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EDI – Comprensión de Textos

Modelo de Examen

Lea atentamente el siguiente texto y seleccione la respuesta correcta para


cada uno de los ítems que se formulan a continuación :

Elegir y castigar
Por Roberto Gargarella para Clarín, Revista Ñ, 20/05/2006
Penar implica, por sobre todas las cosas, elegir. Elegir razones para el castigo,
elegir qué conductas castigar, elegir a quiénes castigar, elegir de qué modo castigar. Es
decir, no castigamos porque existen razones objetivas -un deber ser reconocido por
todos- que nos conmina a hacerlo, sino que lo hacemos luego de haber tomado muchas
decisiones previas, cada una de las cuales puede ser más o menos racional, más o
menos razonable. Me gustaría hacer un repaso de estas decisiones -estas “paradas
intermedias” previas al castigo-, y echar una primera mirada sobre algunos de los temas
que tales decisiones nos plantean.
Nos encontramos con una elección referida a las razones generales por las cuales
castigar. Habitual, aunque no exclusivamente, la política punitiva estatal se vincula con
una de entre dos razones posibles: se castiga con el objeto de desalentar a otros a
cometer un delito semejante, o se castiga como forma de reprochar al criminal por el acto
que ha cometido, infringiéndole a él o ella un daño proporcional al causado. Cualquiera de
estas dos justificaciones generales de la política punitiva plantea problemas teóricos de
difícil solución (el potencial castigo de inocentes que parece amparar el primer criterio; los
rasgos de “venganza respaldada por el Estado”, que parecen propios del segundo
criterio). En la Argentina, la tensión entre dichas formas de pensar el castigo existe desde
siempre, y un ejemplo especialmente claro de la misma aparece en la condena a los
militares que participaron de la represión ilegal. Inclinándose por un enfoque retributivo,
diversidad de grupos -entre ellos, típicamente, los familiares de los desaparecidos-
exigieron el castigo a “todos los culpables”: todos los militares merecían un reproche
severo, porque todos habían estado implicados en la “guerra sucia”. Mientras tanto,
muchos miembros del gobierno de turno propiciaron, frente a dicho enfoque, otro de tipo
consecuencialista según el cual no era necesario castigar a todos los que habían actuado
en la represión ilegal si bastaba, a los fines de impedir la repetición de atrocidades
semejantes, con la condena a los principales responsables de las violaciones de derechos
cometidas durante el Proceso. Tenemos aquí, entonces, una primera divisoria de aguas
—una primera decisión que tomar— que nunca es sencilla, referida a las razones últimas
por las cuales vamos a castigar (lo cual no niega que en muchas ocasiones —y nuestro
país no es ajeno a estos eventos— aun estas complicadas razones resulten desplazadas
en la práctica, y la política criminal pase a ser guiada por formas bastardas de aquellas,
que ocultan una simple hostilidad racial o de clase).
Una segunda elección que debe realizarse tiene que ver con los delitos que van a
ser castigados. Es claro que los crímenes no vienen pre-fijados por la naturaleza: somos
nosotros o nuestros representantes o sus agentes los encargados de definir cuáles
conductas vamos a considerar como disvaliosas, y por lo tanto merecedoras de reproche.
Si elegimos considerar más y más conductas como delitos, entonces, resulta obvio,
tendremos más y más personas bajo el control de nuestro sistema penal (lo que significa
habitualmente, más y más personas presas). Por ejemplo, en los Estados Unidos hay más
de 700 personas presas por cada 100.000 habitantes, y en la Unión Soviética más de
600. Mientras tanto, en Canadá y en casi todos los países de Europa Occidental, la cifra
no sobrepasa o sobrepasa apenas, la de 100 personas. ¿Qué es lo que implican estas
diferencias extraordinarias? ¿Significan, acaso, que en los Estados Unidos se cometen 7
veces más delitos que en Europa? Sin dudarlo que no. ¿Significan, más bien, que el
sistema policial en los Estados Unidos es 7 veces más eficiente que, digamos, el de
Canadá? Nada parece indicarlo. Más bien, dicha diferencia descomunal parece tener que
ver, al menos en un grado significativo, con la decisión de penar (y pena con la cárcel) a
una mayor diversidad de conductas. Es decir, en buena medida, tenemos el número de
presos —alto o bajo— que decidimos tener.
Una tercera elección tiene que ver con los sujetos a ser castigados. Toda sociedad
suele carecer de la capacidad material requerida para perseguir y sancionar todas las
conductas que ha seleccionado como objeto de castigo (tarea obviamente más dificultosa
cuando, como vemos en la Argentina, la cantidad de delitos que se pretende sancionar es
cada vez más amplia). Y sucede que, en los hechos, de modo más o menos transparente,
se toman decisiones sobre cómo utilizar los limitados medios coercitivos a disposición del
Estado. Esta nueva selección implica, obviamente, que la fuerza estatal se concentre en
la persecución de ciertos delitos y ciertos grupos, dejando impunes a otros crímenes y a
otros criminales. Típicamente, cuando el aparato político y policial se encuentra marcado
por sesgos de clase y raza, los delitos de menor cuantía (por ejemplo, la tenencia de
estupefacientes) tienden a resultar sobre-castigados en comparación con otros delitos, de
guante blanco (estafas, evasiones, quiebras fraudulentas, corrupción administrativa) más
vinculados con el poder. Si las cárceles empiezan a llenarse de personas de un mismo
origen social y racial, uno tiene razones para sospechar que ello tiene mucho menos que
ver con la naturaleza de ciertas personas o grupos (los drogadictos, los pobres) que con
decisiones tomadas en forma explícita o no por los administradores del derecho penal.
Una cuarta elección se relaciona con la pregunta sobre cómo llevar adelante el
reproche estatal. Y es que tampoco hay nada obvio en la respuesta punitiva más común
propia de países como el nuestro, es decir, la pena privativa de libertad. Por alguna razón,
una mayoría de personas sigue identificando el reproche estatal con la prisión. Se
desconoce así la cantidad de penas alternativas que se encuentran a disposición del
poder (la reparación, la compensación, la conciliación, el trabajo comunitario), y que
permitirían poner límite a la desmesura propia de sistemas penales como el argentino.
Como forma de reproche público, esta generalización que se ha dado de las penas
privativas de la libertad tiene que ver con la opción por una respuesta extrema en su
concepción; irracional en cuanto a las consecuencias que genera; y difícilmente
justificable desde el punto de vista de cualquier teoría medianamente sensata sobre la
pena. Cuando frente a un ladrón de gallinas, a un consumidor de marihuana y a un
asesino serial se reacciona, en principio, con la misma respuesta -la privación de la
libertad- uno advierte el componente draconiano e irracional del accionar del Estado. Esa
falta de imaginación en la respuesta, ese descuido frente a las consecuencias trágicas
que implica todo encierro (muy en especial si son encierros como los que aquí se aplican)
nos hablan de la pobreza de las elecciones en cuanto a las formas del reproche penal.
Y aparece aquí una última elección, que es la que más me interesaba resaltar.
Cuando sancionamos a alguien seleccionamos ciertos actos u omisiones llevadas a cabo
por esa persona, de entre una infinidad de otros actos. Cualquier persona sancionada,
como cualquiera de nosotros, ha vivido una vida compleja y rica, caracterizada por
cantidad de gestos admirables, y cantidad de otros actos insignificantes e inocuos. Dentro
de los sectores sociales más habitualmente seleccionados por el derecho penal, abundan
las acciones marcadas por un cotidiano heroísmo (acciones que incluyen la búsqueda
incansable de un trabajo, la aceptación de tareas marcadas por el maltrato y la mala
paga, el cumplimiento —a pesar de todo— de los deberes ordenados por el Estado).
Dentro de ese inmenso mar de conductas aparecen, ocasionalmente, uno o algunos
pocos actos indebidos, algunos de ellos, quizás, de una crueldad extrema. Nadie diría
entonces que estos actos (sobre todo, los inhabituales actos de crueldad extrema) no
deben ser reprochados de algún modo, por el Estado. Pero hay sin dudas algo extraño y
por demás perturbador en esta actitud tan propia de nuestros días: no repartimos
medallas, elogios ni premios para los esforzados héroes de todos los días, pero nos
abalanzamos con furia e impiadosamente sobre esos mismos sujetos, apenas cometen
un error, tal vez el único error serio de sus vidas. Hay algo profundamente inmoral en este
modo de actuar, que menosprecia o ignora miles de comportamientos virtuosos,
marcados por una callada entrega hacia los demás, mientras exige que no haya
compasión alguna frente a aquel que una vez, esta vez quizá, se ha equivocado
gravemente.

1. Según el autor, si penar implica elegir, entonces:


a. no se puede penar y no elegir.
b. no se puede no penar y elegir.
c. no se puede no penar y no elegir.
d. si no se pena, no se elige.

2. La primera decisión que se toma al castigar se refiere a por qué castigamos. Según
el artículo castigamos por una de dos razones:
a. para que el criminal no repita el delito o para desalentar a otros posibles criminales.
b. para desalentar a otros posibles delincuentes o para dañar a los que delinquen.
c. para evitar que el criminal vuelva a cometer un delito semejante o para castigar al
delincuente.
d. para que otros no cometan los mismos crímenes o para reprocharle al delincuente su
conducta.

3. De los dos criterios anteriores, Gargarella sostiene que el primero implica el


potencial castigo de inocentes porque:
a. no importa a quién se castiga con tal de que la sociedad tema sufrir el mismo
castigo.
b. siempre hay un riesgo de que la persona penalizada sea inocente.
c. la penalización de un inocente daría como resultado un sistema penal injusto.
d. el error es inevitable en toda acción humana.

4. Al autor considera que la segunda elección que hacemos a la hora de castigar es:
a. ¿a quién castigamos?
b. ¿qué castigamos?
c. ¿cómo castigamos?
d. ¿cuánto tiempo dura el castigo?
5. En el tercer párrafo el autor incluye datos acerca de la cantidad de personas presas
en distintos países para:
a. probar que en ciertos países la delincuencia es un fenómeno muy generalizado.
b. demostrar que en los países en los que las leyes imponen castigos menos duros más
personas cometen delitos.
c. sostener que existe una relación causal entre la nacionalidad y la tendencia a la
delincuencia.
d. apoyar la idea de que cuantas más acciones se consideren delictivas más personas
serán consideradas delincuentes.

6. Según el autor, “Tenemos el número de presos que decidimos tener” porque:


a. elegimos a quién penamos y a quién no.
b. la decisión de castigar implica decidir cuántos presos queremos tener.
c. elegimos qué conductas serán consideradas delictivas.
d. debemos decidir si todo delincuente debe ir preso.

7. El autor afirma que la tercera decisión, la elección de a quién se sanciona, puede


dar lugar a:
a. la discriminación de ciertos grupos sociales.
b. que sólo se castigue a inocentes.
c. que ciertas personas no son tan proclives a cometer crímenes como otras.
d. que delitos no tan graves sean castigados moderadamente.

8. Dracón fue un legislador ateniense famoso por la severidad de sus leyes. Gargarella
afirma que el accionar del Estado tiene un componente draconiano porque:
a. la privación de la libertad, en cualquier caso, es un castigo muy duro.
b. no se utilizan penas menores para delitos menores.
c. las leyes en la Argentina son muy severas.
d. las respuestas del Estado frente al delito son irracionales.

9. Con respecto a la última decisión, la frase “Dentro de los sectores sociales más
habitualmente seleccionados por el derecho penal,…” hace referencia a:
a. los sectores que cometen delitos vinculados con el poder.
b. quienes cometen actos de mucha crueldad.
c. sectores marginales.
d. quienes realizan actos tanto admirables como inocuos.

10. El objetivo del artículo es:


a. convencernos de la ineficiencia de los sistemas penales.
b. mostrarnos la arbitrariedad de los sistemas penales.
c. criticar el sistema de privación de la libertad de nuestro código penal.
d. explicar el fundamento legal de la desigualdad.
11. Sintetice en una frase de quince palabras el tema abordado por el autor en este texto.

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12. En un texto de no más de 10 líneas y no menos de 7, exponga la idea central que el autor
sostiene en este texto e incluya al menos uno de los argumentos que presenta.

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