambos regímenes surgen de “golpes de estado”4. Por lo tanto, relativiza el
concepto de “REVOLUCIÖN”, señalando que se trata de un “mito”5. La pretensión y la
imposición exclusiva de conducción y dominación de un partido e ideología únicos, es el
aspecto central del totalitarismo. Por lo tanto, BRACHER soslaya los procesos sociales de
fondo que determinan las conmociones históricas revolucionarias, así como relativiza los
contenidos específicos de las ideologías, así como sus diferencias en las estructuras
conceptuales y en las formaciones económico- sociales.
La perspectiva de BRACHER se sostiene – como valoración fundamental- en torno a la
libertad política y privada. Por lo tanto, la perspectiva liberal- democrática, se constituye en
la condición de posibilidad de la categoría de totalitarismo como rasero común con el que
se miden el comunismo soviético y el fascismo. De acuerdo al razonamiento de BRACHER
la “Revolución” no es una conmoción histórica de raíz social y cultural - como en el caso
de ROMERO- sino una cuestión de oportunidad, es decir, el resultado de un
aprovechamiento amoral6 de una ocasión política.
Una tercera interpretación del concepto “revolución” lo sostiene RENZO DE FELICE,
quien la vincula a la sociedad de masas y la desvincula del sentido único- socialista- en el
que muchos intelectuales pretendieron anclarla. Para De FELICE, la capacidad de generar
instituciones permanentes es una característica que diferencia a la “revolución” de las
“rebeliones ocasionales”. Mas aún, cita textualmente a MONNEROT, quien criticaba la
consideración exclusivamente “en sentido positivo” de la palabra “revolución” y-
lógicamente- del concepto de cambio histórico profundo que ella entraña.
DE Felice tiene una mirada distinta a la del paradigma del totalitarismo (BRACHER) y a la
historia de las figuras de la conciencia (ROMERO). Para DE FELICE, la “revolución”no es
una fase ni una consecuencia más de la línea filosófica abierta por el iluminismo, ni

2
Por supuesto, relativizando el término a los sectores de “clase” y no a la totalidad de la misma.
3
Se trata de una dialéctica original, que escapa al “idealismo” hegeliano, como así también a la estrechez de
la “vulgata”marxiana, ya que muestra la extensión conciencial arquetípica a una diversidad de planos de la
vida social y no sólo a la lucha política y/o de clases. Así la conciencia no sería ajena al arte, la vida, las
generaciones, etc...
4
En este aspecto, adopta la interpretación del escritor fascista italiano Curcio MALAPARTE en “La Técnica
del Golpe de Estado”.
5
K. D. BRACHER en “Controversias de Historia Contemporánea sobre Fascismo, Totalitarismo, y
Democracia”, página 41, Ed. Alfa.
6
Sin contemplaciones para las formalidades legales, los compromisos ni los consensos, la toma del poder del
totalitarismo aparece como el primer hito de acción del decisionismo político. Es frecuente la cita de Carl
SCHMITT como teórico del nazismo alemán. En los últimos años, una serie de estudios han tendido a
relativizar la apreciación, aunque artículos como “El Fhurer Defiende el Derecho”, ante “ la noche de los
cuchillos largos”, quedarían como testimonio del decisionismo pro-nazi del autor, al menos antes de su
ruptura con las S.S., acaecida en 1936 aproximadamente.
siquiera por el liberalismo francés (continental) ni inglés (insular). Por lo tanto, para DE
FELICE la caracterización de “revolución” está por fuera de la mirada que la vincula
estrechamente con el “socialismo”, tratándose, en todo caso, de la idea de movilización y
transformación de la realidad a partir del “movimiento de masas”. Esto es, la “revolución”
es una conmoción histórica, un cambio radical, una remisión a la idea de discontinuidad,
novedad, más allá de los contenidos específicos de la ideología que la identifique y más
allá- incluso- de su carácter de clase y/o de su proyección ética7.
ERNEST NOLTE -en cambio- analiza el fenómeno revolucionario introduciendo un
concepto de “guerra civil”, de connotaciones filosófico- ideológicos: la guerra civil es- para
el alemán- un enfrentamiento radical en el seno de la cultura europea, que atraviesa las
lealtades nacionales y establece líneas de fractura novedosas, es decir, ya no delimitadas
por las fronteras de los estados nacionales, sino por la estructura conceptual y teleológica
de los sistemas de ideas. Nolte – coincidiendo con BRACHER- concibe al hecho
revolucionario como un putch armado, es decir, un “golpe de estado”. En este sentido, su
visión se sostiene sobre una conjugación analítica de las implicancias del desarrollo de la
guerra internacional en “civil europea”. Es decir, la concepción de NOLTE visualiza la
emersión de una conciencia ideológica trasnacional, rematada por el principio- supuesto de
“imputación de culpa colectiva”-, característico del sistema ideológico comunista.
NOLTE se diferencia radicalmente de BRACHER, al plantear la “guerra civil” como
fenómeno de naturaleza cultural- político, gestor de un nuevo nivel de integración histórica
que desborda las fronteras nacionales y anticipa la escala planetaria como nueva dimensión
de los conflictos.

Una racionalidad del proceso histórico y la tarea de encontrar racionalidad a los procesos
reales de la historia, acompaña el desarrollo de NOLTE. Para RENZO DE FELICE, en
cambio, el proceso revolucionario se configura a partir de un fenómeno sociológico de
masas, descontando cualquier consideración acerca de “tendencias históricas”,
escatológicas o legales. Sin embargo- a diferencia de BRACHER- la esfera de libertades
políticas y privadas no aparece como criterio de distinción, sino ocasionalmente y
relativizado, en función de la lógica de despliegue de procesos más amplios, ni mucho
menos la caracterización de la revolución como una cuestión “mítica”, es decir, como una
construcción interpretativa (falsa, en principio) creada por los protagonistas.

EL FASCISMO

En la interpretación del fascismo, Romero inaugura un análisis de desarrollo de la


conciencia revolucionaria, iniciando además su propio proceso de desgarramiento.
Recurriendo a la tragedia como elemento analógico, Romero describe la rebelión del coro y
el surgimiento de nuevos corifeos. Ese proceso nuevo está caracterizado por la
consolidación de una nueva conciencia social: la época de las masas había llegado. Desde
los veteranos de guerra, hasta las masas proletarias, una nueva preocupación social se
establece como signo novedoso y ubicuo en el proceso de despliegue de las figuras de la
conciencia que, a modo de interpretación renovadamente hegeliana8 Romero conceptualiza.

7
Tal parece ser el sentido de la cita de Monenerot.
8
Hay una analogía con la argumentación de Hegel en relación a Napoleón. En efecto, luego de la batalla de
Jena Hegel sostuvo que Napoleón era el “espíritu del mundo montado a caballo”.¿Cómo era posible que un
Su paradigma interpretativo es amplio, histórico- conciencial y el fascismo- en esa visión-
se inscribe como “revolución contrarrevolucionaria”, es decir, para derrotar a la conciencia
revolucionaria debe hacer a su vez una revolución, apoyada en la movilización de las
masas, pero no de modo autónomo, sino controlado por una conducción fuertemente
centralizada y demagógica. Su análisis coincide con la interpretación de RENZO de
FELICE, acerca de que se trata de una “revolución”, en el sentido de un hecho de masas. La
diferencia está en que el italiano afirma que el fascismo busca crear una nueva civilización
y un nuevo orden social, siendo su limite objetivo el carácter y la ubicación de la clase
media en la estructura de las relaciones de producción. No siendo ni propietaria de los
medios de producción, ni estrictamente expropiada en el proceso de acumulación ampliada,
el fenómeno revolucionario se expresa en el movimiento de masas pero se sofrena en el
régimen: es decir, la clase media puede cumplir una función de movilización y lucha,
aunque difícilmente puede consolidar un nuevo modo de organizar las relaciones sociales
de producción y reproducción a escala sistémica.
Hay una diferencia completa con BRACHER, en relación al paradigma empleado. Para
BRACHER el común denominador de la época no es el hecho revolucionario, sino el
“totalitarismo”, es decir, la supresión de la esfera de la libertad política, la vida privada y la
moderna democracia. La contradicción principal para BRACHER es democracia-
totalitarismo y se resuelve en el plano ideológico-político, soslayando los procesos sociales.
El marco teórico conceptual de NOLTE interpreta -ya lo dijimos- la existencia de una
“guerra civil europea” que arranca con la Revolución Bolchevique y con la “imputación de
culpa colectiva”- a la burguesía como clase- como puntal estratégico de la lucha de clases
proletaria. Para Nolte, el fascismo- fundamentalmente el alemán- es la respuesta simétrica a
la amenaza revolucionaria internacional. En ambos casos, rigen sistemas de ideas
totalizadores y revolucionarios, caracterizados por imputaciones de culpa colectivas de un
bloque político-ideológico hacia un sector social. La interpretación nolteana coincide en
parte con BRACHER en este punto, aunque se diferencia al sostener el desarrollo
argumental, a partir de cambios ideológicos inscriptos en lógicas culturales, desconociendo
la libertad de la esfera del pensamiento y la vida privada como pivote central de la
democracia moderna y la vida propiamente civilizada. La interpretación de NOLTE es, en
cierto sentido, una justificación del curso dialéctico comunismo- fascismo y, en otro
sentido, una búsqueda de la necesidad histórica de ambos, a partir de sus núcleos de
racionalidad: el comunismo en lo que tuvo de tendencia hacia el gobierno mundial y el
fascismo en lo que tuvo de freno al proceso de supresión de la propiedad privada de los
medios de producción, característico del comunismo.
En todos los autores aparece claramente la común búsqueda de un nuevo sentido heroico de
la vida, algo así como la fatiga de las masas ante la vida moderna y la convivencia pacífica.
Mientras Romero lo describe como “conciencia de encrucijada”, DE FELICE como un
deseo de venganza de las clases medias (clave sociológica), NOLTE como búsqueda de un
destino heroico sistemáticamente frustrado y BRACHER lo avizora como absorción de la
esfera de libertad por parte de un sistema totalitario( incluso trascendente a la figura del
líder).

termidor que frenó y estabilizó el impulso revolucionario original y generó una nueva casa dinástica-
advenediza, por cierto- era capaz de impulsar a escala continental las tareas de la nueva sociedad emergente?
Tal es lo que Hegel denominó “ironías de la historia”. El Fascismo- a pesar de su carácter anticomunista- no
pudo sustraerse a ciertos objetivos intrínsecos, reivindicados por la era de las masas populares.
Desde el plano cultural y sociológico, la emersión de la ecuación formada por los pares de
términos movilización de masas- sistema ideológico totalizante, aparece como elemento
común. Un nuevo perfil del hombre europeo- seriamente comprometido en su relación de
convivencia intersubjetiva e intrasubjetiva- se rebela en la violencia presente, en su
despliegue práctico y en su justificación ideológica.
Mientras ROMERO busca la comprensión de la novedad a partir de la articulación entre las
esferas cultural, política y social (siendo ésta última quizá la menos desarrollada en su
análisis); NOLTE desarrolla su tesis del choque militar, político e ideológico; de FELICE
en cambio, coloca el acento en la complejidad de la clase media en la relación consigo
misma y con las demás clases sociales, así como en la imposibilidad de vertebrar un nuevo
modelo estable y su subsiguiente frustración, como portadora de una novedad histórica;
Bracher lo hace desde el horror ante la conmoción histórica del totalitarismo en relación a
la vida política sostenida apriorísticamente, desde un deber ser, por lo que su análisis
aparece enriquecido desde el plano de la ética política democrático-liberal, pero
excesivamente pobre y limitado en la reconstrucción conceptual del proceso histórico
cultural y de las variables de luchas de clase y de sectores de clase que convergieron en
esos fenómenos históricos, hondamente diferentes y a la vez relacionados- básicamente en
la unidad de la contradicción implicada en el escalamiento del conflicto hasta la supresión
de uno de los términos- que fueron el Comunismo y el Fascismo.