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BOSQUEJO HOMILÉTICO
SERIE: UNA FE AUTÉNTICA. REEVALUANDO NUESTRA FE A LA LUZ DE LA EPÍSTOLA DE SANTIAGO
“Mira atentamente la enseñanza bíblica y la pone en práctica”
(Santiago 1:19-25)

Introducción: El domingo pasado mencionamos que cuando estamos enfrentando alguna prueba, de
cualquier tipo, debemos tener cuidado de no cometer un error muy común que mina nuestra fe. Nos
referimos al error de intentar liberarnos de la prueba por medio del pecado. Esto suele ocurrir cuando
confundimos la prueba, una situación externa en la que nos vemos involucrados involuntariamente, y la
tentación, una situación mayormente interna en la que nos vemos involucrados voluntariamente. En
esta ocasión, notaremos un segundo peligro que corremos cuando enfrentamos algún tipo de prueba.
Pero no sólo analizaremos el problema, sino que veremos cuál es la solución que tenemos a la mano
para enfrentar la prueba manteniendo firme nuestra fe en el Señor Jesucristo.

I- En medio de la prueba debemos controlar nuestro carácter para no caer en injusticias, 1:19-20.
1. Cuidado con las palabras que surgen del enojo descontrolado (1:19).
“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo
para airarse.” (1:19)
Santiago cita un proverbio con una elegante rima y que seguramente era conocido por los
hermanos (Eclesiástico 5:11 dice: “sé pronto para escuchar y tardo en responder”.):
“todo/cada hombre sea rápido para oír, lento para hablar, lento para la ira”.
Con demasiada frecuencia, la ira nos lleva a hablar demasiado rápido y decir demasiadas
cosas (yo diría más de lo que pensamos decir). Santiago no prohíbe el enojo (hay un lugar
para la justa indignación), pero advierte sobre el peligro de dar rienda suelta a nuestro
temperamento de una manera irreflexiva lo cual nos conduce a una erupción de palabras
nocivas e irreparables. Veamos algunos pasajes sobre este tema:

• “En las muchas palabras no falta pecado; más el que refrena sus labios es prudente.”
(Prov. 10:19, RV60).
• “La respuesta amable calma el enojo, pero la agresiva echa leña al fuego” (Prov. 15:1,
NVI).
• “El que es entendido refrena sus palabras; el que es prudente controla sus impulsos.
Hasta un necio pasa por sabio si guarda silencio; se le considera prudente si cierra la
boca.” (Prov. 17:27-28, NVI)
• “No te apresures en tu espíritu a enojarte; porque el enojo reposa en el seno de los
necios.” (Ecl. 7:9, RV60)

2. En la ira estamos propensos a cometer actos de injusticia (1:20).


“… porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.” (1:19-20)
La razón para auto controlarse es que en la ira humana no obra la justicia divina. Es decir, en
medio de un ataque de ira, normalmente el ser humano comete injusticias de todo tipo.
Pensemos en algunos ejemplos reales de nuestro medio…
* Un asesinato por un arrebato del momento:
* Violencia doméstica: En Guatemala, se reportaron 10.997 víctimas de violencia
intrafamiliar en tres años (datos suministrados por Prensa Libre del año 2006)
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* Los linchamientos en Guatemala: Desde 1996 al año 2008 se registraron oficialmente


más de 700 linchamientos que provocaron cerca de 300 muertos y un número incierto de
heridos graves. El Grupo de Apoyo Mutuo (GAM) detalló que entre enero y septiembre
del año pasado 2009 se registraron 110 casos de linchamientos, de los cuales 28 personas
murieron a manos de turbas.
¿Podemos hablar de justicia divina en estos casos?

Por eso la Biblia dice que el sabio, entonces, aprende a controlar o dominar su temperamento.
Es que así como hay una línea delgada entre la prueba y la tentación, también existe una línea
muy delgada entre la ira y el pecado (Ef. 4:26).

A la luz de este pasaje, podríamos decir entonces que: “La ira no controlada es pecado
porque viola los estándares de conducta que Dios demanda de sus hijos”.

II- Debemos oír y someternos a la Palabra de Dios (1:21-25).

“Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre
la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas.” (1:21)

La Palabra de Dios llega a ser permanente, inseparable para el creyente, ella se convierte en una
fuente de guía y dirección constante, inclusive en medio de la prueba. Los cristianos que han
nacido demuestran que la Palabra de Dios ha transformado sus vidas y ha producido mucho
fruto, entre ellos la mansedumbre. Pero esa obra es constante, todavía la Palabra sigue haciendo
su obra de vida en nosotros.

1. No ser simples oidores olvidadizos (1:22-24).


“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros
mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al
hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va,
y luego olvida cómo era.” (1:22-24)

Hay un contraste enorme entre dos tipos de personas en esta sección. El trasfondo es el de culto
público del primer siglo. La mayoría de personas solo oía mientras algunos leían porciones del
Antiguo Testamento para luego comentar la Escritura. Luego se cantaban salmos y cantos
cristianos. Algo similar a lo que hoy hacemos, a diferencia de que ustedes hoy tienen la Biblia en
sus manos y tenemos proyección de los pasajes bíblicos. Entonces en ese caso, tendríamos que
agregar “oír” y “ver” la Palabra de Dios.

De la misma manera existe también hoy el peligro de simplemente “oír” y “ver” la Palabra de
Dios. Entendamos que no está mal oír y ver la Palabra de Dios, de hecho es muy bueno estar
atento a la lectura de la Palabra, pero no es lo único que se espera de nosotros.

Mire lo que dice Santiago: El que solo oye se engaña haciéndose creer que es un buen
creyente porque puso atención a la lectura o la predicación, pero no lleva a la práctica lo
que oye.

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Los versículos 23 y 24 muestran este fenómeno comparándolo con una persona que fue al espejo,
se miró, pero después no recuerda cómo era. De la misma forma, esta persona al salir por el
umbral de la puerta del lugar de reunión se olvida de lo que oyó. Pablo dice algo muy parecido
en Romanos 2:13. Para Pablo el justo es el que realmente practica la palabra. Para Santiago es el
sabio el que hace la palabra.

2. Debemos ser hacedores de la Palabra, sabiendo que habrá un buen resultado de ello (1:25).
“Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo
oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.” (1:25).

El contraste se encuentra entre el personaje de los versos anteriores, el cual, oye la palabra de la
misma manera como aquel que considera su rostro en un espejo y cuando se ha ido olvida cómo
era su imagen (1:23-24). En cambio, el personaje del versículo que se mantiene bajo estudio
presenta tres características muy distintas al oidor olvidadizo que le antecede.

2.1. Mira atentamente la Palabra de Dios: “el que mira atentamente en la perfecta ley”. Su
significado básico es “agacharse para ver, asomarse”. Como se puede notar, el uso en este
caso es figurativo y aunque generalmente se aplica a un vistazo rápido o furtivo, por lo que se
puede apreciar aquí se trata de algo más que una mirada fugaz.

2.2. Persevera en la Palabra de Dios: “persevera/permanece/continúa en ella”. El contraste con el


oidor olvidadizo cada vez aumenta en grado superlativo. El simple oidor dio un vistazo a la
verdad y luego volvió a su rutina diaria. En cambio, el que es sabio se inclina a mirar
detenidamente y, luego, permanece en esa actitud contemplando lo que sus ojos ven y
perciben atentamente.

Adam Clarke lo compara a la actitud de las mujeres, las cuales “pasan mucho tiempo en el
espejo para poder embellecerse con la mayor ventaja y no dejan que aún un cabello o el más
pequeño adorno quede fuera de su lugar.

2.3. Pone en práctica la Palabra de Dios: (es) “hacedor de la obra”. Aquel que se inclina a
mirar atentamente, también es el agente en el cumplimiento de la obra. Esta concepción
vivamente defendida por Santiago se dirige contra el “error práctico de una ortodoxia muerta,
que descansa en la mera confesión”.

El versículo finaliza diciendo: “éste”, es decir, el que se inclina a mirar atentamente la ley
perfecta de la libertad, y persevera en ello y finalmente en lugar de ser oidor olvidadizo cumple
la obra. Por lo tanto, “bienaventurado en lo que hace será”.

Resumen de la Predicación: Oigamos, veamos la Palabra de Dios, pero sobre todo pongámosla en
práctica para que ella produzca en nosotros su obra transformadora.

Conclusión: Debemos oír la Palabra de Dios pero sobre todo las cosas… “hacerla”. No se trata de
cuántas veces la oímos, sino de cuánto la practicamos. Santiago advierte severamente sobre el peligro
de dejarnos llevar por nuestros enojos e ira descontrolada. Por el contrario, nos anima a que oigamos y
pongamos en práctica la Palabra de Dios. Si lo hacemos de esta manera, habrá cambios en nuestras
vidas y seremos llamados bienaventurados.
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