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Básica

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KENNETH J. GERGEN REALIDADES Y RELACIONES Aproximaciones a la construcción social

Índice

PREFACIO

1

PRIMERA PARTE

DEL CONOCIMIENTO INDIVIDUAL A LA CONSTRUCCIÓN COMUNITARIA

1. El punto muerto del conocimiento individual

6

2. La crisis de la representación y la emergencia de la construcción social

29

3. El construccionismo en tela de juicio

58

4. Construcción social y órdenes morales

85

SEGUNDA PARTE

CRÍTICA Y CONSECUENCIAS

5. La psicología social y la revolución errónea

105

6. Las consecuencias culturales del discurso del déficit

128

7. La objetividad como consecución retórica

147

TERCERA PARTE

DEL YO A LA RELACIÓN

8. La autonarración en la vida social

163

9. La emoción como relación

184

10. Trascender la narración en el contexto terapéutico

207

11. Los orígenes comunes del significado

221

12. Fraude: de la conciencia a la comunidad

240

BIBLIOGRAFÍA

253

Prefacio

Prefacio

Mi compromiso con el construccionismo social experimentó un gran vuelco tras la edición de mi libro Toward Transformation in Social Knowledge. Durante mucho tiempo había estado compartiendo un análisis crítico de la psicología empírica, pero en este volumen observé cómo los elementos de una alternativa construccionista social iban tomando lentamente forma. A medida que estas ideas empezaron a impregnar las posteriores lecciones y conversaciones, acabé encontrándome inmerso en lo que cabría caracterizar como una epifanía relaciona!. Al prolongar los diálogos construccionistas, empecé a reparar, con una frecuencia estimulante, en originales giros de la teoría y en formas creativas de practica. Y esta exploración perspicaz reverberaba a través de las disciplinas, las profesiones y los continentes. Los escritos que se presentan a continuación en gran medida surgieron de esta inmersión y son un reflejo de algunos de sus principales derroteros. En un sentido, se trata de artefactos congelados, pero mi ferviente esperanza es que puedan inyectar el espíritu de las conversaciones pasadas en el futuro. Situemos ahora estos desarrollos en un contexto histórico más amplio. En su Discours de la Méthode, Rene Descartes se hizo eco de sensaciones que resonaban desde hacía siglos. En primer lugar, estaba la incerteza angustiosa. Si adoptamos una posición de duda sistemática, ¿existe algún modo de establecer un fundamento? ¿Existen fundamentos sobre los que poder apoyar un conocimiento firme y seguro? El peso de la autoridad afirma el conocimiento, sostenía Descartes, pero las autoridades están sujetas al error, y tampoco existe una razón convincente que nos permita confiar en las vaguedades de nuestros sentidos, ya que a menudo nos embaucan. Las ideas que ingresan en nuestras mentes procedentes de fuentes diversas también pueden hacernos errar. Así pues, ¿en qué podemos basar nuestra certeza? Una vez planteada la dolorosa pregunta. Descartes pasó entonces a ofrecer la preciosa expresión de tranquilidad: no puedo dudar que soy quien duda. Aunque mi razón puede llevarme a dudar de todo cuanto examino, no puedo dudar de la razón misma. Y si puedo hacer descansar mi fe en la existencia de la razón, también puedo estar seguro de mi propia existencia. Cogito, ergo sum. El ensalzamiento de la mente individual —su capacidad para organizar los datos sensoriales, de razonar lógicamente y especular de manera inteligente— ha servido durante siglos para aislar la cultura occidental de los asaltos mutiladóres de la duda. Resulta alentador creer que los individuos dotados con las facultades de la razón y atentos a los contornos del mundo objetivo pueden trascender las ambigüedades de los avalares continuamente cambiantes y desplazarse hacia una prosperidad autodeterminada. Y en gran medida a través de esta fe en la razón nos vemos impelidos a buscar fundamentos racionales del conocimiento. Desde el positivismo del siglo XIX hasta el realismo trascendental del siglo actual, los especialistas han apoyado la tradición fundamentadora, asegurando que la razón individual sigue estando firmemente al mando de la acción. Examinemos, con todo, un vínculo singular en la convincente tesis de Descartes. Aunque puede que vibremos con su declaración de la duda, ¿en qué fundamentos se basa para igualar el proceso dubitativo con el proceso de la razón? ¡¿Sobre qué base concluye que el proceso dubitativo es una actividad de la mente individual, apartada del mundo pero que reflexiona sobre el mismo? ¿Por qué razón esta ecuación misma escapa al escepticismo cartesiano, pues, no es mas evidente que la duda es un proceso que se lleva a cabo en el lenguaje? Escribir sobre las falibilidades de las autoridades, de los sentidos, de las ideas que se reciben y otras muchas cosas similares es tomar parte en una práctica discursiva. Que la práctica también demuestre ser una emanación o expresión de algún otro dominio, digamos, del raciocinio, sigue siendo una conjetura no decidida. Sin embargo, difícilmente podemos dudara del discurso sobre la duda.

Prefacio

Con todo; si la duda es un proceso discursivo, nos vemos llevados a la conclusión dé un tipo

muy diferente de aquellas otras que en su momento alcanzara Descartes, ya que también hallamos que el discurso no es la posesión propia de un individuo singular. El lenguaje significativo es el producto de la interdependencia social, exigiendo las acciones unas coordenadas formadas al menos por dos personas, y hasta que no existe un acuerdo mutuo sobre el carácter significativo de las palabras, no logran constituir el lenguaje. Si seguimos esta línea de argumentación hasta la ineludible conclusión, hallamos que la certeza que poseemos no la proporciona la mente del individuo singular, sino que más bien resulta de las relaciones de interdependencia. Si no existe interdependencia —la creación conjunta de discurso significativo— no habrá objetos o acciones

o medios de hacer que sean dudables. Con toda corrección podemos sustituir el dictum cartesiano

por la siguiente formulación: communicamus ergo sum. Este último punto de partida proporciona una base unificadora para una diversidad de intentos recientes, que rodean las disciplinas especializadas, para generar una alternativa a las explicaciones de carácter fundamentador del conocimiento humano. Estos intentos —diversamente cualificados de pos-empiristas,

posestructuráles, no fundamentadores o posmodemos— sitúan el lenguaje en la vanguardia de sus preocupaciones. Con independencia de nuestros métodos de procedimiento, lo que damos en llamar «exposiciones» informadas del mundo (incluyéndonos a nosotros mismos) son

esencialmente discursivas; Y dado que las disquisiciones sobre la naturaleza de las cosas se moldean en el lenguaje, no existe fundamento de la ciencia o de cualquier otro conocimiento que genera empresa salvo en las comunidades de interlocutores. No existe ningún recurso al espíritu o

a la materia —a la razón o a los hechos— que tome prestada su validez trascendental a las

proposiciones. (En realidad, tanto «espíritu» como «mundo» son entidades completas en el interior del código lingüístico occidental.) Igualmente, el intento de articular los principios universales de lo justo y del bien, que se sitúan por encima y al margen del tumultuoso intercambio cotidiano, es también errático. Al fin y al cabo, todo cuanto es significativo proviene de las relaciones, y es en el interior de este vórtice donde se forjará el futuro. Aunque cambiantes en cuanto al detalle y al énfasis que muestran, una serie de suposiciones ampliamente compartidas en el seno de estas discusiones sumamente difundidas queda bien asida con el término «construcción social». En los capítulos que componen este volumen, intento articular y sintetizar los principales elementos de un construccionismo social viable; responder a diferentes desafíos que se plantean a esta perspectiva; ilustrar su potencialidad a través de la teoría, la investigación y la aplicación; y abrir el debate sobre el futuro de los afanes construccionistas en psicología y, de manera más general, en las ciencias humanas. En vista de tales fines, he organizado estos ensayos en tres grupos. La primera parte proporciona una introducción al pensamiento construccionista. El primer capítulo desbroza el camino demostrando por qué el enfoque individualista del conocimiento, ejemplificado por la psicología cognitiva contemporánea, ha alcanzado un impasse. El segundo capítulo, a continuación, expone la emergencia de la alternativa construccionista social frente al enfoque individualista del conocimiento. Subraya las críticas tajantes de las últimas décadas, destilando de ellas un conjunto de proposiciones que nos permite ir más allá del marco de la crítica para centrarnos en las posibilidades de una elaboración construccionista de las ciencias humanas. El tercer capítulo recoge una diversidad de críticas del construccionismo social. Para muchos, el construccionismo es un equivalente del nihilismo; a juicio de otros, su relativismo, tanto ontológico como moral, es algo seriamente objetable. Al replicar a estas y otras acusaciones, espero perfilar los contornos de la perspectiva. Las críticas de la moral y de la anemia política son tan graves que les dedico todo el capítulo 4, donde exploro tanto cuáles son las imperfecciones de la crítica como el potencial positivo inherente en un relativismo construccionista.

Prefacio

La importancia de la evaluación crítica no sólo de los avances culturales contemporáneos, sino de los esfuerzos de la comunidad científica, es esencial para un enfoque construccionista de las ciencias humanas. La crítica no sólo expande las posibilidades de la construcción, sino que constituye un origen significativo para la transformación cultural. En este contexto, los ensayos caracterizados en la segunda parte son primeramente críticos en cuanto a su enfoque. Haciéndome eco de los temas desarrollados en la primera parte, exploro en el capítulo 5 errores significativos en la exposición cognitiva de la acción humana y subrayo los resultados para la psicología cuando este enfoque se ve sustituido por una epistemología social. El capítulo 6 se centra en la producción del discurso del déficit en el ámbito de las especialidades dedicadas a la salud mental y sus devastadores efectos en la cultura. Al construir tanto las «patologías» como las «curas», las especialidades nos lanzan a una carrera que es tanto más devastadora cuanto irrefrenable. El capítulo 7 presta críticamente atención a los medios a través de los cuales los mundos científicos se hacen tangibles y objetivos. Mi propósito aquí no es sólo revelar el artificio retórico por medio del cual los mundos objetivos se construyen, sino abrir también la discusión sobre alternativas posibles. En la tercera parte, el acento se desplaza de la crítica a la transformación. Estos capítulos intentan superar el marco de lo programático y de la crítica para comprometerse en la reconstrucción teórica. El construccionismo sustituye al individuo por la relación como el locus del conocimiento. La significación del individuo ha cautivado tanto a la tradición occidental que el discurso de la relacionabilidad se ha desarrollado bien poco. Estos capítulos intentan, por consiguiente, generar los recursos para reconstruir la realidad de la relación. Tres de estos capítulos prolongan el hincapié hecho anteriormente en la retórica, convirtiéndolo ahora en una herramienta descriptiva. Se centran en la base narrativa de la autocomprensión. Las identidades se construyen ampliamente mediante narraciones, y éstas a su vez son propiedades del intercambio comunal. El acento puesto en la narración se prolonga al capítulo 9, donde retomo el tema de las emociones, proponiendo que las emociones no son posesiones de mentes individuales sino constituyentes de pautas relaciónales —o narraciones vividas. En el capítulo 10 la discusión de las narraciones se efectúa en el ámbito práctico de la terapia. Tras aplicar algunos de los argumentos precedentes a las relaciones paciente terapeuta, sostengo la trascendencia de la realidad narrativa. Las consecuencias de esta propuesta exceden al contexto terapéutico. Los capítulos finales extienden aún más la teorización relacional. La preocupación central del capítulo 11 es la comunicación humana. ¿De qué modo generamos y sostenemos el significado? El problema crítico aquí consiste en sustituir el enfoque intratable del significado como intersubjetivo por una respuesta relacional. Aunque la teoría literaria de índole posestructuralista parece hacer comprensible una imposibilidad, una refundición social de la metáfora desconstructivista permite avanzar significativamente. Con el fundamento para una teoría del significado en su sitio, el capítulo 12 se enfrenta al problema del fraude. ¿Si el construccionismo desafía el concepto de verdad objetiva, entonces cómo hemos de entender las construcción social de la falsedad? Una respuesta relacional a esta pregunta abre nuevos enfoques con que hacer frente a los problemas del fraude en la vida tanto pública como privada. Albergo la secreta esperanza de que estos ensayos puedan servir como recursos a psicólogos y especialistas haciendo frente a los retos críticos que actualmente tienen planteados en general las ciencias humanas. Como recursos, los capítulos puede que se dirijan a una diversidad de públicos distintos. Los capítulos de la primera parte se dirigen de manera más directa a aquellos que se encuentran incómodos con la ciencia conductista y se sienten interesados en posibles alternativas. Estos capítulos también intentan hacer inteligible al científico tradicional una serie de movimientos intelectuales, que, en conjunto, plantean un profundo desafío a las prácticas

Prefacio

establecidas. Estos movimientos, una vez restringidos a los pequeños sectores académicos, deshacen sus límites y provocan una discusión estimulante en el mundo especializado. Para aquellos científicos sociales que acaban de adentrarse por estos derroteros, estos capítulos van más allá del profundo escepticismo fomentado por estos movimientos. Intentan sustituir los escombros que la crítica desconstructivista ha dejado tras de sí con los esfuerzos que se hacen en el sentido de la reconstrucción, aferrándose así productivamente a la crítica significativa. Las partes segunda y tercera demostrarán ser más útiles para aquellos especialistas ya comprometidos en los afanes constructivistas. En ellas exploro una diversidad de sendas sugeridas por un punto de vista construccionista. Mi esperanza estriba ante todo en demostrar las ventajas de romper con las fronteras disciplinares, de entrar en diálogos interrelacionados que actualmente ponen en relación a especialistas de todo el mundo y ofrecer nuevas e interesantes vías de partida. Además, espero contribuir sustancialmente a algunos de los diálogos todavía vigentes en el seno de la confluencia existente y abrir así el estudio de aquello que creo que es uno de „ los retos más importantes de toda teoría y práctica futuras, a saber, la sustitución de la orientación individualizadora por una comprensión y acción con una valencia relacional. Estos capítulos señalan sólo un inicio de este intento, y me siento profundamente estimulado por las perspectivas de diálogos futuros. Soy bien consciente de que las cuestiones abordadas en este volumen son el tema de un cuerpo de especialización enorme y rápidamente en expansión. A fin de lograr la línea amplia e integradora de pensamiento que a menudo ha sido uno de mis objetivos, ha sido necesario patinar ágilmente sobre una delgada capa de hielo, a menudo pasando por alto los innumerables crujidos que el movimiento emitía al hacerse. He intentado no suprimir las principales líneas de crítica, pero he tenido que elaborar muchos juicios difíciles en relación «al peso de los argumentos» hasta la fecha. Poco queda que no esté sujeto a una controversia continuada, aunque lo mismo vale para los muchos textos que se truecan en calificación. Al mismo tiempo, para el lector que quiera ahondar aún más, o simplemente sienta el deseo de explorar el contexto más amplio en el que estos argumentos aparecen, he complementado este libro con un cuerpo manejable de citas. Los ensayos que aparecen en el presente volumen se han beneficiado grandemente de las valoraciones de amigos, editores y colegas, a los que las ideas les llegaron de una forma más primitiva. El capítulo inicial surgió de una presentación hecha en 1983 ante el Bostón Colloquium on the Phitosophy of Science. Las secciones del capítulo 2 se vieron estimuladas por la presentación en 1983 de una conferencia en la Universidad de Chicago sobre las «Potencialidades para el conocimiento en las ciencias sociales» (ulteriormente editada en Fiske y Shweder, 1986). Las secciones del capítulo 3 se han ido perfilando a través de las discusiones en diversas reuniones de la Society for Theoretical Psychology, donde se presentaron por primera vez muchas de estas ideas. Los asistentes al congreso celebrado en 1991 en Georgetown sobre «Valores en las Ciencias Sociales» dieron un gran impulso a las ideas que se presentan en el capítulo 4. El capítulo 5 es una prolija revisión de un artículo presentado en el congreso celebrado en 1987 en París bajo el título «El futuro de la Psicología Social», cuyas actas se publicaron en el European Journal of Social Psychology, 19 (1989). El capítulo 6 surge de las conferencias pronunciadas en el congreso de Heidelberg celebrado en 1991, sobre «Las dimensiones históricas del discurso psicológico». De manera análoga, el capítulo 7 pasa revista a una serie de argumentos desarrollados en un número especial de la revista Annals of Scholarship, & (1991), y dedicado monográficamente al problema de la objetividad. A Mary Gergen le debo su inestimable ayuda a la hora de generar muchos de los argumentos presentes en los capítulos 8 y 9, algunos fragmentos de los cuales se publicaron en la revista Advances in Experimental Social Psychology, 21 (1988). John Kaye, especialista y terapeuta,

Prefacio

resultó ser un inestimable aliado en el momento de producir una de las primeras versiones del

capítulo 10 (actualmente editado en McNamee y Gergen, 1992). El capítulo 11 se debe en gran medida a las discusiones celebradas en las reuniones de 1991 de la Jean Piaget Society, en cuyo seno se presentaron inicialmente las ideas. De manera similar, el capítulo 12 fue sometido a una intensa crítica por parte de los asistentes a las reuniones de Bad Hamburg sobre «Psicología social societaria», en 1988. Estoy profundamente en deuda con algunas instituciones por proporcionarme el tiempo y los recursos necesarios para cumplir con los empeños que dictan estos temas. Entre las más destacadas cabe señalar la ayuda del Netherlands Instituto of Advanced Study, la Alexander von Humboldt Foundation, la Fulbright Foundation y el Rockefeller Study Center en Bellagio. Una excedencia del Swarthmore College como catedrático fue también inestimable, y también lo fue

el calor y el apoyo de los miembros de la facultad mientras ejercí la docencia como profesor

numerario en la Fundación Interfas de Buenos Aires. Son muchas las personas que han contribuido a la preparación de estos capítulos. Por sus agudos comentarios, críticas, entusiasmo

o su perdurable presencia intelectual, quiero expresar mi más sincero agradecimiento a Al

Aischuler, Tom Andersen, Harlene Anderson, Mick Billig, Sissela Bok, Pablo Boczkowski, Ben Bradley, Jerome Bruner, Esther Cohén, David Cooperrider, Peter Dachier, Wolfgang Frindte, Saúl Fuks, Gabi Gloger Tippeit, Cari Graumann, Harry Goolishian, Rom Harré, Lynn Hoffman, Tomás Ibáñez, Arie Kruglanski, Jack Lannamann, Gerishwar Misra, Don McCIosky, Sheila McNamee, Shepley Orr, Barnett Pearce, Peggy Penn, John y Anne Marie Rijsman, Dan Robinson, Wojciech Sadurski, Dora Fried Schnitman, Gun Semin, Richard Shweder, Herb Simons, Margaret y Wolfgang Stroebe. Diana Whitney y Stan Wortham. Sin la ayuda como secretaria y bibliotecaria de Lisa Gebhart y de Joanne Bramiey, difícilmente este volumen se hubiera materializado. Con Linda Howe, de la Harvard University Press, estoy enormemente en deuda por su entusiasmo y destacados esfuerzos editoriales. John Shotter ha sido una fuente continuada de apoyo e inspiración para mí. A Mary Gergen le expreso mi más sincera y profunda gratitud, por su compañía catalizadora, infatigable aliento y capacidad de realizar la reconstrucción positiva.

PRIMERA PARTE

DEL CONOCIMIENTO INDIVIDUAL A LA CONSTRUCCIÓN COMUNITARIA

El punto muerto del conocimiento individual

Capítulo 1 El punto muerto del conocimiento individual

En las últimas décadas la psicología ha sufrido una de las principales revoluciones en su enfoque del conocimiento individual. La ciencia psicológica, como pondrá de manifiesto esta exposición, se enfrenta ahora a un impasse, se encuentra en un punto en el que han dejado de ser convincentes tanto las cláusulas de conocimiento de la especialidad como el enfoque individualista del conocimiento que aquéllas sostenían. Un repliegue a las presuposiciones de tiempos anteriores parece excluido. Se precisa una concepción alternativa del conocimiento y formas relacionadas de práctica cultural. Dedicaremos el resto del volumen a explorar una alternativa construccionista social. En la cultura occidental, de antiguo, el individuo ha ocupado un lugar de importancia abrumadora. Los intereses culturales prácticamente quedan absorbidos por la naturaleza de las mentes individuales: sus estados de bienestar, sus tendencias, sus capacidades y sus deficiencias. Las mentes individuales se han utilizado como el lugar de explicación, no sólo en psicología, sino en muchos sectores de la filosofía, la economía, la sociología, la antropología, la historia, los estudios literarios y la comunicación. Su condición interior de individuo sirve también como criterio prominente a la hora de determinar la política pública. Nuestras creencias acerca del individuo singular proporcionan la base lógica a la mayor parte de nuestras principales instituciones. Es el individuo quien adquiere el conocimiento, y por consiguiente invertimos en instituciones educativas para formar y expandir la mente individual. Es el individuo quien abriga la capacidad de libre elección, y sobre estos fundamentos erigimos tanto las practicas informales de la responsabilidad moral y las entidades formales de la justicia. Y podemos depositar nuestra fe en las instituciones individuales porque el individuo tiene la capacidad de razonar y evaluar; creemos que el libre mercado puede prosperar porque el individuo está motivado a buscar el beneficio y minimizar las pérdidas; y las instituciones del matrimonio y de la familia pueden constituir las piedras sobre las que se asienta la comunidad porque los individuos abrigan la capacidad de amar y entregarse. Estas creencias e instituciones asociadas han surgido y se han desarrollado poderosamente en el seno de un contexto cultural de relativa insularidad. Durante siglos ha sido factible distinguir una tradición cultural únicamente occidental, dialogante con otras tradiciones pero separada de ellas en todo el mundo. Y mientras la cultura occidental ha intercambiado bienes y servicios, opiniones y valores, y preparó viajes hacia aquellos que estaban fuera, no ha querido considerar a otras culturas como superiores o incluso iguales. Si había de producirse difusión cultural, primero sería «desde Occidente al resto». Con todo, las condiciones mundiales han

cambiado espectacularmente durante el último siglo. Un torrente de nuevas tecnologías —el teléfono, el automóvil, la radio, el transporte aéreo a reacción, la televisión, los ordenadores y los satélites, por sólo citar algunas— lleva a que los habitantes de este planeta tengan una familiaridad y alcancen una interdependencia mucho mayor de las que nunca se alcanzaron. Hasta ahora nunca nos hemos planteado tan plena e intensamente los valores, las opiniones, las inversiones y la práctica de aquellos que «no son exactamente como nosotros». De manera progresivamente creciente las redes de interdependencia se extiende a los mundos de la política,

los negocios, la ciencia, las comunicaciones

Allí donde las alianzas, las fusiones, las

investigaciones conjuntas, y las redes todavía no están formadas, progresivamente van surgiendo sigilosamente interdependencias más sutiles, por ejemplo, en materia de ecología, energía, economía y salud. -A la luz de estos espectaculares cambios, no parece ya posible sostener la insularidad, el sentido de la superioridad y las tendencias hegemónicas de siglos anteriores. No

6

Conocimiento individual y construcción comunitaria

podemos presumir sin más que las tradiciones occidentales sean las idóneas para un contexto de globalización intensiva, que conduzcan por sí mismas al proceso de comprensión mutua, apreciación y tolerancia que se exige cada vez más. No podemos descansar cómodamente en la suposición de que la herencia occidental, con su énfasis en el individuo singular y sus instituciones requeridas, pueden participar efectivamente en un mundo de plena interdependencia. Por consiguiente, se precisa una evaluación autorreflexiva de las tradiciones, una indagación en los beneficios y en las deficiencias de nuestras creencias y prácticas, así como una exploración de posibilidades alternativas. No se trata con ello de optar por una transformación radical, un salto en lo ajeno y lo desconocido. Se trata más bien de favorecer un proceso de investigación que puede realzar la posibilidad de recuperar y absorber selectivamente:

de determinar aquello que retendríamos de estas tradiciones y de qué forma suavizar las aristas de nuestros compromisos de manera que otros puedan ser oídos de un modo más completo. Es en este espíritu con el que quiero reconsiderar la presuposición del conocimiento individual, que en muchos aspectos es una piedra de toque cultural. Sin creer que los individuos puedan reflexionar fiablemente sobre el mundo que les rodea, resulta difícil ver qué valor deriva

de la decisión individual en los ámbitos de la moralidad, la política, la economía, la vida familiar,

y demás. Si el conocimiento no es una posesión individual, entonces las elecciones individuales

en estos ámbitos pueden ser poco fiables. Las instituciones edificadas en esta confianza simultáneamente perderían su justificación. Al mismo tiempo, existe una preocupación creciente en muchos sectores del mundo académico de que la presuposición del conocimiento individual

está en la antesala de la bancarrota. Tan hondo ha calado la idea de que la cultura occidental corre

el peligro de andar a horcajadas por la tierra desnuda. Algunas de estas imperfecciones ocuparán

un lugar predominante en los últimos capítulos. Con todo, dado que este libro ha germinado y se ha desarrollado primero y ante todo en el campo de la psicología, es el lugar donde quiero

considerar el status del conocimiento individual en el seno de esta disciplina. Habida cuenta del siglo de compromiso científico en la exploración del conocimiento individual, de su adquisición

y su despliegue, ¿qué se ha conseguido? ¿Dónde se encuentra ahora la disciplina, y qué cabe

esperar del futuro? Existe una buena razón para esta evaluación. La psicología científica, más que cualquier otra disciplina de investigación ordenada, ha aceptado el desafío de hacer válidas y fiables las exposiciones de los procesos mentales individuales. Con este encargo, la disciplina intenta, en la medida de lo posible, proporcionar a la cultura intuiciones y conceptos útiles en los procesos de adquisición de conocimiento y utilización, para dotar a la cultura con los medios más efectivos a través de los cuales las personas pueden conseguir conocimiento de sus entornos, recoger y almacenar información, considerar detalladamente las contingencias, recordar los hechos necesarios, solucionar problemas, hacer planes racionales, y poner esos planes en acción. Todas las instituciones auxiliares antes citadas, desde la educación, el derecho y la economía a la religión y la vida familiar, deben estar alerta para beneficiarse de esas intuiciones y conceptos. Por consiguiente, para dar cuenta de los avalares de la ciencia psicológica en el presente siglo se ha de escrutar detalladamente en el interior del lugar sagrado de la justificación cultural. Ello equivale a entrar en el Fort Knox del individualismo y aquilatar nuestra condición de riqueza. Las conclusiones de esta investigación no serán optimistas. Como argüiré, un siglo de investigación científica esencialmente nos ha dejado en un punto muerto conceptual. La investigación psicológica ha surgido como una consecuencia de dos tradiciones principales del pensamiento occidental: la empirista y la racionalista. La primera se expresó con mayor plenitud en el movimiento conductista que dominó la psicología durante la mayor parte del siglo XX. La tradición racionalista, actualmente manifiesta en los latidos hegemónicos del movimiento

7

El punto muerto del conocimiento individual

cognitivo, se enfrenta al punto de la terminación. Y cuando el impulso racionalista queda exhausto, restan pocos recursos en el interior de la tradición. Ni el repliegue en el pasado conductista (empirista) ni una adicional evolución de la orientación racionalista parecen posibles. Al explorar el surgimiento de esta situación, nos encontramos en una posición mejor para examinar concepciones alternativas del conocimiento, nuevos y frescos discursos acerca del funcionar humano, nuevos enfoques de las ciencias humanas, así como las transformaciones de la práctica cultural.

Saber acerca del conocimiento

Una ironía dislocante obsesiona a una disciplina comprometida en comprender la naturaleza del conocimiento individual. Por un lado, todo se alojaba en el supuesto previo de ignorancia acerca de los procesos y los mecanismos en juego: «puesto que ignoramos de qué modo las personas adquieren conocimiento, nos es precisa la investigación». Por otro lado, al hacer afirmaciones durante nuestro proceso de investigación, rebatimos nuestro estado de ignorancia. Al afirmar que el proceso de investigación produce conocimiento, el científico afirma el conocimiento del conocimiento. Si alguien no sabe nada del conocimiento, de su adquisición, de su adecuación, su utilización, y similares, entonces difícilmente puede afirmar que conoce o sabe. Si alguien afirma el privilegio del conocimiento, entonces nos vemos obligados a presumir que esta declaración se afianza en un conocimiento del proceso de generación del conocimiento. Los psicólogos han suavizado el impacto de esta ironía afirmando la necesidad de indagar en este aspecto vital del funcionar humano (la declaración de ignorancia), aunque sacan la justificación de sus exigencias del conocimiento de otras fuentes. Los psicólogos se han dirigido a justificar sus agresiones a otras disciplinas, con pies más sólidos y con un poder de argumentación más cautivador. Estos cuerpos auxiliares o de apoyo del discurso han sido primariamente de dos variedades, la primera metateórica y la segunda metodológica. En la primera, las comprensiones filosóficas de la ciencia —y más en especial la de los empiristas lógicos— ofrecían unos medios convenientes y convincentes de justificación. 1 Tales fundamentos filosóficos no sólo eran consistentes con una gran parte de la comprensión propia del sentido común, sino que estaban unidos a importantes tradiciones filosóficas (a saber el empirismo británico y el racionalismo continental) que por sí mismas suponían un mundo de vida mental que merecía su exploración. En segundo lugar, estas disciplinas descansaban en la lógica de la metodología empírica y, más en especial, en el experimento de laboratorio. Dado el manifiesto éxito de las ciencias naturales y la aparente confianza de estas ciencias en los métodos empíricos, cabría que uno razonablemente depositara su confianza en una disciplina que empleaba tales métodos. En efecto, para lograr la potencia discursiva, los psicólogos han unido sus explicaciones de la vida mental tanto con las justificaciones de índole metateórica como con las de índole metodológica. Pasemos ahora a considerar cada uno de estos cuerpos de discurso —teoría psicológica, metateoría científica y teoría de la metodología— como constituyentes de un núcleo de inteligibilidad. Una teoría de la vida mental, al igual que una teoría de la ciencia o una teoría del método, idealmente, forma un conjunto de proposiciones interrelacionadas que dotan a una comunidad de interlocutores con un sentido de la descripción y/o de la explicación en el seno de un ámbito dado. Participar en el núcleo de inteligibilidad es «interpretar/dar sentido» mediante

1 Para una elaboración de los desarrollos que unen la psicología científica con el empirismo lógico véase Koch (1963) y Toulmin y Leary (1985).

8

Conocimiento individual y construcción comunitaria

criterios propios de una comunidad particular. Tales núcleos puede que sean ilimitados y totalizantes (como en el caso de las cosmologías universales o de las ontologías) o localizados y específicos (como en la teoría del proceso educativo en la Universidad de Swarthmore); cabe que dirijan un acuerdo amplio (como en las comprensiones comunes del proceso democrático) o apelen a una pequeña minoría (como en una secta religiosa). Además, tales formas de inteligibilidad están característicamente incorporadas en el seno de una más amplia gama de actividades pautadas (artículos escritos, experimentación, votar, predicar, y otros similares). En efecto, las redes proposicionales son constituyentes esenciales de formas de acción más completas, un tema al que volveré en ulteriores capítulos. Para nuestros propósitos presentes es esencial que, si bien tales núcleos de inteligibilidad puedan existir con independencia relativa unos respecto a otros (los estrategas de la guerra, por ejemplo, a veces hablan con consejeros espirituales), también cabe que estén relacionados. Al nivel más elemental, puede que varíen en la medida en la que prestan apoyo a otro, o bien actuando como plenas confirmaciones de cada uno en un extremo, o como completos antagonistas en el otro. Ampliamente, la medida del apoyo proporcionado por un núcleo de inteligibilidad vecino dependerá del grado en el que los constituyentes proporcionales sean comunes a ambos núcleos. Por ejemplo, diversas sectas religiosas protestantes pueden actuar en apoyo mutuo por razones de supuestos compartidos en este caso, pero tienden a darse más apoyo entre sí que a la Iglesia católica, dado que el ámbito de suposiciones comunes es menos extenso. Al mismo tiempo, en razón de las creencias compartidas en la Santísima Trinidad, las distintas denominaciones cristianas tienden a darse más apoyo entre sí que no al islam o al budismo. 2 Situada en este contexto, la investigación psicológica en el conocimiento individual puede justificarse mediante redes auxiliares de discurso hasta el punto en el que las suposiciones o los supuestos se sostienen en común. Por consiguiente, los psicólogos científicos no pueden derivar apoyo de una ontología espiritual, dado que las redes suposicionales son ampliamente independientes o antagonistas. (No hay lugar en el mundo científico de la causa y el efecto sistemáticos para Dios como «moviente inmóvil».) De manera similar, un compromiso con la metodología fenomenológica (haciendo hincapié en la función organizadora de la experiencia humana) sería perjudicial para la teoría psicológica al considerar el conocimiento individual como un acrecentamiento de inputs. En mi opinión, cabe sostener que durante la primera mitad del presente siglo hubo una estrecha alianza y apoyo recíproco entre las teorías psicológicas del funcionamiento individual y las exposiciones disponibles tanto en el nivel de la metateoría como en el de la teoría. El núcleo de la teoría conductista era capaz de prosperar en un contexto de discursos de fuerte justificación:

metateoría empirista por un lado, y, por el otro, el discurso de la metodología experimental. Con todo, a medida que el diálogo ha avanzado, la teoría psicológica ha sufrido una importantísima transformación desplazando su base conductista hacia una base cognitiva. Esta transformación en el nivel de la teoría no se ha visto acompañada por cambios en los niveles ni de la metateoría ni de la metodología. Las transformaciones en ambos registros están bloquedas por una barrera de crítica. Por consiguiente, las exposiciones cognitivas del conocimiento individual son ampliamente aisladas y vulnerables; y si viven todavía, porque carecen de justificación convincente —tanto en términos de una teoría fundacional del conocimiento como en los de la

2 Ciertamente hay muchos otros procesos que operan determinando el grado de apoyo en cualquier caso concreto. El apoyo puede depender, por ejemplo, no sólo de los supuestos o suposiciones compartidas, sino de las similitudes en los derivados. Esto es, si los resultados similares (implicaciones) se ven favorecidos por dos sistemas —por lo demás, independientes (u opuestos)—, puede que operen apoyándose mutuamente.

9

El punto muerto del conocimiento individual

teoría de la metodología— lo hacen con tiempo prestado. A medida que la crítica contemporánea se va articulando de forma más plena y no se puede ubicar, la confianza en la perspectiva cognitiva se marchitara. La idea misma del conocimiento individual se vuelve sospechosa.

La dimensión discursiva de los cambios de paradigma

A fin de apreciar la base para estas opiniones, es necesario esbozar el amplio marco de comprensión del cual procede este análisis. Este esbozo preliminar es doblemente importante, al contener los ingredientes de algunos temas críticos que organizarán e influirán en el curso de los últimos capítulos. Para mis propósitos actuales, moldearé las cuestiones en términos de la idea familiar de cambios de paradigmas. De un modo más concreto, ¿cómo hemos de comprender la estabilidad y el cambio en las perspectivas teóricas que se producen en las comunidades que generan conocimiento? Actualmente la literatura que existe sobre este tema es voluminosa, y, por otro lado, en estas líneas no estoy tratando de ofrecer ni una crítica plena ni un sustituto para las muchas opiniones actualmente existentes; más bien, quiero centrarme en una dimensión particular de la actividad científica poco tratada en la literatura existente hasta la fecha. Allí donde este tipo de análisis a menudo se centran en personalidades particulares, valores, descubrimientos, tecnologías o condiciones sociopolíticas, quisiera traer al primer plano los procesos discursivos que operan en el seno de las comunidades científicas. Si éstas adquieren en realidad su estatuto como comunidades en virtud del tipo de lenguajes de descripción y explicación que comparten, entonces centrándonos en el carácter de las prácticas discursivas podemos hacernos con intuiciones y conceptos significantes en la transformación teórica. Por el momento retornemos al núcleo de inteligibilidad, un cuerpo de proposiciones interrelacionadas compartidas por los participantes en los diferentes enclaves científicos. Prácticamente, todo discurso científico propone una gama de hechos particulares (junto con diversas proposiciones explicativas que den cuenta de su carácter). En efecto, el lenguaje crea una ontología imaginada y una estructura para hacer inteligible cómo y por qué los constituyentes de la ontología se relacionan. Como dominios discursivos, este tipo de sistemas de comprensión son algo equivalente a las matemáticas o a la escatología teológica. En todos los yasos, el punto proposicional se presenta como inteligible sin que se den los vínculos necesarios con los acontecimientos que tienen lugar fuera del núcleo. Los niños, por ejemplo, pueden dominar versiones de la teoría del Big-Bang acerca de los orígenes del universo o aquello que podría aguardarles en el cielo al mismo tiempo que aprenden las tablas de multiplicar. Estos grupos de núcleos de inteligibilidad pueden relacionarse con los acontecimientos que están fuera de ellos en modos diversos, modos que no se dan en los sistemas mismos. Por consiguiente, uno puede aprender dónde y cuándo aplicar las tablas de multiplicar o el concepto de Espíritu Santo. Sin embargo, el núcleo no requiere estos vínculos a fin de ser comprendido o para ser convincente. (La teoría darwiniana sigue viva y activa en el seno de la cultura a pesar del hecho de que hay un escaso acuerdo acerca de cómo y a qué se aplica ahora.) Con todo, el carácter autocorroborador del núcleo de inteligibilidad no es sólo aparente. En importantes aspectos, la formulación misma de un núcleo discursivo simultáneamente establece el potencial para su disolución. La ontología afirmada (junto con su red de relaciones putativas) proporciona las razones para su propia defunción. ¿Por qué es así? Examinemos el argumento que Kant expone en la Crítica de la razón práctica. Tal como propuso, no podemos abrirnos camino en la sociedad sin una concepción de aquello que se «debe» hacer. Con todo, tener una concepción de qué se debe hacer comporta también comprender que es posible actuar de otro modo, es decir, actuar en contradicción con el «deber». La acción actúa y sólo es inteligible vista

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Conocimiento individual y construcción comunitaria

al trasluz de su negación. Esta línea de argumentación quedó también reflejada en los escritos sobre el ser y la negación de Hegel (1979). La comprensión misma del ser exige una comprensión simultánea del no ser o ausencia. Comprender que se trata de algo exige darse cuenta de que puede ser de otro modo. En una fecha más próxima, encontramos un argumento similar en la formulación semiótica elaborada por Saussure (1983). Tal como éste nos propone, los significantes lingüísticos consiguen su significado a través de su diferenciación de otros significantes. El lenguaje, y por consiguiente el significado, dependen de un sistema de diferencias. Para la semiótica más estructuralista, estas diferencias se han escogido de manera binaria. La palabra hombre alcanza su capacidad comunicativa gracias a su oposición con la palabra mujer, arriba porque contrasta con abajo, emoción con razón, y así sucesivamente. Para ampliar las implicaciones de estos diversos argumentos, permítanme proponer que cualquier sistema de inteligibilidad descansa en lo que es característicamente una negación implícita, una inteligibilidad alternativa que se plantea como rival de sí misma. Ya se trate de religión, de teoría política o de una perspectiva científica, todas se distinguen en virtud de aquello que no son. Las tensiones producidas por un núcleo de inteligibilidad dado pueden apreciarse de un modo más pleno recurriendo al concepto de «cuadrado semiótico» de A. J. Greimas (1987). En lugar de centrarnos en la base binaria singular del significado (el objeto y la oposición), el «cuadrado» muestra gráficamente la posibilidad de formas alternativas de diferencia. Consideremos la estructura dibujada en la figura 1.1. Tal como se indicó antes, el término empirista de un modo característico se contrapone a racionalista. Las grandes batallas epistemológicas en la filosofía de siglos pasados pueden en gran medida exponerse en términos de esta oposición binaria. Los análisis dentro de un ámbito a menudo se sostienen o afirman mediante falacias demostrativas en otro ámbito. Con todo, además de la tensión tradicional, las oposiciones transversales también indican posibilidades adicionales: empirista puede contraponerse a todo cuanto es no empirista (que podría, aunque en cambio no lo precise, incluir posiciones filosóficas), y racionalista puede contraponerse a todo cuanto es no racionalista. Existe una última distinción que examinar, una distinción que acabara ocupando una posición central en los argumentos que cerrarán este capítulo; a saber, uno puede amortiguar los elementos que constituyen la tensión tradicional —al ser tanto la filosofía empirista como la racionalista exclusivamente occidentales— y contrastarlos con la polaridad budismo-sintoísmo, amortiguada como filosofía oriental.

budismo-sintoísmo, amortiguada como filosofía oriental. Figura 1.1. Posibilidades en el contraste de

Figura 1.1. Posibilidades en el contraste de inteligibilidades

Tal como podemos percibir, la elaboración de cualquier núcleo dado de inteligibilidad depende, en cuanto a su significado y significancia, de aquello que no es, inclusive sus contrarios, sus ausencias, y aquellas posiciones que sus diversas apariciones han hecho posibles. Del mismo modo que se establece la ontología dentro del núcleo, también son múltiples las posibilidades para la negación. Proponer una teoría del funcionar humano, una filosofía del conocimiento o una teoría de la metodología equivale al mismo tiempo a establecer múltiples razones para la

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El punto muerto del conocimiento individual

recusación. En muchos casos los sistemas de inteligibilidad se pueden sostener sin que pese la

amenaza de antagonismo. Las comunidades que comparten un sistema dado de inteligibilidad a menudo se apartan de aquellos que «aguan la fiesta» al rebelarse contra las convenciones prevalentes. Por ejemplo, la estructura de los sistemas de comunicación profesional (periódicos, sistemas de correo electrónico), junto con el perfil físico de la universidad característica (ubicando cada uno de sus departamentos en sedes separadas), prácticamente garantiza que en raras y contadas ocasiones los miembros de las comunidades constituyentes que generan conocimiento entrarán en conflicto. Los dispositivos sancionadores en sus variedades informales

y formales (como, por ejemplo, la promoción y el sostenimiento de talentos del «pensamiento

correcto» o la concesión de ayudas a los investigadores «prometedores») funcionan también para conservar la santidad de los paradigmas existentes. Expresándolo en los términos de M. Foucault (1980), existe una conexión estrecha entre saber y poder. Las estructuras de poder (aquí los núcleos de inteligibilidad) son fundamentales para la ordenación de los diversos enclaves culturales y, por consiguiente, para la distribución de

los resultados en los que algunas personas se ven más favorecidas que otras. Los discursos de una disciplina son rasgos constitutivos de sus estructuras de castigo y de concesión de prerrogativas. Al mismo tiempo, del mismo modo que se establecen jerarquías de privilegio, asimismo se pueden poner en marcha discursos de negación. El discurso dominante, por el hecho mismo de su dominación, puede activar las polaridades, algo que puede ir en ascenso a medida que cualquier discurso dado se codifica y canoniza; en su composición más ambigua y permeable, los órdenes discursivos incorporan más fácilmente los márgenes. De manera general, su institucionalización formal servirá para excluir. Una tendencia hacia la negación puede que se exacerbe a medida que se encuentren los medios dentro de enclaves marginales que puedan generar una expresión coherente. A medida que los grupos marginales encuentran vías para fundamentar lo que de otro modo sólo serían inteligibilidades dispares, la voz de la crítica puede verse amplificada. 3

De la crítica a la transformación

Establecido este punto, podemos pasar a examinar la posibilidad de transformación teorética en el interior de las ciencias. Existen muchos recursos disponibles en la lucha contra los discursos hegemónicos —honestos y deshonestos, taimados y toscos—. Con todo, para las comunidades generadoras de conocimiento que se han desarrollado en el suelo sembrado por el pensamiento de

la Ilustración, los principales motivos para la recusación son racionales o, expresado en términos

contemporáneos, guiados por convenciones discursivas. Es el intercambio discursivo el que debe

revelar la promesa y el peligro de cualquier posición, teoría u ontología. Las reglas de este

intercambio —las definiciones de aquello que constituye un argumento ganador— son objeto de un debate continuo. 4 Pero si consideramos el asunto en términos de los núcleos de inteligibilidad, cuanto menos una conjetura resulta clara: los intentos para contener, reducir o anular el poder de cualquier estructura discursiva dada tienen que llegar óptimamente en términos que estén fuera de

la propia estructura. Utilizar los términos de una ontología contra esa misma ontología es o bien

3 El caso más preclaro de expulsión en el ámbito de la psicología tal vez sea la parapsicología. La psicología de la religión, la psicología existencia!, la psicología humanista, así como la fenomenológica, han pululado en los márgenes de la aceptabilidad. Y cada vez más, a medida que sus vínculos con los apoyos dominantes de la metateoría y el método se ven cortados, la psicología clínica también se está volviendo sospechosa como constituyente de una «psicología propiamente dicha». 4 En cuanto a la esquematización de las reglas para este tipo de intercambio, véase Van Eemeren y Grootendorst

(1983).

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Conocimiento individual y construcción comunitaria

autocontradictorio o bien logra sólo restablecer los términos de la ontología. En el ejemplo anteriormente expuesto, el empirismo no puede demostrarse que sea no verdadero recurriendo a la vía de la investigación empírica, ni la fenomenología puede ser desacreditada recurriendo a la experiencia personal. En uno y otro caso, ganar el argumento al mismo tiempo equivaldría a perderlo. Por consiguiente, y volviendo a las alternativas esbozadas en el cuadrado semiótico, observamos que las contrariedades efectivas frente a un núcleo de inteligibilidad dado tienen que descansar de manera óptima en las suposiciones contenidas en el seno de núcleos alternativos —o bien vinculados por oposición dual, proporcionados por contraste o derivados de nuevas distinciones. Para resistir el empuje hegemónico del discurso empirista, por ejemplo, uno puede desarrollar argumentos en términos de una filosofía racionalista (en cuanto dual), una fenomenología (como diferencia), o un budismo (como no occidental). Consideremos cada una de estos elementos contrarios como convenciones de negación, básicamente estrategias argumentativas propuestas para desplazar un sistema de inteligibilidad dado. Sostener un estado de cosas dado es, por consiguiente, como una invitación a bailar. Otros pueden unirse al baile a través de la afirmación, pero la invitación por sí misma no sólo activa sino que legitima un cuerpo de convenciones de negación. A continuación entraremos de pleno en la capacidad de las convenciones de negación para desplazar una forma de inteligibilidad dada. En las primeras fases del intercambio, las convenciones de negación acrecientan su influencia mediante sus ataques críticos al discurso dominante: al apuntar a factores o procesos que dicho discurso excluye, demostrando las deficiencias y defectos según diversos criterios, censurando los diversos efectos opresivos, condenando los motivos subyacentes, por citar sólo algunos. En este punto cabe hablar de una fase crítica del cambio de paradigma, en la que se emplean las convenciones de negación para socavar la confianza en la forma de inteligibilidad dominante. Durante esta fase, sin embargo, la crítica empleará de modo necesario fragmentos de lenguaje procedentes de un núcleo alternativo, de la gama de proposiciones que hacen factible criticar la inteligibilidad. La justificación de una negación exigirá fragmentos que no están dados en el núcleo que se ataca. En efecto, la crítica admite en el diálogo términos presentes en un núcleo de inteligibilidad superpuesto o en contraste. Por consiguiente, criticar una teoría de la cognición porque no da cuenta de las emociones no es sino presumir y justificar simultáneamente una ontología en la que las emociones son esenciales. Reprobar una teoría científica apoyándose en las razones de sus sostenes ideológicos es condenar la presuposición tradicional de que los hechos son ideológicamente neutros. Estas interposiciones de una realidad alternativa son anticipos significativos de una fase transformacional en el cambio de paradigmas discursivos. Al persistir en la mera crítica, los términos de la inteligibilidad alternativa siguen siendo esquemáticos. El impacto pleno de la crítica sólo se alcanza con la articulación de un subtexto tácito, aquel cuerpo de discurso del cual depende la crítica en relación a su coherencia pero que por sí permanece no especificado en el seno de la crítica. Efectivamente cabe argumentar contra las teorías cognitivas dada su insensibilidad a las emociones. Con todo, el enfoque cognitivo sólo se sustituye cuando la plena «realidad de las emociones» se hace tangible (por ejemplo, dividiendo la mente en ámbitos cognitivos y emocionales, así como demostrando la prioridad biológica de este último). Así la plena transformación en comprensión teórica depende de que se deshaga de las implicaciones de la «crítica de las emociones» de tal modo que un «mundo alternativo» sea

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El punto muerto del conocimiento individual

palpable. 5 En una forma esquemática, empezamos con un sistema dado de inteligibilidad (Inteligibilidad A en la figura 1.2) que contiene una gama de proposiciones interrelacionadas relativas a un ámbito dado (por ejemplo, una teoría de la astronomía, del razonamiento humano, del gusto estético, y demás). Esta gama de proposiciones en el caso ideal es coherente e independiente; es decir, sus proposiciones son no contradictorias y no justifican otros mundos. La fase crítica empieza con diversas convenciones de negación. Una o más de una de las proposiciones que contiene el sistema A se ven recusadas por argumentos que recurren a términos que no están incluidos en A. La fase crítica da cabida a la transformacional cuando se elaboran las consecuencias discursivas de las formas críticas. A medida que la red inferencial se articula progresivamente, emerge un sistema alternativo de inteligibilidad (B). A medida que este sistema se utiliza cada vez más en la «ontología» del mundo (por ejemplo, en nombrar e interpretar lo que hay), su credibilidad rivaliza gradualmente con la de la inteligibilidad A; se aproxima a la condición de habla corriente o de sentido común. Por consiguiente, en el seno de las ciencias, aunque la inteligibilidad alternativa puede asignarse a productos que logran triunfar (como son las predicciones, la tecnología, o los remedios), lo herético puede que lentamente dé paso a lo plausible, y lo plausible a lo cierto. El sentido del conocimiento en proceso se hace tangible.

El sentido del conocimiento en proceso se hace tangible. Figura 1.2. Fases en la transformación de

Figura 1.2. Fases en la transformación de la inteligibilidad

Desde luego, estoy discurriendo aquí de un rumbo idealizado de la transformación teórica y no de las desordenadas y disyuntivas transacciones de la vida erudita. Esta idealización demostrará su utilidad, sin embargo, a la hora de comprender la bitácora vital de las teorías en la psicología contemporánea. Antes de llevar a cabo esta aplicación, puede ser útil una breve comparación de las exposiciones alternativas que se dan acerca del tema del cambio de paradigmas. Apenas me atrevo a proponer el esquema antes mostrado como una exposición general de la transformación teórica, pero su alcance y consecuencias bastan para evidenciar la utilidad de estas comparaciones. Ante todo hay que reconocer las deudas que este análisis contrae con los argumentos de Quine (1960) y Kuhn (1970), que hacen hincapié en la relación problemática existente entre las explicaciones del mundo y sus objetos putativos. Siguiendo a Quine, las teorías científicas no están «determinadas por los datos» ni pueden estarlo, un tema en

5 Una cuestión interesante es la de saber si todas las modalidades discursivas son potencialmente contenciosas, de modo que una exposición —por ejemplo, de la historia malasia— pudiera desacreditar una teoría del movimiento estelar. Para que un argumento sea significativo y relevante es precisa una gama de supuestos mutuamente aceptables o susceptibles de coincidir. Así, por ejemplo, la oposición en la historia de la filosofía entre racionalistas y empiristas se debe en primer lugar a la creencia compartida en el conocimiento individual y en la importancia que le concedían en los asuntos culturales. Si no hubiera un acuerdo sustancial en la ontologia, y/o en los valores, la argumentación estaría ampliamente prohibida. De un modo más general, por consiguiente, la diferencia puede que dependa de la similitud, la negación de la afirmación.

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Conocimiento individual y construcción comunitaria

el que entraré más a fondo en el capítulo siguiente. Siguiendo a Kuhn hay pocas razones para sostener que la revolución científica vaya de la mano en un sentido profundo de la aplicación sistemática de reglas para la comprobación de las hipótesis y su modificación. La presente exposición difiere de la mayoría de análisis sociológicos e históricos, con todo, en el mayor hincapié hecho en los procesos de argumentación como opuestos, digamos, a las cuestiones del contexto económico, del poder, de la motivación personal o de las influencias sociales. Aunque las cuestiones de la economía, del poder, y similares, puedan transformarse en representaciones discursivas y ser así tratadas en el proceso de argumentación, el presente análisis se ve de modo necesario restringido en su importancia. A mi entender, la presente exposición ayuda también a compensar determinadas deficiencias de la formulación kuhniana. Para Kuhn, la fuerza rectora del cambio de paradigma es la intrusión de lo anómalo: hechos que son independientes de los sistemas de inteligibilidad. Tal como Kuhn propone, empiezan a surgir las anomalías tácticas que no son inteligibles en términos del paradigma prevalente, o no pueden ser predichas por éste. En cierto punto, a medida que se acumulan estas anomalías, un cambio de «Gestalt» se produce en la perspectiva teórica. Surge una nueva teoría que puede dar cuenta de la gama de anomalías, así como, de ser verdaderamente efectiva, de todos los hallazgos generados en el seno del paradigma previamente existente. Con todo, este enfoque kuhniano adolece de algunas contrariedades. En primer lugar, no hay modo de explicar la génesis de las anomalías. Kuhn caracteriza las anomalías como «fenómenos inesperados», «novedades fundamentales de carácter tactual» y «episodios extendidos con una estructura regularmente recurrente» (pág. 52), concretamente como formas de datos brutos que hacen que el científico reconozca «que la naturaleza de algún modo ha infringido las expectativas inducidas del paradigma que gobiernan la ciencia normal» (págs. 52-53). Con todo, si los paradigmas de la comprensión determinan (como el propio Kuhn también sostiene) de qué modo construimos, interpretamos o traducimos un hecho, entonces ¿cómo los «fenómenos inesperados» infringen o desafían las comprensiones aceptadas? 6 En efecto, un paradigma de la inteligibilidad tiene que preceder al descubrimiento de una anomalía y no al revés. Desde este punto de vista, la anomalía como fuerza rectora se ve sustituida por una tensión entre inteligibilidades, es decir, por negaciones que se plantean contra afirmaciones. Tales tensiones son un resultado inevitable del hecho de nombrar y explicar, y prácticamente garantizan una inestabilidad en las comprensiones teóricas. Tal como este enfoque hace patente, los cambios de paradigma en la ciencia son en grados relevantes asuntos de evolución en formas socialmente negociadas de significado. Los hechos, las

6 Una problemática similar en la exposición de Kuhn es la misteriosa metáfora del cambio de «Gestalt» en la comprensión. La metáfora la toma prestada de los estudios de las ilusiones visuales en las que una única figura conduce a dos sentidos mutuamente exclusivos de interpretar la realidad (la figura se convierte en fondo y el fondo se vuelve figura). Con todo las teorías son construcciones inherentemente lingüisticas. Así, pues, se plantea la difícil pregunta de cómo afectan al lenguaje los cambios a nivel perceptivo (o viceversa). ¿Los cambios en la percepción visual necesitan alteraciones de las exposiciones que se hacen del mundo? ¿Los cambios en los sonidos y las marcas que denominamos lenguaje cambian nuestras percepciones sensoriales? Se trata de proposiciones difíciles de justificar. Tampoco soy optimista en lo que respecta a las últimas refundiciones de Kuhn (1977) de su explicación social, en la que sustituye la corriente fundamentadora empirista recurriendo a una gama de lo que da en llamar «valores epistémicos». Tal como Kuhn propone, en la evaluación de la teoría unos criterios tradicionales como la exactitud predictiva, la comprensión explicativa y la consistencia interna pueden justificarse en términos del valor puesto en los resultados, a saber, el perfeccionamiento en la explicación y la predicción. Aunque se guarda mucho de reafirmar los fundamentos racionales para la ciencia, esta explicación sigue estando abierta a la critica sobre las razones de su base individualista (el actor individual como aquel que elige los valores), y su alojarse en un enfoque de la referencia en la que la exactitud descriptiva es posible.

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El punto muerto del conocimiento individual

anomalías o la tecnología pueden desempeñar un papel significativo a la hora de alterar las

formas de comprensión científica que las constituyen. Los criterios de la lógica, la exhaustividad

y similares no hacen que la ciencia sea racional; tales criterios son en esencia movimientos en el

seno de diversos dominios de discurso: dispositivos retóricos para conseguir eficacia discursiva. Ello no significa que cualquier cosa funcione, al menos en la práctica. Las convenciones de discurso están a menudo sedimentadas, son restrictivas y están unidas a la práctica social de maneras irresistibles. Sin embargo, desde esta perspectiva se nos invita a examinar con detalle las convenciones justificadoras de cualquier época. Se ha de ser perpetuamente sensible a las consecuencias tanto opuestas como potencialmente debilitadoras de las convenciones y obligaciones existentes.

La transformación teórica en la ciencia psicológica

Durante el último siglo los psicólogos profesionales han formulado un impresionante, si no asombroso, abanico de perspectivas teóricas. Al mismo tiempo, muchas de estas teorías caen en clusters que se solapan —ejemplos de inteligibilidad compartida— y estos clusters varían grandemente en su centralidad respecto a la profesión (por ejemplo, su presencia en los manuales, su representación en las estipulaciones vigentes o la solicitud de fondos de investigación). Tal como se reconoce generalmente, durante la mayor parte del presente siglo un determinado cluster de teorías conductistas dominó el paisaje científico. En la práctica, todas las perspectivas teóricas ocupaban posiciones de significado marginal. Con todo, en las últimas décadas, la teoría conductista ha perdido buena parte de su capacidad arrolladora. Se ha visto sucedida por un cluster de teorías cognitivas. De hecho, se ha producido una transformación discursiva de enorme alcance. La labor inmediata consiste en elucidar esta transformación en términos del proceso discursivo que ya he descrito: ¿cuál es la relación entre las inteligibilidades conductistas y las cognitivas?, ¿de dónde procede su apoyo discursivo? y, ¿por qué era necesaria la transformación? Como espero poder mostrar, en virtud del carácter de esta transformación, la empresa cognitiva —juntamente con todas las exposiciones individualistas del conocimiento humano— se vacía de toda justificación. Un vacío se crea para el surgimiento de una nueva perspectiva sobre el conocimiento.

El período conductista: simbiosis y sonoridad

Ante todo, debemos considerar la enorme popularidad de la perspectiva conductista durante

la primera mitad de este siglo. Aunque uno puede explicar esta ascendencia de diversas maneras,

el enfoque que a continuación expondré sensibiliza respecto a los aspectos del contexto discursivo. ¿Qué otras inteligibilidades, cabría preguntarse, estaban en ascenso durante ese período? Y, ¿de qué modo el movimiento conductista fue racionalizado o apoyado por estos enfoques? Lo más chocante en este caso es que cabe reconocer un elevado grado de superposición entre la teoría conductista y la exposición prevalente de la metodología experimental, junto con la perspectiva metateórica articulada por los filósofos del empirismo lógico. Durante estas décadas los tres cuerpos de discurso se apoyaban y sostenían mutuamente. Las exposiciones teóricas del funcionamiento humano se podían justificar recurriendo tanto a las inteligibilidades de orden metodológico como a las de carácter metateórico. El cuerpo de verdades acerca del comportamiento humano se podía sostener a través de discursos auxiliares, uno justificando la base tactual de las afirmaciones («los experimentos demuestran las relaciones causales entre estímulos y respuestas») y, otro, la probidad filosófica del esfuerzo científico («la

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Conocimiento individual y construcción comunitaria

ciencia descansa en fundamentos racionales»). A fin de ampliar esto, podemos considerar de entrada la relación existente entre la recepción en psicología del enfoque del empirismo lógico y la teoría conductista. La metateoría científica afirma primero una independencia fundamental entre el mundo natural y el observador científico. La labor del científico consiste en desarrollar la teoría que cartografía con fidelidad los contornos del mundo dado: «la labor esencial del científico consiste en identificar los hechos con la mayor precisión posible, ya que forman los elementos sobre los que descansa todo su trabajo» (Brown y Ghiselli, 1955). El enfoque recibido también dota al científico con algunas capacidades importantes mediante las que se puede adquirir el conocimiento objetivo. Entre las más importantes están las capacidades para la observación minuciosa y la lógica. La observación inicial se considera que facilita al científico una rudimentaria familiaridad de trato con los fenómenos que centran su interés. Un tipo de observación como éste, cuando se combina con los cánones de la lógica inductiva, permite al científico formular una serie de hipótesis provisionales relativas a las condiciones en las que se producen los diversos fenómenos. Idealmente el científico debería derivar, de la observación un conjunto de proposiciones (normalmente de la

entonces y es el consecuente» que den cuenta de las

regularidades en la relación entre los acontecimientos observados. En el caso de la psicología el

variedad, «si X es el antecedente

centro de interés es la conducta del individuo. La conducta individual, por consiguiente, hace las veces de consecuente para el que las condiciones del mundo real funcionan como antecedentes. Dadas las proposiciones generales similares a leyes relativas a las relaciones entre antecedentes y consecuentes —junto con las explicaciones hipotéticas de la relación que mantienen—, el científico entonces ha de emplear la lógica deductiva para derivar las predicciones acerca de las pautas que sigue la naturaleza y que todavía no se han observado. Estas predicciones se enuncian

a continuación en la forma de proposiciones del tipo «Si

Sobre la base de estas hipótesis derivadas deductivamente, el científico una vez más se adentra en el mundo de la naturaleza, utilizando la observación controlada para poner a prueba la validez del conjunto inicial de proposiciones. Los resultados de este nuevo conjunto de observaciones sirven para sostener, modificar o invalidar las proposiciones inicialmente presentadas. Así, a través del conjunto observacional, los científicos toman confianza, rectifican o descartan las proposiciones que han adoptado inicialmente. Esta exposición esquemática de lo que suele llamarse el proceso hipotético-deductivo se representa mediante diagramas en la figura 1.3. De manera ideal el proceso de observación-proposición-someter a prueba-afinar se puede seguir de manera indefinida, redundando en una red cada vez más precisa, bien diferenciada y bien validada de proposiciones interrelacionadas. Estas proposiciones, se dice, son portadoras o transmisoras del «conocimiento objetivo» en tanto en cuanto es obtenible, y debe facilitar la predicción y el control de la actividad humana. En la terminología de Brown y Ghiselli, «el objeto del científico consiste en comprender el fenómeno con el que [sic] trabaja. Éste considera

que lo ha comprendido cuando logra predecir sus expresiones

o cuando su conocimiento le

permite controlar su expresión para conseguir determinadas metas» (1955, pág. 35). Dado este esbozo de la orientación hipotético-deductiva del conocimiento, podemos pasar a considerar ahora sus relaciones con las concepciones conductistas del funcionamiento humano. Tal como demostraré, el relato esencial del conocimiento progresivo descrito en la metateoría se ve encarnado en las exposiciones y explicaciones conductistas del aprendizaje humano. Cuando los psicólogos se proponían «observar» y «descubrir» la naturaleza de la conducta humana, con sus sentidos libres de compromisos de orden teórico —o por lo menos, eso creían— de hecho «derivaban de la naturaleza» la misma teoría del conocimiento que racionalizaba sus actividades como científicos.

,

entonces

».

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El punto muerto del conocimiento individual

Consideremos lo siguiente: al principio la teoría conductista posee un fuerte sesgo medioambientalista. Desde la perspectiva medioambientalista se considera la actividad humana como una serie de «respuestas» guiadas, controladas o estimuladas por inputs de carácter medioambiental. Por consiguiente, encontramos «inputs de estímulos» a nivel de la teoría que sirven de sustituto para el «estado de naturaleza» al nivel de la metateoría. Los inputs de estímulos como determinantes preeminentes de la actividad humana son prácticamente idénticos en su función al estado de naturaleza (como estímulos para la construcción de la teoría) en el seno de la metateoría (véase figura 1.3). En relación con los procesos de observación y la lógica (fase II), debemos distinguir entre los dos paradigmas prominentes en el seno del conductista movimiento conductista.

en el seno del conductista movimiento conductista. Figura 1.3. Estadios paralelos en el avance del conocimiento

Figura 1.3. Estadios paralelos en el avance del conocimiento científico y el aprendizaje

Conductistas radicales como Watson y Skinner habían asimilado tan a fondo la «cultura de la ciencia» y su preocupación por lo observable que evitaron enunciados acerca del dominio hipotético de los estados psicológicos. Por consiguiente, con el conductismo radical, la rehabilitación del segundo estadio del proceso hipotético-deductivo no es fácilmente evidente. Las equivalencias con los procesos psicológicos como son la «observación» y la «lógica» resultan difíciles de asignar. Sin embargo, el segundo estadio se manifiesta de hecho, no en los enunciados acerca del funcionar interno de los organismos sino como descripciones de los fines a los que esa conducta sirve. Aunque nada se dice acerca de los procesos internos del pensamiento racional, la especie humana actúa como si maximizara su capacidad adaptativa, es decir, actúa de un modo racional. Watson (1924) lo describió así: «Aunque nace más desprotegido que la mayoría de los demás mamíferos, [el hombre] aprende rápidamente a aventajar a los demás

adquiere hábitos» (pág. 224). Y como Skinner (1971)

avanzara: «El proceso del conocimiento operante

suple a la selección natural. Las importantes

animales gracias al hecho de que

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Conocimiento individual y construcción comunitaria

consecuencias de la conducta que no podrían desempeñar un papel en la evolución en razón de su carácter de rasgos insuficientemente estables del entorno se hacen efectivos a través del condicionamiento operante durante la vida del individuo cuya capacidad para tratar con el mundo se ve por consiguiente ampliamente acrecentada» (pág. 46). De hecho, aunque no se identifica proceso mental específico alguno, los conductistas radicales describen la conducta humana como racional y solucionadora de problemas en relación a sus efectos. Por consiguiente, de manera disimulada, se alcanza la segunda etapa del proceso hipotético-deductivo. En deuda ampliamente con la liberalización de la metateoría del empirismo lógico (Koch, 1966), el conductismo radical fue lentamente sustituido por la teoría neoconductista (E-O-R). Los primeros dogmas empiristas, que daban gran importancia a la correspondencia precisa entre los términos teóricos y lo observable, fueron considerados demasiado constrictivos. Como se argumentó, las ciencia maduras, de hecho, tienen un lugar para los términos teóricos que no se refieren directamente a lo observable. Términos como «gravedad», «campo de fuerza» y «magnetismo» son todos altamente útiles en el contexto de las ciencias de la naturaleza, y con todo carecen de referente observable inmediato. Esta liberalización del nivel metateórico permitió a los psicólogos desarrollar el concepto de «constructos hipotéticos» (MacCorquodale y Meehí, 1948), términos que se referían a los estadios psicológicos hipotéticos que intervienen entre estímulo y respuesta. Con la puerta abierta para dar entrada al hablar sobre «la mente», los conductistas tenían las manos libres para desarrollar términos que estuvieran en correspondencia funcional con los procesos de observación y aquella lógica tan esencial para la metateoría. Así, para Clark Hull (1943), términos como «resistencia al hábito», «fuerza incentiva» y «potencial inhibidor» operaron de consuno para producir respuestas adaptativas a circunstancias dadas. Con formulaciones de valor de expectación (Rotter, 1966; Ajzen y Fishbein, 1980), el término expectativa proporcionaba un paralelo al nivel teórico para las «hipótesis» al nivel metateórico. El teórico del aprendizaje social Albert Bandura (1977) emplea el concepto de «expectación» del mismo modo, pero aporta al arsenal de la psicología procesos adicionales a la «solución de problemas disimulados» y «verificación a través del pensamiento». Allí donde la metateoría científica apela ahora a la comprobación de hipótesis como la siguiente etapa en el avance del conocimiento (figura 1.3), los teóricos del aprendizaje introducen el concepto de refuerzo. Para teóricos como Skinner (1971), Thorndike (1933) y Bandura (1977), el refuerzo selecciona y sostiene determinadas pautas de respuesta mientras desalienta o «extirpa» otras. Las pautas de la primera variedad a menudo se denominan «adaptativas» mientras que aquellas pertenecientes a la última son «inadaptativas». En este sentido, los resultados de la puesta a prueba de las hipótesis cumplen la misma función que el refuerzo: son medios de la naturaleza que informan de la adecuación de las propias acciones. De este análisis se sigue que la cuarta etapa del modelo hipotético-deductivo, la extensión y/o revisión de la teoría no es sino una etapa posterior del proceso de «afirmación de conducta» para los seguidores del enfoque de Skinner o una etapa individual en un proceso de «expectación de la confirmación» para los teóricos del aprendizaje más orientados en la línea cognitiva. En ambos casos el funcionamiento mental del individuo se vuelve cada vez más adecuado a los contornos medioambientales. Tal vez no haya mejor conclusión para el presente argumento que un par de citas sacadas de Principies of Behavior de Clark Hull. Al hablar primero de la naturaleza de la ciencia, Hull recita la letanía hipotético-deductiva (las etapas se numeran con cifras romanas al margen):

I. La observación empírica, complementada con la conjetura prudente, es la fuente principal de los primeros principios o postulados de una ciencia. Tales formulaciones, al ser tomadas en diversas combinaciones junto con condiciones antecedentes relevantes,

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El punto muerto del conocimiento individual

II. conducen a inferencias o teoremas, de los que algunos puede que estén de acuerdo con el

resultado empírico de las condiciones en cuestión, y algunos puede que no. Se retienen aquellas proposiciones primarias que conducen a deducciones lógicas que están de acuerdo de manera consistente con el resultado empírico observado,

III. mientras que aquellas que no lo están se rechazan o bien se modifican. A medida que se

prosigue la criba llevada a cabo mediante este proceso de prueba y error, surge de manera gradual una serie limitada de principios primarios IV. cuyas consecuencias acompañantes es más probable que estén de acuerdo con las observaciones relevantes. Las deducciones hechas a partir de los postulados que sobreviven al proceso, aunque nunca son absolutamente ciertas, de hecho, finalmente se vuelven altamente

fidedignas.

(Hull, 1943, pág. 382). Las similitudes entre esta exposición de la ciencia y la teoría del aprendizaje de Hull son asombrosas. En cuanto a esta última, Hull resume sus opiniones como sigue (de nuevo, los

paralelismos con las etapas del modelo hipotético-deductivo se señalan al margen): i

I. La sustancia del proceso elemental de aprendizaje tal como la ponen de manifiesto la mayor

parte de los experimentos realizados parece ser así: una condición de necesidad existe

ha dado inicio la acción de energías medioambientales estimulantes. Esto

dictados por la evolución orgánica. En el caso

de que una de estas respuestas aleatorias, o una secuencia de ellas, dé como resultado la reducción de una necesidad dominante en el momento, se sigue un efecto indirecto una secuencia de ellas, dé como resultado la reducción de una necesidad dominante en el momento, se sigue un efecto indirecto

III. al que se denomina refuerzo. Este efecto consiste en 1) un refuerzo de las relaciones

particulares del receptor-emisor que originalmente media la reacción y 2) una tendencia para toda(s las) descarga(s) del receptor que se producen casi al mismo tiempo a adquirir nuevas relaciones con los emisores mediando la respuesta en cuestión. El primer efecto se conoce como aprendizaje primitivo por prueba y error; el segundo se conoce como aprendizaje por reflejo condicionado. Como resultado, cuando la misma necesidad surge de nuevo en esta u otra situación similar, los estímulos activarán los mismos emisores de un modo más cierto, más rápido

y más vigoroso que en la primera ocasión. Tal acción,

IV. aunque en absoluto es adaptativamente infalible, a largo plazo reducirá la necesidad de un

modo más seguro que no lo haría una muestra aleatoria de tendencias de respuestas no

aprendidas

supervivencia: es decir, será adaptativa (Hull, 1943, págs. 386-387). Tanto la ciencia como los procesos de aprendizaje humano, por consiguiente, operan de una manera análoga y tienden hacia fines similares. La teoría del aprendizaje humano es una réplica de la teoría de la ciencia. A lo largo de las primeras décadas de este siglo, tanto la metateoría como la teoría se mantuvieron en sincronía con la concepción de metodología prevalente. Desde luego, los métodos observacionales y la experimentación controlada en particular se vieron favorecidos por la filosofía empirista. Para los psicólogos, las propiedades del mundo real («los antecedentes materiales» para los empiristas lógicos, «mundo de estímulos» para el conductista) fueron captados en el lenguaje metodológico por medio del concepto de la «variable independiente». De hecho, las condiciones experimentales existen con independencia del organismo y son anteriores lógicamente a su conducta en estas condiciones. Las manipulaciones del científico de las

Por consiguiente, la adquisición de esas relaciones receptor-emisor contribuirá a la

II. potenciales de reacción vagamente adaptativa

a la que

activa diversos

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Conocimiento individual y construcción comunitaria

variables independientes liberan las fuerzas que dirigen o limitan la conducta del organismo. La «actividad resultante» del organismo es captada por el concepto de «variable dependiente» — causado por, y dependiente de, la manipulación de la variable independiente. La variable dependiente en términos metodológicos pone en paralelo los conceptos de «consecuente material» en la metateoría del empirismo lógico y «respuestas conductistas» en la teoría conductista. En efecto, el hecho de dar cuenta de lo que sucede en un experimento, junto con la elección de la terminología que describe los particulares de carácter experimental, está en plena consonancia con las perspectivas metateóricas y teóricas de aquel período. La metateoría suponía un mundo ordenado de entidades mecánicamente relacionadas, el método prometía un trazado preciso de los vínculos causales, y la imagen resultante del funcionamiento humano era aquella en la que la conducta dependía de sus condiciones antecedentes. La metateoría, la teoría y el método, todo se desenvuelve en una sonora armonía. 7

La fase crítica: deterioro de las inteligibilidades

Actualmente es muy poco lo que resta del optimismo y del sentido de misión que impregnaron ese período de discursos que se apoyaban mutuamente. Cada uno de los cuerpos interdependientes de discurso ha soportado una extensa crítica. La fase crítica del proceso de transformación ha sido amplia e irresistible en los tres niveles. Primero, a nivel de la metateoría, el empirismo lógico siempre había tenido más predicamento en su traducción a otras disciplinas que en el seno mismo de la filosofía. Hubo un debate filosófico que se prolongó en el tiempo relativo al lugar de la experiencia personal en la ciencia, la relación de los acontecimientos materiales con la experiencia, la posibilidad de vincular lo observable con el lenguaje, y más cosas. Sin embargo, a partir de mediados de siglo, la filosofía de la ciencia se vio dominada por una gama cada vez más articulada e incisiva de críticas. Se formularon argumentos efectivos contra toda la gama de supuestos empiristas, incluyendo la separación tradicional entre proposiciones analíticas y sintéticas (Quine, 1953), la inducción como método para desarrollar la teoría (Hanson, 1958; Popper, 1959), la lógica de la verificación (Popper, 1959), la posibilidad de definiciones opcracionales (Koch, 1963), la correspondencia mundo-objeto (Quine, 1960), la interdependencia de la comprensión teórica y la predicción (Toulmin, 1961), la conmensurabilidad de las teorías en competencia (Kuhn, 1962), la separación entre hecho y valor (Macintyre, 1973), la posibilidad de hechos teóricamente no saturados o brutos (Hanson, 1958; Quine, 1960), la racionalidad fundacional de los procedimientos científicos (Barrett, 1979; Feyerabend, 1976), la posibilidad de una teoría falsadora (Quine, 1953), el carácter no partidista del conocimiento científico (Habermas, 1971) y la aplicabilidad del modelo de cobertura de ley a la acción humana (White, 1978). Como muchos filósofos concluyen ahora, la filosofía del conocimiento científico ha entrado en una etapa posempirista (Thomas, 1979). Salvo unos pocos supervivientes más bien extraños, el intento de basar la ciencia en una racionalidad fundacional agoniza en todas partes. 8

7 A fin de apreciar los efectos de apoyo mutuo de los discursos metateóricos, teóricos y metodológicos de aquella época, resulta útil contrastar la exposición predominante de lo que ocurre en un procedimiento experimental con otras posibilidades. Por ejemplo, afirmar que «variables independientes» tienen efectos «causales» es un compromiso metafísico de cierta magnitud. Por un igual cabe considerar las «condiciones de estimulo» como «disponibilidades», «percibidas» como opuestas a las «condiciones reales» o como «invitaciones a una danza ritual». Afirmar que los experimentos «demuestran las relaciones causales» es poco más que una comodidad retórica.

8 En cierto sentido, la crítica que Feyerabend (1976) hace del empirismo, aunque es potente, también sirve para sostener su fundamentación. Al basar su crítica —orientada a informar al lector acerca de cómo se alcanza realmente

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El punto muerto del conocimiento individual

En el nivel de la teoría, los psicólogos han llevado a cabo también un asalto a gran escala a la teoría conductista. Buena parte de la primera crítica fue articulada u orquestada por Sigmund Koch (1963). Los problemas que planteaba la explicación variable intermedia (o E-O-R), la vinculación de los constructos con lo observable, preparar «experimentos decisivos» y la generalidad de las leyes conductistas se contaban entre algunos de sus objetivos. Críticas posteriores desafiaron las suposiciones conductistas de generalidad transespecífica en leyes del aprendizaje, la contingencia histórica de los principios conductistas, y los puntales ideológicos de la teoría del conductismo. Más espectacular en lo penetrante de su impacto ha sido la proliferación de los argumentos innatistas similares a los planteados por los psicólogos de la Gestait a finales de la década de 1930, que afirmaban que no se puede dar cuenta de la actividad humana sólo en términos de inputs de estímulo. Como demostró efectivamente Chomsky (1968), las capacidades para el uso hábil del lenguaje no podían, en principio, derivarse del refuerzo medioambiental. Para Piaget (1952) y sus colaboradores, las capacidades para el pensamiento abstracto no se aprendían a través del aprendizaje sino que se desplegaban a través del desarrollo natural del niño. De una manera más general, el organismo parece tener sus propias tendencias inherentes —para buscar y procesar información, formular hipótesis y orientarse por metas, entre otras. Con la aparición de estos argumentos, la cadena unidireccional de la causalidad —desde el mundo estimulador a la respuesta conductista— se rompe. En muchos aspectos, se argumentó, el organismo alberga sus propias causas autónomas. Finalmente, acompañando el deterioro del compromiso con la metateoría empirista y la teoría conductista se extendió un amplio descontento en relación al método experimental. Las primeras críticas hacían hincapié en el grado en el que los hallazgos experimentales estaban sujetos al sesgo propio del experimentador o las características exigidas que establece el experimentador (véase el resumen de Rosnow, 1981). Los críticos también expresaban su preocupación por la ética de la manipulación experimental (Smith, 1969; Kelman, 1968), la actitud manipulativa de los experimentadores hacia sus temas (Ring, 1967), la validez ecológica de los experimentos y el grado en el que los resultados experimentales se alcanzaban gracias a una hábil puesta en escena (McGuire, 1973). Había aún otros, entre los que cabe contar a psicólogos críticos y las feministas, que plantearon cuestiones ideológicas, argumentando que los experimentos eran una réplica del sistema de dominación y control inherente a la sociedad capitalista, o de la personalidad masculina, o de ambas cosas (Hampden-Turner, 1970; Reinharz, 1985). Segmentos con un peso específico importante de la comunidad científica buscan ahora alternativas que sean viables a la metodología experimental (incluyendo la investigación de campo, la investigación cualitativa con métodos de casos, métodos dialógicos, por sólo citar algunos). La fase transformacional: cognición sin consenso

Como vemos, la tupida tela característica de la época anterior —la metateoría, la teoría y el método— empieza a deshacerse. La metateoría empirista, la teoría conductista y la metodología experimental, todas ellas han sufrido el impacto de una amplia crítica. La fase crítica de la transición discursiva está, por consiguiente, plenamente madura. Con todo, ¿no se ha producido una fase transformacional en la que se ha forjado un nuevo conjunto de inteligibilidades entrelazadas? ¿Cuál es nuestra situación actual y qué cabe anticipar del futuro? A fin de explorar estas preguntas resulta útil volver al cuadrilátero semiótico (véase la figura 1.3). En esta figura

el progreso científico— en lo que significa una gama de hechos históricos, implícitamente socava el ataque que hace al uso de la observación como justificación científica.

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Conocimiento individual y construcción comunitaria

podemos intentar situar inteligibilidades alternativas sobre las que se forman las premisas de las críticas actuales, y examinar la posibilidad de una fructífera transformación. Examinemos primero la posibilidad de transformación al nivel de la metateoría. Con el acta de defunción de los fundamentos empiristas, ¿qué filosofía de la ciencia alternativa se puede generar a partir de la penumbra de las comprensiones sobre las que se basaban las críticas? A mi entender, la mayoría de los argumentos antiempiristas pueden agruparse en tres categorías principales. Existe, en primer lugar, crítica dentro del paradigma, es decir, intentos de revisar determinadas suposiciones en la metateoría existente sin que con ello se sacrifique la presunción de la racionalidad fundacional del esfuerzo científico. Se trata a todas luces del intento de Popper (1963) cuando condenaba las presuposiciones inductivistas del empirismo tradicional, pero, con todo, Popper las sustituyó por un enfoque igualmente fundacional caracterizado como «racionalismo crítico». Aunque es sostenible en algunos aspectos, yo pondría también las principales obras de Lakatos (1970), Laudan (1977) y Bhaskar (1978) en una categoría similar. Es decir, aunque abandonando algunos de los dogmas de la corriente fundamentadora del empirismo, conservan todavía determinadas suposiciones clave (como la independencia sujeto- objeto) y sostienen, de manera simultánea, la búsqueda de una base lógica trascendente. De hecho, tal crítica no consigue provocar lo que yo consideraría como una transformación radical en la perspectiva. En segundo lugar, hay hebras de crítica dual tejidas en la fase crítica, es decir, argumentos que derivan en gran medida del punto de vista tradicionalmente más antagonista del empirismo, a saber, el racionalista. Como se acostumbra a sostener, la historia de las teorías del conocimiento que se dan en Occidente puede escribirse ampliamente en términos de un movimiento pendular entre las exposiciones del conocimiento humano como un depósito de inputs experienciales y aquellas otras exposiciones y explicaciones que sostienen que la mente es una fuente originaria de conocimiento. Por consiguiente, para los principales filósofos de la tradición del empirismo clásico (Locke, Hume, los Mili) el conocimiento individual se construye ampliamente a partir de la experiencias de los acontecimientos medioambientales. El individuo llega a conocer a través de la observación; sin contacto experimental con el mundo, poco es cuanto el individuo puede decir que sabe o conoce. Al contrario, para los filósofos que con mayor asiduidad se identifican con la tradición racionalista (Descartes, Spinoza, Kant), el carácter inherente de la mente humana es esencial para el desarrollo del conocimiento. Sin una capacidad innata para la racionalidad o para organizar el mundo de determinados modos, difícilmente podríamos acreditar que poseemos conocimiento. En estos términos, la filosofía empirista-lógica de la ciencia significa en gran medida un refinamiento característico del siglo XX de las concepciones empiristas tradicionales. Por consiguiente, dada la historia del debate a lo largo de la dualidad, las críticas de tipo racionalista se habían de anticipar. A fin de poner ejemplos de ello, en algunos aspectos las criticas tanto de Hanson (1958) como de Kuhn (1962) han recurrido al uso de suposiciones que se originan en el dominio de la tradición racionalista. Para Hanson, los conceptos mentales tienen que preceder a la identificación de los hechos; para Kuhn, las transformaciones de paradigma están emparentadas con los cambios de la Gestait, es decir, están dirigidas no por los datos sino por tendencias mentales inherentes. Las consecuencias e implicaciones discursivas de las críticas racionalistas ¿pueden desarrollarse y formar una teoría alternativa del conocimiento científico? Resulta interesante el hecho de que ningún filósofo se haya pronunciado en el sentido de extender las suposiciones subyacentes a una teoría hecha y derecha del conocimiento. A mi juicio, esta posibilidad queda prácticamente imposibilitada por los últimos tres siglos de debate filosófico. Los problemas del solipsismo, del conocimiento innato, de la separación mente-materia, y el conservadurismo

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El punto muerto del conocimiento individual

político, por sólo citar algunos (véase para más detalles el capítulo 5), han desalentado efectivamente este empeño. En efecto, la sustitución del empirismo por una corriente fundamentadora racionalista es improbable. Finalmente, y discurriendo al nivel metateórico, se distingue entre crítica y modalidades alternativas, es decir, aquellas perspectivas que difieren tanto de la explicación empirista-lógica como de la racionalista, y las reducen a una única unidad que por sí misma se convierte en un polo de la nueva polaridad. Tales críticas son a la vez las menos y las más efectivas. Son inefectivas al punto de que simplemente no se dirigen a aquellos que están dentro de los sistemas dominantes de inteligibilidad de un modo que sea compatible con sus preocupaciones. En efecto a menudo aparecen como «críticas hechas desde lo inmediato», tangenciales, o fuera del diálogo. Al mismo tiempo, tales críticas son las más efectivas, en la medida que 1) aquellos que reciben el ataque tienen pocos medios con que defenderse, y 2) las razones de la argumentación empiezan a ofrecer alternativas significativas a los enfoques existentes. Para los empiristas, las críticas del tipo racionalista son en la práctica rituales; los argumentos y contraargumentaciones han sido como un flujo y reflujo durante siglos con una reiteración tal que «un nuevo asalto» apenas es desasosegador. La inteligibilidad alternativa se comprende bien y sus deficiencias se hacen evidentes. Sin embargo, en el caso de las críticas que se ejercen desde el exterior de la dualidad, ninguna de estas condiciones las incumbe. Las refutaciones no han sido bien preparadas, y los problemas inherentes a las alternativas se encuentran fuera del alcance de la comprensión. A mi juicio, dos de las principales líneas de la crítica antiempirista encuentran sus raíces en una modalidad alternativa. Se trata de los tipos de crítica ideológica y la de tipo social. Las críticas de la variedad ideológica se centran en los sesgos morales y políticos inherentes al enfoque empirista. Tanto Macintyre (1981) como Habermas (1971), por ejemplo, apuntan en el sentido de que las concepciones empiristas del conocimiento son contrarias al bienestar humano. De hecho, no consiguen valorarse mediante estándares morales y políticos. Los empiristas no disponen de medios bien desarrollados para demostrar que carecen de sesgos morales y políticos; de hecho, han evitado de manera sistemática entrar a participar en el diálogo sobre los bienes morales o políticos. En gran medida lo mismo cabe decir de la crítica social, es decir, la crítica que apunta a los diversos procesos sociales que operan en la generación de inteligibilidades científicas. Por consiguiente, al hacer hincapié en la base comunitaria del compromiso de un paradigma, Kuhn (1962) sostiene esencialmente una explicación social del conocimiento científico. El mismo resultado se ve favorecido por el examen que Feyerabend (1976) hace de la racionalidad como forma de tradición cultural. De nuevo, el empirista no está listo para la refutación; los procesos sociales son inefectivamente declarados como no interesantes, interfirientes o irrelevantes y las condiciones están maduras para que el proceso social se convierta en la base para una teoría alternativa del conocimiento. En el capítulo siguiente, combinaré la crítica ideológica con la social y, con recursos adicionales, sentaré los preliminares para un proyecto alternativo hecho y derecho: construccionismo social. En este caso, tanto el empirismo como el racionalismo formaran el polo rechazado de una nueva dualidad —ambos sostienen que el conocimiento es una posesión individual, mientras que la nueva polaridad tomará el conocimiento como un producto resultante de las relaciones comunitarias. En marcado contraste con la incapacidad de los filósofos para montar una alternativa convincente al de la corriente fundamentadora del empirismo, los psicólogos se han trasladado rápidamente a un período de transformación teórica. En gran medida la razón se encuentra en que las críticas de la teoría conductista estaban incluidas en el interior de la polaridad tradicional empirista-racionalista y descansaban en diversas suposiciones surgidas de la tradición racionalista. Estas críticas sostienen la incapacidad de la teoría conductista para tomar en

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Conocimiento individual y construcción comunitaria

consideración las propensiones racionalistas inherentes, para considerar el dominio de los procesos de pensamiento, o para abarcar cuestiones como la conciencia y la intencionalidad, todos ellos argumentos compatibles con el marco racionalista. Y lo que es más importante para nuestros propósitos, los psicólogos empiezan a vaciar la preestructura de tales críticas, transformando así la crítica en una ontología alternativa. Así pues, por ejemplo, cuando Chomsky (1968) sostuvo que la producción del lenguaje (y, en consecuencia, más en general la acción humana) no puede entenderse en términos de refuerzo medioambiental, estaba haciendo una contribución importante a la literatura de la crítica. Cuando pasó a dar cuenta de la enorme flexibilidad del niño a la hora de construir frases bien formadas en términos de tendencias inherentes (la «estructura profunda» del conocimiento gramatical), la ontología positiva de una teoría racionalista estaba en curso. La floración de la ontología positiva constituye lo que ahora vemos como «la revolución cognitiva». En el énfasis puesto en los esquemas, en el procesamiento de la información, la exploración medioambiental, la memoria dirigida por esquemas, por ejemplo, todo ello inherente a la mente individual, el movimiento cognitivo representa una reaparición contemporánea de la tradición filosófica racionalista. En el caso de la teoría psicológica, por consiguiente, las transformación en inteligibilidades teóricas es prácticamente completa. Poniendo nuestra atención en la exposición predominante de la metodología, encontramos una trayectoria similar a la de la metateoría empirista. Aunque reduciendo efectivamente la confianza en el método experimental, la crítica no ha logrado producir una alternativa de amplia credibilidad. 9 La principal razón por la que la transformación ha fracasado es que la mayoría de las críticas existentes se han dado «dentro del paradigma». Es decir, atacar el experimento por su falta de validez externa, el hecho de que están presentes el sesgo del experimentador y las características exigidas, así como por sus impropiedades éticas, no es concluir que los experimentos son en principio problemáticos. Nada se dice en este caso que impugne su potencial de producción de conocimiento. Por consiguiente, la invitación del crítico no consiste en abandonar la experimentación como un programa que fracasa, sino en asignar los medios de mejorar su eficacia (por ejemplo, a través de la experimentación de campo, procedimientos double-blind, grupos de investigación ética). Además, aquellos que intentan una transformación en la metodología se enfrentan a un problema común: el concepto mismo de metodología como dispositivo garantizador va unido a la tradición empirista y el hincapié que la caracteriza en «la verdad a través del método». Por consiguiente, feministas, fenomenólogos, interpretativistas y demás que buscan una alternativa genuina a los métodos empiristas se encuentran luchando por demostrar que sus métodos son adecuados a los estándares empiristas de rigor (como son la validez, la fiabilidad, la neutralidad y demás). Al no lograr demostrar su adecuación a estos fundamentos (empiristas), les ha resultado difícil convencer a la comunidad científica de que, de hecho, están llevando a cabo una investigación científica. Por ejemplo, la metodología dialógica (que intenta generar nuevas aportaciones conceptuales a través del diálogo entre el sujeto y el científico) no parece ser creíble como instrumento de investigación «científica». Y, desde luego, los intentos de demostrar una igualdad con los métodos empiristas característicamente apenas culminan. En realidad, el mismo intento de demostrar, por ejemplo, que los métodos cualitativos son tan rigurosos como los métodos observacionales o de cuestionamiento, sólo da una sanción

9 Como examinaré en el siguiente capítulo, durante la última década ha surgido una amplia gama de alternativas metodológicas: feministas, dialógicas, reflexivas. Sin embargo, no se trata de ofertas en el interior del esquema dual existente. Más bien, son intentos por realizar una concepción alternativa tanto de las personas como de la ciencia, y, por consiguiente, abandonando en su conjunto la dualidad tradicional.

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El punto muerto del conocimiento individual

tácita a la concepción empirista de la ciencia. Igualmente, no ha habido florecimiento de lo que cabría llamar «métodos de investigación racionalistas». Nadie ha explorado los tipos de métodos que resultarían si el enfoque de que el individuo es algo inherentemente racional, que busca información y sustentador de conceptos se extendieran al nivel de la práctica científica. En la era conductista, los psicólogos dieron forma al individuo en el mismo molde que al científico. La persona común era simplemente un científico que operaba menos sistemáticamente o menos rigurosamente que el profesional. La psicología humana y la ciencia formaban un todo coherente. Pero no hubo intento en la época de la revolución cognitiva para generar tal coherencia: ninguna deliberación sobre la naturaleza del conocimiento científico tomaría en serio el enfoque prevalente del funcionar humano. El resultado es una disyunción peculiar entre la metodología contemporánea (que congenie con un enfoque empirista de la ciencia y un enfoque conductista de la persona) y la teoría cognitivista prevalente. Esta disyunción entre el método contemporáneo y la teoría alberga una irónica incoherencia. El teórico cognitivo conceptualiza el funcionar humano de un modo que esencialmente destruye la garantía de los métodos empiristas, al punto que los teóricos afirman que los procesos cognitivos se encuentran fijados genéticamente y operan de «arriba abajo», con el individuo tamizando y ordenando la información sobre la base de requisitos inherentes y estructurales. El individuo pierde su capacidad para afirmar un conocimiento exacto de un mundo independiente. En este caso, las representaciones que el individuo tiene del mundo no están determinadas por la experiencia —qué hay «allí fuera»— sino por los requisitos del propio sistema cognitivo. 10 Aplicando este enfoque del funcionar humano al nivel de la practica científica, encontramos que el científico pierde credibilidad como una «autoridad sobre la naturaleza». Los métodos experimentales no podrían «corregir la tendenciosidad cognitiva» porque el experimentador inevitablemente conduciría la investigación en aquellos sentidos exigidos por las demandas del sistema cognitivo, como son, por ejemplo, emplear los experimentos al servicio de esquemas a los que ya se ha adherido e interpretar todos los datos precisamente del modo exigido por las propias proclividades en cuanto al procesamiento de la información. Además, el experimentador pierde justificación para hablar de manipulación experimental y control. Mas bien, desde la perspectiva de la teoría cognitiva, los sujetos llevan a los experimentos procesos que determinaran qué deben desechar y derivar de las condiciones; los experimentadores a su vez harán interpretaciones consistentes con sus propios esquemas iniciales y problemáticamente relacionados con las actividades de sus sujetos. Así, pues, toda la lógica de as variables «dependientes» e «independientes» queda obviada. En efecto los psicólogos cognitivos se encuentran en una posición incómoda para abarcar las teorías que niegan la posibilidad de que

10 La focalización de la atención en los procesos cognitivos activos (opuestos a pasivos) o determinativos, que poseen sus propias tendencias o requisitos, ha sido el sello del movimiento cognitivo desde sus primeros pasos. En Miller, Galanter y Pribram (1960), por ejemplo, la conducta individual se- retraía a planes internos que ordenaban jerárquicamente la estructura de actividad. Los procesos de emparejar plantillas, detectar rasgos, esperar selectivamente, construir modelos mentales y procesar la información han desempeñado todos un papel central en las formulaciones cognitivas desde esa época; todos estos tipos de procesos son tratados como originarios, en el sentido de que no están exigidos por los contornos del mundo tal como es. El concepto ampliamente utilizado del esquema cognitivo funciona típicamente en este mismo sentido, Un esquema que ha sido igualado con «un plan, un esbozo, una estructura, un marco, un programa. En todos estos significados la suposición es que los esquemas son cognitivos, planes mentales abstractos y que sirven de guías para las acciones, como estructuras para interpretar la información, como marcos organizados para la resolución de problemas» (Reber, 1985).

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Conocimiento individual y construcción comunitaria

estén sujetas a evaluación empírica. Y descansar en métodos empíricos es, por consecuencia lógica negar las concepciones mismas del funcionamiento humano sobre las que se ha basado la revolución cognitiva.

¿Adonde nos lleva el conocimiento individual?

Este capítulo empezó expresando la preocupación por la presuposición de larga duración de que el conocimiento es una posesión individual ¿Puede sostenerse este enfoque, y, a la luz del cambio de las condiciones globales, seguirá siendo sólido? Esperamos comprender mejor estas materias explorando la condición de la psicología científica, disciplina en su mayor parte comprometida sistemáticamente en generar un conocimiento firme sobre las capacidades del individuo para generar conocimiento. Tal como hemos visto, en la línea central de este siglo la posición de la psicología sobre las cuestiones del conocimiento ha cambiado marcadamente. Se ha producido una importante transformación en la sustitución de la teoría conductista por la teoría cognitiva. Sin embargo, como demuestra la figura 1.4, esta transformación se cumplió pagando un coste enorme. La teoría conductista surgió en un contexto discursivo plenamente compatible con sus principales dogmas. Estuvo ampliamente apoyada por la fiosotia dominante de la ciencia y reforzada por un oportuno discurso sobre los métodos. Tanto la filosofía fundacional como la confianza predominante en los métodos se han erosionado en la actualidad, aunque no tienen sucesores significativos que diluyan el apoyo que tiene la concepción individualista del conocimiento. Así, pues, la teoría cognitiva actual existe, pero lo hace en una posición de precariedad. Se trata de una perspectiva sobre el conocimiento que adolece de la falta de apoyo de una filosofía de la ciencia (metateoría) y que emplea una metodología antitética para sus suposiciones básicas.

una metodología antitética para sus suposiciones básicas. Figura 1.4. Teoría cognitiva sin apoyo auxiliar En efecto,

Figura 1.4. Teoría cognitiva sin apoyo auxiliar

En efecto, los psicólogos cognitivistas están desprovistos de dos formas principales de sostener el

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El punto muerto del conocimiento individual

discurso: una filosofía de la ciencia que justifique la racionalidad de la teoría cognitiva, y una metodología que garantice propiamente sus pretensiones de verdad.

A la luz de esto podemos anticipar que la psicología cognitiva, al igual que le sucediera a su

predecesor el mentalismo del siglo XIX, pronto seguirá su rumbo. Desde luego, es posible que, incluso desprovisto del apoyo de una base racional, el movimiento cognitivo pueda seguir

sosteniéndose. A mi juicio, la vitalidad presente del movimiento puede atribuirse a su alianza con los ordenadores, tanto como metáfora para la construcción de la teoría como en calidad de una base para la puesta a prueba tecnológica. Al igualar los procesos cognitivos con el funcionamiento computacional, utilizando el ordenador como un medio para la modelización de la toma de decisiones y concluir que los modelos por ordenador que logran fructificar demuestran

que la mente opera precisamente de este modo, los cognitivistas han desarrollado un medio

efectivo, aunque a veces de una circularidad viciosa, de prestar credibilidad a sus empeños. Entonces, también, el paisaje académico está cubierto de enclaves autónomos que siguen aprovechándose de iconos que están ausentes desde hace mucho del intercambio común.

La posibilidad de una hegemonía parece dudable. Basándonos en los análisis precedentes,

las afirmaciones de modalidad cognitiva establecen las condiciones para la negación, y a medida

que estas negaciones van siendo progresivamente articuladas, son pocos los recursos existentes

para la resistencia: ningún hecho inflexible, ninguna filosofía fundacional, y unas pocas suposiciones que pueden sostenerse ante los argumentos filosóficos generados por los siglos anteriores. Incluso ahora la metáfora del ordenador estimula un abanico de críticas y, como

subrayaré en el capítulo 5, el cuerpo de la literatura autocrítica está haciendo que el paradigma se aproxime a una situación de implosión.

A medida que esta nueva fase sigue su curso, ¿podemos anticipar una vuelta a cierta forma

de conductismo? Tal retorno podría ser anticipado a través de la historia precedente de la

psicología, moviéndose como lo hizo desde el mentalismo del siglo XIX al conductismo del siglo

XX y luego dejando espacio al cognitivismo. También cabría anticiparlo en términos de los

debates en la filosofía entre los partidarios del empirismo y los del racionalismo, debates que se

han ido repitiendo a lo largo de siglos sin que hayan llegado a una solución. ¿Qué hay que evitar

si no otra oscilación del péndulo intelectual? A mi entender, tal oscilación está contraindicada. Ante todo, sería esencial asignar modos de trascender la panoplia de críticas a la que se ha expuesto hasta ahora al conductismo —desde el interior del paradigma, desde el polo racionalista de la dualidad y desde los sectores ideológicos y sociales. Además, tal como sugiere el presente análisis no habría ninguna filosofía de la ciencia como base de justificación sólida sobre la que hacer descansar tales enfoques del funcionar humano. Finalmente, sería necesario desviar la creciente indignación del cambio intelectual, corrientes que favorecen en conjunto la sustitución del enfoque individualista del conocimiento por una formulación comunitaria. En el momento presente nos enfrentamos a la posibilidad de trascender la herencia de la Ilustración y su dualidad empirismo-racionalismo. Y a este empeño volveremos en los capítulos siguientes.

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

Capítulo 2 La crisis de la representación y la emergencia de la construcción social

En la medida en que el enfoque del conocimiento como posesión individual entra en un punto muerto, las transformaciones han ido tomando cuerpo en otros ámbitos de especialización. Estos cambios de sensibilidad comparten determinados temas, que sugieren una alternativa a la concepción individual del conocimiento, a saber, el enfoque del conocimiento como residiendo en el seno de la esfera de la conexión social. Este capítulo ante todo bosqueja estos diálogos emergentes y sus consecuencias para el enfoque construccionista social de las ciencias humanas. Prestaré especial atención al deterioro de las creencias tradicionales en la representación verdadera y objetiva del mundo. Las críticas ideológicas, literario-retóricas y sociales pasan a primer plano. Tras destilar de estas críticas una serie de suposiciones construccionistas esenciales, exploraré los contornos de la investigación a la que invita ese tipo de suposiciones. Como propondré, el construccionismo no precisa del abandono de las empresas y empeños tradicionales. Más bien, los sitúa en un marco diferente, con un cambio resultante en el acento y las prioridades. Y lo que es aún más importante, el construccionismo invita a nuevas formas de investigación, expandiendo sustancialmente el alcance y la significación de los empeños de las

ciencias humanas. La misión de las ciencias socioconductistas ha sido tradicionalmente proporcionar explicaciones objetivas de la conducta humana y explicar su carácter, preocupaciones que se extienden a las acciones de todas las personas de todas las culturas y a través de la historia. Las ciencias ofrecen explicaciones tanto del amor como de la hostilidad, del poder y la sumisión, de la racionalidad y la pasión, de la enfermedad y el bienestar, del trabajo y el juego, junto con explicaciones de amplio alcance de su funcionamiento. Y, cuando están adecuadamente seguros de sí mismos, los científicos, a menudo, aventuran predicciones, sugiriendo cómo se desarrollarán los niños, cómo se reducirán los prejuicios, cómo prosperará el aprendizaje, se

deterioraran las intimidades, cómo se acrecentará el producto nacional bruto, etc

otros colegas en las ciencias naturales, los científicos socioconductistas se comunican estas exposiciones entre sí y a la sociedad primero a través del lenguaje. Al lenguaje las ciencias confían el deber de pintar y reflejar los resultados de sus investigaciones. Y si es el lenguaje el que transporta la verdad a través de las culturas y al futuro, cabría concluir razonablemente que la supervivencia de las especies depende del funcionamiento del lenguaje. Aunque esto parece casi cómodamente convencional, detengámonos a examinar las obligaciones que tradicionalmente se asignan al lenguaje. ¿Puede el lenguaje soportar la gravosa responsabilidad de «representar» o «reflejar» cómo son las cosas? ¿Podemos estar seguros de que el lenguaje es el tipo de vehículo que puede «transmitir» la verdad a otros? Y cuando está impreso, ¿podemos adecuadamente anticipar que «almacenará» la verdad para generaciones futuras? ¿Sobre qué razones sustentamos estas creencias? La duda nos asalta cuando examinamos las descripciones cotidianas de la gente. Las describimos como «inteligentes», «cálidas» o «deprimidas» mientras sus cuerpos están en estado de movimiento continuo. Sus acciones son proteicas, elásticas, siempre cambiantes y, con todo, nuestras descripciones siguen siendo estáticas y gélidas. ¿En qué sentido, pues, el lenguaje representa nuestras acciones? ¿O si utilizamos el término «hostil» para referirnos a la expresión facial de Sarah, al tono de voz de Eduardo y la relación entre los católicos y los protestantes irlandeses, exactamente de qué es una imagen el término «hostil»? Las fotografías reales de los acontecimientos no tendrían ninguna similitud entre sí. ¿En qué sentido, pues, el término es mimético? Disyunciones semejantes entre la palabra y el mundo se pueden discernir a nivel profesional.

Al igual que

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La crisis de la representación

En el psicoanálisis, por ejemplo, quienes lo ejercen demuestran tener una capacidad

extraordinaria para aplicar un léxico restringido de descripción a un abanico de acciones insólito

y siempre cambiante. A pesar de las vicisitudes de las trayectorias vitales, todos los sujetos

analizados se pueden caracterizar como «reprimidos», «conflictivos» y «defensivos». De manera similar, en el laboratorio conductista, los investigadores son capaces de retener un compromiso teórico dado con independencia de la gama y la variabilidad de su observación. Desde los cobayas a los estudiantes de segundo año de universidad, el teórico sostiene que todos realizan la misma respuesta (como es eludir) las pautas de castigo. Y a pesar de los métodos rigurosos de observación utilizados en esos laboratorios, apenas podemos encontrar una teoría conductista que ha sido abandonada porque ha sido desmentida por las mismas observaciones. Nuestra preocupación inicial es, pues, la relación existente entre el lenguaje descriptivo y el mundo que proyecta representar. El problema no carece precisamente de consecuencias, ya que, como filósofos de la ciencia, desde hace tiempo somos conscientes de que una teoría se aquilata con el valor que tiene en el mercado de la predicción científica en la medida en que el lenguaje teórico corresponde a los acontecimientos del mundo real. Si el lenguaje científico no comporta ninguna relación determinada con los acontecimientos externos al propio lenguaje, su contribución a la predicción se vuelve problemática, y la teoría científica no puede perfeccionarse mediante la observación. La esperanza de que el conocimiento puede ser superior a través de la observación sistemática resulta ser vana. De un modo más general, cabe poner en entredicho la objetividad fundamental de las exposiciones científicas. Si este tipo de exposiciones explicativas no se corresponde con el mundo, entonces ¿qué proporciona su garantía? Esta pregunta es crítica, dado que la pretensión de objetividad ha venido proporcionando la base principal para la amplia autoridad que durante el siglo pasado han afirmado las ciencias. En esta multiplicidad de aspectos, los filósofos del empirismológico ansiaban establecer una estrecha relación entre lenguaje y observación. En el corazón del movimiento positivista, por ejemplo, se encuentra el «principio de la verificabilidad del significado» (denominado «realismo del significado» en su versión revisada), sosteniendo que el significado de una proposición

descansa en su capacidad de ser verificado a través de la observación; las proposiciones que no están abiertas a la corroboración a la enmienda a través de la observación carecen del valor necesario para entrar a participar en una ulterior discusión. Con todo, el problema consistía en dar cuenta de la relación entre proposiciones y observaciones. Russell (1924) propuso que el conocimiento objetivo podía reducirse a conjuntos de «proposiciones atómicas», cuya verdad descansaría en hechos aislados y discriminables. En cambio, Schiick (1925) propuso que el significado de las palabras individuales en las proposiciones debía establecerse a través de medios ostensivos («mostración»). Carnap (1928) propuso que los predicados de cosas representaban «ideas primitivas», reduciendo así las proposiciones científicas a informes de experiencia privada. Para Neurath (1933), las proposiciones habían de verificarse a través de «proposiciones protocolarias» que estaban, a su vez, directamente vinculadas a los procesos biológicos de percepción. Todos estos enunciados en este enfoque son reducibles al lenguaje de

la física. Efectivamente, existía una unidad fundamental entre todas las ramas de la ciencia.

Aun así, estos intentos de establecer relaciones seguras y determinadas entre las palabras y los referentes del mundo real dejan una diversidad de problemas esencialmente irresueltos. ¿Las proposiciones que toman parte en el principio de verificabilidad están a su vez sujetas a verificación? En caso negativo, ¿en qué medida son significativas o fidedignas? Si el objeto al que se refiere una proposición está en un estado de cambio continuo, o deja de existir, ¿la proposición es sólo momentáneamente verdad? Las proposiciones tienen significado durante y por encima de la capacidad referencial de las palabras individuales que las constituyen. ¿Cómo

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

hay que entender ese significado? ¿Las proposiciones están sujetas a verificación, o sólo los términos individuales? ¿La verificación es un estado mental, y de serlo, en qué sentido las proposiciones sobre estados mentales son a su vez verificables? ¿Sobre qué bases se han de distinguir los átomos tactuales entre sí? Estas y otras preguntas irritantes han seguido siendo recalcitrantes a una solución ampliamente convincente. Para muchos, los argumentos de Popper (1959) y de Quine (1960), en particular, justificaban reexaminar la base empírica de las declaraciones científicas en cuanto a la descripción. El primero sostuvo que no había medios lógicos para inducir enunciados teóricos generales de la observación, es decir, de desplazarse de un modo lógicamente fundamentado desde una explicación lingüística de lo particular a una explicación general o universal de las clases. Esto condujo a que Popper abrazara la distinción de Reichenbach entre un «contexto del descubrimiento» y un «contexto de la justificación». El contexto del descubrimiento —ese espacio en el que el científico establece sus pretensiones iniciales de correspondencia— era, para Popper, «irrelevante para el análisis lógico del conocimiento científico» (pág. 31). De hecho, los medios con los que un científico establece las afirmaciones ontológicas que han de someterse a estudio no están a su vez racionalmente justificados. La crítica de Quine (1960) causó estragos incluso a la posibilidad de una sólida fundamentación en el contexto de justificación. ¿Qué es, se preguntó, la posibilidad de una definición ostensiva, es decir, de definir los términos científicos a través de la designación pública de los referentes materiales? ¿Los términos de una ontología científica pueden fundamentarse a través de las características del estímulo al que se refieren? En su célebre ejemplo gavagai (págs. 26-57), Quine demostró la imposibilidad de hacerlo. Si un término como «gavagai» lo utilizan los indígenas para referirse a un conejo que corre, a un conejo muerto o a un conejo en una olla, o simplemente los signos de la presencia de un conejo, entonces ¿cuál es la configuración de estímulos que garantiza la traducción del término en tanto que «conejo»? En el caso extremo, cada vez que el indígena utiliza el término puede que se esté refiriendo al conejo como un todo. Entonces, no encontramos los medios para vincular ostensivamente los términos y precisar así las características del mundo. La definición ostensiva puede ser operativa para muchos propósitos prácticos, pero la descripción científica no puede fundamentarse o afirmarse mediante el significado-estímulo. Para Quine, la teoría científica se encuentra «notoriamente subdeterminada» por cómo son las cosas. Actualmente se ha aceptado en general que el modo en el que se logra la representación objetiva en cuestiones de descripción y de explicación sigue estando insatisfactoriamente explicado (Fuller, 1993; Bames, 1974). Mientras tanto, fuera de las filas de la filosofía de la ciencia, con insistente intensidad han venido sonando redobles de tambor con otro ritmo. Estos movimientos, a menudo adjetivados como posempiristas, posestructuralistas o posmodernos, ya no buscan una base lógica racional para una vinculación precisa de la palabra y el mundo; más bien, en cada caso, los argumentos plantean un desafío más fundamental a la suposición de que el lenguaje puede representar, reflejar, contener, transmitir o almacenar el conocimiento objetivo. Tales críticas invitan a una reconsideración completa de la naturaleza del lenguaje y cuál es su lugar en la vida social; y lo que aún es más importante, empiezan a formar la base de una alternativa a la presuposición del conocimiento individual. En el capítulo anterior, hallamos que el trabajo crítico en la filosofía de la ciencia producía simplemente una nueva iteración en un debate cíclico que ha durado siglos. Tampoco la crítica de la metodología produjo alternativas viables. Las formas presentes de crítica, sin embargo, surgen de las inteligibilidades discursivas que caen ampliamente fuera de los ámbitos filosófico-científicos. Cuando sus consecuencias se elaboran y sintetizan, sientan las bases para una completa transformación de nuestro enfoque del lenguaje, así como de los conceptos aliados de verdad y racionalidad. De un modo más específico,

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La crisis de la representación

proporcionan medios para revisar la psicología y las ciencias humanas con ella relacionadas.

La critica ideológica

Durante la mayor parte del presente siglo se ha hecho un intenso esfuerzo —tanto por parte de los científicos como de los filósofos empiristas— para apartar a las ciencias del debate moral. La meta de las ciencias, se ha dicho en general, consiste en proporcionar unas exposiciones precisas de «cómo son las cosas». Las cuestiones relativas a «cómo deberían ser» no son una preocupación científica principal. Cuando la explicación y la descripción teórica se ven recubiertas de valores, se dice, dejan de ser fidedignas o pasan a ser directamente perjudiciales; distorsionan la verdad. Que las tecnologías científicas deban utilizarse para diversos propósitos (como hacer la guerra, controlar la población o la previsión política) tiene que ser una preocupación vital para los científicos, pero tal como se ha dejado claro con frecuencia, las decisiones acerca de estos temas no pueden derivarse de la ciencia en cuanto tal. Para muchos científicos sociales, el ultraje moral de la guerra de Vietnam empezó a socavar la confianza en este enfoque existente desde hacía mucho tiempo. De algún modo la neutralidad de las ciencias, como medusas en un océano, parecía ser algo moralmente corrupto. No sólo no había nada acerca del aspecto científico que diera razón al rechazo de la brutalidad imperialista, sino que el establishment científico a menudo entregaba sus esfuerzos a mejorar las tecnologías de la agresión. Había una ampulosa razón para restaurar y revitalizar el lenguaje del «deber ser». Para muchos especialistas esta búsqueda de reforma moral despertaba el interés por una forma mortecina de análisis filosófico: la crítica moral de la racionalidad de la Ilustración. En la década de 1930 los escritos de la Escuela de Francfort —Horkheimer, Adorno, Marcuse, Benjamín y otros— fueron especialmente catalizadores. En primer lugar, estos teóricos salían de un linaje intelectual significativo: del acento puesto por Kant en el primado de la libertad individual y de la responsabilidad moral sobre el mundo científicamente concebido de contingencias materiales, el enfoque hegeliano de la razón y la moralidad como incrustadas en las prácticas culturales y la demostración que Marx hiciera de los sentidos en los que las formas de racionalidad estaban influidas por los intereses de clase. De un modo más inequívoco, estos escritos trazaron efectivamente un amplio espectro de males de la búsqueda ilustrada de una racionalidad histórica y culturalmente trascendente. El compromiso con la filosofía positivista de la ciencia, el capitalismo y el liberalismo burgués —manifestaciones contemporáneas de la visión ilustrada— se prestaba a males como la erosión de la comunidad (Gemeinschaft), el deterioro de los valores morales, el establecimiento de las relaciones de dominio, la renuncia al placer y la utilización de la naturaleza. Esta forma de análisis, denominado «teoría crítica», estaba dirigida al cuerpo de creencias o ideología que apoyaba o racionalizaba estas instituciones. El propósito de este tipo de análisis era la emancipación ideológica. Las pretensiones de verdad científica, por ejemplo, propiamente podían evaluarse en términos de los sesgos ideológicos que revelaban. La apreciación crítica por consiguiente nos liberaba de los efectos perniciosos de las verdades mistificadoras. 1 Aunque los escritos de la escuela crítica eran —y son— predominantemente marxistas en su orientación, ya que buscan emancipar a la cultura de la esclavitud de la ideología capitalista, esta forma de argumentación ha roto sus amarras marxistas. Para cualquier grupo preocupado por la

1 Las contribuciones clásicas incluyen Adorno (1970), Horkheimer y Adorno (1972), y Mareuse (1964). En cuanto a las prolongaciones de esta perspectiva en fecha más reciente, véanse, por ejemplo, Parker (1992), Sullivan (1984) y Thomas (1993).

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

injusticia o la opresión, la crítica ideológica es un arma poderosa para socavar la confianza en las realidades que se dan por sentadas propias de las instituciones dominantes: la ciencia, el gobierno, lo militar, la educación entre otras. Como forma general, la crítica ideológica intenta poner de manifiesto los sesgos valorativos que subyacen a las afirmaciones de la verdad y la razón. En la medida en la que se demuestra que estas afirmaciones representan intereses personales o de clase, ya no pueden calificarse de objetivas o racionalmente trascendentes. Por ejemplo, actualmente existe un enorme cuerpo de crítica feminista que eclipsa la obra marxista en extensión e interés. A fin de ilustrar su potencial desconstructivo, basta examinar el análisis de Martin (1987) de los sentidos en los que la ciencia biológica caracteriza el cuerpo de la mujer. La preocupación particular de Martín se ciñe al sentido en el que los textos biológicos, tanto en el aula como en el laboratorio, representan o describen el cuerpo femenino. Tal como la autora muestra, el cuerpo de la hembra es característicamente tratado como una forma de fábrica cuyo propósito primario es el de reproducir la especie. De esta metáfora se sigue que los procesos de menstruación y de menopausia son un despilfarro, si no disfuncionales, ya que, se trata de períodos de «no reproducción». Examinemos los términos negativos en los que el texto de biología típico describe la menstruación: «el hecho de que pasen a la sangre la progesterona y los estrógenos priva al revestimiento endometrial de su soporte hormonal»; «la constricción de los vasos sanguíneos lleva a una disminución del aporte en oxígeno y nutrientes»; y «cuando empieza la desintegración, todo el revestimiento empieza a deshacerse, y se inicia el flujo menstrual». «La pérdida de estimulación hormonal causa decrosis» (muerte del tejido). Según un texto, la menstruación es como «el útero que llora por la falta de un bebé» (cursivas nuestras). Tal como Martín las considera, estas descripciones científicas lo son todo menos neutrales. De manera sutil informan al lector de que la menstruación y la menopausia son formas de colapso o fracaso. Como tales tienen implicaciones peyorativas de amplia consecuencia. Para una mujer, aceptar estas exposiciones es alienarse de su cuerpo. Las descripciones proporcionan razones para el autoenjuiciamiento, tanto sobre la base mensual para la mayor parte de los años de la vida adulta de la mujer, y luego permanentemente, una vez que sus años de fertilidad han quedado atrás. Además, estas caracterizaciones podrían ser de otro modo. La «f adicidad del cuerpo de la mujer» no requiere este sesgo negativo, sino que resulta del ejercicio de la metáfora masculina de la mujer como fábrica de reproducción. Para Martín, como para muchos otros científicos, la ciencia es la continuación de la política por otros medios. 2 O, como Butler lo expresa, «la

un fundamento sino una inyunción normativa que opera insidiosamente

ontología no es

instalándose en el discurso político como su fundamento necesario» (pág. 148). Esta forma de análisis crítico —orientado a revelar los propósitos ideológicos, morales o políticos en el seno de explicaciones aparentemente objetivas o desapasionadas del mundo— está floreciendo ahora en las humanidades y las ciencias. Está siendo utilizado por los negros, por ejemplo, para desacreditar el racismo implícito en sus miríadas de formas, por los homosexuales para poner de manifiesto las actitudes homofóbicas en el seno de las representaciones comunes del mundo, por los especialistas de área preocupados por el sutil imperialismo de la etnografía occidental, por los historiadores incomodados por el uso de la escritura histórica para valorizar la situación presente («historia presentista»), y por los especialistas preocupados por las

consecuencias morales y políticas de una amplia variedad de teorías sociales y psicológicas. 3 En lo que a nuestros propósitos atañe, la consecuencia más importante de este conjunto concatenado

2 Véanse, por ejemplo, Butler (1990), Fine (1993), Harding (1986) y Haraway (1988).

3 Véanse, por ejemplo, Clifford y Marcus (1986), Fabián (1983), Mitchell (1982), Rosen (1987), Said (1979, 1993), Schwartz (1986) y Stam (1987).

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La crisis de la representación

es su amenaza para la presunción de que el lenguaje puede contener la verdad, que la ciencia puede proporcionar descripciones objetivas y exactas del mundo. Estas formas de crítica alejan la pretensión de verdad de la aseveración al cambiar el emplazamiento de la consideración en la afirmación misma a la base motivacional o ideológica de la que se deriva. Apuntan al intento subyacente, de quien dice la verdad, de suprimir, ganar poder, acumular riqueza, sostener su cultura por encima de todas las demás, etc., y con ello socavando el poder persuasivo de la verdad como se presenta. Efectivamente, reconstituyen el lenguaje de la descripción y la explicación como lenguaje del motivo, piden que las pretensiones de neutralidad sean consideradas «mistificadoras», que la charla tactual sea indexada como «manipulación», y así sucesivamente. Al hacerlo destruyen el estatuto del lenguaje como portador de la verdad.

La crítica literario-retorica

Una segunda amenaza a la capacidad reflectora de la descripción y de la explicación ha ido

madurando en un terreno diferente, a saber, el de la teoría literaria. En lugar de destruir la base semántica de la descripción y la explicación demostrando sus orígenes valorativos, los teóricos de la literatura intentan demostrar que tales exposiciones están determinadas no por el carácter de los acontecimientos mismos sino por las convenciones de la interpretación literaria. Para apreciar la fuerza del argumento resulta útil volver a las críticas que Kuhn (1962) y Hanson (1958) hacían de los fundamentos tácticos de las teorías científicas. Tal como Kuhn razonaba, una teoría científica es una amalgama de creencias a priorí que funcionan para «hablar al científico de las entidades que la naturaleza contiene o no» (pág. 109). No son los hechos los que producen el paradigma, sino el paradigma el que determina lo que se tiene por un hecho. De manera similar, para Hanson el origen de las exposiciones tácticas en las ciencias descansa en la perspectiva del observador. Efectivamente, tanto Kuhn Como Hanson consideran que el marco a priori de la observación es de carácter cognitivo: el científico literalmente ve el mundo material a través de las lentes de la teoría. Para Kuhn, los cambios de paradigma, por consiguiente, son análogos a los

cambios de la Gestait en la percepción (pág. 111). Para Hanson, «el observador

que sus observaciones sean coherentes respecto a un trasfondo de saber ya establecido. Este ver es la meta de la observación» (pág. 20). Con todo, a pesar de su peso específico, estas críticas de la ciencia como portadora de la verdad pervierten, de hecho, los aspectos fundamentales de un enfoque individualista del conocimiento. La disposición cognitiva del científico individual (punto de vista, perspectiva, construcción) sirve para organizar el mundo de modos particulares. ¿Cómo, entonces, puede sostener la fuerza de estos argumentos sin que con ello se rehabilite simultáneamente el marco individual? La respuesta a esta pregunta se encuentra en una reconsideración de lo que se considera como a priori. Hay pocas razones para creer que literalmente tenemos experiencia o «vemos el mundo» a través de un sistema de categorías. En realidad, como demostrare en el capítulo 5, no existe una explicación viable en cuanto a cómo podría establecerse el a priori cognitivo. Sin embargo, ganamos sustancialmente si consideramos el proceso de estructuración del mundo como un proceso lingüístico y no cognitivo. Establecemos límites y fronteras alrededor de lo que consideramos «lo real» a través de un compromiso a priori hacia formas particulares de lenguaje (géneros, convenciones, códigos de habla, entre otras). Nelson Goodman sugiere esta opinión en Ways of Woridmaking: «Si pregunto sobre el mundo, mi interlocutor puede ofrecerse a contarme cómo es bajo uno o diversos marcos de referencia; pero si insisto en que me cuente cómo es aparte de estos marcos, ¿qué puede decirme? Estamos confinados a modos de describir cualquier cosa que se describe» (pág. 3). En la terminología de Goodman es

apunta sólo a

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

la descripción y no la cognición lo que estructura el mundo factual. Esta afirmación allana el camino para la crítica literario-retórica de la función del lenguaje como portador de la verdad. En la medida en que la descripción y la explicación son requeridas por las reglas de la exposición literaria, el «objeto de la descripción» deja de quedar grabado en el lenguaje. Cuando los requisitos literarios absorben el proceso de dar cuenta científicamente, los objetos de tales exposiciones —como independientes de las exposiciones mismas— pierden estatuto ontológico. El caso más fuerte de absorción textual es el que se da dentro del cuerpo de la teoría literaria postestructuralista. Para apreciar su significado, resulta útil examinar brevemente los diálogos estructuralistas de los que surgió esta obra. En relación a nuestros propósitos actuales el movimiento estructuralista en las ciencias sociales y las humanidades pueden verse como una recusación temprana de la presuposición del lenguaje como espejo, el principio de un argumento para el que los escritos posestructuralistas más recientes son la conclusión extrema. El estructuralismo como orientación general soporta una focalización dual entre un exterior (lo aparente, lo dado, lo observado) y un interior (una estructura, una fuerza o proceso). Como se sostiene a menudo, el exterior adquiere su figura o forma a través del interior y sólo cabe entenderlo relativamente a sus influencias. Al considerar de este modo el lenguaje hablado o escrito, podemos distinguir entre discurso (como un exterior) y las estructuras y fuerzas que determinan sus configuraciones. En este sentido, la mayor parte de la teoría estructuralista subvierte el enfoque del lenguaje como conducido por el objeto, donde un inventario de un lenguaje objetivo sería un inventario del mundo tal como es. Para el estructuralista, la atención primordial se dirige hacia el modo en que las representaciones lingüísticas están influidas por estructuras y fuerzas distintas al mundo representado. Para el lingüista estructural Ferdinand de

Saussure la dualidad se da entre la langue, «un sistema gramatical que

existe en la mente de

cada hablante» (1983, pág. 14) y la parole, la exteriorización del sistema en términos de la combinación de sonidos o marcas necesarias para la comunicación del significado. Efectivamente, los desparramados, efímeros y variados actos de comunicación abierta son expresiones de conjuntos más fundamentales y estructurados de disposiciones internas. Desde este punto de vista, la labor del lingüista es ir más allá de la superficie de la expresión lingüística para descubrir el sistema generativo o la estructura en su interior. La mayor parte de la investigación en las ciencias humanas es compatible con la empresa estructuralista. El intento de Freud de utilizar la palabra hablada (el contenido «manifiesto») para explorar la estructura del deseo inconsciente (contenido «latente») es en este sentido ilustrativo. Los escritos marxistas a menudo se consideraron estructuralistas por el hincapié que hacían en los modos de producción material que subyacían a las teorías capitalistas de la economía, del valor, y

del individuo. 4 Más directamente vinculada con el movimiento estructuralista está la obra de Lévi-Strauss (1969), que intentó reducir las formas culturales y artefactos a amplia escala a una lógica dual fundamental. Análogos son los intentos de Chomsky (1968) para determinar una estructura gramatical «profunda» a partir de la cual pueden derivarse todas las oraciones bien construidas («estructura superficial»). El temprano concepto de episteme en la obra de Foucault (1972) compartía buena parte del proyecto estructuralista en su suposición de la existencia de una configuración de relaciones o condiciones a partir de las cuales cabría derivar las diversas formas de saber en una misma época histórica. Para aquellos que sostienen que el lenguaje puede servir de vehículo para la transmisión de

4 Esta relación la hicieron explícita Althusser y Balibar (1970).

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La crisis de la representación

la verdad, el pensamiento estructuralista empieza a suponer un desafío. En la medida en que las

llamadas «exposiciones objetivas» están conducidas no por acontecimientos, sino por sistemas estructurados (sistemas internos de significado, fuerzas inconscientes, modos de producción, tendencias lingüísticas inherentes, y similares), resulta difícil determinar en qué sentido las exposiciones científicas son objetivas. La descripción parece estar dirigida por la estructura y no por el objeto. Resulta interesante que este desafío lanzado a los conceptos de verdad y de objetividad se desarrollara escasamente en los círculos estructuralistas. La mayoría de los estructuralistas deseaban afirmar una base racional y objetiva para su conocimiento de la estructura. Querían establecer afirmaciones objetivas aceroa de la estructura determinante —el inconsciente, la gramática universal, las condiciones materiales o económicas, y así sucesivamente. Lentamente, sin embargo, el vínculo teórico se ha vuelto contra esta presuposición. Tal vez el punto central en el giro hacia el posestructuralismo provino del hecho de darse autorreflexivamente cuenta de que las exposiciones de la estructura eran en sí mismas de naturaleza discursiva. Si el discurso no está dirigido por objetos en el mundo sino por estructuras

subyacentes, y si las exposiciones de estas estructuras también están fraguadas en el lenguaje, entonces, ¿en qué sentido esas exposiciones cartografían la realidad de las estructuras? Si son imágenes de las estructuras, entonces los enfoques empirista o realista del lenguaje son correctos

y las pretensiones estructuralistas de la verdad están circunscritas; si no son representaciones

exactas, ¿cuál es su status? Esta toma de conciencia invita no a la rehabilitación de una teoría gráfica del lenguaje sino al abandono de la dualidad estructuralista: un lenguaje de superficie versus un interior determinante. Dicho de un modo más específico, dado que nuestro estar alojados en el discurso parece innegable, entonces la presunción de una «estructura subyacente» - de una fuerza oculta que opera detrás del lenguaje— pierde su atractivo Los partidarios de la semiótica han flirteado durante mucho tiempo con las consecuencias radicales de esta última conclusión. Por ejemplo en su «autobiografía», maliciosamente titulada Roland Barthes, Roland Barthes procedió a infringir prácticamente toda regla para la representación de una vida. Al evitar la cronología, al hablar de sí mismo en tercera persona al insertar aleatoriamente opiniones sobre diversos temas, al hacer poca referencia al pasado, intentó demostrar que aquello que consideramos «una historia vital real» es un producto del artificio. Sin embargo, más consecuente desde el punto de vista filosófico es la obra de Jacques Derrida y del movimiento de la desconstrucción. Para Derrida la empresa estructuralista (y en realidad, toda la epistemología occidental) estaba infectada por una infortunada «metafísica de la presencia.» ¿Por qué, preguntaba, hemos de suponer que el discurso es una expresión externa de un ser interno (pensamiento, intención, estructura o similares)? ¿Sobre qué bases suponemos la presencia de una subjectividad invisible que habita o está presente en las palabras? Las inquietantes consecuencias de tales preguntas son puestas de relieve por el análisis derridiano de los medios con los que las palabras adquieren significado. Para Derrida, el significado de la palabra no sólo depende de las diferencias entre las características visuales o auditivas de las palabras (bocado, tocado, hojear y ojear, por ejemplo, todas ellas soportando significados diferentes en virtud de los cambios de consonantes), sino también de un proceso de diferición, en el que las definiciones son suplidas por otras palabras -orales y escritas, formales e informales- proporcionadas en diversas ocasiones a lo largo del tiempo. Así, un término como bocado se puede utilizar al poner los arreos al caballo, al recibir una parte importante de responsabilidad o dinero -«menudo bocado te ha tocado»- hablando de teatro «tiene un pequeño bocado», al referirse a pequeñas secciones o elementos -«este bocado es el más divertido de todos»- Con todo el significado de cada una de estas palabras o frases depende de todavía otros procesos de diferirlas a otras definiciones y contextos. Un bocado en teatro es un «pequeño» papel, y en los términos de Derrida, «pequeño»

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

lleva consigo trazas de usos en otros incontables marcos. Al ir en busca del significado de una palabra, uno encuentra una ininterrumpida y creciente expansión de las palabras. Determinar qué significa una expresión dada es retroceder a una gama enorme de usos del lenguaje o textos. Una prelusión no nos proporciona, pues, pálidos simulacros de las ideas presentes en la cabeza de la gente; más bien nos invita a entrar en el «juego infinito de los significantes». Derrida acuña el término différance para referirse simultáneamente a diferencia y a diferición y, por consiguiente garantiza que el significado del término mismo queda apropiadamente oscurecido. A través de este análisis la presencia del autor (intención o significado privado) es olvidado. El significado interno se sustituye por la inmersión en los sistemas de unos procesos inherentemente oscuros e indecidibles de significación. La distancia que media entre la desconstrucción de la intención del autor y la desaparición del objeto del lenguaje es también corta. La intención del autor deja de ser un lugar importante de significado, al igual que el mundo tuera del discurso. Como Derrida intentó demostrar en el caso de diversas comentes de filosofía, una escritura así es sólo eso, una forma de escritura. Adquiere

su significado no de lo que supone que existe, o de aquello a lo que putativamente se refiere (lógica, representación mental, ideas a priori y similares), sino a través de su referencia a otros textos filosóficos Para la filosofía nada hay fuera del mundo de los textos. La disciplina puede seguir existiendo indefinidamente como una empresa autorreferente. Esta línea de argumentación conduce, a su vez, al análisis de los textos filosóficos en términos de estrategias literarias por medio de las cuales se logran sus resultados. Se ha demostrado que diversas líneas de argumentación filosófica dependen, por ejemplo, de la adopción de determinadas metáforas Si la metáfora se extirpa del argumento, queda poco argumento u objeto de discurso con que proseguir. Esta línea argumentativa dota de fuerza al ataque que Rorty (1979) hace de la historia de la epistemología occidental Toda la historia, sugiere Rorty, resulta de la desafortunada metáfora de la mente como espejo, una «esencia etérea» que refleja los acontecimientos en el mundo externo. En efecto, el perenne debate entre empiristas y racionalistas no trata de un remo que existe fuera de los textos, sino de un combate entre tradiciones literarias en competencia. Eliminadas las metáforas esenciales el debate se hunde. Muchos otros autores han puesto de relieve los dispositivos literarios con los que se construyen los textos en los que se basa la autoridad. Las palabras de Nietzsche siempre marcan un hito: «¿Qué es, pues, la verdad? Un ejército móvil de metáforas, metonimias,

que tras un prolongado uso parecen firmes, canónicas y obligatorias para la

antropomorfismos

gente- las verdades son ilusiones que hemos olvidado que son ilusiones» (1979 pág 174). De esta manera, encontramos exploraciones de las bases literarias de "rea lldadhistórica (white> 1973; 1978), de la racionalidad legal (Levinson, 1982), del debate filosófico (Lang, 1990) y de la teoría

psicológica (Sarbin 1986; Leary 1990). Los antropólogos culturales se han interesado especial mente por las practicas literarias que guían la inscripción etnográfica sosteniendo que las convenciones occidentales de la escritura obstruyen nuestro enfoque de las mismas culturas que queremos comprender (Clifford 1983-Tyier, 1986). Aunque el análisis literario puede tener potentes efectos catalizadores muchos lo ven como limitado por su preocupación por el propio texto A menudo en este tipo de análisis falta una preocupación por el texto como comunicación humana, y particularmente, en cuanto a su capacidad de conmover o persuadir al lector. Este tan necesario suplemento es aportado por los estudios retóricos. Como muchos sostienen, estamos experimentando ahora un renacimiento de esta tradición de 2.500 años de antigüedad. Un estudio así se ha preocupado durante mucho tiempo de los medios a través de los cuales el lenguaje adquiere su poder de persuasión. Tradicionalmente, sin embargo, se ha venido haciendo una separación entre el contenido de un

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mensaje dado (su sustancia) y su forma (o modo de presentación). En el seno de la tradición empirista esta distinción también se ha utilizado para desacreditar el estudio de la retórica. La ciencia, se sostenía en esa tradición, se preocupa por la sustancia, por comunicar el contenido puro. La forma en la que viene presentado (su «empaquetado») sólo tiene un interés marginal, pero en la medida en que la persuasión depende de ella, el proyecto científico queda subvertido. Es el contenido y no la mera retórica lo que se debe satisfacer en el debate científico. 5 Sin embargo, cuando la capacidad de transmitir la verdad propia del lenguaje se ve amenazada por la teoría literaria posestructuralista, la pretensión de contenido —un retrato verídico y objetivo de un objeto independiente— cede. Todo cuanto era contenido queda abierto al análisis crítico como forma persuasiva. En efecto, los desarrollos en el estudio retórico son paralelos a aquellos propios de la crítica literaria: ambos desplazan la atención del objeto de representación (los «hechos», la «racionalidad del argumento») al vehículo de la representación. A título ilustrativo, examinemos el caso de la «evolución humana», un hecho aparente de la vida biológica. Como propone Landau (1991), las exposiciones de la evolución humana no están regidas por acontecimientos del pasado (y su manifestación en diversos fósiles) sino por formas de narración o de relatar. En particular, todas las principales exposiciones paleoantropológicas — desde Julián Huxiey a Elliot Smith— «se aproximan a la estructura de un héroe de cuento, siguiendo los esquemas propuestos por Vladimir Propp en su ya clásico Morfología del Cuento popular» (pág. 10). La narración heroica proporciona la necesaria preestructura para la articulación de la teoría evolutiva. En ausencia de la forma narrativa in situ, la teoría evolutiva sería esencialmente ininteligible. Los diversos fósiles y artefactos recogidos por los científicos no servirían de prueba, porque no habría forma de inteligibilidad para aquellos objetos que vendrían a ser como ejemplificaciones. Al afirmar el contenido, los científicos han establecido una marcada distinción entre un lenguaje literal (reflejo del mundo) y otro metafórico (que altera la reflexión de modo artístico); nuevamente se privilegia el literal sobre el metafórico. Con todo, si se elimina un lenguaje literal del campo, entonces todo el corpus científico queda abierto al análisis como metáfora. En este contexto, por ejemplo, es donde la crítica feminista ha evidenciado los sentidos en los que las metáforas machistas guían la construcción de la teoría en la biología (Hubbard, 1983; Fausto- Sterling, 1985), en la biofísica (Keller, 1985) y en la antropología (Sanday, 1988). Los psicólogos se han preocupado especialmente de la amplia dependencia del campo respecto de las metáforas mecanicistas (Hollis, 1977; Shottter, 1975). Tal como se argumenta, las metáforas no se derivan de la observación, sino que más bien sirven como preestructuras retóricas a través de las cuales se construye el mundo observacional. Una vez que un teórico se ha comprometido con la metáfora del ser humano como máquina, por ejemplo, la exposición teórica queda limitada de modo importante. Con independencia del carácter de las acciones de la persona, el teórico mecanicista está prácticamente obligado a segmentarse del entorno, a definir el entorno en términos de estímulos o inputs, a construir la persona como algo que responde a estos inputs, a teorizar el dominio mental como estructurado (constituido de elementos interactuantes), a segmentar la conducta en unidades, y así sucesivamente. Existen otras metáforas alternativas a la mecanicista. Por ejemplo, las metáforas organicistas, del mercado, las dramatúrgicas y las del seguimiento de reglas, todas ellas son susceptibles de una explicación inteligible (Gergen, 1991a). Cada una de ellas lleva consigo determinadas ventajas y limitaciones, cada una de ellas favorece determinados modos de vida sobre otros, y, lo que es más importante para nuestro propósito, cada una de estas

5 Véase Pinder y Bourgeois (1982) para una expresión ejemplar de este enfoque.

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

metáforas construye una ontología diferente. Se han emprendido importantes investigaciones para comprender las bases retóricas de la economía (McCIoskey, 1985), de la psicología (Bazerman, 1988; Leary, 1990) y, más en general, de las ciencias humanas (Nelson, Megill y McCIoskey, 1987; Simons, 1989, 1990).

La crítica social

La fuerza de los asaltos ideológicos y retórico-literarios a la verdad la y la objetividad se ve acrecentada por un tercer movimiento especializado de importancia esencial para el surgimiento del construccionismo social. Se puede hacer remontar uno de los inicios de esta historia a una linea de pensamiento que surge de las obras de Max Weber, Max Scheler. Kari Mannheim y otros pensadores que estudiaron la génesis social del pensamiento científico. Cada uno de ellos estaba preocupado por el contexto cultural en que diversas ideas van tomando forma y en los modos en que es as ideas a su vez dan forma tanto a la práctica científica como a la cultu^9ÍlTT e Mannheim (1929)- traducido como Ideología y utopía (1951), el que transmite el esquema más claro de las suposiciones de mayor eco. Tal como propuso Mannheim: 1) es útil hacer remontar los compromisos teóricos a orígenes sociales (en oposición a orígenes de tipo empírico o trascendentalmente racionales); 2) los grupos sociales a menudo se organizan alrededor de determinadas teorías; 3) los desacuerdos teóricos son por consiguiente, cuestiones de conflictos de grupo (o políticos); y 4) lo que consideramos como conocimiento es, pues, algo cultural e históricamente contingente. Los ecos y las complicidades que se anudaron con estos primeros temas tuvieron una amplia resonancia. En Polonia y Alemania, Génesis y desarrollo de un hecho científico de Fleck — publicado por primera vez en 1935— desarrollaba la idea de que en el laboratorio científico «se debe saber antes de poder ver» y hacía remontar este saber a marcos sociales. En Inglaterra, el título influyente del libro de Winch, La idea de una ciencia social (1946), ponía de manifiesto los modos en que algunas proposiciones teóricas son constitutivas de los «fenómenos» de las ciencias sociales. En el área francesa, la obra de Gurvitch, Los marcos sociales del conocimiento (publicada por primera vez en 1966), retrotraía el conocimiento a marcos particulares de comprensión, a su vez resultado de comunidades específicas. Y en los Estados Unidos, La construcción social de la realidad (1966) de Berger y Luckmann efectivamente eliminaba la objetividad como piedra fundamental de la ciencia, sustituyéndola por una concepción de la subjetividad institucionalizada e informada socialmente. Las profundas consecuencias de estos enfoques empezaron a aflorar, sin embargo, sólo en el seno del contexto de la convulsión de finales de los años 1960. Tal vez en razón de los paralelismos que estableciera entre la revolución política y la científica. La estructura de las revoluciones científicas de Kuhn (1962) hizo las veces de principal catalizador para lo que se convertiría en una discusión de consecuencias espectaculares. (En cierto sentido el libro de Kuhn fue el texto más ampliamente citado en los Estados Unidos.) Las propuestas de Kuhn no eran distintas de aquellas que Mannheim avanzó unos treinta años antes, al hacer hincapié en la importancia de las comunidades científicas en la determinación de qué se tiene en cuenta como problemas legítimos o importantes, qué sirve como evidencia y cómo se define el progreso. Sin embargo, demostraron con claridad los problemas que conllevaba utilizar los criterios empiristas tradicionales para decantarse entre afirmaciones teóricas concurrentes cuando los paradigmas teóricos mismos definen el abanico de hechos relevantes. Y al derivar todo el espectacular potencial del problema de la «inconmensurabilidad del paradigma», Kuhn declaraba que, en realidad, el enfoque científico de la búsqueda de la verdad podía ser un espejismo. Y lo expresaba

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La crisis de la representación

con estas palabras: «Cabe que tengamos que renunciar a la noción, explícita o implícita, de que los cambios de paradigma llevan a los científicos y a aquellos que aprenden de ellos, progresivamente más cerca de la verdad» (pág. 169). Los diálogos rápidamente se expandieron en muchas direcciones significativas. El cáustico volumen de Feyerabend, Contra el método, aportó una fuerza significativa a la postura kuhniana. Tal como demostró este autor, los criterios tradicionales de racionalidad científica a menudo son irrelevantes (si no ofuscantes) para los avances científicos. Mitroff, en El lado subjetivo de la ciencia (1974), examinó la vertiente emocional de los compromisos científicos, explorando los modos en que los diversos juicios científicos se basan en la personalidad y el prestigio. Fue así como a mediados de la década de 1970, los sociólogos Barnes (1974) y Bloor (1976) pudieron bosquejar las posibilidades para un «programa fuerte» en sociología del conocimiento. Propusieron que prácticamente todas las exposiciones científicas están determinadas por intereses sociales de orden politicoeconómico, profesional, etc. En efecto, eliminar lo que hay de social en lo científico no dejaría nada que pudiera valer como conocimiento. Aunque el «programa fuerte» sigue estimulando el debate, la mayor parte de la investigación actualmente adopta una postura algo más circunspecta. En relación a la aparición del construccionismo social son particularmente significativas las elaboraciones de los procesos microsociales a partir de los que se produce el significado científico. Es en esta veta donde los sociólogos han explorado los procesos sociales esenciales para crear «hechos» en el interior del laboratorio (Latour y Woolgar, 1979), las practicas discursivas de autolegitimación en el seno de las comunidades científicas (Mulkay y Gilbert, 1982), las afirmaciones del conocimiento científico como capital simbólico (Bourdieu, 1977), las práctica sociales que subyacen a la inferencia inductiva (Collins, 1985), las influencias de grupo en el modo de interpretar los datos (Collins y Pinch, 1982), y el carácter localmente situado y contingente de la descripción científica (Knorr-Cetina, 1981). La investigación llevada a cabo en estos diversos dominios ha demostrado ser también altamente compatible con el campo en desarrollo simultáneo de la etnometodología. Para Garfinkel (1967) y sus colegas, los términos descriptivos tanto dentro de las ciencias como en la vida cotidiana son fundamentalmente indexantes: es decir, su significado puede variar a través de contextos de uso divergentes. Las descripciones indexan los acontecimientos con situaciones particularizadas y están desprovistos de significado generalizado. La inviabilidad esencial (o el carácter indefinible) de los términos descriptivos queda demostrada por los estudios de amplio alcance sobre cómo la gente se ocupa de determinar lo que se considera un problema psiquiátrico, el suicidio, la criminalidad juvenil, el sexo, el estado mental, el alcoholismo, la enfermedad mental y otros constituyentes putativos del mundo que se da por sentado (véase Garfinkel, 1967; Atkinson, 1977; Cicourel, 1974; Kessier y McKenna, 1978; Coulter, 1979; Scheff, 1966). En cada caso, se sostiene, las reglas localizadas concernientes a aquello que cuenta como una instancia o ejemplo del acontecimiento en cuestión se desarrollan en el seno de relaciones. Tal como en la actualidad se acepta ampliamente, la búsqueda filosófica de fundamentaciones inatacables para la metodología científica y la generación de la verdad agoniza. La «filosofía de la ciencia» ha quedado en la actualidad prácticamente eclipsada por los «estudios sociales de la ciencia».

El conocimiento como posesión comunitaria

Cada una de las líneas de crítica precedentes constituye una poderosa recusación planteada al enfoque tradicional que hace del lenguaje un transmisor de la verdad. De manera simultánea,

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

cada una arroja ciertas dudas sobre las afirmaciones empiristas y realistas de que la ciencia sistemática puede producir exposiciones culturalmente descontextualizadas de lo que hay: lo que es verdad independientemente de las organizaciones humanas del significado. Estas formas de argumentación han evocado un intercambio amplio y a veces airado en la filosofía (véanse por ejemplo, Trigg, 1980; Grace, 1987, Krausz, 1989; Harris, 1992). Y estas reverberaciones son indicativas del modo en que este tipo de argumentos ha puesto trabas a las fronteras de las disciplinas tradicionales, provocando el diálogo, invitando a la innovación y generando un presentimiento vertiginoso y optimista de exploración de lo desconocido. En realidad, el supuesto mismo de las disciplinas académicas —construidas alrededor de clases circunscritas y naturales de fenómenos, exigiendo métodos especializados de estudio, y privilegiando sus propias lógicas y analogías— ha sido puesto de relieve. Como muchos creen, esta efervescencia constituye la base del giro posmoderno en el mundo erudito. 6 Aun a pesar de la similitud en cuanto a sus conclusiones revolucionarias, para nosotros los jmálisis mismos se desarrollan siguiendo trayectorias bastante diferentes. El vínculo semántico entre palabra y mundo, significante y significado, se rompe de modos diferentes e incluso conflictivos. Para la crítica de la ideología no es el mundo como es sino especialmente el autointerés lo que dirige el modo en que el autor da cuenta del mundo. Las exigencias de verdad se originan en compromisos ideológicos. La crítica literaria también elimina «el objeto» en cuanto piedra de toque del lenguaje, sustituyéndolo no por la ideología sino por el texto. El sentido y la significación de las exigencias o las declaraciones de verdad derivan de una historia discursiva. La crítica social ofrece una exposición opuesta del lenguaje. No es ni la ideología subyacente ni la historia textual lo que moldea y da forma a nuestras concepciones de la verdad y del bien. Más bien, se trata de un proceso social. Estas exposiciones no sólo difieren en aspectos importantes, sino que, además, existen tensiones significativas entre quienes las proponen. La mayor parte de los críticos de la ideología ve el valor de su obra como emancipatorio y no quiere renunciar a la posibilidad de alcanzar la verdad a través del lenguaje. Las afirmaciones del saber, saturadas como están de intereses ideológicos, bien merecen la crítica, aunque es algo arriesgado, porque confunden al público inconsciente. La emancipación se produce, sin embargo, cuando se comprende la verdadera naturaleza de las cosas: por ejemplo, la opresión de clase, de sexo y racista. Con todo, tanto para el analista literario como para el social queda poco espacio para una exposición «no sesgada». Toda narración está dominada, en el primer caso, por tradiciones retórico-textuales y por el proceso social, en el último. No existe ninguna descripción «verdadera» de la naturaleza de las cosas. Los críticos de la ideología se enfrentan a las acusaciones de que las posiciones textuales y sociales son política y/o moralmente insolventes, y son el producto de intereses ideológicos (por ejemplo, del liberalismo burgués disfrazado). 7 De un modo similar, los analistas literarios están a

6 Para un tratamiento más profundo de la distinción entre modernidad y posmodernidad véanse Lyotard (1984), Harvey (1989) y Turner (1990). Para una discusión del giro posmoderno en las ciencias sociales, véanse Rosenau

(1992), Kvale (1992), y Seidman y Wagner (1992). Para un tratamiento de la relación entre la erudición posmoderna y las transformación de la vida cultural, véase Connor (1989) y Gergen (1991b). 7 El volumen Constructing Knowledge: Authority and Critique in Social Sciences, compilado por Nencel y Peis (1991), demuestra la intensidad de estas polémicas. Por ejemplo, como réplica al acento textual emergente en la antropología, el antropólogo neomarxista Jonathan Friedman (1991) escribe: «La experimentación textual es el lujo

todos cuantos se encuentran en posiciones de 'poder institucional', o por lo menos,

aquellos que pertenecen a grupos que controlan esas posiciones, es decir hombres y gente de raza blanca

encontramos, llegados a este punto, con la voz de los ocupantes cansados y aburridos de una torre de marfil del

un cinismo elitista que pone de manifiesto el componente de narcisismo personal y disciplinar» (pág. 98). En

la voz feminista de Annelies Moors (1991): «Lo que nos importa a las mujeres es si la aceptación posmoderna de la

poder

de la minoría posmoderna

Nos

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La crisis de la representación

punto para desconstruir la exposición social, considerándola el producto de una tradición textual occidental. Igualmente, el analista social puede fácilmente extender el foco del análisis incluyendo a los gremios literarios. La teoría desconstructivista ¿es el producto del proceso social? Efectivamente, ambas orientaciones son capaces de despojar a la otra de su autoridad ostensible. Llegados a este punto nos enfrentamos a una doble problemática. La primera es evidente a partir de lo que precede: ¿Existe algún medio de mitigar estas tensiones y desplazarse hacia un punto de vista unificador? La segunda problemática es más sutil, aunque igualmente esencial:

¿Existe algún medio de retener la fuerza de estos intentos combinados? ¿Podemos evitar el problema de una desesperación incipiente? Aunque estos movimientos constituyen de hecho un enorme y poderoso antídoto para el empuje hegemónico del empirismo y la teoría a él asociada del conocimiento individual —y en realidad, de cualquier pretensión de tener la última, superior e incorregible palabra—, con todo, estos movimientos nos dejan también enredados en la duda, sumidos en la acritud y paralizados en relación a toda acción futura. Como críticas, esencialmente parasitan las afirmaciones prevalentes de la verdad. Si, en su conjunto, la comunidad de especialistas en la «transmisión de la verdad» se cansara de hacer el tonto y resaltara el elevado fundamento intelectual de la crítica, no quedaría ninguna razón superior: no habría nada más que decir. Si queremos parar en seco de abandonar todo esfuerzo en las ciencias humanas, hemos de osar ir más allá del impulso crítico. El estadio crítico tiene que ceder el paso a un estadio transformativo: de la desconstrucción debemos pasar a la reconstrucción. Deseamos, por consiguiente, una síntesis que pueda abrir posibilidades más positivas. A mi juicio, es la tercera de estas formas de crítica, la social, la que abre el camino más prometedor hacia una ciencia reconstruida, y de manera más particular, a una práctica científica comprendida como construcción social. Es así a causa de determinadas imperfecciones en las alternativas y de las ventajas únicas ofrecidas por una exposición social. Examinemos primero los problemas de la crítica ideológica. De entrada, no hay modo de reivindicar este tipo de crítica. Si la diana de la crítica (el empresario, el macho, el hombre blanco) afirmara que sus críticas no tienen servidumbres particulares, sino que se hacen en el interés de todos, no hay modo de que el crítico pueda ser concluyente. ¿Ha de afirmar el crítico una comprensión más penetrante del actor que la detentada por el propio actor? O bien: ¿es el crítico simplemente la víctima de una desconfianza alienadora? Y, ¿cómo afirmará el crítico su lucidez, el hecho de estar en posesión de percepciones que no estén a su vez saturadas de ideología? ¿Las exposiciones del crítico son exactas y objetivas? ¿Sobre qué fundamentos pueden hacerse tales afirmaciones? Y en el caso que lo sean, ¿no se rehabilita con ello la posibilidad de que el lenguaje pueda, de hecho, reflejar la realidad? Si la conclusión es afirmativa, entonces la crítica de la ciencia empírica como generadora de conocimiento queda destruida. El crítico ideológico tiene que asumir en cierta forma la misma orientación empirista que característicamente intenta subvertir. En tanto que discurso unificante, el punto de vista literario es también defectuoso. Su principal problema es su incapacidad para escapar de la autogenerada prisión que es el texto. En este punto la respuesta al dilema cartesiano de la duda es un momento singular de certeza: existe el texto. Este momento, sin embargo, rápidamente deja su lugar a una duda renovada de que la conclusión es en sí misma una estrategia textual. Al final, nada hay fuera del texto, y, lo que es más lógico, ninguna promesa de algo que pudiéramos llamar ciencia. Como científico de las

diferencia comporta, como su programa oculto y su consecuencia última, una indiferencia por parte de aquellos que están en el poder respecto a la exigencia de justicia que plantean las mujeres» (pág. 127).

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ciencias humanas difícilmente podría uno interesarse por la pobreza, el conflicto, la economía, la historia, el gobierno, y demás, ya que no se trata sino de términos que están incrustados en una historia retórico-textual. No hay crítica social a hacer, nada a lo que resistirse, nada por lo que luchar y, en realidad, ninguna acción que adoptar, ya que la idea misma de la «acción a adoptar» es una prolongación de la convención lingüística. Además del torpor inimitigable al que invita esta conclusión, el análisis retórico-literario en su pura forma no puede dar cuenta de la comunicación humana. No sólo la duda aparece engarzada en la idea misma de comunicación (se trata simplemente de un término en los textos), pero si comprendemos sólo a través de la convención lingüística, no hay medio de comprender a nadie que no participe de esas mismas convenciones. De hecho, la comprensión auténtica sólo puede tener lugar con alguien que es idéntico a uno mismo. 8 Examinemos lo que sigue: ¿Qué quiere decir afirmar que el lenguaje (el texto, la retórica) construye el mundo? Las palabras son, al fin y al cabo, algo pasivo y vacío simplemente sonidos o marcas sin consecuencia. Con todo, las palabras están activas en la medida en que las emplean las personas al relacionarse, en la medida en que son un poder garantizado en el intercambio humano. Requerimos la existencia de una relación entre el autor y el lector para que hablemos de la construcción textual de lo social. Si lo hacemos no sólo restauraremos la crítica retórico-textual de la inteligibilidad sino que daremos con una salida de la mazmorra del texto. Con todo, podemos retener la preocupación por la construcción retórico-textual de la realidad y beneficiarnos de las concepciones que se derivan de este tipo de análisis. Además, como descubriremos, muchos conceptos utilizados en el análisis literario y retórico pueden enriquecer el espectro teórico y práctico del científico humano. Conceptos como, por ejemplo, narración, metáfora, metonimia, posicionamiento del autor, y similares, abren nuevos panoramas al científico que trabaja en el campo de las ciencias humanas en términos tanto de teoría como de las diversas formas de trabajo práctico (como investigación, terapia, intervención en la comunidad). Al mismo tiempo, el análisis literario puede enriquecerse en términos de posibilidades abiertas a la comprensión de los textos tal como funcionan en el seno de un medio social más amplio, tanto reflejando como contribuyendo a los procesos culturales. En realidad, es precisamente ésta, la dirección tomada por muchos análisis literarios a partir del primer devaneo con la teoría de la desconstrucción (véanse, por ejemplo, Bukatman, 1993; DeJean, 1991; Laqueur, 1990; Weinstein, 1988). Así como un compromiso con el proceso social puede acoger la mayor parte de la crítica retórico-literaria, se puede también abrir un camino para sostener la fuerza de la crítica ideológica. Esto puede cumplirse mientras que simultáneamente se evitan las tendencias problemáticas al reduccionismo psicológico o a las concepciones clarividentes de lo real. Tal vez la obra de Michel Foucault (1978, 1979) sea la que proporciona los medios más efectivos para asegurar el vínculo necesario entre el análisis social y el crítico. Para Foucault, existe una íntima relación entre lenguaje (incluyendo todas las formas de texto) y proceso social (concebido en términos de relaciones de poder). En particular, a medida que las diversas profesiones (como el gobierno, la religión, las disciplinas académicas) desarrollan lenguajes que a la vez justifican su existencia y articulan el mundo social, y a medida que estos lenguajes se ponen en práctica,

8 En algunos aspectos se trata de la misma conclusión que se alcanzaría desde un enfoque específicamente psicológico (o cognitivo) de la comunicación, como aquel que sostiene que la comprensión del otro debe realizarse sobre la base de los procesos internos a uno. Una alternativa construccionista para los enfoques textual y psicológico queda perfilada en el capitulo 11.

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también los individuos pasan a estar (incluso alegremente) bajo el dominio de estas profesiones. En Surveiller et punir (Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión), Foucault se sentía particularmente preocupado por «el complejo científico-legal en el que el poder de castigar toma su apoyo, recibe sus justificaciones y reglas, a partir de las que extiende sus efectos y por medio de las que enmascara su exorbitante singularidad» (1979, pág. 23). De una manera más pertinente, Foucault señala la subjetividad individual como el emplazamiento en el que muchas de las instituciones contemporáneas —incluyendo las especialidades y profesiones de la salud mental— se insinúan en la vida social en marcha y extienden su dominio. «La "mente"», escribe, «es la superficie de inscripción para el poder, cuyo instrumento es la semiología» (1977, pág.

102).

En este contexto, es a través de una apreciación crítica del lenguaje como podemos alcanzar una comprensión de nuestras formas de relación con la cultura y, a través de él, abrir un espacio a la consideración de las alternativas futuras. En lugar de considerar la crítica como reveladora de los intereses sesgados que acechan en la proximidad del lenguaje, podemos ahora considerarla como aclaradora de las consecuencias pragmáticas del propio discurso. En este caso se eliminan de toda consideración las cuestiones problemáticas de la falsa conciencia y de la veracidad, y la atención pasa a centrarse en los modos como funciona el discurso en las relaciones que se dan. Dejando a un lado las cuestiones del motivo y la verdad, ¿cuáles son las repercusiones societales de los modos existentes de discurso? La crítica social de este tipo adolece del mismo subterfugio reflexivo que la crítica ideológica y la textual: su propia verdad se ve socavada por su propia tesis. La crítica de la génesis social de cualquier exposición es algo en sí mismo derivado socialmente. Sin embargo, el resultado de esta réplica no es una cárcel de ideología infinita o texto: cada crítica ideológica es una expresión de ideología, cada desconstrucción textual es en sí misma un texto. Más bien, con cada reposición reflexiva uno se desplaza a un espacio discursivo alternativo, lo que equivale a decir, a otro dominio de relación. La duda reflexiva no es un deslizamiento en una regresión infinita, sino un medio de reconocer otras realidades, dando así entrada a nuevas relaciones. En este sentido, los construccionistas puede que utilicen la desconstrucción autorreflexiva de sus propias tesis, declarando así, simultáneamente, una posición, pero eliminando su autoridad e invitando a otras voces a conversar (véase especialmente Woolgar, 1988). Recordemos aquí la exposición que dimos en el capítulo 1 de los cambios de paradigma. Ahora vemos que la elaboración de la ontología implícita de la crítica social nos sirve aquí de fundamento para el cambio en el desarrollo discursivo desde un estadio crítico a otro transformacional. Proporciona, además, una oportunidad para dialogar sobre el potencial del aspecto de construccionismo social que revisten las ciencias humanas. Este diálogo se refleja ahora en una extensa gama de escritos —que atraviesan las ciencias sociales y las humanidades— que representan, creo, el surgimiento de una conciencia común de cómo podemos desplazarnos desde la críti-ca a una ciencia reconstituida. 9

9 Aunque existe ahora un enorme cuerpo de literatura compatible con la exposición anteriormente dada, y un grupo de eruditos que contribuyen a «la especialidad del construccionismo social», los estudios del «sucesor construccionista» de la ciencia tradicional son menos frecuentes. Especialmente útiles para este proyecto, sin embargo, son los trabajos de Astiey (1985) Edwards y Potter (1992), Lincoln (1985), Longino (1990), Shotter (1993b) y Stam (1990)

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

Supuestos para una ciencia del construccionismo social

¿De qué modo ha de caracterizarse esta comprensión en ascenso? Si explicamos con más detalle los supuestos clave que derivan de la crítica social, ¿cuáles son los componentes del enfoque construccionista social del conocimiento y cuáles son sus promesas de cara a la practica científica? Aunque no todas las personas que trabajan con un idioma construccionista estarían de acuerdo con las premisas, y aun cuando hay otros más que por completo eludirían este gélido diálogo, hay no obstante algunas que otras ventajas en el hecho de una solidificación momentánea de la perspectiva. En estos momentos atisbamos la posibilidad de una afinidad colectiva, para hacer acopio de colaboración y prudencia, y traer a primer plano los topoi para una deliberación ulterior. Examinemos, pues, los siguientes supuestos como algo esencial para dar cuenta del conocimiento característico del construccionismo social:

Los términos con los que damos cuenta del mundo y de nosotros mismos no están dictados por los objetos estipulados de este tipo de exposiciones. Nada hay en realidad que exija una forma cualquiera de sonido, marca o movimiento del tipo utilizado por las personas en los actos de representación o comunicación. Este supuesto de carácter orientativo se deriva en parte de la incapacidad de los especialistas para cumplir una correspondencia de la teoría del lenguaje o una lógica de la inducción por medio de la cual se pueden derivar proposiciones generales a partir de la observación. Este supuesto está especialmente en deuda con la elucidación que hace Saussure (1983) de la relación arbitraria entre significante y significado. Se aprovecha directamente de las diversas formas de análisis semiótico y de crítica textual que demuestran cómo los diferentes modos de dar cuenta de los mundos y las personas dependen, en cuanto a su inteligibilidad e impacto, de la confluencia de los tropos literarios que los constituyen. También esta informado por el análisis centrado en las condiciones sociales y procesos en la ciencia que privilegian determinadas interpretaciones del hecho sobre otras. En su forma más radical, propone que no hay limitaciones asentadas en principios en cuanto a nuestra caracterización de los estados de cosas. A un nivel fundamental el científico se enfrenta a una condición del tipo «cualquier cosa vale». Aquello que en principio es posible, sin embargo, se encuentra más allá de la posibilidad práctica. Un segundo supuesto aduce una razón importante:

Los términos y las tormos por medio de las que conseguimos la comprensión del mundo y de nosotros mismos son artefactos sociales, productos de intercambio situados histórica y culturalmente y que se dan entre personas. Para los construccionistas, las descripciones y las explicaciones ni se derivan del mundo tal como es, ni son el resultado inexorable y final de las propensiones genéticas o estructurales internas al individuo. Más bien, son el resultado de la coordinación humana de la acción. Las palabras adquieren su significado sólo en el contexto de las relaciones actualmente vigentes. Son, en los términos de Shotter (1984), el resultado no de la acción y la reacción individual sino de la acción conjunta. O en el sentido de Bakhtin (1981), las palabras son inherentemente «interindividuales». Esto significa que alcanzar la inteligibilidad es participar en una pauta reiterativa de relación, o, de ser lo suficientemente amplia, en una tradición. Sólo al sostener cierta forma de relación con el pasado podemos encontrarle sentido al mundo. De este modo, las diferentes explicaciones inteligibles del mundo y del yo están en todas partes y en todo momento limitadas.

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En gran medida, es también la tradición cultural la que permite que nuestras palabras aparezcan tan a menudo plenamente fundamentadas o derivando de lo que es en realidad. Si las formas de comprensión son suficientemente añejas, y existe la suficiente univocidad en su uso, pueden adquirir el barniz de la objetividad, el sentido de ser literales como opuesto a metafóricas. O, expresándolo en los términos de Schutz (1962), las comprensiones se sedimentan culturalmente; son los elementos constituyentes del orden que se da por sentado. A pesar de ello, todo acento puesto en «la verdad a través de la tradición» es incompleto si no se toman en consideración las formas de interacción en las que el lenguaje está incrustado. No es simplemente la repetición ni la univocidad las que sirven para reificar el discurso, sino la gama completa de relaciones de las que forma parte ese discurso en cuestión. Por consiguiente, es posible mantener una profunda preocupación por la «justicia» y la «moralidad» —términos con un elevado grado de flexibilidad referencial— porque están incrustados en las pautas más generales de relación. Llevamos a cabo procedimientos sociales elaborados —por ejemplo, «culpa y castigo» al nivel informal y procedimientos judiciales al institucional— donde términos como «justicia» y «moralidad» desempeñan un papel clave. Eliminar los términos equivaldría a amenazar a toda la organización de los procedimientos. Permanecer en el seno de la acostumbrada gama de procedimientos es conocer que se pueden alcanzar la justicia y la moralidad. En el mismo sentido, los enclaves científicos alcanzan conclusiones que son portadoras del sentido de la objetividad transparente. Al seleccionar determinadas configuraciones que serán consideradas como «objetos» «procesos» o «acontecimientos» y al generar consenso acerca de las ocasiones en las que se ha de aplicar el lenguaje descriptivo, se forma un mundo conversacional respecto al cual el sentido de la «validez objetiva» es un subproducto (Shotter, 1993b). Así, pues, como científicos podemos llegar a convenir que en determinadas ocasiones llamaremos a diversas configuraciones «conducta agresiva», «prejuicio», «desempleo», y demás, no porque simplemente haya agresión, prejuicio y desempleo «en el mundo» sino porque estos términos nos permiten indexar las diversas configuraciones de modos que nos son socialmente útiles. Es así cómo las comunidades de científicos pueden alcanzar el consenso, por ejemplo, sobre «la naturaleza de la agresión», y sentirse justificadas al calificar esas conclusiones de «objetivas». Sin embargo, separadas de los procesos sociales responsables del establecimiento y la gestión de la referencia, las conclusiones decaen en meros formalismos. Esta proposición se relaciona todavía con otro argumento de cierta relevancia. Se suele decir que las teorías científicas adquieren su valor primeramente en el contexto de la predicción. Incluso los instrumentalistas filosóficos, que disienten de los empiristas con respecto a la capacidad de la ciencia para revelar las verdades de la naturaleza, hacen mayor hincapié en la utilidad predictiva. Una teoría se convierte en superior a otra en virtud de su capacidad para hacer una previsión. E incluso en aquellas ramas de las ciencias sociales en las que no se llega a la predicción en sentido fuerte, las teorías que gozan del crédito de tener un valor aplicado, es decir, de transmitir conocimiento, se pueden aplicar a diversos marcos prácticos. La sentencia de Kurt Lewin «nada hay que sea tan práctico como una buena teoría» es un axioma general. Con todo, como los argumentos hasta ahora expuestos ponen en claro, las propias teorías no establecen predicciones, ni prescriben las condiciones de su aplicación. Las proposiciones teóricas mismas permanecen vacías, desprovistas de significación en lo que damos en llamar «el mundo concreto». En sí mismas, no consiguen transmitir las reglas culturalmente compartidas de instanciación necesarias para la predicción o la aplicación. Las teorías pueden ser un accesorio inestimable para la comunidad científica al desarrollar «tecnologías de predicción» o al gestionar los acuerdos relativos a qué constituye una «aplicación». En la medida que las predicciones o las aplicaciones son fundamentales en el lenguaje y son compartidas en el seno de una comunidad,

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las teorías puede que se conviertan en algo esencial. Sin embargo, hacer predicciones sobre la agresión, el altruismo, el prejuicio, los trastornos alimenticios, el desempleo y similares consiste simplemente en hacer un ejercicio de lenguaje, a menos que uno participe en las formas de relación en las que estos términos han venido garantizando la referencia. Por consiguiente, transmitir teorías abstractas, descontextualizadas en revistas, libros, conferencias y demás es una consecuencia practica limitada en términos de predicción o aplicación. 10 El grado en el que un dar cuenta del mundo o del yo se sostiene a través del tiempo no depende de la validez objetiva de la exposición sino de las vicisitudes del proceso social. Esto equivale a decir que las exposiciones del mundo y del yo pueden sostenerse con independencia de las perturbaciones del mundo que están destinadas a describir o explicar. De manera similar, puede que sean abandonadas sin tener en cuenta aquello que consideramos que son los rasgos perdurables del mundo. Efectivamente, los lenguajes de la descripción y de la explicación pueden cambiar sin hacer referencia lo que denominamos fenómenos, que a su vez son libres de cambiar sin que ello comporte consecuencias necesarias para las exposiciones de orden teórico. Este enfoque está en deuda con la tesis de Quine-Duhem según la cual se puede sostener una teoría gracias a la elaboración progresiva de las cláusulas auxiliares y tácitas a través de un océano de observaciones que de otro modo funcionarían como refutaciones. Además refleja buena parte de la historia de la tradición científica sobre los procesos sociales enjuego en períodos de cambio de paradigma. También se beneficia del hincapié hecho por la sociología del conocimiento en la gestión del significado en los laboratorios científicos. En el presente resumen viene caracterizada primeramente para recalcar las consecuencias que el construccionismo social tiene para el proceder científico. Ya que, como esta postura pone en claro, los procedimientos metodológicos, con independencia del rigor, no actúan en tanto que correctivos basados en principios para los lenguajes de la descripción y la explicación científicas. O, siguiendo el tema desarrollado en el capítulo anterior, la metodología no es un dispositivo demoledor que permita decidir entre exposiciones científicas concurrentes. Hablando en términos políticos, esto equivale a abrir la puerta a voces alternativas en el seno de la cultura, voces desdeñadas durante mucho tiempo por su falta de una ontología, epistemología y metodología subsidiarias aceptables. Este tipo de voces ya no son acalladas a causa de la ausencia de los datos necesarios. 11 Al mismo tiempo, estos argumentos no conducen a las conclusiones peligrosas de que la metodología tradicional es irrelevante para la descripción científica, de que puede ser abandonada sin que ello afecte al cuerpo de los escritos científicos y no ha de interesarse por la credibilidad de los científicos o por el valor societal del esfuerzo científico. Lo que aquí se afirma es que la metodología no proporciona una garantía trascendente o libre de las ataduras contextúales para afirmar que determinadas descripciones y explicaciones son superiores («más objetivas» o «más ciertas») a otras Sin embargo, en el seno de las comunidades científicas los métodos empíricos pueden utilizarse (y lo son característicamente) de tal manera que no ocultan las pretensiones de

10 Por esta razón la investigación del tipo prueba-hipótesis en las ciencias de la conducta está tan falta de utilidad practica. La investigación misma se orienta alrededor de una gama de «datos particulares objetivos», confluencias únicas de clasificaciones de cuestionario, presiones de base, estímulos fotográficos y similares. Con todo, las conclusiones que se alcanzan desde microprocesos temporal y culturalmente contingentes son del más amplio alcance. La literarura científica habla de «agresión», «psicopatolpgía», «capacidad razonadora», «percepción», y «memoria» como algo general y universal. Sin embargo, las conclusiones de esta variedad abstracta están vinculadas a particulares que carecen de importancia para la cultura. El modo en que estos conceptos se han de canjear en la vida cultural no es determinante. Para un examen más extenso, véase Sandelands (1990).

11 Véase Benson (1993) en cuanto a una compilación de los intentos recientes hechos por parte de antropólogos para solucionar la separación existente entre sujeto y objeto y explicar las formas de escritura etnográfica.

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verdad, la Habilidad de las conclusiones, la veracidad del investigador, y las consecuencias que el esfuerzo científico tiene para la sociedad. Tal como se esbozara anteriormente, las comunidades de científicos pueden forjar ontologías locales de duración sustancial. A través de la gestión continuada, de la practica ritual y de la socialización de los neófitos en estas practicas, las comunidades pueden desarrollar un consenso sobre «la naturaleza de las cosas». En el seno de estas comunidades las proposiciones pueden ser verificadas o falsadas. Y dado que los objetos los instrumentos y las representaciones estadísticas están incorporados en estas practicas (formando «el datum», los medios de «reconocimiento», los indicadores de Habilidad), entran en el proceso de verificación y falsación De este modo, los científicos pueden establecer la presencia o la ausencia de feromonas, de memoria a corto plazo, de rasgos de personalidad y otras realidades discursivas. Las prácticas metodológicas pueden desarrollarse para sostener la «existencia de los fenómenos», su coocurrencia con otros fenómenos establecidos y la probabilidad de su existencia en el seno de poblaciones más amplias. Además, los miembros de la comunidad pueden construir la confianza mutua al informar acerca de esos acontecimientos y penalizar o expulsar con toda legitimidad a aquellos que juegan incorrectamente el juego o lo hacen con astucia. Los textos de la ciencia, en gran medida expresaran los resultados de esas actividades, y si uno participa en los rituales las predicciones pueden en realidad tener sus consecuencias.

La significación del lenguaje en los asuntos humanos se deriva del modo como funciona dentro de pautas de relación. En su crítica del enfoque del lenguaje como adecuación o correspondencia las tres lineas de argumentación abordadas anteriormente también sepultan cualquier enfoque simplista de la base semántica de la significación del lenguaje Esto es, encontramos que las proporciones no derivan su sentido de su relación determinante con un mundo de referentes. Al mismo tiempo, encontramos que el enfoque semántico puede reconstituirse en el seno de un marco social. Siguiendo el trato dado a la referencia como ritual social con practicas referenciales situadas social e históricamente, salen a la luz las posibilidades semánticas de la significación de la palabra. Con todo hay que subrayar que la semántica pasa de este modo a ser un derivado de ja pragmática social. La forma de la relación permite que la semántica funcione. 12 Cuando se expresa en estos términos, el construccionismo social es un compañero compatible para la concepción wittgensteiniana del significado como un derivado del uso social. Para Wittgenstein (1953) las palabras adquieren su significado dentro de lo que metafóricamente denomina «juegos del lenguaje», es decir, a través de los sentidos con que se usan en las pautas de intercambio existente. Los términos «defensa», «delantero», «gol» «fuera de juego» son esenciales a la hora de describir el fútbol. En términos de sentido común, el juego del fútbol existe con anterioridad al acto de descripción, y una descripción dada puede ser más o menos exacta (pensemos por un momento en el abuso del que es responsable el arbitro que señala «falta» allí donde debiera haber visto «la ley de la ventaja»). Desde el enfoque de Wittgenstein, sin embargo, los términos del fútbol no son descriptores disociados sino rasgos constitutivos del juego. Un portero es sólo un portero en virtud del hecho de que uno accede a las reglas del propio juego. En efecto, los términos adquieren su significado gracias a su función en el seno de un conjunto de reglas circunscritas. El hecho de «describir el juego» es un derivado del posicionamiento precedente de los términos relevantes dentro del propio juego. «Ahora bien,

12 Un argumento similar se aplica al caso de la sintaxis. En este sentido, la búsqueda de un cuerpo fundacional de reglas sintácticas, principios o lógicas dentro de la mente individual es equívoca. Las convenciones sintácticas propiamente se pueden hacer remontar al proceso de relación

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¿qué significan las palabras de este lenguaje?», se pregunta Wittgenstein (1953). «¿Qué se supone que muestra lo que significan si no es el tipo de uso que tienen? (6e). Apropiado es también el concepto wittgensteiniano de forma de vida, es decir, una pauta más amplia de actividad cultural en la que se incrustan juegos específicos de lenguaje. El juego del fútbol, por ejemplo, en general funciona como una «actividad de recreo» y se distingue del ámbito del trabajo; se trata de un pasatiempo cultural- constituido por una diversidad de rituales tradicionales (como son hacer quinielas, llevar a nuestro hijo a su primer partido). El significado dentro del juego depende del uso del juego en el seno de pautas culturales más amplias. Este enfoque del significado como algo que deriva de intercambios microsociales incrustados en el seno de amplias pautas de vida cultural presta al construccionismo social unas dimensiones críticas y pragmáticas pronunciadas. Es decir, presta atención al modo en que los lenguajes, incluyendo ahí las teorías científicas, se utilizan en la cultura. ¿Cómo funcionan los diversos «modos de expresar las cosas» dentro de relaciones en curso? Es poco probable que el construccionismo pregunte por la verdad, la validez, o la objetividad de una exposición dada, qué predicciones se siguen de una teoría, en qué medida un enunciado refleja las verdaderas intenciones o emociones del hablante o cómo una prelusión se hace posible a través del procesamiento cognitivo. Más bien, para el construccionista, las muestras de lenguaje son integrantes de pautas de relación. No son mapas o espejos de otros dominios —mundos referenciales o impulsos interiores— sino excrecencias de modos de vida específicos, rituales de intercambio, relaciones de control y de dominación, y demás. Las principales preguntas que se han de plantear a las declaraciones generalizadas de verdad son, pues: ¿De qué modo funcionan, en qué rituales son escenciales, qué actividades se facilitan y cuáles se impiden, quíen es desposeído y quién gana con tales declaraciones?

Estimar las formas existentes de discurso consiste en evaluar las pautas de vida cultural; tal evaluación se hace eco de otros enclaves culturales. En una comunidad de inteligibilidad dada, en la que palabras y acciones se relacionan de manera fiable, es posible estimar lo que damos en llamar la «validez empírica» de una aserción. Aunque esta forma de evaluación es útil tanto en el ámbito de la ciencia como en el de la vida cotidiana, es esencialmente de carácter irreflexivo y no ofrece ningún tipo de medio a través del cual evaluar la propia evaluación, sus propias construcciones del mundo y la relación que éstas tienen con formas de vida cultural más amplias y más difundidas. Por ejemplo, en la medida en que existen como comunidades de comprensión, los científicos de laboratorio pueden evaluar felizmente la credibilidad y la aceptabilidad de las afirmaciones en las relaciones que las constituyen. En el mismo sentido podríamos expresarnos en relación con las de psicoanalistas y

las espirituales. Sin embargo, los criterios de validez o de deseabilidad que operan en el seno de estas comunidades no dan oportunidad a la autoevaluación y, lo que es aún más importante, ni a la evaluación del impacto que estos compromisos tienen en las vidas de aquellos que viven en comunidades relacionadas o solapadas. El científico como tal no puede preguntar por el valor espiritual de la ciencia; el psicoanalista por sí mismo carece de los medios para debatir las ventajas e inconvenientes de creer en los procesos inconscientes; y los términos y las comprensiones del estratega militar no proporcionan medio alguno para evaluar la moralidad de la guerra. De este modo se estimula la evaluación crítica de las diversas inteligibilidades desde posiciones exteriores, explorando así el impacto de estas inteligibilidades en las formas más amplias de vida cultural. ¿Qué gana o pierde la cultura si constituimos el mundo en términos del

economista, del estratega militar, del ecologista, del psicólogo, de la feminista

? ¿De qué modo

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la vida cultural mejora o se empobrece a medida que los vocabularios y las prácticas de estas comunidades se expanden o proliferan? Con ello no estoy privilegiando la evaluación por encima de las inteligibilidades y las practicas en cuestión; el lamento moral o político, por ejemplo, no constituye la «palabra final» sobre esos asuntos. Sin embargo, dado que este tipo de evaluaciones son esencialmente excrecencias de otras comunidades de significado —otros modos de vida—, la puerta queda abierta para un entretejimiento más completo de comunidades dispares de significado. Si las evualuaciones pueden comunicarse de modo que aquellos que están bajo examen puedan asimilarlas, las fronteras relaciónales se vuelven tenues. Así como los significantes de otro modo lejanos se interpenetran, así las comunidades que de otro modo serían ajenas empiezan a formar un conjunto coherente. Por consiguiente, el diálogo evaluativo puede constituir un paso importante hacia una sociedad humana.

Las ciencias humanas en la perspectiva construccionista

Los diversos supuestos recogidos aquí empiezan a formar una alternativa para el enfoque individual del conocimiento que en el capítulo anterior encontramos tan profundamente problemático. La pregunta que debemos abordar atañe al potencial positivo de estos enfoques. ¿Qué sugieren estos supuestos para unas ciencias humanas reconstruidas? ¿Qué se ve ahora favorecido? ¿Qué debe rechazarse? Para el científico que busca certezas o para el empirista tradicional, los argumentos construccionistas pueden parecer pesimistas, incluso nihilistas. Sin embargo, lo son sólo si uno se aferra a concepciones anticuadas de la empresa científica o a concepciones ofuscadoras de la verdad, del conocimiento, del saber, de la objetividad y del progreso. Lo que encontramos es que, en un grado significativo, las concepciones empTristas tradicionales del oficio han reducido su alcance, truncado sus métodos, amordazado sus expresiones posibles y circunscrito su potencial de utilidad social. En cambio, propongo que cuando se les exige lo apropiado, los argumentos construccionistas contienen un enorme potencial para las ciencias humanas. Surgen nuevos horizontes a cada envite, y muchos están siendo explorados en la actualidad. En lo que resta de este capítulo quiero no sólo esbozar algunas de las aperturas más destacadas generadas por el punto de vista construccionista, sino también resucitar una serie de afanes tradicionales, esta vez en términos construccionistas. A fin de apreciar la gama de potenciales, es útil recordar el intento hecho en el capítulo anterior para dar cuenta de las transformaciones que se dan en las perspectivas de las ciencias humanas. Hablaré aquí de las tendencias a mantener, a poner en tela de juicio, y a transformar las tradiciones; al seguir con este acento, podemos también pasar revista a las diversas formas de prácticas científicas en términos de (1) su contribución a las instituciones o modos de vida existentes; (2) de su capacidad de desafío crítico; y (3) su potencial para transformar la cultura. Este análisis es sólo sugerente, en la medida en que cualquier práctica científica puede funcionar de diferentes modos para distintos grupos culturales, y las prácticas a menudo tienen efectos múltiples, contrarios y no intencionados. Sin embargo, al disponer las prácticas de este modo, espero hacer el necesario hincapié en los distintos efectos y funciones.

La práctica científica en una sociedad estable

Consideremos de entrada el potencial de las ciencias humanas en condiciones de estabilidad relativa o de tradición duradera. Aquí podemos incluir formas de lenguaje, ellas mismas inseparables o constitutivas de las pautas relaciónales en las que están insertadas. Este lenguaje

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probablemente contenga una ontología implícita, un inventario «de qué hay» y un código moral implícito (criterios «de qué debiera ser»). Por consiguiente, ya hablemos de biólogos que estudian las moléculas del ADN o de las deliberaciones del Tribunal Supremo, sobre la Primera Enmienda de la Constitución norteamericana, tiene que haber suposiciones compartidas acerca de lo que existe, así como un acuerdo en cuanto a la acción idónea. En ausencia de tales convenciones no habría comunidad de biólogos ni Tribunal Supremo. Además, aquello que se puede decir de grupos de carácter local de contacto directo, también es sostenible en cierto sentido a nivel nacional o continental; por consiguiente, podemos hablar de cultura japonesa como opuesta a la cultura noruega. Dicho con estas palabras, las ciencias humanas hacen una contribución esencial para hacerse con el abanico de tradiciones existentes. Son dos las funciones principales e interdependientes a las que hay que servir. En primer lugar, la investigación en ciencias humanas puede funcionar a fin de sostener y/o intensificar la forma de vida existente; y, en segundo lugar, puede permitir que las personas vivan más adecuadamente en el seno de estas tradiciones. La primera de estas dos funciones es satisfecha con mayor plenitud por parte de las inteligibilidades teóricas: el modo que tiene el científico de describir y explicar el mundo. Como elaboradores y proveedores articulados, respetados y visibles del lenguaje—y muy en especial los lenguajes que abordan la condición humana—, los científicos activos en las ciencias humanas pueden tener un influjo muy importante en las inteligibilidades dominantes de la sociedad y, así, en sus practicas preponderantes. Este tipo de inteligibilidades califican la acción humana, proporcionan causas para el éxito y el fracaso de la gente, y facilitan elementos racionales para la conducta. Explicar la acción humana en términos de procesos psicológicos individuales, por ejemplo, ha de tener consecuencias mucho más diferentes para las prácticas y las políticas que explicar esas mismas acciones en términos de estructuras sociales. Las teorías del primer tipo nos conducen a culpar, castigar y tratar a los pervertidos en sociedad, mientras que aquellas otras del segundo tipo favorecen la reorganización de los sistemas responsables de tales resultados. Las teorías del aprendizaje humano sugieren implícitamente que la conducta aberrante está sujeta a un reciclaje programático, mientras que las teorías innatistas más a menudo hacen hincapié en la contención de lo que de otro modo sería inevitable. Las teorías mecanicistas tienden a negar la responsabilidad individual, mientras que las teorías dramatúrgicas garantizan las facultades individuales del actuar y del autocontrol. En cada caso, la inteligibilidad teórica opera a fin de sostener o reforzar una perspectiva societaria significativa, así como sus modos de vida asociados. Las ciencias humanas pueden también facilitar la acción adaptativa en el seno de los confines de lo que es convencional. Dadas determinadas pautas fiables de acción, así como las posibilidades de un acuerdo comunitario en la adjetivación, las ciencias humanas pueden proporcionar los tipos de predicciones que permitan constituir políticas, disponer programas y la información útil diseminada para la cultura. En el interior de las realidades comunes de la cultura, las ciencias humanas pueden generar, por ejemplo, predicciones razonablemente fiables acerca del éxito académico, del colapso esquizofrénico, cotas de enfermedad mental, pautas de voto, tasas de criminalidad, de divorcio, de fracaso escolar, condiciones para el aborto, del éxito de productos, sobre el PNB y demás. Permiten a los terapeutas relacionarse con sus pacientes de tal modo que se logren las «curas» y que los consultores de organización «solucionen problemas» en el interior de los marcos organizativos. En este dominio de pronóstico, las tecnologías empiristas tradicionales pueden desempeñar su papel más significativo. Los procedimientos de muestreo, los dispositivos de recogida y contabilización de datos, los cuestionarios de sondeo, los métodos experimentales, los análisis estadísticos y similares —el legado de las ciencias conductistas—

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están dotados efectivamente para intensificar las capacidades predictivas. Mientras la tradición perdure, se siga otorgándoles valor y los códigos de referencia sean ampliamente compartidos, la previsión actuarial seguirá gozando de ventajas. Con ello, sin embargo, no queremos defender una inversión sostenida en las teorías generales de testación de la conducta humana. Tal como hemos visto, esta investigación no puede justificarse sobre las bases tradicionales que nos permiten distinguir las teorías exactas y predictivas de las empíricamente engañosas. La investigación no opera ni para validar ni para invalidar las hipótesis generales, ya que todas las teorías pueden ser reducidas a verdaderas o falsas dependiendo de la gestión que uno haga del significado en un contexto dado. Tampoco la vasta parte de investigación que pone a prueba hipótesis es relevante para el desafío que supone la predicción social. Esto es así porque esta investigación está dirigida característicamente por el deseo de demostrar la validez de la teoría en cuestión. La conducta específica que pasa a ser evaluada tiene un interés periférico, al ser escogida meramente porque es conveniente o está sujeta a medición y control en condiciones de laboratorio. La sociedad tiene poca necesidad de mejores predicciones del tipo condicionado, ya sean del tipo botón presionado, marcas a lápiz en un cuestionario, éxito en juegos artificiales o excelencia con aparatos de laboratorio. Efectivamente, el grandísimo número de horas consumidas por tales empresas, los sacrificios hechos por vastas hordas de sujetos y de poblaciones de animales, las sumas de dinero estatal, las esmeradas practicas de edición y el hacer o deshacer carreras tienen una justificación poco convincente. No se trata de abandonar todas las formas de testación de hipótesis. Una cantidad limitada de investigación controlada puede ser útil para vivificar o prestar peso específico retórico a posiciones teóricas de carácter general. Con todo, estos argumentos defienden la inteligibilidad teórica como tal vez la contribución más significativa que las ciencias humanas pueden hacer a la vida cultural.

Convención desestabilizadora

Para la mayoría de la sociedad, las contribuciones al bien público, definido convencionalmente, tienen escasas consecuencias. Los valores culturales parecen demasiado precarios en conjunto, las pautas apreciadas demasiado fugaces para erosionar, mientras que los elementos indeseables siempre aparecen predominantes. Al mismo tiempo, las realidades culturales son raramente unívocas. Nadamos en un mar de inteligibilidades donde las corrientes discursivas de períodos dislocados de la historia —griego, romano, cristiano, judaico y otros— siempre surgen una tras otra, y la mezcla de pasados dispares genera siempre nuevas y atrayentes (o espantosas) posibilidades. Por consiguiente, con independencia de las realidades culturales dominantes, y de sus prácticas relacionadas, siempre hay grupos cuyas realidades son desdeñadas, pasando inadvertidas, siendo las visiones de cambio positivo amortiguadas por lo estable y lo mojigato. Para el construccionista, los lenguajes de las ciencias sirven de dispositivos pragmáticos, al favorecer determinadas formas de actividad mientras se disuaden otras. El científico es, inevitablemente, un abogado moral y político, lo quiera él o no. Afirmar la neutralidad respecto a los valores es simplemente cerrar los ojos a los modos de vida cultural que el propio trabajo apoya o destruye. Así, pues, en lugar de separar los propios compromisos profesionales de las propias pasiones, intentando separar difícilmente hecho y valor, el construccionismo invita a una vida profesional plenamente expresiva, en relación a las teorías, los métodos y las prácticas que pueden realizar la visión que uno tiene de una sociedad mejor. En este sentido, el construccionismo ofrece una base fundamental para desafiar las realidades dominantes y las

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formas de vida a ellas asociadas. Examinemos tres de las formas centrales del desafío: la crítica de la cultura, la crítica interna y la erudición del desarraigo. Tal vez uno de los medios más directos y ampliamente asequibles de inquietar al statu quo existente —desde el punto de vista discursivo— sea la crítica de la cultura. Durante la mayor parte de este siglo, las ciencias orientadas empíricamente han eludido con asiduidad la toma de partido ético o político. Tal como vemos, el valor de la neutralidad es un afán quimérico; el profesional siempre e inevitablemente afecta a la vida social tanto para bien como para mal, mediante cierto criterio valorativo. Así, pues, en lugar de operar como secuaces pasivos del «espejo de la naturaleza», los científicos activos en las ciencias humanas pueden de manera legítima y responsable extender sus valores. En lugar de escarbar en temas de «deber ser» desde la canónica profesional, debemos emplear activamente nuestras habilidades para hacer que aquellas cuestiones políticas y morales ligadas a nuestro dominio profesional sean inteligibles. La crítica social, aunque apenas nueva en relación a las ciencias humanas, es una forma importante de este tipo de expresión. Los especialistas tanto de las tradiciones crítica como psieoanalítica proporcionaron demostraciones tempranas y potentes de la posibilidad de un análisis de la sociedad sofisticado y de gran alcance. Y, mientras este potencial quedaba durante mucho tiempo relegado al olvido (o sencillamente era menospreciado) durante la época conductista (o de empirismo fuerte), ha empezado a reaparecer bajo formas múltiples y altamente variadas desde la década de los años 1960. El reciente surgimiento de la disciplina de los estudios culturales atestigua el vigor de este movimiento, del que hablaremos más extensamente en el capítulo 5. La crítica social debe complementarse con otros medios importantes. Esencialmente, se orienta hacia el exterior, abordando características de la cultura en general, con lo cual no llega a afectar a las ciencias humanas como tales. Sin embargo, y dado que las ciencias humanas ostentan lenguajes y practicas que afectan a la cultura, también requieren una valoración crítica. Además de la crítica social, la perspectiva construccionista favorece una intensa utilización de la crítica interna. En efecto, se invita a los científicos a controlar, analizar y clasificar las dudas correspondientes en el uso de sus propias construcciones de la realidad y de las prácticas a ellas asociadas. Tampoco en este caso la crítica interna representa nada nuevo para las ciencias. Como se dijo en el capítulo anterior, por ejemplo, la valoración crítica del paradigma conductista fue esencial para la evolución cognitiva. Desde el punto de vista de la actualidad, de cualquier modo, un debate interno de este tipo tiene un significado mínimo en términos de su valor respecto a la cultura en general. Y esto es así porque no logra permanecer al margen de la ciencia en sí misma. Los valores inherentes a las ciencias, y sus correspondientes implicaciones para la vida cultural, nunca se han puesto en cuestión. Lo que aquí se defiende es una forma de crítica que represente intereses o valores distintos a los que benefician a los generadores de realidades científicas. He presentado ejemplos de este trabajo al hablar de la crítica ideológica, y abordaré más casos en el capítulo 5. Tenemos que considerar una tercera forma de erudición desestabilizadora. Tanto la crítica de la cultura como la crítica interna se basan característicamente en el valor particular de los compromisos: igualdad, justicia, reducción del conflicto, y demás. Sin embargo, el construccionismo también invita a una tercera forma de investigación, menos apoyada por una posición de valor particular y más centrada en el desbaratamiento general de lo convencional. En la medida en que cualquier realidad se objetiva o se da por sentada, las relaciones quedan congeladas, las opciones obturadas y las voces desoídas. Cuando suponemos que hay igualdad perdemos la capacidad de ver las desigualdades; cuando un conflicto se resuelve somos insensibles al sufrimiento de las partes. Con respecto a esto, se ha de dar valor a una erudición/especialización del desarraigo, aquella que simplemente relaja el dominio de lo

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convencional. Cuando los constructivistas planteaban colocar la aporía inquietante en el corazón de un trabajo determinado, el resultado fue una desconfianza reverberante respecto a cualquier texto transparente, cualquier principio bien elaborado o cualquier plan bien formado. Como demuestra el esfuerzo desconstruccionista, cuando se las examina de cerca, las bases fundamentales claras, elegantes y convincentes se desbaratan, su lógica se hunde, su significado pasa a ser indeterminado. Con todo, aunque los análisis desconstruccionistas son asequibles a las ciencias humanas como dispositivos de desarraigo, los esfuerzo emergentes son retóricamente más poderosos para demostrar el carácter construido de los discursos dominantes. Aquí los esfuerzos tanto de la crítica de la retórica como social son ejemplares. Tal como se describió, el analista retórico se centra en los dispositivos mediante los cuales un discurso dado adquiere su poder persuasivo, su sentido de la racionalidad, su objetividad o verdad. Al colocar las metáforas, las narraciones, las supresiones de significado, las apelaciones a la autoridad y demás, la racionalidad y la objetividad pierden su poder persuasivo. De manera similar, a medida que los analistas sociales exploran los procesos racionales —las gestiones, las tácticas de poder, la

— Aquello que parecía la «única vía» de expresar las cosas —más allá del tiempo y de la cultura— se convierte en algo local y particular. Existen otras líneas de práctica del desarraigo. Particularmente importantes son las recontextualizaciones culturales e históricas. A menudo, parece, aquello que empieza siendo valores de carácter local, suposiciones y garantías se va haciendo expansivo. Los valores de una comunidad particular o la verdad de una ciencia particular se desplazan en la dirección de lo universal: lo bueno y lo cierto para todos en todo momento. La investigación de la asignación cultural e histórica de valores y verdades particulares son bastiones efectivos contra los estragos que causan las palabras embravecidas. Cuando los antropólogos exploran las realidades locales de otros grupos culturales, demostrando la validez de estas realidades ajenas en el seno de sus circunstancias particulares, también destacan las limitaciones de nuestras propias racionalidades. Cuando Winch (1946), por ejemplo, defiende la causa de la magia szondi, simultáneamente difumina la distinción entre la ciencia occidental y el chamanismo. El trabajo histórico puede alcanzar los mismos resultados. Cuando Morawski (1988) y sus colegas describen el cambio de las interpretaciones del experimento en psicología, y Danziger (1990) muestra que el concepto de sujeto experimental depende de la circunstancia histórica, están desafiando el enfoque contemporáneo de una metodología y un sujeto fijos y universales.

proclamando diversas verdades, esas verdades pierden su generalidad.

dinámica política

Transformación cultural: las nuevas realidades y los nuevos recursos

Las ciencias humanas poseen un potencial importante tanto para sostener las instituciones culturales por un lado, como para ponerlas en duda reflexiva. Sin embargo, hemos de considerar finalmente una tercera gama de desafíos, a saber aquellos que se desplazan más allá de la investigación crítica y desestabilizadora hacia la transformación cultural. Si nuestras concepciones de lo real y del bien son construcciones culturales, entonces la mayor parte de nuestras practicas culturales pueden igualmente pasar a ser consideradas como algo contingente. Todo cuanto es natural, normal, racional, obvio y necesario está —en principio— abierto a la modificación. Aunque las tradiciones de la crítica y del desarraigo son recursos valorables ya que generan la efervescencia, en sí mismos son insuficientes. Esto es primeramente así a causa de su carácter simbiótico; su inteligibilidad depende de aquello a lo que se oponen. Para la transformación social se requieren nuevas visiones y vocabularios, nuevas visiones de la posibilidad y prácticas que en su misma realización empiezan a trazar un curso alternativo. Estas

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posibilidades transformativas pueden desarrollarse en el suelo de la ciencia social tradicional:

modos reconocidos de la teoría y de la investigación. Sin embargo, puesto que se comprenden primeramente en términos de las inteligibilidades tradicionales, estas innovaciones siguen apoyando estas tradiciones. La transformación cultural parece mejor servida mediante nuevas formas de práctica científica. Examinemos, por consiguiente, el potencial inherente a las formas más audaces de teoría, de investigación y de práctica profesional. Los conceptos de la conducta humana operan más como útiles para llevar a cabo relaciones. En este sentido, la posibilidad de cambio social puede derivarse de nuevas formas de inteligibilidad. 13 El desarrollo de nuevos lenguajes de comprensión acrecienta la gama de acciones posibles. A medida que se elaboró un lenguaje de los motivos inconscientes, se desarrollaron nuevas estrategias de defensa en los tribunales de justicia; a medida que un vocabulario de los motivos intrínsecos fue enriqueciéndose, también se enriquecieron nuestros regímenes educativos; y a medida que se desarrollaron las teorías de los sistemas de familia también ampliamos nuestros modos de tratar el dolor individual. En otro contexto (Gergen, 1994) propuse el término teoría generativa para referirme a los enfoques de carácter teórico que se introducen contra, o contradicen abiertamente, los supuestos comúnmente aceptados de la cultura

y abren nuevos modos de percibir la inteligibilidad. En el siglo pasado, las teorías de Freud y de Marx se contaban seguramente entre las más generativas. En cada caso, el trabajo teórico planteaba un desafío importante para las suposiciones dominantes y servía de impulso para nuevas formas de acción. Con ello no afirmamos, sin embargo, que ese tipo de trabajo siga

conservando su potencial generativo en la actualidad; serían precisas interpretaciones innovadoras e iconoclastas de los textos canónicos para sostener hoy esa vitalidad. (Por ejemplo,

la revisión lacaniana de Freud proporciona un medio para que la teoría psicoanalítica participe en

los diálogos posestructurales.) Aunque de un impacto menos sonoro, los trabajos de Jung, Mead, Skinner, Piaget y Goffman, por ejemplo, fueron generativos en muchos aspectos; incluso formulaciones más ceñidas al enfoque como la interpretación que Geertz (1973) diera de una pelea de gallos en Bali o la teoría de la disonancia cognitiva de Festinger (1957) han tenido importantes efectos generativos. Cada uno ha transformado la inteligibilidad en cierto grado y se ha sumado de manera importante a la gama de recursos culturales y científicos. 14 Con todo, en algunos sentidos importantes, este tipo de escritura teórica sigue siendo también conservadora. Las tradiciones culturales de larga duración reciben el apoyo de estos eruditos, y en realidad les prestan poder retorico a sus realizaciones. Siendo más explícito, la escritura de carácter teórico es una acción social sui generis, y como tal favorece determinadas clases de relaciones por encima de otras. En cada uno de los casos antes citados por ejemplo, el escritor adopta la postura de la autoridad que sabe apoyando asi las jerarquías de privilegio; se hacen afirmaciones de autoría individual, sosteniendo así el enfoque de los individuos como fuentes originarias de pensamiento; se utilizan formas de argumentación culta o elitista rechazando como irrelevante o inferiores los idiomas persuasivos de los incultos; cada texto

13 Véase Kukla (1989) para una elaboración de la significación del trabajo teórico —además de las demostraciones empíricas anteriormente citadas— en el ámbito de la psicología. 14 Véase tambien los argumemtos de Astley y Zammuto (1992) contra el enfoque tradicional de los científicos de la organización como ingenieros sociales que ofrecen aplicaciones políticas a partir de una base fundacional de conocimiento. De acuerdo con mis propuestas, estos autores consideran que la mayoría de los científicos son generadores de recursos simbolicos (lenguaje) para su uso en marcos organizativos. Los nuevos lenguajes constituirian la realidad de modos diferentes, y con este tipo de nuevas reconstrucciones se harán inteligibles las nuevas formas de acción.

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La crisis de la representación

objetiva el tema del que trata, privilegiando así un dominio de lo real sobre lo retórico. La invitación a la transformación se extiende, pues, a la forma de la expresión erudita. A medida que las ciencias humanas experimentan modos de expresión, en la medida en que desafían los estilos tradicionales de escritura, difuminan los géneros, añaden visión y sonido al texto, también transforman la concepción del especialista de la academia, de la naturaleza de la educación y, finalmente, del potencial de las relaciones humanas. En este contexto hay que poner el mayor valor en las formas nuevas e iconoclastas de escritura que lentamente van abriéndose camino en las ciencias humanas. Las escritoras feministas se encuentran en la vanguardia de este movimiento. Por ejemplo, las feministas francesas Irigaray (1974) v Cixous (1986) demuestran que la mayoría de las convenciones lingüísticas de la escritura erudita son falocéntricas (lineales, polares, desapasionadas) Sus escritos experimentan con formas alternativas de expresión, formas que creen que son más compatibles con la conciencia primordial femenina. Los antropólogos culturales se han visto cada vez más perturbados sobre las condiciones occidentales de escribir etnografía, discurriendo que las mismas convenciones constituyen una forma de imperialismo. Así, pues, los experimentos puestos en marcha, por ejemplo, para inducir «temas de estudio» en la etnografía como colaboradores, escribir etnografía como una autobiografía utilizar la etnografía como crítica de la cultura propia, y convertir la etnografía en poesía (revelando así su base en el artificio y no en el hecho). En otros experimentos textuales Mulkay (1985) ha explorado las posibilidades de escribir como unas cuantas personas diferentes en el marco de una misma obra. Mary Gergen (1992) ha escrito un drama posmoderno, y en un volumen demoledor, Death at the Paradise Cafe, Pfohl (1992) ha desarrollado un collage de teoría, ficción, autobiografía y fotografía para llevar a acabo un análisis social crítico. Cada vez más, los eruditos canalizan sus talentos inventivos hacia el cine, ciertamente el mayor desafío de cara al futuro. Volvamos desde la expresión teórica a la metodología de la investigación. En el modo transformativo, el objetivo principal de la investigación consiste en vivificar la posibilidad de los nuevos modos de acción. La investigación aporta una imaginería importante para nuevas posibilidades. Tal como sugeríamos antes, incluso el experimento de laboratorio puede tener su papel ahí. Por ejemplo, la investigación todavía sugerente de Milgram (1974) sobre la obediencia apenas «pone a prueba una hipótesis» de algún modo significativo. Sin embargo, en su capacidad de impactar en la conciencia del lector en cuanto a su propio potencial para «hacer el mal siguiendo órdenes», esta viva investigación provoca la discusión sobre la deseabilidad de las jerarquías y sobre los límites de la obligación. A pesar del poder transformativo de las prácticas de investigación convencionales, comparten una tendencia culturalmente conservadora con las formas de escritura tradicional. Aunque los experimentos de laboratorio pueden ilustrar nuevos potenciales, el hecho de apoyarse en un modelo mecanicista del funcionar humano, el tratamiento alienante del sujeto, y su control de los resultados les arrojan a tradiciones que tal vez se encuentren ociosas. Procedimientos alternativos de investigación alientan una transformación más radical; se trata de métodos que favorecen otros valores y enfoques. A medida que los nuevos procedimientos de investigación se vuelven inteligibles, se fomentan nuevos modelos de relación. Tales intentos surgen ahora con una mayor frecuencia a lo largo de todo el dominio cubierto por las ciencias humanas. Eludiendo muchos de los problemas intelectuales e ideológicos de las prácticas tradicionales de investigación florecen exploraciones en investigación de tipo cualitativo (Denzin y Lincoln, 1994), en la investigación hermenéutica o interpretativa (Packer y Addison, 1989), en la metodología dialógica (M. Gergen, 1989), en la investigación comparativa (Reason, 1988), en la historia biográfica o vital (Bertaux, 1984; Poikinghorne, 1988), en el análisis narrativo (Brown y

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

Kreps, 1993), en la investigación apreciativa (Cooperrider, 1990), en la investigación como intervención social (McNamee, 1988), y la línea feminista como investigación vivida (Fonow y Cook, 1991). En cada uno de estos casos, nuevas prácticas de investigación modelan nuevas formas de vida cultural. Finalmente, tenemos que prestar atención al dominio de la práctica profesional. En muchos aspectos, los terapeutas, los consejeros y los asesores de organización, los especialistas en educación y similares tienen un impacto mucho mayor en la vida cultural que los académicos. Sus acciones pueden participar en prácticas relaciónales de un modo más profundo y directo que los escritos abstrusos de los profesionales. En efecto cuentan con un enorme potencial para la transformación cultural. En el dominio de las prácticas modelo su impacto es tal vez el más notorio. Cuando los terapeutas desarrollan nuevas formas de interactuar con sus clientes, la cultura puede que se vea informada por modos alternativos de ayudar a aquellos que lo necesitan; cuando los asesores crean el diálogo entre los estratos de una organización (como algo opuesto a ofrecer soluciones autoritarias), implícitamente crean la realidad de la interdependencia; y cuando los investigadores de la educación siguen modos colaborativos de evaluación, se ha dado el paso hacia nuevas formas de relación entre el alumno y el profesor. El que practica esto no es, por consiguiente, un mero servidor de las instituciones existentes o de las lógicas y de los «hallazgos» desarrollados entre las paredes de una torre de marfil, sino un agente potencial de un cambio de largo alcance. 15 A mi entender, la próxima década puede ser aquella en la que el especialista se beneficie más de habilidades contextualizadas del practicante, y no al revés. En resumen, para las ciencias humanas en un modo construccionista, las prácticas de investigación tradicionales pueden hacer una contribución valiosa. Sin embargo, también vemos que esta contribución está muy limitada. Una orientación construccionista sustancialmente amplía el programa de trabajo. Las más importantes oberturas a la innovación son: la desconstrucción, en la que todas las suposiciones y presupuestos acerca de la verdad, lo racional y el bien quedan bajo sospecha —inclusive las de los desconfiados—; la democratización, en la que la gama de voces que participan en los diálogos resultantes de la ciencia se amplifica; y la reconstrucción, en la que nuevas realidades y prácticas son modeladas para la transformación cultural. Albergo la esperanza de que este tipo de inversiones propulsen la ciencia desde su status actual en los márgenes de la vida cultural al centro de sus afanes y empresas.

15 Intentos específicos para poner en práctica los enfoques construccionistas empiezan a aparecer en los campos de la pedagogía (Bruffee, 1993; Lather, 1991), terapia sexual y matrimonial (Atwood y Dershowitz, 1992), procedimientos de mediación y de revindicación (Shailor, 1994; Salipante y Bouwen, 1990), análisis de la televisión y la prensa (Carey, 1988), y procedimientos legales (Frug, 1992). En el capitulo 10 desarrollamos un estudio detallado de las contribuciones construccionistas.

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El construccionismo en tela de jucio

Capitulo 3 El construccionismo en tela de juicio

Desafiar las suposiciones predominantes sobre la generación y la función del conocimiento y explorar una visión alternativa es algo que amenaza los compromisos de larga duración y ampliamente compartidos con la objetividad, la verdad, los fundamentos racionales y el individualismo. No sorprende que la crítica del pensamiento construccionista haya sido fácilmente asequible —y algo letal en su intención—. Para muchos especialistas el enfoque de que el conocimiento es algo socialmente construido provoca una problemática profunda. No es simplemente que los conceptos de objetividad apreciados, la investigación no sesgada, la verdad, la autoridad y el progreso científico se vean comprometidos, ni que el construccionismo no ofrezca ningún fundamento claro y evidente para una ciencia alternativa. Estos problemas se complican, además, con las amenazas de la duda existencial, la inmersión en la ambigüedad continua, y la postura de tolerancia gelatinosa a las que parece invitar la alternativa construccionista. Al mismo tiempo, los queridos conceptos de intimidad, experiencia, conciencia, creatividad, autonomía, integridad y democracia también parecen amenazados. Aunque no hay modo en el que se sojuzguen tales amenazas y apacigüen todas las dudas, aunque no hay ninguna forma de inteligibilidad que pueda acomodarse completamente a los múltiples recelos de todas las alternativas existentes, debemos abordar algunas de las críticas acuciantes del construccionismo, si es que el diálogo ha de proceder de modo productivo. Existe una particular necesidad para reducir las concepciones erróneas tan extendidas y responder a los aspectos ampliamente molestos del pensamiento construccionista. Puesto que estas investigaciones surgen en diferentes ámbitos y lo hacen por razones diferentes, no existe una única línea narrativa alrededor de la que se pueda desarrollar de modo

efectivo la argumentación. Más bien, para tratar estas cuestiones críticas procederé a través de una serie de exámenes relacionados, cada uno de ellos orientado a una forma específica de crítica. En el caso de que el lector desee una previsión de las preguntas, las siguientes —en su forma más truculenta— estructurarán el examen:

1. ¿Es el construccionismo realmente algo nuevo?

2. ¿Niega el construccionismo la realidad de la experiencia personal?

3. ¿Abandona el construccionismo toda preocupación por el mundo real?

4. Como forma de escepticismo, ¿no es incoherente el construccionismo?

5. En su relativismo, ¿no es el construccionismo moralmente vacuo?

6. ¿Sobre qué bases pueden los construccionistas afirmar que la gente difiere en cuanto a las

construcciones que hace del mundo?

7. Si, como sugiere el construccionismo, la teoría es infalsable, entonces, ¿cuál es el valor de la

comprensión teórica? ¿No existe ningún sentido en el que la ciencia progrese?

Antes de ir más allá, me gustaría examinar brevemente una reacción común de los construccionistas ante tales críticas; la mayoría piensa que por qué hay que molestarse en tomar parte en debates como éstos. Estas críticas defienden un conjunto de posiciones que el construccionismo ya ha encontrado que eran imperfectas. ¿Acaso no es mejor proceder a sacar las consecuencias positivas del construccionismo en lugar de llevar a cabo en la retaguardia escaramuzas con las viejas tradiciones? Además, todas las formas de crítica están sujetas a los diversos métodos desconstruccionistas que, como hemos visto, dan lugar al construccionismo. Por consiguiente, cabe menoscabar la crítica habida cuenta de sus consecuencias ideológicas (por ejemplo, el hecho de defender el statu quo, un orden de tipo androcéntrico y el predominio de

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Occidente sobre todo lo demás); al elucidar su base literaria y retórica, la indecibilidad de su significado, y los medios a través de los que llega a persuadir; y finalmente al retrotraer su lógica a comunidades que están ubicadas histórica y culturalmente. Aunque atractivas en ciertos aspectos, este tipo de refutaciones son también peligrosas. Existe una marcada tendencia entre aquellos que comparten paradigmas y prácticas a separarse de los alienados. A lo largo del tiempo, los grupos antagónicos dejan de comunicarse entre sí, considerando respectivamente que el otro está equivocado sin remedio. Mientras tanto, los discursos interiores se acortan, alimentándose de sí mismos y enrareciéndose cada vez más. El impacto del círculo sagrado en la «vida profana» externa a menudo es mínimo. Existe una buena razón, por consiguiente, para escuchar atentamente a los críticos, para ser sensibles a las prácticas de la comunidad de las que surge la crítica y mostrarse activos para proseguir el diálogo con aquellos que difieren en cuanto a sus preferencias discursivas. En este sentido, el discurso construccionista podría enriquecerse, sostendría las relaciones a través de comunidades que de otro modo estarían alienadas y se intensificaría el potencial del discurso construccionista para informar prácticas culturales más amplias.

Construccionismo: raíces y zarcillos

Son muchos los que ponen en tela de juicio las raíces de la orientación construccionista. Los que son históricamente curiosos quieren identificar sus orígenes más claros, mientras que los antagonistas se preguntan si el construccionismo no es simplemente un refrito de una teoría anterior —y reputadamente más juiciosa—. En estas formas indoctas, ambas preguntas se combinan en el hecho mismo del poner en tela de juicio. La primera a menudo supone un punto originario para un conjunto de pensamiento: un inspirado genio individual o una fecha antes de la cual las mentes andaban a ciegas. En el hecho de hacer hincapié en la construcción comunitaria del significado, y la apropiación continuada y asistemática de significados pasados para olvidar las comprensiones presentes, el construccionismo subvierte los intentos hechos para asignar unos orígenes precisos. Por ejemplo, si queremos entender los orígenes de la frase «la nave del Estado», ¿debemos documentar el primer uso de cada palabra que interviene en la composición de la frase, el primer intento hecho para forzar los préstamos dispersos del pasado para formar una única amalgama, el primer uso de la metáfora de la nave a la hora de hablar del gobierno, la primera apropiación de la frase con fines de persuasión política, o qué? De manera similar, preguntar si el construccionismo es un parafraseo de ideas anteriores supone que las palabras son expresiones de un significado subyacente fijo, que el mismo «pensamiento» puede expresarse de muchos modos diferentes. Para los construccionistas, sin embargo, el acento que se pone en la base contextual del significado y su continuada negociación a lo largo del tiempo, desplaza esta suposición tradicional. El intento de fijar el significado de un texto está equivocado. Con todo, para clarificar el construccionismo a través de la comparación y el contraste, nos es preciso asignar —a través de convenciones actuales— diálogos relacionados o interdependientes. ¿De dónde proceden la construcción de las conversaciones? En cierta medida ya nos aproximamos a esta tarea en el capítulo anterior. Tal como vimos, los enfoques construccionistas pueden retrotraerse a las exploraciones recientes que se hacen en el campo de la crítica ideológica, de los procesos literarios y retóricos, y la base social del conocimiento científico. 1 Una elaboración completa de las raíces construccionistas nos invitaría, pues, a una exploración de la historia de cada una de estas empresas —las raíces de la crítica ideológica en

1 Véase Stam (1990) como compañero de viaje útil para la presente exposición.

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Hegel, por ejemplo, o la influencia de Condillac o de los idéologues franceses en la concepción lingüística del conocimiento—. Queda claro que, en el desarrollo del construccionismo, estas empresas tampoco se reproducen íntegramente vestidas; las obras relevantes quedan desfiguradas y zurcidas en diversos sentidos. Por ejemplo, en el caso de la crítica ideológica, el acento tradicionalmente puesto en la «desmitificación» y la «emancipación respecto del conocimiento inválido» queda eliminado de las tesis construccionistas, ya que cada una de ellas supone la posibilidad de una representación verdadera y objetiva de la realidad para la que la crítica haría las veces de corrección. La definición de la ideología como un estado psicológico también queda eliminada del construccionismo y es sustituida por la pragmática social. De un modo similar, la teoría literaria se suma sustancialmente al enfoque construccionista al desmantelar el enfoque mimético del lenguaje y su eliminación del lagos como fuente esencial de significación. Al mismo tiempo, mientras que el papel de la pragmática social es más bien pequeño en la mayor parte de la teoría literaria, en los análisis construccionistas desempeña un papel capital. Y, puesto que la sociología del conocimiento y la historia de la ciencia tienen una importancia central en el desarrollo de la investigación construccionista, las exploraciones en estos campos varían sustancialmente en cuando a su base suposicional, y sólo en parte podrían solaparse con mi enfoque del construccionismo. Por ejemplo, la obra clásica de Berger y Luckmann (1966) en sociología del conocimiento. La construcción social de la realidad, es un icono construccionista. El acento puesto en la relatividad de las perspectivas, el vínculo de las perspectivas individuales con el proceso social, y la reificación a través del lenguaje sigue desempeñando un papel de primera importancia en los diálogos construccionistas. Al mismo tiempo, los conceptos de «subjetividad individual» y «estructura social» —ambos esenciales para Berger y Luckamnn— se han desplazado a los márgenes. Proponer, por ejemplo, que la «sociedad existe tanto como realidad objetiva como subjetiva» (pág. 119) no es sólo crear un dualismo ofuscador sino esencializar lo material y lo mental. De modo similar. La estructura de las revoluciones científicas, de Thomas Kuhn (1962), tiene una importancia singular al sustituir una filosofía de la ciencia de tipo fundamentalista por una exposición predominantemente social de los «avances» teóricos. Al mismo tiempo, la concepción de los cambios en la cosmovisión o perspectiva como algo fundamentalmente psicológico —equivalentes a un cambio en una Gestait visual (págs. 110-120)— es incompatible con el presente enfoque del construccionismo. De manera análoga, el intento posterior hecho por Kuhn (1977) para fundamentar la práctica científica en un conjunto de valores epistémicos es regresivo en términos de los enfoques que aquí se exponen. Existen otras tradiciones intelectuales con las que el construccionismo mantiene una importante relación intertextual. Dos de éstas merecen especial atención, la primera claramente de naturaleza psicológica y la segunda une mente y sociedad. En la primera existe una clase de teorías psicológicas, a menudo denominadas con el nombre de constructivismo, 2 que hacen especial hincapié en la construcción psicológica que el individuo elabora del mundo de la experiencia. Varían, sin embargo, en su preocupación por el mundo mismo. Por consiguiente, por un lado, la teoría de la epistemología genética de Jean Piaget (1954) suele con frecuencia

2 Los términos «constructivismo» y «construccionismo» a menudo son intercambiables. Afortunadamente, no existe un tribunal que dicte normas sobre el uso del concepto. Sin embargo, a fines de coherencia y claridad, mucho se puede decir a favor de mantener esta distinción. Existe una profunda e importante diferencia en los contextos intelectuales en los que estos términos han venido nutriéndose y en sus consecuencias epistemológicas y prácticas. Para una clarificación útil de los conceptos en el uso contemporáneo, véase Pearce (1992); para un análisis de sus consecuencias diferenciales para la terapia, véase Leppington (1991). Para una comparación critica de las premisas del construccionismo frente a las del constructivismo, véase Frindte (1991).

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denominarse «constructivismo». Su principal acento teórico recae en la construcción que el individuo hace de la realidad; la realidad se asimila al sistema existente de comprensiones del niño. Al mismo tiempo, sin embargo, a través del proceso adicional de acomodación, el sistema cognitivo se adapta a la estructura del mundo. Algo más radical es el alternativismo constructivo de George Kelly (1955) y sus seguidores. Este enfoque remite la principal fuente de la acción humana a los procesos por medio de los cuales el individuo privadamente construye, conoce o interpreta el mundo. Sin embargo, al final, también expresa un saludable respeto por «el mundo tal como es». La elección de constructos, tal como Kelly lo expresa, «favorece la alternativa que parece proporcionar la mejor base para anticipar los acontecimientos que se seguirán» (pág. 64). Más extremo es el constructivismo radical de Ernst von Glasersfeld (1987, 1988) y otros en el seno del movimiento cibernetista de segundo orden. Para Von Glasersfeld, «el conocimiento no se recibe pasivamente ni a través de lo sentido ni a través de una vía de comunicación, sino que es activamente construido por el sujeto cognoscente» (1988, pág. 83). Efectivamente, el individuo nunca establece un contacto directo con el mundo tal como es; nada hay que decir sobre el mundo que no es construido por la mente. 3 Las literaturas constructivistas son compatibles con el construccionismo social en dos aspectos importantes. En primer lugar, al hacer hincapié en la naturaleza construida del conocimiento, tanto el constructivismo como el construccionismo son escépticos acerca de la existencia de garantías fundamentadoras para una ciencia empírica. Además, tanto uno como otro se enfrentan al enfoque de la mente individual como dispositivo que refleja el carácter y las condiciones de un mundo independiente. Ambos movimientos ponen en tela de juicio el enfoque del conocimiento como algo «edificado» en la mente a través de la observación desapasionada. Y en consecuencia, tanto uno como otro ponen en tela de juicio también la autoridad tradicionalmente asignada a la «ciencia del comportamiento» y los métodos que no tienen en cuenta sus propios efectos en el modelado del conocimiento. 4 Con todo, más allá de estos puntos de convergencia, las tesis constructivistas a menudo son antagónicas del construccionismo tal y como lo desarrollo aquí. Desde una perspectiva construccionista, ni la «mente» ni el «mundo» tienen un status ontológico garantizado, eliminando los supuestos fundamentadores del constructivo. Tampoco las formas extremas de construccionismo, aquellas que reducirían el mundo a una construcción mental, son un sustituto satisfactorio. Para los construccionistas, los conceptos con los que se denominan tanto el mundo como la mente son constitutivos de las prácticas discursivas, están integrados en el lenguaje y, por consiguiente, están socialmente impugnados y sujetos a negociación. El construccionismo social ni es dualista ni monista (los debates existentes sobre estas cuestiones son, a los ojos del construccionista, en primer lugar ejercicios de competencia lingüística). Como tal el construccionismo se calla o se muestra agnóstico sobre estos asuntos. Finalmente, el enfoque constructivista sigue alojado en el seno de la tradición del individualismo occidental. El construccionismo social, en cambio, remite las fuentes de la acción humana a las relaciones, y la comprensión misma del «funcionamiento individual» queda remitida al intercambio comunitario.

3 Tal como tuve la oportunidad de examinar en alguna otra parte (Gergen, en proceso editorial), Von Glasersfeld se ve forzado al final a retractarse del solipsismo que aguarda en esta formulación. Al proponer que los procesos constructivistas son finalmente «adaptativos», rehabilita de nuevo el significado de un «mundo externo».

4 Véase especialmente el volumen editado de Von Glasersfeld (1988) y Steiers (1991), Research and Reflexivity. Arbib y Hesse, The Construction of Reality, representan tal vez el intento más amplio hecho para integrar una orientación cognitivista (constructivista) a una concepción social del lenguaje. Sin embargo, su base cognitivista (dualista, individualista) somete la exposición a una metafísica impracticable e ideológicamente problemática. Abordaremos el problema de un «punto de partida cognitivo» con mayor detalle en el capitulo 5.

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El construccionismo también soporta una relación intertextual con las teorías preocupadas por la base social de la vida mental (a veces denominada «constructivismo social»). A diferencia de los constructivistas, que postulan un mundo mental para, a continuación, teorizar sobre su relación con un mundo externo, estos teóricos conceden prioridad al proceso social en la modelización de aquello que se considera como conocimiento a nivel de la mente individual. Este privilegiar lo social sobre lo personal es la rúbrica de la fenomenología social (Schutz, 1962), del interaccionismo simbólico (Mead, 1934) y del trabajo de Vygotsky y sus colaboradores (Wertsch, 1985), y ha empezado a penetrar en diversos sectores de la psicología cognitiva (véase, a título de ejemplo, Arbib y Hesse, 1986). En efecto, las afirmaciones del conocimiento individual se remontan finalmente al proceso social, una posición que es muy compatible con el construccionismo. A pesar de la rica relación dialógica que nace de esta afinidad, existen también diferencias sustanciales, empezando por la primera posición acordada a los procesos mentales en el seno de estas diversas perspectivas. Schutz sostenía que los conceptos de «marco cognitivo», «subjetividad», «atención», «razones» y «metas» son centrales para la explicación de la acción. De manera similar. Mead y otros interaccionistas simbólicos elaboraron con plenitud de detalles conceptos como «simbolización», «conciencia», «conceptualización» y «autoconcepto». Y Vygotsky prestó especial atención a los procesos mentales de la «abstracción», «generalización», «volición», «asociación», «atención», «representación», «juicio», y demás. Así, todos estos teóricos objetivaron un mundo específicamente mental. En cambio, el principal foco de interés para el construccionista es el proceso microsocial. El construccionista rechaza las premisas dualistas que dan lugar al «problema del funcionamiento mental». De este modo el emplazamiento de la explicación que dé cuenta de la acción humana se traslada a la esfera relacional, cuestión sobre la que volvere en breve. Los argumentos construccionistas están textualmente relacionados con una serie de tradiciones intelectuales, que tienen mucho en común, aunque a menudo difieren tanto en el acento puesto como en las suposiciones fundamentales. Una pregunta importante para el futuro tiene que ver con la deseabilidad de la inviolabilidad del dominio, es decir, el valor de diferenciaciones claras entre una orientación conceptual y otra. En el presente análisis, he saldado mis deudas con las exigencias analíticas tradicionales, esforzándome por lograr una coherencia interna en el caso del construccionismo, y mostrando en qué se asemeja y en qué difiere de otras perspectivas. Sin embargo, actualmente muchos especialistas adoptan diversos conceptos y enfoques procedentes de géneros afines, con poca preocupación por la pureza. Y, si bien son problemáticos en términos de sistematicidad, estética y claridad, estos mismos estándares pueden ser impugnados también a partir de una serie de otras razones. Además, «el carácter difuso de los géneros» puede en efecto ser también retóricamente potente y catalizador. Al depender de las consideraciones pragmáticas, éstos son unos tiempos en los que la pureza del género puede sacrificarse útilmente a fines alternativos, y pudiéndose considerar así deseable una combinación continuada de los significantes. Esto es como decir también que cualquier intento, como el mío propio, de establecer una forma coherente de dar cuenta del construccionismo ha de considerarse como algo que tiene una situación —y está, por consiguiente, abierto a la impugnación, a la subversión y la transformación—. Se trata de una exposición que cumple los propósitos del presente volumen, al intentar llegar a los lectores particulares que se enfrentan con problemas especiales en momentos particulares. Los argumentos construccionistas, en general, son contrarios a las formulaciones fijas y finales, inclusive aquellas que ellos mismos elaboran.

La experiencia y otras realidades psicológicas

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

Muchos especialistas acogen con alegría el construccionismo porque desafía el «culto» a lo individual que es endémico en la tradición occidental. A medida que las consecuencias de una ontología comunitaria o relacional se desarrollan, sin embargo, muchos son también los que encuentran desasosegador el hecho de que se elimine el acento en los procesos psicológicos. Esto pone en tela de juicio las creencias firmes y fiables sobre las personas, incluyéndonos a nosotros mismos. La «mente individual no sólo pierde su fundamentación ontológica sino todos sus constituyentes tradicionales: las emociones, el pensamiento racional, los motivos, los rasgos de personalidad, las intenciones, la memoria, y similares. Todos estos constituyentes del yo se convierten en construcciones históricamente contingentes de la cultura. (Las consecuencias completas de este enfoque se desarrollarán en capítulos posteriores; véanse a este respecto particularmente los capítulos 8-12.) Como prolegómeno hemos de enfrentarnos a la pérdida de aquello que, para muchos, es el ingrediente esencial de la existencia personal: la experiencia privada. Parafraseando una queja común, «una cosa es considerar el hablar sobre la mente (pensamiento, actitudes, motivos y demás) como construcciones occidentales, y otra es negar la realidad de mi propia experiencia. La experiencia de la conciencia es real; es todo cuanto puedo realmente conocer; precede y no sigue a la construcción. Sin mi experiencia no puedo tomar parte en el lenguaje y en la vida social». De buen seguro esta línea de argumentación nos resulta familiar y convincente. ¿Cómo debería considerarla el construccionismo? A modo de una mitigación preliminar de la ontología, el construccionista podría querer comprometerse en un esfuerzo desconstructivo. A fin de cuentas, ¿cuál es el referente del término experiencia? ¿Qué significa este término? Tal como Bruner y Feldman (1990) señalan, el concepto de experiencia consciente no tiene un significado único; más bien diferentes tradiciones anclan la concepción en metáforas diferentes y a menudo en conflicto. Se puede establecer una distinción importante entre, por ejemplo, las tradiciones que sostienen que la experiencia consciente es «pasiva» (formada por acontecimientos del exterior) y «activa» (imponiéndose a cualquier cosa que encuentra). 5 ¿Podemos afirmar un dar cuenta objetivo de la experiencia, como algo opuesto a subjetivo? ¿Cómo puede nuestro lenguaje al describir la experiencia consciente ir más allá de la metáfora para describir «la cosa en sí misma»? Además, por razones tradicionales, afirmar la posesión de la «experiencia» («lo he experimentado») supone una toma de conciencia de la experiencia, o de un modo más terminante, que «tengo experiencia de mi experiencia». Y, con todo, ¿qué hemos de hacer de la suposición de que la experiencia puede revolverse sobre sí misma y registrar su propia existencia? ¿Qué argumentos podemos ofrecer para hacer que esta afirmación sea razonable? Además, si refiero «mi propia experiencia», ¿no estoy informando sobre los contenidos («tengo frío», «veo llover»), sino más bien sobre la experiencia misma? Si elimino todos los contenidos (¿cuáles son los referentes asignados a lo que doy en llamar «mundo externo»?), ¿no queda algo a lo que pueda denominar «experiencia pura»? Y si resulta difícil determinar a lo que me estoy refiriendo dentro de mí mismo, ¿de qué modo puedo determinar si hablamos de un fenómeno idéntico? No puedo acceder a la subjetividad del lector, ni el lector a la mía. ¿Queremos decir lo mismo cuando cada uno de nosotros refiere lo que ha «experimentado»? Este tipo de cuestiones han preocupado desde hace mucho tiempo a los filósofos y aún hoy quedan por resolver.

5 Raymond Williams (1976) señala que el término «experiencia» no se utilizaba para referirse específicamente a un estado mental (es decir, a algo sentido o independientemente sentido) hasta el siglo xix. En épocas anteriores, y de un modo nada infrecuente hoy, se utilizaba para referirse a las circunstancias objetivas a las que había estado expuesto el individuo o que había soportado («Fue casi una experiencia»).

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Un análisis preliminar de este tipo reduce la fuerza de la suposición simple según la cual el término experiencia mantiene una relación inequívoca con un datum particular. Al defender la existencia de la experiencia, no aclaramos qué clase de afirmación hacemos. Dada la dificultad a la hora de asignar un referente al término «experiencia», adoptemos un punto de vista construccionista y prestemos atención al discurso sobre la experiencia. Al considerar este tipo de discurso, la pregunta principal tiene consecuencias sociales. ¿Qué formas de vida cultural sustenta o suprime este discurso? Este tipo de consideraciones se desplazan en dos direcciones, una diacrónica y la otra sincrónica. En el primer caso, avanzaríamos hacia una exposición de las vicisitudes históricas del «hablar de la experiencia», las condiciones en las que pierde o gana vigencia, los modos en los que esas palabras se han utilizado (para denotar acontecimientos mentales privados, la relación entre lo mental y lo material, la conflacción de persona y mundo, y demás), los tipos de discurso que las han sostenido, así como las pautas de relación a las que ayuda a constituirse. Este tipo de interrogaciones no sólo servirían, además, para desobjetivar el concepto, para desafiar la presuposición común de que el término representa una realidad fuera de sí mismo. La investigación sincrónica también comportaría las consecuencias de este análisis histórico en el presente, explorando las funciones pragmáticas a las que sirve este discurso hoy en día. En términos de Wittgenstein, podemos preguntar por la función social de las aserciones de conciencia: «¿Qué propósito tiene decirme esto a mí, y cómo puede otra persona entenderme?», se pregunta Wittgenstein. «Hoy en día expresiones como "veo, oigo, soy consciente" realmente tienen sus usos. Hoy le digo a un médico que vuelvo a oír con esta oreja, o le digo a alguien que cree que estoy sin conocimiento "ya he vuelto en mí", etcétera» (1953, pág. 416). En cada caso, el enunciado cumple un fin social, y lo hace en razón de una historia particular, cuyas ramificaciones en la vida cultural son muchas y notables. Con todo, resulta importante hacer hincapié en que nada hay en este tipo de exámenes que vaya en contra de la preocupación de tipo especializado por la naturaleza de la experiencia o el uso común del término en la vida cotidiana. Para el construccionista, la falta de una fundamentación ontológica del lenguaje no es ningún argumento contra su uso. El valor del discurso psicológico no descansa en su capacidad para reflejar la verdad, sino más bien en su capacidad para llevar a cabo relaciones. Por consiguiente, para fenomenólogos, feministas o investigadores cualitativos, el hecho de «explorar el carácter de la experiencia de la gente» no está libre de hipotecas como un movimiento dentro de los anales del diálogo especializado o terapéutico. En realidad, pueden haber funciones valorables que sean satisfechas a través de la objetivación situada del término. Por ejemplo, cabe dar crédito a las exposiciones fenomenológicas de la experiencia individual en cuanto a su riqueza en lenguaje descriptivo (contrastando con el argot plano, técnico, del investigador cuantitativo) y la preocupación humana por el individuo que fomenta este lenguaje. De manera similar, el dar cuenta feminista de la «experiencia de las mujeres» no informa sobre «el mundo interno de las mujeres» sino que de hecho atrae nuestra atención a un discurso marginalizado y permite que este discurso adquiera cotización política. Del mismo modo, seguiré hablando de «mi experiencia» en las relaciones cotidianas, no porque este tipo de dar cuenta refleje otro plano de la realidad (un «mundo interior»), sino porque no hacerlo reduciría mi capacidad de participar en las formas de relación que son valoradas. Hablar de la experiencia se cuenta entre uno de los rituales culturales de los más importantes: pautas de revelación, compartir, confirmar y similares. El construccionismo apenas desafia la validez vivida de este tipo de usos.

Realismo: «¡pero si hay un mundo ahí" fuera!»

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

Aunque muchos quieren aferrarse a la realidad de la experiencia privada, la mayoría de científicos autoconscientes todavía quieren abandonar este «atavismo de la época precientífica». La psicología empírica, desde el siglo XIX y el mentalismo, apenas se ha mostrado abierta al concepto de experiencia privada. Para los que tienen una orientación empírica en psicología, es otra la cuestión que adquiere preeminencia, la cuestión de la realidad material. La objeción típica que se plantea al construccionismo —a menudo acompañada por una sonrisa de autocomplacencia o la exhibición de una indignación justificada— es la de su aparente absurdidad ante una realidad obstinada. La objección adopta diversas formas: «¿Quiere decir que si pone una cerilla encendida en un recipiente de gasolina el resultado es indecidible?». «¿Niega la existencia de la pobreza, de la enfermedad y del hambre en el mundo?» «La muerte es una parte evidente de la existencia humana; es una absurdidad afirmar que es una construcción social.» «¿Quiere decir que no hay un mundo ahí afuera? ¿Que somos nosotros quienes lo inventamos?» 6 Aunque revestidas de todo el poder retórico de la comunicación cotidiana, este tipo de objeciones se basan finalmente en una mala comprensión de la posición construccionista. El construccionismo no niega que haya explosiones, pobreza, muerte, o, de un modo más general, el «mundo de ahí fuera». Tampoco hace ninguna afirmación. Tal como indiqué, el construccionismo es ontológicamente mudo. Cualquier cosa que sea, simplemente es. No hay descripción fundacional que hacer sobre un «ahí fuera» como algo opuesto a «aquí dentro», sobre la experiencia o lo material. Al intentar articular lo que «hay», sin embargo, nos adentramos en el mundo del discurso. En ese momento da inicio el proceso de construcción, y este esfuerzo está inextricablemente entrelazado con procesos de intercambio social y con la historia y la cultura. Y cuando estos procesos se ponen en marcha, en general, tienden a avanzar hacia la reificación del lenguaje. Precisamente es la base reificada la que presta al realista el poder retórico de la línea de crítica que adopta. Para ilustrarlo, examinemos de un modo más detallado la cuestión de si echar una cerilla encendida a la gasolina producirá una explosión. Existen aquí dos cuestiones específicas que el construccionista plantearía: primero, ¿existe un modo alternativo de describir el mismo estado de cosas? Ciertamente la respuesta es afirmativa: la exposición que un artista daría de los colores de tonalidad e intensidad cambiantes, el detallar poético de las llamas inmensas, el análisis químico de las moléculas calentadas, la explicación que el chamán da en términos de fuerzas mágicas, y así sucesivamente. La multiplicidad de modos como se puede dar cuenta de ello plantea una segunda pregunta: ¿una exposición de este tipo es objetivamente más exacta que otra? ¿Si es así, sobre qué razones? Tal como hemos podido ver en el capitulo anterior, no hay modo de poner en una lista las palabras a un lado del libro de cuentas y, del otro, «lo que hay», y de este modo asignar identidades que trasciendan las convenciones de una comunidad particular. La adecuación de cualquier palabra o disposición de palabras para «captar la realidad tal como es» es una cuestión de convención social. Apliquemos esta línea de razonamiento a los ataques frecuentes que se han centrado en el construccionismo en razón de su insensibilidad ante las cuestiones del poder. Dejando de lado, por el momento, las cuestiones de cariz ideológico en cuestión, los críticos afirmaran que los escritos construccionistas a menudo parecen «suaves con el poder». O tienen en consideración el

6 Véanse también Edwards, Ashmore y Potter (en proceso editorial) en cuanto a una exposición de como el modo de golpear en la mesa y dar patadas a las piedras rechazando el punto de vista construccionista- está por sí mismo construido retóricamente. Tal como indican dada una variedad de inteligibilidades convincentes, resulta sorprendentemente fácil poner en tela de juicio la realidad de la mesa. Los físicos, por ejemplo, demuestran, con toda efectividad la «talsedad» de la suposición cotidiana de que las mesas son objetos sólidos.

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El construccionismo en tela de jucio

hecho más básico de que el poder está desigualmente distribuido por clases, géneros y/o razas, y de manera concomitante, que en la concurrencia cultural en la que se entra para expresarse, existen enormes diferencias en cuanto a los recursos. Consideremos, por ejemplo, quién es propietario y controla los medios de comunicación, los sesgos de clase en los currículos educativos, y las diferencias raciales y de clases al alfabetizarse. Y en las relaciones personales, los construccionistas no pueden dar cuenta de qué modo el poder se manifiesta en este tipo de actividades como la opresión de los pobres, la violación o los malos tratos a menores. A mi juicio, el construccionismo no se opone en absoluto a este tipo de preocupaciones; ciertamente merecen nuestra atención más viva. La duda recae en suponer que el poder debiera ser un concepto fundamentador en el marco de la metateoría, un concepto sin el cual una sensibilidad construccionista no puede ponerse en marcha. ¿A qué hace referencia el concepto de poder? Es, a fin de cuentas, construido múltiplemente o, tal como lo plantea Lukes (1974), «esencialmente impugnado». El enfoque maquiaveliano del poder difiere del modo de enfocar propio de los marxistas tradicionales, que a su vez difieren del modo de Parsons (1964) o Giddens (1976), que también difieren del tipo de teorías capilares que han ido apareciendo desde

la publicación del trabajo de Foucault (1978, 1979). Además, estos diversos conceptos pasan a

ser utilizados por diferentes grupos de interés (marxistas, conservadores políticos, feministas), a

menudo con propósitos contrarios. Dentro de cada grupo el concepto de poder puede reificarse, con importantes consecuencias para las actividades del grupo. Por consiguiente, del mismo modo que el construccionista difícilmente abandonaría términos como «gasolina», «ignición» y «explosión» en razón de su carácter construido, así también determinados grupos pueden encontrar el concepto de poder inestimable en determinados momentos inclusive los construccionistas. La crítica implacable continúa: tal vez estas descripciones sean el producto de una

convención local, ¿pero no son algunas de estas convenciones trascendentalmente mejores que otras? ¿No avisaría a su hijo primero acerca de las posibles «explosiones» que no sobre «el despliegue de colores» que resultará de la cerilla encendida? O, dicho de un modo más directo, si

su hijo tiene neumonía, ¿no le llevaría primero a un médico que a un chamán? ¿Las palabras del

doctor no nos dan una mayor y más efectiva información que las del chamán? Paúl Feyerabend (1978) trata de un argumento similar en Science ana a Free Society. Tras su seria crítica de los fundamentos racionales de la ciencia, se enfrenta al problema de si la medicina científica

occidental no está más avanzada que las prácticas de las culturas «precientíficas», de si la primera tiene un conocimiento en algo superior al de estas últimas. Feyerabend responde festejando el conocimiento de las culturas no científicas, y denigrando las pretensiones de la medicina occidental. La medicina sólo parece superior, sostiene, «porque los apóstoles de la ciencia fueron decididos conquistadores, porque suprimieron físicamente a los portadores de culturas alternativas» (pág. 102; cursiva mía). Feyerabend pasa entonces a ensalzar los avances de los sanadores chinos, herboristas, masajistas, hipnotizadores, acupunturistas y similares. En este punto encuentra «una gran cantidad de valioso saber medicinal que es desaprobado y menospreciado por la profesión médica» (pág. 136). Con todo, para un construccionista, no es la respuesta apropiada a la pregunta, que no remite

a si la medicina científica representa un conocimiento o un saber más avanzado que sus alternativas, sino más bien a si los médicos saben más que los chamanes o a la inversa. Este tipo de cuestiones sólo pueden enmarcarse a partir de una perspectiva dada, y si se selecciona la perspectiva de la medicina occidental, se demostrará que es —a pesar de las objeciones de Feyerabend— superior. Si la medicina occidental está capacitada para establecer la ontología de

la enfermedad y los criterios de la cura, no es probable que se dé la amenaza de un competidor.

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

Para el construccionista no existe un patrón culturalmente descontextualizado respecto al cual

cualquiera de los dos sistemas de medicina pueda compararse. De un modo más general, cabe decir que los participantes en cada comunidad desarrollan sus propias prácticas, rituales o pautas

de relación. En el seno de una comunidad se seleccionan determinados «acontecimientos»,

reciben nombres y son tratados de diversos modos. La profesión médica delinea determinadas configuraciones, que categoriza como «enfermedades» que, como objetivo, se plantea erradicar. Del mismo modo el chamán puede fijarse en otras «entidades», calificarlas de síntomas de «voodoo» e intentar eliminarlas. En la medicina occidental no hay simplemente «efectos de voodoo», del mismo modo que el efecto «neumonía» no existe para el chamán. Además, los tratamientos médicos occidentales no serían más o menos efectivos o «avanzados» si los médicos

utilizaran las sílabas voodoo en su trabajo como opuestas a neumonya; los resultados seguirían siendo en gran medida los mismos. Así como el chamán no sería más efectivo al eliminar los efectos de hechizo si hubiera de denominarlos neumonya. Los términos no son descripciones de

los acontecimientos, simplemente son modos locales de hablar que se utilizan para coordinar

relaciones entre la gente en el seno de su entorno. Las palabras utilizadas al describir o explicar

los «acontecimientos» y su «erradicación» no deben confundirse con sus referentes putativos. La

terminología médica occidental no es la causa del éxito de lo que denomina «curas».

Así, pues, como participante en la cultura occidental, prefiero llevar a mi hijo al médico de

mi cultura. Lo haría no porque el saber médico de Occidente sea trascendentalmente superior,

sino porque participo en relaciones donde los valores occidentales predominan, y codifico los

acontecimientos como «enfermedad» y «cura» de modo compatible con las prácticas médicas

locales. Esto es así porque participo en una comunidad que valora las prácticas de la «cura» en

los

términos occidentales que permiten a los médicos alcanzar lo que damos en llamar «éxito».

Al

mismo tiempo, si estos valores y prácticas asociadas son universalmente preferibles es algo

que abre un serio debate. 7 Con todo, estos argumentos no agotan las afirmaciones del realismo porque hay muchas formas existentes de realismo. Los partidarios del realismo material son sólo uno de los grupos

que pone en tela de juicio el construccionismo. Un segundo grupo de realistas trascendentales —

en los que se incluyen nombres como Bhaskar (1978, 1989), Harré (1988), y Greenwood

(1991)— se unen a los construccionistas en la crítica del fundamentalismo empirista. Su ataques a los supuestos empiristas de la neutralidad frente a los valores, juntamente con la predilección tradicional por las explicaciones humanas de la conducta humana, son bastante compatibles con las del construccionismo. Sin embargo, en lugar de echar por la borda el intento de fundamentación, puesto bajo sospecha por la mayoría de los construccionistas, los realistas trascendentales avanzan en la búsqueda de fundamentos alternativos para la racionalidad científica. En este apartado, los realistas trascendentales se han mostrado antagonistas del tipo de construccionismo que aquí representamos (véanse en particular Greenwood, 1991, 1992; Harré

1992).

Es interesante señalar que para los realistas trascendentales el mundo observable, algo esencial para los empiristas, tiene poco interés. La dimensión crítica de la realidad se ha de situar en los acontecimientos observables o detras de ellos, en un dominio de «mecanismos generativos», de «tendencias inherentes» o de «poderes causales». El «objeto» de la ciencia «son las estructuras reales que existen y actúan de manera independiente de los modelos de

7 Desde un punto de vista construccionista uno es alentado también a examinar críticamente lo que damos en llamar «éxito médico» en la cultura occidental. Que el hecho de «sostener» la vida indefinidamente sea un éxito, con independencia de la condición física de cada uno, seguramente es discutible.

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El construccionismo en tela de jucio

acontecimientos que generan» (Bhaskar, 1991, pág. 68). Por consiguiente, el objetivo de la ciencia es el de descubrir y dilucidar el carácter de estas realidades ocultas. Aunque atractivo para muchos pensadores marxistas deseosos de postular las estructuras subyacentes de la vida económica y personal, el programa realista adolece de una racionalidad fundacional. Y lo hace no sólo en virtud de los problemas inherentes a cualquier fundamentalismo, principalmente la incapacidad de justificar su propia ontología fundamentadora y las inversiones de valorización, sino también porque no consigue proporcionar una justificación para el modo en que las estructuras subyacentes podrían identificarse, para el modo en que se podría afirmar qué estructuras estaban relacionadas con qué resultados de observación y para el modo en que se podría establecer la superioridad de una exposición estructural sobre otra. El realismo trascendental hereda todos los problemas discutidos en el capítulo anterior relativos a la capacidad de la teoría científica para proporcionar representaciones exactas de la realidad. 8 Al final, debemos sospechar de todos los intentos de establecer ontologías fundamentales, inventarios incorregibles de lo real. Como Margolis (1991) pregunta: «¿Qué razón hay para

, pretensiones de verdad con la verdad y la falsedad tout court, y para aproximarse fiablemente a ellas?» (pág. 4). Cada uno lleva consigo un modo de vida predilecto y una cohorte de impulsos de supresión. Cada uno se mueve en el sentido de la totalización, sometiendo los discursos alternativos al ridículo, amenazando los modos de vida alternativos con la extinción. 9 Proclamar que la realidad está constituida de materialidad difama a aquellos que hablan de intenciones, creatividad o profundidad espiritual y amenaza aquellas formas de vida en las que esos términos son partes integrantes. El realismo trascendental apoya una jerarquía del trabajo que relega la predicción actuarial, la ingeniería, la investigación «aplicada» y la práctica de la experiencia a las últimas filas. Para el fenomenólogo, que considera la realidad como algo fundamentalmente experiencial, los materialistas se comportan como filisteos. Y para los teóricos del psicoanálisis, que sostienen que la realidad de la experiencia no es sino un instrumento de las energías más profundas de la psique, todas las afirmaciones de conocimiento empírico son desde el punto de vista psicodinámico sospechosas. ¿Los debates entre estas y otras afirmaciones y pretensiones fundamentadoras tienen una importancia sustancial? ¿De qué modo un conjunto de afirmaciones fundamentadoras determinará su superioridad sobre otro que es ajeno a sus propios compromisos lingüísticos peculiares, y de qué modo podemos establecer un modo de lenguaje que no sea impugnable? Y, ¿por qué, desde un punto de vista construccionista, deberíamos avanzar hacia la clausura de todas las inteligibilidades salvo una? ¿Por qué plantear el empobrecimiento del paisaje de lenguaje en lugar de enriquecerlo? 10

suponer que hay criterios discemibles, atemporalmente adecuados

para emparejar las

8 Incluso los realistas trascendentales discuten entre si sobre estas posibilidades. Véase, por ejemplo, Harré (1992) estigmatizando la exposición que Greenwood (1992) hace del realismo como «indefendible» porque la «doctrina bivalente, de que las proposiciones de la teoría científica son verdaderas o falsas en virtud del modo como el mundo es, no puede utilizarse fructíferamente para caracterizar un realismo defendible» (pág. 153). Se trata de un caso casi insólito, ya que, a diferencia de los realistas físicos, Greenwood (1991) afirma que los estados psicológicos son reales y están sujetos a evaluación empírica. Al mismo tiempo, sostiene que estos estados están socialmente constituidos, es decir, que son construcciones culturales. En efecto, defiende la posibilidad de verificar o falsar — desde un punto de vista más allá de la cultura— un mundo de objetos no observables implicado por diversos sistemas de significación cultural. En esta exposición, por consiguiente debería ser capaz de probar o refutar si las almas de las personas influyen en sus acciones.

9 Para una exposición de los diversos realismos como formas discursivas, véase mi articulo de 1990, «Realities and Their Relationships». 10 Tal como Edwards, Ashmore y Potter (en proceso editorial) sostienen, los realistas están dispuestos a declarar de antemano qué es real o verdadero (la física como opuesta a la brujería; la materia opuesta al espíritu), y de este modo

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

Relativismo ontológico: la incoherencia del escepticismo

La crítica construccionista de las afirmaciones ontológicas tiene también sus costes. Uno de los más importantes es la apertura de otra línea más de crítica, platónica en su origen y feroz en su eficacia. Todas las formas de escepticismo ontológico, en este modo de dar cuenta, mueren por incoherencia. Parafraseando la crítica diríamos: «si el escéptico sostiene que no hay verdad, objetividad o conocimiento empírico, ¿sobre qué bases deben aceptarse estas afirmaciones? En su propio dar cuenta, el ataque del escéptico no puede ser verdad, objetivo o estar basado empíricamente. El escepticismo es, por consiguiente, incoherente». Las tesis construccionistas heredan esta crítica, porque si todas las inteligibilidades son construidas socialmente, como los argumentos anteriormente expuestos sostienen, entonces lo mismo debe decirse de las tesis construccionistas en sí mismas. El construccionismo social, pues, no puede ser cierto. Para el construccionista existen algunas replicas significativas frente a esas imputaciones de incoherencia. Consideremos dos formas particulares de la crítica y la réplica construccionista:

1. La posición construccionista social ¿no es en sí misma una construcción social? A esta pregunta el construccionista coherente sólo puede responder afirmativamente. Los argumentos a favor del construccionismo son, al fin y al cabo, artefactos sociales: unidos por la metáfora y la narración, limitados histórica y culturalmente, y utilizados por personas en el proceso de establecer relaciones. Sin embargo, al adoptar esta postura, el aspirante a crítico, en esencia, lo que ha hecho es reivindicar la posición construccionista. Es decir, el intento por anular el construccionismo en este caso se basa en las mismas premisas construccionistas que el crítico intenta anular: busca establecer el carácter socialmente construido de los argumentos construccionistas. Como resultado, el crítico primero no consigue presentar una alternativa al construccionismo; es decir, no se presentan argumentos que sean antitéticos a la posición construccionista. En segundo lugar, y lo que es más importante, el crítico abraza las premisas construccionistas a fin de hacer avanzar el diálogo. El crítico ocupa entonces el mismo espacio ontológico que era el objeto del ataque putativo; por consiguiente las tesis construccionistas reciben un renovado peso específico. Más importante aún, para el construccionista el proceso de desmantelamiento de la «retórica» construccionista es un fin a tener en mayor estima, porque este tipo de incursiones —el poner en tela de juicio las consecuencias pragmáticas del construccionismo, el desvelar los dispositivos literarios de los que deriva su fuerza retórica, el elucidar los procesos sociales a partir de los que ha surgido, el indagar en sus raíces culturales e históricas, y el desafiar sus valores implícitos— son las que el propio construccionismo exige. A través de este tipo de refutaciones, unas voces que de otro modo serían acalladas alcanzan a tomar parte en la conversación, y el diálogo se ensancha. 11 Y si la exploraciones autocríticas se abren a la valoración, la conversación se ensancha de nuevo.

negar cualquier intercambio intelectual posterior. Por ejemplo, para los realistas materialistas no es ningún tema

debatir la existencia del espíritu. Para los relativistas construccionistas, en cambio, «la ventaja adoptar posiciones y argumentar».

es que podemos

11 Tal vez el enunciado clásico de este argumento sea el proporcionado por Albert (1985). Para una discusión de la intestabilidad de las doctrinas realistas, véase Trigg (1980). Tal como sostiene, no existe prueba observacional que pueda afectar a la verdad del realismo: «el sino del realismo no puede decidirse por "éxito o fracaso" en la ciencia, dado que el sentido normal de estos términos presupone el realismo» (pág. 188). El realismo basa su defensa de las «fundamentaciones», por consiguiente, en una metafísica especulativa.

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El construccionismo en tela de jucio

2. Si el construccionismo social abandona el concepto de verdad ¿cómo puede reivindicar la verdad para su posición? Aunque es una forma más decidida de crítica la que se plantea, su resonancia y vigor son breves. Al principio, es importante darse cuenta de que los compromisos con una premisa de verdad —ya sea empírica, racional, fenomenológica o espiritual— en sí mismos no contribuyen a la verdad de estas premisas. Que los empiristas estén comprometidos con una creencia en las verdades objetivas no lleva consigo el valor de verdad de las proposiciones empiristas; los compromisos con la verdad analítica no hacen que las pruebas analíticas sean verdaderas. En efecto, hacer afirmaciones en cuanto a la verdad es un ejercicio de garantizar o justificar, al invitar a otros a aceptar un conjunto de proposiciones en virtud de una yuxtaposición particular de palabras. Tales justificaciones no hacen por sí mismas que un cuerpo de proposiciones sea cierto; simplemente son auxiliares o acompañan a las afirmaciones. Garantizar un conjunto de justificaciones como «atribuidoras de verdad» exigiría todavía otra gama de justificación (como sería una razón por la que pudiéramos creer que la metateoría empirista garantizaba la verdad de las proposiciones empíricas). De un modo más general, se puede sostener que no hay teoría del conocimiento —ya sea de corte empirista, realista, racionalista, fenomenológico o de cualquier otro tipo— que pueda garantizar coherentemente su propia verdad o validez. El teórico que aspira al conocimiento se ve enfrentado en cada caso con dos elecciones igualmente problemáticas. En primer lugar, puede intentar utilizar los mismos argumentos propuestos por la teoría del conocimiento para validar la teoría misma (por ejemplo, utilizar datos empíricos para justificar el empirismo o técnicas racionalistas para justificar el racionalismo). Sin embargo, como es bastante evidente, estos intentos se mueven en un círculo vicioso. Simplemente reafirman sus afirmaciones iniciales, pero las afirmaciones mismas quedan sin justificación. Para tener confianza en los datos empíricos utilizados para apoyar el empirismo sería necesario adoptar la teoría del conocimiento que previamente ha sido puesta en tela de juicio. La argumentación racionalista como apoyo para una teoría racionalista del conocimiento sería, del mismo modo, simplemente redundante («la racionalidad es verdad porque la racionalidad es verdad»). 12 La segunda alternativa consiste en emplear una base alternativa para la verdad de la propia teoría del conocimiento. Es decir, el empirista debiera buscar un fundamento racionalista para las pretensiones empíricas de verdad, o el racionalista debería buscar datos empíricos que sostuvieran el racionalismo. Seleccionar esta opción es, sin embargo, destruir la validez de la teoría del conocimiento de la que se es partidario, porque si una teoría del conocimiento tiene como garantía de su validez una segunda teoría del conocimiento, sus pretensiones de ser garantía pasan a ser sustituidas por la fuente de la que se derivan sus pretensiones y afirmaciones. Si el empirismo es sólo verdad en virtud de fundamentos racionalistas, por ejemplo, los fundamentos racionalistas desplazan al empirismo como medio primario para el establecimiento de la verdad. Con todo, existe aún una respuesta más sustancial a la pregunta acerca de la validez del

12 Es este potencial para la reflexividad lo que separa el tipo de construccionismo que quiero favorecer de aquel auspiciado por otros como Guerin (1992), que querrían establecerlo como una fundamentación nueva y empíricamente basada para la ciencia. De manera similar, Harré (1992) intenta basar el construccionismo en un conjunto de postulados básicos, como «la existencia de personas». No existe, desde luego, garantía particular para este tipo de afirmación; y en este sentido opera clausurando el diálogo. Establece una frontera más allá de la cual el estudio no puede proceder, una postura que en el mejor de los casos es antiintelectual y, en el peor, imperialista. El intento de Haraway (1988) es superior en este punto, dado que la autora defiende la multiplicidad de conocimientos situados y el emplazamiento de estos conocimientos en «comunidades, no en individuos aislados» (pág. 590). Sin embargo, cuando defiende la «objetividad incorporada» de estos conocimientos frente al «error grave y al falso conocimiento», de nuevo parece como si la autora favoreciera una clausura de la conversación.

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

construccionismo, y atañe a los fundamentos suprimidos de la crítica. La crítica de la incoherencia, en este caso, finalmente hace recaer su peso retórico en sus propias premisas, reinstala como criterio de aceptabilidad teórica el concepto mismo (por ejemplo, «la verdad objetiva») que es puesto entre paréntesis por el construccionismo. Ilustrativamente, el crítico sostiene que 1) existen amplias razones fundamentadas para establecer las condiciones de verdad para diversas proposiciones; 2) la validez objetiva servirá de base apropiada para aceptar o rechazar una teoría dada; y 3) dado que el construccionismo no ofrece ninguna posibilidad para su valoración objetiva, su verdad es indeterminada. Con todo, los argumentos construccionistas del capítulo anterior socavan la legitimidad de la primera de estas premisas. Poco sentido hay que conceder a la opinión según la cual las proposiciones pueden ser determinadas. Por consiguiente, ya no es sostenible usar la «correspondencia con la realidad» como criterio a través del cual los argumentos construccionistas —o cualesquiera otros— deben evaluarse. Para el construccionista la «verdad objetiva» como criterio fundacional para la adecuación de las diversas aserciones, un fundamento que está más allá de la convención comunitaria, es simplemente algo irrelevante para su aceptación o rechazo. Esto equivale a afirmar que el construccionismo no ofrece fundamento alguno, ninguna racionalidad ineluctable, ningún medio de establecer la superioridad básica de todo enfoque colusivo del conocimiento. Se trata, más bien, de una forma de inteligibilidad —una gama de proposiciones, argumentos, metáforas, narraciones y similares— que agradecen el hecho de ser habitadas. Todos los análisis construccionistas se comprometen en una forma de «realismo selectivo», privilegiando determinados «objetos de análisis». Todos requieren una forma de «fiasco ontológico» (Woolgar y Pawluck, 1985) a fin de lograr su impacto retórico. Al mismo tiempo, este tipo de análisis no pregunta por una aplicación de la polaridad verdadero-falso, más bien invita al lector a participar: a colaborar en adornar un sentido y una significación, a jugar con las posibilidades y las prácticas coherentes con esta inteligibilidad, y a evaluarlas respecto a las alternativas. Los enfoques construccionistas operan como una invitación a bailar, a jugar o a una forma de vida. A diferencia del partidario de la fundamentación, que intenta restringir la gama de las maneras adecuadas de explicar, el construccionista no busca abolir las alternativas. Para un fundacionalista empírico, el enfoque fenomenológico es sospechoso, el racionalismo, agonizante, y el espiritualismo, un anatema. Para el empirista, por consiguiente, sus competidores podrían ser abandonados sin que ello comportara una grave pérdida para la humanidad. Igualmente, los fenomenólogos y los espiritualistas podrían sentirse complacidos con la erradicación del empirismo, y así podríamos continuar siguiendo el espectro de las metateorías existentes. Con todo, habida cuenta de que el construccionismo no pretende ser «verdadero» — una posición que está más allá de toda pregunta—, no elimina con ello las alternativas del campo. Más bien, impulsa a preguntar: ¿Cuáles son los beneficios y las pérdidas para nuestra manera de vivir que se siguen de cada enfoque? ¿En qué sentido contribuyen estos discursos a nuestro bienestar y en qué sentido ofuscan nuestros fines? Y, en realidad, esta discusión misma no acabaría nunca.

Relativismo moral

Uno de los ataques más formidables contra los enfoques construccionistas es el expresado por aquellos que tienen convicciones éticas profundas. La orientación construccionista es un mero laissez-faire, afirman. Parece tolerarlo todo y en sí mismo no representa nada. Desalienta el compromiso con cualquier conjunto de valores o ideales y parece abogar por una melé general y amoral. El construccionismo no ofrece ninguna base lógica para la crítica societal y la

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renovación, y en el peor de los casos, no logra ni tan sólo inspirar la clase de indagación basada en principios que es necesaria para evitar el tipo de atrocidades que nuestra civilización tan a menudo ha perpetrado. ¿Cómo puede ser aceptable cualquier orientación teórica que «tolera» la aniquilación de millones de personas? Este tipo de acusaciones ciertamente exige una réplica. El examen que a continuación proponemos servirá por consiguiente sólo como preludio para una exposición más extensa, a la que dedicaré, en parte, el capítulo 4. Al principio, determinar si los enfoques construccionistas, de estar plenamente desplegados, contienen o no un punto de vista moral o político sigue siendo una cuestión abierta. Aunque ninguna visión explícitamente moral o política se ha explicado en la presente obra, los textos construccionistas son inherentemente porosos: con poco esfuerzo, se pueden colocar en estas líneas de argumentación preferencias morales y políticas pronunciadas. 13 Al mismo tiempo, la naturaleza de estos enfoques sigue siendo una cuestión abierta. Muchos encuentran los argumentos construccionistas implícitamente feministas en su desafiar las jerarquías sociales tradicionales y el discurso totalizante de la ciencia empírica. Otros los consideran como antifeministas al criticar la epistemología del punto de vista feminista. Algunos lectores consideran que el construccionismo es implícitamente marxista al hacer hincapié en la interdependencia comunitaria, mientras que otros lo consideran como un liberalismo añejo al hacer hincapié en la libertad y la igualdad. Algunos consideran que el construccionismo es profundamente moral al poner la condición de relación antes del yo, mientras otros consideran su crítica de la razón y la intención individual como el fin de la responsabilidad moral. ¿El construccionismo es, por consiguiente, moralmente superficial o moralmente profundo? El resultado depende de la teoría construccionista y de la lectura que se haga de sus argumentos. Por el momento, sin embargo, evitemos establecer una vinculación determinante entre el construccionismo y cualquier conjunto de valores o enfoques políticos específicos. No usemos los compromisos en cuanto a los valores como una base justificadora de un punto de vista construccionista. Exploremos, por consiguiente, el resultado de un construccionismo que no logra «adoptar una moral». ¿Qué réplicas son, pues, posibles a la crítica abierta de relativismo moral? Resulta importante darse cuenta de que no hay un enfoque bien definido, bien defendido y ampliamente aceptado de la moralidad al que oponer un relativismo construccionista. De hecho, muchos sostendrían que la certeza moral, si algo se puede decir, ha pasado por un largo período de deterioro. La facultad de la Iglesia para establecer dictados sobre cuestiones morales se ha ido viendo erosionada desde la época de la Ilustración la consiguiente separación Iglesia-Estado, y la hegemonía de la ciencia Tampoco las contribuciones filosóficas hechas durante los siglos elucidaron alternativas convincentes a la ortodoxia religiosa. Hacia finales del siglo XIX hubo una esperanza-ampliamente extendida de que la ciencia, que por entonces ganaba influencia, podría proporcionar la comodidad de la clarificación moral. Con todo, a medida que los científicos se hicieron cada vez más conscientes de que el «deber ser» no puede derivarse del «ser», eludieron prácticamente toda responsabilidad en cuanto a cualquier declaración respecto a lo que la gente debía hacer. Y, a medida que los filósofos lograron mudar su atención hacia la clarificación del lenguaje y los fundamentos de la ciencia durante el siglo XX, la filosofía moral quedó prácticamente sepultada. Durante este siglo, el discurso moral, hasta fecha reciente, ha pasado por épocas muy difíciles. Encontrar los defectos del construccionismo porque no logra generar fundamentos morales, es apenas una condena mortal de necesidad cuando los fundamentos ampliamente aceptados no son en ninguna otra parte evidentes.

13 Apropiado es el intento de Critchiey (1992) de demostrar el potencial ético inherente en el desconstruccionismo de Derrida.

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

En cuanto a esto, los impulsos construccionistas pueden, de hecho ser elogiados por el espacio que han abierto para la deliberación moral. Tal como hemos visto la devaluación de los enfoques con pretensión fundamentadora del conocimiento científico de Kuhn (1970), el análisis del conocimiento como artefacto social de Berger y Luckmann (1966), y el examen explorativo que Habermas (1971) hace de la relación existente entre el conocimiento y los intereses humanos, todos se plantearon como desafíos a la fundamentación táctica o racional de los «cuerpos de conocimiento» establecidos. De este modo, cada uno formaba una base importante para el pensamiento construccionista siguiente. Al mismo tiempo, a medida que sirvieron para socavar la autoridad científica, invitaron a la reconsideración de las preocupaciones morales, éticas o de los valores que el empirismo había desacreditado de un modo tan estridente, en cuanto fuentes de las que se desprendían los prejuicios. En efecto, estas contribuciones dieron peso retórico a las críticas ideológicas de los exponentes de la igualdad de derechos, los activistas contra la guerra, feministas, humanistas, marxistas y muchos más preocupados por la deliberación sobre los valores. La desmitificación construccionista de las afirmaciones del «conocimiento de clase» adquirieron nuevo vigor en los lenguajes morales de las décadas más recientes. Con todo, aunque una postura construccionista invita a la deliberación moral, a mi entender no debe defender, de un modo necesario, un conjunto de suposiciones morales sobre otro. El constructivismo puede encargar a las feministas, a las minorías étnicas, a los cristianos, a los musulmanes y demás que hablen con atrevimiento sobre cuestiones de valor, sin que ello garantice la validez de sus afirmaciones, o la afirmación de que algunas verdades morales son superiores. En este punto, sin embargo, nos es preciso plantearnos si una teoría del conocimiento que establece una jerarquía de valores (o defiende determinadas virtudes sobre otras) es algo deseable. Aquellos que reprochan al construccionismo su relativismo moral, ¿desearían verdaderamente un patrón fijo de lo que es el bien? A mi entender, aquellos que critican la superficialidad del construccionismo habitualmente no están interesados en sustituirlo por cualquier otra teoría del bien. Simplemente no quieren un compromiso moral de cierto tipo; el compromiso que quieren es aquel que repite el suyo propio. La crítica marxiana no sería acallada mediante un compromiso construccionista con la libre empresa, o una feminista tampoco lo sería por una valorización positiva del dominio machista. En este sentido, la acusación de vacuidad moral es poco sincera, al enmascarar la frustración que resulta del hecho de que los argumentos no consiguen apoyar las propias preferencias del inquisidor y simultáneamente previenen al inquisidor de revelar la vulnerabilidad de su propio punto de vista valorativo. Expresándonos en términos de Rorty (1991) «la invocación ritual de la "necesidad de evitar el relativismo" no es comprensible como una expresión de la necesidad de preservar determinados hábitos de la vida contemporánea europea» (pág. 28). Como conjetura más general, pocos querrían disponer de una teoría del bien y de lo justo que no justificara o sostuviera el tipo de vida que en realidad se valora. Y aquí se encuentra el problema crítico, ya que no existe un único valor, ideal moral, o bien social que, al actuar plenamente en su conformidad, no impida las alternativas y olvide los modelos que estas alternativas apoyan. Si se actúa conforme a la justicia hasta el límite, la misericordia se pierde irremisiblemente; si se favorece la honestidad por encima de todo, la iniciativa individual será destruida. ¿Quiéa, entonces, ha de establecer la jerarquía del bien, y con qué derecho? En efecto/si él construccionismo hubiera de buscar justificación recurriendo a un código específico de valores morales, sería tachado por arrogarse un punto de vista clientelista del status de una ética universal tanto totalizadora como opresiva. Este código, ¿sería práctico para rechazar la marea de mal que asóla el mundo contemporáneo, para convencer a aquellos cuyas acciones encontramos reprensibles de que están equivocados moralmente, para fomentar las apologías y

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El construccionismo en tela de jucio

los retraimientos, y para sostener el orden que deseamos? Parece dudable, ya que nuestro código no sería su código, y fácilmente podría ser rechazado como irrelevante o malevolente. Por consiguiente, encontramos que puntos de vista por lo demás virtuosos no por ello son aproblemáticos; frecuentemente operan para reducir la confianza y fomentar la alienación. Y, dados los problemas asociados a la hegemonía de un código particular, ¿es posible que una teoría que escogiera no defender una jerarquía de bienes fuera más prometedora para el género humano que una moralmente comprometida? Al decir esto, tengo que hacerme eco de un dicho familiar: simplemente, que nuestras

ontologías estén constituidas socialmente —y, en este caso, nuestros sistemas de valores— no es un argumento contra el hecho de llevarlos a la practica. En efecto, el hecho de que contribuyen a las pautas culturales vigentes puede ser su mejor justificación. 14 El enfoque según el cual se requieren los fundamentos racionales tanto para la buena vida como para la sociedad moral puede que rinda un flaco servicio a la cultura. Me estremezco cuando pienso que tenemos que aguardar

al acuerdo de los doctos o los inspirados antes de que podamos saber cómo seguir adelante. No

defiendo aquí el punto de vista propio del relativismo ético, una posición desde la que las demás pueden considerarse como buenas o malas, o una posición que ella misma dicte la acción (o como Haraway, 1988, lo expresa, una «nueva y buena argucia»). En términos de los argumentos

desarrollados hasta aquí, el construccionismo no podría ofrecer este tipo de posición. O, en términos de Fish (1980), no hay posición de relativismo en sí misma, un espacio desde el cual se pueda mirar de cerca, libre de tradición cultural, otras posiciones. Por necesidad, vivimos gracias

a nuestras inteligibilidades existentes, que incluyen los discursos comparativos así como los

éticos. El hecho de si el discurso ético sirve a propósitos valorables en sociedad se abordará en el capítulo siguiente.

Relativismo conceptual

Una forma final de relativismo queda incorporada en muchos escritos construccionistas, y, al igual que los relativismos de cualquier tipo, ha evocado una amplia crítica. Los escritos construccionistas —inclusive este volumen— con frecuencia hacen hincapié en la variación en la

comprensión. Piden que se preste atención a la multiplicidad de modos en los que «el mundo» es,

y puede ser, construido. Desafían cualquier intento hecho por establecer primeros principios, una

ontología fundamentadora, o una base epistemológica para la priorización universal de cualquier postulado de realidad dada. Contra esta línea de argumentación, los críticos responden con la siguiente forma de reducto: a fin de afirmar que existen diferencias en la construcción, tiene que haber un criterio o estándar de comparación. Habíamos de disponer de un criterio de lo que es en realidad a fin de demostrar que había diferencias en relación a su construcción; habíamos de postular una racionalidad común que nos permitiera reconocer que esos modos de pensar eran incompatibles. En términos de Davidson, «la metáfora dominante del relativismo conceptual, la de puntos de vista diferentes, parece delatar una paradoja subyacente. Diferentes puntos de vista tienen sentido, pero sólo si existe un sistema coordinado común en el que trazarlos; con todo la existencia de un sistema común contradice la afirmación de una espectacular incomparabilidad» (1973, pág. 6). Estos argumentos a menudo se emparejan también con la réplica de que, si el

14 En los términos de Edwards, Ashmore y Potter (en proceso editorial), «no existe contra-dicción entre ser un relativista y ser alguien, un miembro de una cultura particular tener compromisos, creencias y una noción de sentido común de la realidad. Esto es lo mismo que argumentar, cuestionar, defender, decidir, sin la comodidad de simplemente ser, ya y antes de pensarlo real y cierto».

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

construccionismo fuera cierto, no habría posibilidad de comprensión intercultural. Estaríamos encerrados con llave dentro de nuestros sistemas locales de construcción. 15 A mi juicio, estas formas relacionadas entre sí de crítica toman todas sus premisas de una concepción particular del lenguaje, una tradición que sostiene que 1) el lenguaje es un instrumento para vehicular la verdad, por un lado, y 2) para transmitir el pensamiento racional (conceptos internos o significados) por otro. Parafraseándolas, «cuando llevo a cabo observaciones minuciosas del mundo y comparto mis concepciones contigo a través del lenguaje, tú también llegas a conocer el mundo». Sobre estas bases, en realidad, difícilmente se podría afirmar que la concepción que otra cultura tiene de la realidad difiere de la mía propia sin suponer un dato común respecto al cual se podrían llevar a cabo comparaciones: si los indígenas, pongamos por caso, dicen gavagai cuando nosotros decimos conejo, por ejemplo, existe un denominador común —un dato no construido— al que ambos nos referimos. Ahora bien, si se hacen declaraciones sobre las diferencias conceptuales existentes entre las culturas, entonces tengo que suponer la posibilidad de una racionalidad común: si puedo mostrarte que el concepto que los nuer tienen de kwoth es diferente del concepto occidental de Dios, entonces tengo que comprender el concepto nuer, y los nuer tienen en principio que ser capaces de entender el nuestro. De ser así, tiene que haber una forma común de pensamiento racional. Examinemos dos réplicas a la crítica, la primera de las cuales garantiza las premisas de la crítica y la segunda no. Si el construccionista admite la validez de estos argumentos y abandona la suposición de las diferencias ¿qué puede entonces afirmarse? El construccionismo no puede hacer ninguna afirmación fuerte de la existencia de diferencias en perspectiva, pero entonces ¿como ha de afirmar el crítico el conocimiento de las similitudes compartidas —de la naturaleza del mundo desde todos los puntos de vista o la racio-nalidad de la proporción universal-? Tales afirmaciones o declaraciones habrían de ser alojadas en cierta forma de clarividencia relativa al mundo y a la racionalidad más allá de un punto de vista cultural, desde una visión divina de la verdad y lo racional. En efecto, aunque las premisas están con-cedidas, la critica no consigue ninguna realización significativa.Ningún tipo de proposiciones o de nuevas percepciones o intuiciones son disponibles. Así, pues, el debate aboca a un punto muerto, un estado de plena indeterminación en el que no es posible tipo alguno de afirmación de la comparabilidad. 16

15 Harré (1992) ha expresado recientemente objecciones de esta mismo tenor, primeramente como medios de evitar lo que considera un «deslizamiento construccionista en el relativismo». Tal como señala, los construccionistas sostendrán que observadores diferentes construirán la misma circunstancia de modos contrastantes, haciendo, por consiguiente, imposible de establecer una exposición «correcta». Sin embargo, la fuerza de este argumento depende de la afirmación que hace el construccionista de la realidad de «las mismas circunstancias», una realidad que no es en si misma construida. A mi entender ninguna de las afirmaciones de este tipo es necesaria; aquí se aplican mis observaciones anteriores sobre el relativismo ontológico. Los argumentos del relativismo conceptual a menudo se utilizan, también, para sostener que el construccionismo puede que no dé ningún tipo de razón de la comunicación multicultural. Si no tenemos ningún otro medio de comprender otra cultura, salvo a través de nuestros propios esquemas conceptuales, entonces nunca lograremos la comprensión. Dado que, en efecto, parecemos comprender otras culturas (las traducciones son una prueba efectiva), el construccionismo tiene que estar equivocado (véase Jennings, 1988). Tal como demostraré en el capítulo 11, la idea misma de comprensión a través de esquemas conceptuales es descabellada, y una exposición relaciona! de la comunicación nos proporciona el antídoto necesario.

16 Algunos filósofos han devuelto la pelota que tenían sobre su tejado intentando justificar los estándares universales de racionalidad. Por ejemplo, después de detallar el argumento antirrelativista esbozado aquí, Katz (1989) propone que, mientras el contenido de la argumentación racional es relativo, la forma de la argumentación (o la «naturaleza sistemática») puede ser universal. Por ejemplo, la ley de no contradicción, o de consistencia, constituiría un estándar universal. Tal como concluye, sin embargo,«la adhesión a (tales leyes) no es francamente determinable (para desgracia de mi argumentación) como quisiera. Mínimamente, exigiría cierta medida de la «igualdad» semántica, o

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El construccionismo en tela de jucio

Examinemos ahora una segunda línea de refutación, aquella que rechaza las premisas de la crítica de la diferencia. En anteriores capítulos he planteado el construccionismo contra el enfoque tradicional del lenguaje, del que la crítica presente depende en cuanto a su inteligibilidad. He subrayado los profundos problemas inherentes al enfoque según el cual el lenguaje es, por un lado, un instrumento para la transmisión de la verdad y, por otro, el pensamiento racional. Es más probable que el construccionista favorezca un enfoque pragmático del lenguaje, aquel en el que el significado de los términos o de las proposiciones depende de su uso social. En este modo de explicar las cosas, decir que otro sistema de significación difiere del nuestro propio es afirmar que el compuesto de las codificaciones de significación elaboración a través de los diferentes grupos, épocas e historias de lenguaje no es idéntico. Alcanzar un acuerdo en relación a la similitud de las proposiciones o de las racionalidades, por consiguiente, es siempre un logro local, y este logro de ningún modo es menos relevante en cuanto a la vida cotidiana que en relación al argumento especializado. Es decir, las afirmaciones de corte académico sobre las similitudes y diferencias en cuanto a los sistemas de significación son en sí mismas consecuciones discursivas. Y en el contexto presente, las afirmaciones hechas en el sentido de que la física aristotélica difiere de la newtoniana, y que la concepción occidental de la magia difiere de la concepción szondi son de más fácil demostración que las afirmaciones tendentes a sostener su identidad. Las diferencias pueden demostrarse de modo convincente de acuerdo con los estándares contemporáneos mediante un mero mostrar los textos o las prácticas; en cambio, declarar una identidad exige la realización de un arduo trabajo interpretativo. Las declaraciones construccionistas de las diferencias de carácter contextual no se basan en el hecho empírico, sino que son simplemente más compatibles con nuestras formas contemporáneas de argumentación que sus opuestas. Y, lo que es aún más importante, en lugar de alcanzar un punto muerto de indeterminación, el resultado de este tipo de argumentos para las ciencias humanas significa una ampliación sustancial y un enriquecimiento de las prácticas.

La utilidad teórica y el problema del progreso

Finalmente, hemos de volver a un puñado de preguntas interrelacionadas que afectan a la práctica de la ciencia, sus hitos pasados y su potencial futuro. Los capítulos precedentes han contribuido en buena medida a desacreditar los enfoques fundamentadores de la racionalidad científica, el progreso científico y la posibilidad de establecer una prueba teórica mediante el concurso de la observación. Tal como hemos descubierto, existe poco apoyo para la inveterada afirmación de que la ciencia puede progresar abandonando las teorías que han sido falsadas mediante el concurso de la observación, y que las teorías, en sí mismas, pueden establecer predicciones. Estas críticas de la teoría nos dejan en una posición incómoda al intentar dar cuenta de lo que hemos de ver como capacidades intensificadas para la predicción dentro de las ciencias. La mayoría estaría de acuerdo en que nuestra capacidad para viajar por el espacio, aprovechar las fuentes de energía y curar enfermedades ha mejorado marcadamente con el paso de los siglos. Una argumentación como ésta ¿puede darse sin el concurso de la teoría? ¿Los científicos podrían haber producido una bomba sin la teoría atómica o producir una unión genética en ausencia de una teoría genética? ¿De qué modo, por consiguiente, hemos de entender la función de la teoría

sinonimia» (pág. 269). De qué modo se puede lograr esto, Katz nunca lo demuestra. Presumiblemente descansará en la misma regla de no contradicción que quiere defender, introduciendo no sólo una circularidad viciosa en el argumento sino también reglas occidentales de retórica académica sutilmente universalizadoras.

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Conocimiento individual y construccion comunitaria

en el seno de las ciencias? ¿Existen criterios que nos permitan afirmar que determinadas formas de teoría son mejores que otras? ¿Existe algún sentido, desde un punto de vista construccionista, en el que el trabajo científico sea progresivo?

La descripción como performativa

Para desarrollar con éxito esta exposición precisamos resumir el carácter de la descripción científica. En este ejemplo, resulta útil volver a la distinción realizada por J. L. Austin en 1962 entre proposiciones constativas, aquellas que se utilizan en la descripción del mundo, y lo que da en llamar proposiciones performativas, formaciones lingüísticas que no describen o no se refieren a estados de cosas, que no pueden verificarse como verdaderas o falsas, sino que son en sí acciones en el mundo. Por ejemplo, la oración «la caja está en el bolso» es un tipo de proposición constativa; se puede verificar la prelusión a través de la observación. En cambio, las prelusiones

«hola», o «aquí lo tienes» son performativas. Iniciar

una carrera, saludar y brindar son acciones sociales significativas en sí mismas. La distinción establecida por Austin es útil porque hace desplazar la atención desde las capacidades descriptivas del lenguaje a sus funciones pragmáticas en las relaciones. Con todo, es también

problemática, porque todos estos argumentos dispuestos contra el enfoque de la verdad como correspondencia (y la teoría del lenguaje como imagen) sirven al mismo tiempo para socavar la suposición de las proposiciones constativas, de las proposiciones que transmiten la verdad. También cabe preguntar si no hay distinciones importantes a establecer entre una descripción del enemigo que se acerca y una maldición contra él. ¿No tiene la primera distintas implicaciones pragmáticas que la última, y no es éste un logro esencial para el manejo de la ciencia? Tal vez lo que necesitamos es un modo alternativo de conceptuar lo que es constativo. Examinando las consecuencias de las propuestas de Austin, podemos proponer un modo propicio de hacerlo. Austin propuso que los enunciados performativos se han de evaluar no según la correspondencia con el hecho sino según su ocurrencia oportuna en el seno de un procedimiento. Un procedimiento es esencialmente cierta forma de convención social: una prelusión oportuna se adecúa apropiadamente o de un modo compatible con un estado de cosas

convencional, en cambio una prelusión infeliz no. Decir «en sus puestos, preparados

repente y de un modo espontáneo, mientras se conversa con un compañero se consideraría con profundo recelo; la prelusión sería infeliz. Pero su ocurrencia oportuna se restablecería si el contexto en cuestión fuera una carrera infantil. En efecto, una comprensión adecuada del carácter performativo del lenguaje exige que centremos nuestra atención menos en los actos lingüísticos mismos y más en las pautas más amplias de interacción en las que se producen. Diciéndolo de un modo más directo, el valor afirmativo de una prelusión se deriva de su posición dentro de una pauta más amplia de relación. El análisis de Austin también implica que estos procedimientos más amplios o convenciones no son meramente verbales. En los términos que usa Wittgenstein (1953), podemos considerar las prelusiones como elementos constituyentes de formas de vida más amplias, que pueden incluir tanto acciones (diferentes a las meramente verbales) como objetos y entornos. La cuestión queda ilustrada si aludimos a los gestos y las expresiones faciales; unos y otras contribuyen al contexto que hace que el habla sea significativa, dándole su status de un tipo de cláusula performativa de carácter particular. Existe sólo un número limitado de expresiones no verbales, por ejemplo, que puede acompañar de un modo ocurrente y oportuno, feliz, el enunciado «te amo» y lograr alcanzar la pauta relacional que denominamos amor. Una mueca, una risa siniestra o una apariencia aturdida en general no cualificará la observación de este modo. También se sigue que

de

«en sus puestos, preparados, listos, ya

»,

»,

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El construccionismo en tela de jucio

diversas acciones, como correr, levantarse, o golpear un objeto en movimiento, pueden ser todas elementos constitutivos de procedimientos interpersonales o formas de vida. Su valor performativo está determinado por un contexto oportunamente ocurrente de palabras, así como la capacidad performativa de las palabras depende de la modelación de este tipo de acciones. El tenis es a estos efectos ejemplar. Aquí las diferentes expresiones son en realidad elementos

constitutivos del juego. Frases como «usted sirve» y «treinta a nada» son elementos componentes esenciales del acontecimiento. Su valor performativo depende característicamente de un amplio conjunto de acciones físicas tanto precedentes como consecuentes; a su vez, las acciones exigen este tipo de expresiones para poder proceder de modo efectivo. Es también importante observar en este caso que, además de palabras y acciones, el procedimiento incluye amplios conjuntos de

—. que estar todos coordinados para la consecución social del juego o para que se dé la forma de vida.

Volvamos, ahora, al problema de la descripción. Empezamos con la distinción propuesta por Austin entre constativas y performativas, y aislamos el problema de cómo cabría decir que las palabras, incluyendo las proposiciones teóricas en las ciencias, proporcionan imágenes de una realidad independiente. Con un amplio análisis de la función performativa de las palabras podemos reconocer la importancia de la distinción, aunque significativamente reformulada. En particular, cuando nos comprometemos en acciones como «describir», «explicar» o «teorizar» también nos comprometemos en una actividad performativa o forma de vida. Esto equivale a afirmar que el primer término de la distinción de Austin, lo constativo o descriptivo es más adecuado considerarlo un caso especial del segundo o modo performativo. 17 Por consiguiente, cuando decimos que una determinada expresión es «precisa» oaimprecisa», «verdadera» o «falsa», no la estamos enjuiciando de acuerdo con cierto patrón abstracto o idealizado de correspondencia; la precisión pictórica no está en cuestión. Más bien, estamos indicando su gradiente de oportunidad o inoportunidad de su ocurrencia en circunstancias particulares. La proposición según la cual «la tierra es redonda y no plana» no es ni verdadera ni falsa en términos de su valor pictórico —su correspondencia con el mundo objetivo—. Según los patrones actuales, sin embargo, es más oportuno hacer como si «fuera redonda» cuando volamos desde Cantón a Kansas y más oportuno hacer como si «fuera plana» cuando viajamos por el Estado de Kansas. De ahí se sigue que la descripción puede funcionar como «imagen» o espejo, pero sólo en el marco del juego local o procedimiento al que otorgamos esta función. Podemos desarrollar un ritual local en el que se reivindique un enfoque del tipo «correspondencia»; sin embargo, esta reivindicación no es una función de la capacidad mimética de las palabras, sino un acuerdo situado histórica y culturalmente. Permítaseme ilustrar esta idea con mayor detalle. Cuando yo era adolescente y no tenía dinero, una vez me empleé como ayudante de yesero durante el verano. Cuando Marvin se subía a la escalera, sus brazos trabajaban el yeso a la perfección en el techo que tenía sobre su cabeza; era esencial que yo le hiciera la mezcla de agua y yeso exactamente como había especificado. A veces la mezcla había de estar húmeda de modo que él pudiera sutilmente trabajarla una y otra vez. En otras ocasiones había de ser seca, de modo que pudiera sellar rápidamente los contornos deseados. Así, pues, según su avance en la obra, gritaba, «floja» (para la mezcla «húmeda») y «enjuta» (para el compuesto más «seco»). Desde luego, estas palabras me eran bastante ajenas cuando empecé en mi empleo, pero al cabo de pocos días

objetos —pelotas, raquetas, redes y líneas en el suelo

Objetos, acciones y palabras tienen

17 Austin mismo se dio cuenta de los problemas inherentes en una fuerte distinción entre lo constativo y lo performativo, y se inclinó al final a ver la primera clase como una especie de la segunda. Para un análisis completo de la razón por la que tiene que ser asi, véase Petrey (1990).

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mejoré en la producción de las mezclas deseadas. De hecho, ambos términos formaban parte de una danza ritual en la que estábamos comprometidos: palabras alrededor de las cuales coordinábamos nuestras acciones a fin de conseguir un acabado perfecto. Con todo, examinemos lo que se ha logrado como un subproducto de esta primitiva danza de palabras, acciones y objetos. Si Marvin y yo hubiéramos sido emplazados ante una serie de mezclas tras dos semanas de inmersión en este procedimiento, con un pequeño margen de error podríamos haber convenido cuáles eran «flojas» y cuáles «enjutas». Si yo decía «va una de enjuta», esto informaría a Marvin de lo que cabría esperar en ese momento. Esta predicción

podría haberse visto confirmada o desconfirmada. En efecto, en virtud de su función dentro de la forma relacional, tales términos desarrollan la capacidad de funcionar en el juego de descripción

y verificación. Las palabras mismas no describen el mundo, pero, dado que funcionan con éxito

en el seno del ritual relacional, llegan a servir como «descriptores» en las reglas de ese juego. Dado su éxito a la hora de coordinar las relaciones, diversas expresiones llegan a ocupar un lugar útil en esos rituales mediante los cuales determinamos la verdad y el error, hacemos predicciones

y demás. Decir que las palabras describen, pintan o cartografían (en este caso, el mundo de la

yesería) tiene que ser considerado como un subproducto resultante de su estar incrustados en la consecución conjunta de una relación. ¿Cuáles son las consecuencias para la función de la teoría

en el marco de la ciencia? 18 Teorías científicas y pragmática de la predicción

Al menos una de las principales metas de la actividad científica, tal como se han venido entendiendo tradicionalmente, es la predicción fructífera. Esto es más evidentemente así en lo que damos en llamar «ciencias naturales», en las que las tecnologías existentes nos permiten hacer cosas inimaginables siglos antes. La capacidad predictiva de las ciencias sociales dista mucho de imponer respeto, aunque hemos desarrollado tecnologías que nos permiten la predicción, mejor

que el azar, de las modelos de voto, de las tasas de criminalidad, de divorcio, y la realización en

una diversidad de marcos, etc

En toda esta diversidad de casos, el proceso de generación de la

tecno-logía predictiva descansa en una comunidad de científicos que desarrollan diversas medidas, las emplean en diferentes poblaciones y contextos, y aplican o desarrollan diversos

dispositivos estadísticos

En estos contextos, las teorías tal como son propuestas no hacen por sí

mismas estas predicciones; los actos de predicción no pueden de ningún modo derivarse

18 Profeso gran admiración por la defensa del relativismo hecha por Margolis (1991); pero Margolis quiere garantizar la critica tradicional de la validez de la incoherencia critica y propo ne una forma alternativa de relativismo (denominada «relativismo robusto») en la que los valores bivalentes de la verdad y la falsedad son sustituidos por valores de verdad múltiplemente valorados (es decir, la posibilidad de criterios diferentes de verdad bajo condiciones

diferentes). Desde el presente punto de vista, el análisis de Margolis se resiente en su intento de sustituir una forma de fundamentalismo por otra (a pesar de ser más restrictiva) El hincapié que hace en los valores de verdad múltiplemente valorados es compatible con los argumentos que he presentado aquí. Según la presente exposición, las comunidades diferentes bien pueden tener reglas diferentes para evaluar lo que dan en llamar verdad. Aquí, sin embargo, sustituiré el término «felicidad u ocurrencia oportuna» por el de verdad, a fin de evitar enigmas de representación provocados por la forma académica de moldear el término. Más consistente con mi propio análisis es la concepción de Longino (1990) del «empirismo contextual». Tal como esta autora propone, «el razonamiento evidencial siempre es dependiente del contexto, [y] los datos son evidencia para una hipótesis sólo a la luz de suposiciones de trasfondo que afirman una relación entre los tipos de cosas y los acontecimientos que los datos son y

Las interacciones sociales determinan qué valores se

los procesos o los estados de cosas que describen las hipótesis

codifican en la investigación y cuáles se eliminan, y, por consiguiente, qué valores siguen codificados en las teorías y las proposiciones que expresan el conocimiento científico en cualquier época» (págs. 215-216).

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lógicamente de las premisas teóricas. ¿Cuál es por consiguiente el papel de la teoría en el marco del proceso predictivo? Tal como he sugerido, la función primaria de las teorías puede retrotraerse al proceso de colaboración que opera en el seno de las comunidades científicas. Es decir, el lenguaje teórico es constitutivo del intercambio pragmático cuya consecución final son las predicciones. Al igual que «tres juegos a nada» y «ventaja», en el tenis, son el argot común que permite a los científicos coordinar sus actividades entre sí. Si me uno a un grupo de científicos que trabajan en la predicción de lo que se da en llamar la «realización académica», no sólo tengo que utilizar mis términos sino una serie de indexaciones adicionales que incluyan, por ejemplo, «pruebas del coeficiente de inteligencia», «indicadores de ansiedad», «consecución de la motivación» y similares. Estos términos tienen también que estar incrustados tanto en el seno del conjunto de relaciones que mantengo con mis colegas como dentro de conjuntos de objetos: artículos, lápices, claves de puntuación, estudiantes y similares. La forma de función resultante, que relaciona CI, consecución de motivación y ansiedad de un modo predictivo con la realización académica sirve de comprensión icónica de nuestra capacidad para hacer predicciones. La forma de función por sí misma no predice, sino que permite que la comunidad de practicantes representen y comuniquen a fin de que se constituyan las predicciones. Hasta ahora hemos identificado dos funciones principales que la teoría desempeña en las ciencias: la primera es operativa en el contexto de la transformación social (véase a este respecto el capítulo 2) y la segunda en el contexto de la predicción y estamos en condiciones de examinar el problema de la evaluación teórica. Ya que, si se valora una teoría con respecto a estas capacidades pragmáticas, entonces pueden derivarse criterios específicos de evaluación, criterios que pueden reemplazar el «valor de verdad» como crisol para la evaluación teórica. Sin embargo, dadas las múltiples funciones de la teoría, una postura adecuada en el sentido de la evaluación exige un enfoque diacrónico de la ciencia. Esto es, si el proceso científico puede considerarse como más o menos una secuencia ordenada en la que la teoría desempeña diferentes papeles en diferentes momentos, entonces un conjunto unívoco de criterios evaluativos puede ser algo inapropiado. Las exposiciones teóricas pueden evaluarse de modo diferencial, dependiendo de si aparecen en la secuencia. Expresándolo con otras palabras, puede que se requieran formas diferentes de teorías en diferentes puntos del desarrollo científico. Esta posibilidad se hace más claramente evidente si recogemos ahora la exposición hecha en el capítulo 1 en torno a la transformación en el marco de las inteligibilidades científicas.

Evaluar la teoría en una etapa de ciencia normal

Siguiendo este análisis, resulta útil considerar las transformaciones científicas como si se produjeran en tres etapas hipotéticas: ciencia normal, una etapa durante la cual existe una inteligibilidad común entre los científicos tanto a nivel teórico como práctico, y dos etapas posteriores, primero una etapa crítica, en la que los retóricos de la negación desafían el discurso dominante y, por fin, una etapa transformacional, en la que se elabora la implicación discursiva de la crítica. Aunque las actividades normales, críticas y transformacionales pueden darse en cualquier momento, en diversas combinaciones o en diferentes alas de una disciplina, resulta útil retener aquí la división hipotética en relación a nuestros propósitos, porque nos permite apreciar la posibilidad de funciones retóricas múltiples, y, por consiguiente, la relevancia de diferentes criterios para la evaluación teórica a través del tiempo y las circunstancias. Ante todo examinemos la fase de la ciencia normal. Tal como se propone, uno de los principales objetivos de las ciencias —las ciencias naturales de un modo más significativo que las

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sociales— es el de generar predicciones fiables. Durante esta fase normal de la actividad científica, un uso primario de la teoría puede ser el de coordinar las acciones de los científicos alrededor de la labor de predicción. Tal como hemos visto, las exposiciones teóricas sirven como un importante vehículo pragmático para la conjunción de los esfuerzos de los individuos en la consecución de este fin común. En el interior de este contexto muchos de los criterios tradicionales para la evaluación de la teoría adquieren su importancia. En el seno de convenciones sobre discurso acción objeto establecidas por una comunidad de científicos, la relevancia predictiva de una teoría puede tener una importancia esencial. ¿La trayectoria de un cohete confirma o desmiente las predicciones indexadas por un lenguaje teórico dado o no? En el mismo dominio de convenciones, la diferenciación teórica puede también ser estimada. Los términos que o bien son indiferenciados o son imprecisos hacen que resulte difícil forjar vínculos fiables con particulares y desalientan las distinciones útiles entre acciones y objetos. En este estadio, la coherencia lógica también es un activo valorable en la codificación y en el hecho de dar un orden comunicable a lo que de otro modo no pasarían de ser comprensiones informales en el seno de la comunidad. De un modo similar, el alcance explicativo de una teoría (por ejemplo, su capacidad de integrar «hallazgos procedentes de múltiples dominios») se valora por su capacidad de dar una unidad colaborativa a lo que de otro modo no serían sino comunidades dispersas de científicos. Finalmente, la demanda tradicional de una parsimonia teórica gana vigencia: del mismo modo un ritmo complejo desafía la coordinación de los movimientos del bailarín (a diferencia de uno simple), una teoría conceptualmente elaborada impide el ajuste mutuo de actividades dentro de una comunidad de científicos. Lo que entonces encontramos es que muchos de los ideales empiristas para el desarrollo de la teoría científica pueden justificarse, con dos advertencias significativas. Primero, según la presente exposición, estos desiderata teóricos no tienen valor trascendental; su sanción deriva no de la exposición fundacional de la racionalidad científica, sino de la preocupación por la utilidad pragmática del lenguaje en el seno de las comunidades científicas. Si el lenguaje es el vehículo para la coordinación de las acciones alrededor de series de acontecimientos, entonces determinadas formas de lenguaje tendrían mayores ventajas prácticas. En segundo lugar, estos valores no son generalizables a través del espectro de la actividad científica. Su utilidad queda ampliamente limitada a un contexto específico, aquel en el cual la generación de predicciones en el seno de un dominio restringido es primordial. Entonces, cabe hablar de un contexto de la predicción, en el cual determinadas cualidades de una formulación teórica son superiores a otras. Ampliemos el alcance de estas consideraciones. Existe una segunda función importante de la teoría en este estadio de ciencia normal. Tal como ya se adelantó, las inteligibilidades científicas tambien participan de la cultura en tanto que recursos prácticos. Proporcionan ontologías, valores, racionalidades y justificaciones en el seno de la vida cultural vigente. Podemos hablar entonces de teorías no sólo en términos de su función al coordinar a la comunidad de científicos, sino también tal como funcionan en el seno de un contexto de participación cultural. Aquí los ideales de la teoría favorecidos en el contexto de predicción son de una discutible utilidad. La relevancia predictiva, la diferenciación, la coherencia lógica, y la parsimonia, por ejemplo son ampliamente irrelevantes y posiblemente contraproducentes. Las teorías muy diferenciadas, por ejemplo, pueden ser incómodas y difíciles de exportar a través de circunstancias culturales de amplio alcance; las exigencias estrictas de coherencia lógica también establecen restricciones sobre un número de comunidades que pueden estar en resonancia con una forma dada de inteligibilidad; y la exigencia de parsimonia trabaja en contra de la posibilidad de una teoría ricamente evocativa. La teoría inmaculada en el seno de las convenciones de la comunidad científica puede tener muy poca vigencia cultural, un punto

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importante en términos del hincapié anteriormente hecho al forjar las inteligibilidades como algo opuesto a las predicciones en las ciencias humanas. En el contexto de la participación cultural difícilmente se puede ser definitivo sobre los criterios de evaluación. Es así a causa de la rica gama de perspectivas valorativas —morales, políticas, religiosas y demás— existentes en el seno de la cultura. Todo ello proporciona marcos discursivos desde los cuales se pueden evaluar las exposiciones teóricas en las ciencias humanas. Los cristianos quieren conservar una dimensión espiritual en la naturaleza humana; los marxistas, de un modo justificable, utilizan razones de base política al seleccionar las teorías organicistas opuestas a las mecanicistas; las feministas ven graves limitaciones ideológicas en las teorías que favorecen el individualismo independiente; los humanistas sostienen que las teorías deterministas tienen efectos deplorables en la conciencia común y, por consiguiente, prefieren exposiciones en las que el organismo desempeña un papel importante. Parece imprudente delimitar el alcance de los criterios valorativos que se interesan por las formulaciones científicas. La exigencia más significativa en esta coyuntura es la del diálogo en el seno de las ciencias humanas que hace frente al desafío de la participación cultural. ¿De qué modo las inteligibilidades especializadas pueden llegar a ser asequibles para una cultura de modo que se permita la comprensión de sus potenciales prácticos? ¿De qué modo las comunidades de especialistas pueden abrirse a fin de permitir que se oigan las voces de la cultura? ¿Qué tipo de procesos autorreflexivos tienen que ponerse en marcha para que el valor cultural de las inteligibilidades científicas pueda ser adecuadamente explorado? Sólo estamos empezando a apreciar la magnitud de estos desafíos.

La teoría en las etapas crítica y transformacional

Tal como propongo, durante una etapa de ciencia normal, las teorías pueden adecuadamente compararse con respecto a su capacidad para coordinar la comunidad científica alrededor de la labor de predicción y su capacidad para reflejar y expresar los compromisos culturales de una comunidad científica. Las teorías que realzan la coordinación de la comunidad científica y son, de un modo más pleno, coherentes con los propios compromisos dentro de la cultura tienen que considerarse superiores dentro de esta fase. Si la actividad científica queda fijada a una trayectoria dada de predicción, sin embargo, o comprometida con visiones tradicionales del bien, podríamos considerar las ciencias tanto como algo estancado como estrecho de miras. Recordemos que las teorías son constitutivas de modelos más amplios de relación tanto dentro de la ciencia como, más en general, en la sociedad. Seguir atado a una gama circunscrita de teorías limita indistintamente el potencial tanto de la ciencia como de la cultura. A título de ejemplo, valga decir que la estabilidad teórica favorece el mantenimiento de los modelos y pautas entre los científicos. De hecho, esto significa que la gama de predicciones interesantes o convincentes también se delimitara. Los refinamientos y las derivaciones exigirán atención, aunque no los «dominios tactuales» exteriores a la ontología circunscrita. Por ejemplo, en la medida en que las teorías psicológicas de la percepción seguían en ascenso, como lo hicieron durante muchos años, los científicos prestaban atención exclusiva a los efectos de las variables del mundo de los estímulos en la percepción. El desarrollo más reciente de formulaciones «descendentes» suscitó un interés por los antecedentes genéticos de la percepción, por la posibilidad de la existencia de proclividades innatas. Con el cambio dado en la perspectiva teórica, pasando del medioambientalismo al innatismo, aparecieron nuevos desafíos a la investigación. En relación con los efectos del discurso teórico en la práctica cultural, las teorías del bienestar, primeramente preocupadas por los procesos psicológicos (como el psicoanálisis y la terapia cognitiva), han conducido a un interés casi exclusivo por las acciones individuales. La

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conducta aberrante es el resultado de procesos psicológicos problemáticos, y el tratamiento está dirigido al individuo anómalo. Con todo, cuando las teorías de los sistemas sociales pasan a formar parte del vocabulario del científico (y por consiguiente y, más en general, de la cultura), pasamos a tener la opción de considerar los problemas del individuo dentro del contexto de grupos anómalos: familias, sistemas educativos, instituciones económicas y similares. En efecto, permanecer en la fase de la ciencia normal es circunscribir el alcance de la predicción, delimitar las posibilidades de solucionar los problemas y reducir la oportunidad para realizar el potencial humano. En este sentido empleé el concepto de teoría generativa en el capítulo anterior. Una teoría generativa está diseñada para socavar el compromiso con los sistemas predominantes de construcción teórica y para generar nuevas opciones de acción. El criterio generativo puede, a mi juicio, producir de un modo más efectivo un cambio transformacional. La teorización generativa frecuentemente empieza con críticas de las exposiciones existentes. Entonces, a medida que las consecuencias conceptuales de la crítica son progresivamente elaboradas, los contornos de una nueva ontología o construcción del mundo pueden emerger lentamente, induciendo y/o racionalizando nuevas opciones para la acción. Las características de la teoría generativa diferirán sustancialmente de aquellas otras exigidas por la teoría en la fase de la ciencia normal. La ciencia normal se aprovecha de terminologías literales, vocabularios tan plenamente sedimentados por el uso común que parecen cartografiar el mundo y tan útiles para coordinar las acciones que no pueden ser sacrificados. (Los técnicos de cohetes suponen la existencia de anillos O, y acuerdos estrictos sobre tales asuntos son esenciales para la vida y la propiedad.) En contraste, durante las etapas crítica y transformacional se pone mayor valor en las formas de expresión que dislocan los lenguajes convencionales, se desprenden del asidero de lo que se da por sentado y ofrecen nuevas imágenes y alternativas. En este sentido, la teoría generativa puede renunciar a la ontología común, reconstituir los modos de expresión existentes, subvertir las dualidades comunes y articular nuevos dominios de realidad. Así, pues, hemos de imaginarnos el proceso científico como compuesto por dos tendencias opuestas. La primera opta en el sentido de la estabilización de los sistemas de significación, de la predicción más afinada y de la afirmación de los valores tradicionales. En el sentido de Bakhtin (1981), los significados se mueven en una dirección centrípeta, hacia la uniformidad y la exclusión. La segunda tendencia apunta hacia una transformación en la que las pautas, modelos y valores establecidos son desafiados y el espectro de alternativas disponibles, tanto dentro de la ciencia como en la sociedad, se ve ampliado. Una confianza centrífuga es puesta en movimiento, incomodando a la convención y admitiendo nuevos discursos. En condiciones de estabilización, los criterios óptimos de evaluación teórica difieren de aquellos otros que se encuentran bajo condiciones de transformación. La estabilización favorece teorías que llevan al máximo la coordinación social y la articulación de valores. Pero cuando la transformación tiene prioridad, los teóricos pueden aproximarse a los límites de lo absurdo, inquietando las presuposiciones sedimentadas y argumentando de modo crítico y audaz. Al mismo tiempo, los desplazamientos que logran moverse en el sentido de la transformación, al final, cederán el paso a la estabilización. Cuando lo audaz se convierte en tópico, lo metafórico se torna literal, las posibilidades de valor son realizadas en nuevas instituciones y la teoría transformacional se normaliza. De un modo ideal, las ciencias humanas se moverán a través de períodos de estabilización, decadencia, desafío, crecimiento y la consiguiente estabilización. Aunque nuestras teorías no se desplacen inexorablemente hacia una fidelidad mayor con respecto a la naturaleza y no nos acerquemos más a la «verdad» a través de este proceso, de hecho ofrecemos a la cultura una gama creciente de capacidades predictivas y, lo que es más importante para las ciencias

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humanas, una gama creciente de inteligibilidades y prácticas.

En conclusión

He intentado responder a una serie de preguntas importantes, con frecuencia planteadas y dirigidas a los construccionistas. Estas participaciones en los diálogos difícilmente servirán para extinguir esas diversas preocupaciones, ni deben hacerlo. Las críticas del construccionismo se derivan de inversiones en diversas formas de vida que parecen estar amenazadas por sus argumentos. A mi entender, sin embargo, el construccionismo debe funcionar no como una fuerza destructiva sino transformativa. La cuestión no es eliminar formas de lenguaje o de vida sino proporcionar los medios conceptuales y prácticos por medio de los cuales las personas puedan de un modo más pleno y menos letal coordinarse entre sí. Así, pues, en la medida en que críticos y construccionistas sigan examinando los potenciales y peligros del construccionismo (véanse, por ejemplo, Stenner y Eccieston, 1994; Stein, 1990; Young y Mathews, 1992), albergo la esperanza de que el resultado no será una polarización exacerbada, sino una sensibilidad enriquecida entre los interlocutores.

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Capítulo 4 Construcción social y órdenes morales

En el capítulo anterior abrí el estudio del problema de la moral y del compromiso político en un mundo construido. Tal como sostuve, aunque los enfoques construccionistas son significativos al estimular la deliberación moral y política, y los argumentos construccionistas se muestran potentes al desafiar los discursos dominantes y dominadores, no se favorece finalmente ningún compromiso particular. Se pueden asignar diversas consecuencias ideológicas en el seno de los escritos construccionistas, y algunos especialistas están dispuestos a confirmar estas consecuencias. Sin embargo, cualquiera de estos compromisos también comporta esfuerzo, ya que si las tesis construccionistas sociales demuestran ser morales o políticas sobre cualquiera de los fundamentos distintos de aquellos que un lector particular prefiere, pronto se convierten en opresivos y dejan de comunicar. Con ello no pretendo argumentar en contra del compromiso moral y político; abandonar la acción moral y política sería salirse de la vida cultural —y, por consiguiente, significativa— Con todo, sí pretendemos evitar la utilización del construccionismo mismo como una cuña ideológica unívoca. Al mismo tiempo, sin embargo, esta línea de argumentación no logra facilitar una replica satisfactoria a la acusación de decrepitud moral: la construcción social es maligna en su incapacidad misma de adoptar una posición. Su postura relativista es en sí inmoral. Es esta cuestión la que quiero abordar en este capítulo. Ante todo quiero examinar brevemente algunos de los más destacados contendientes a favor de la guía moral. ¿Qué fuentes para la edificación moral fueron proporcionadas por las principales contribuciones especializadas del siglo pasado, particularmente aquellas que más estrechamente se asocian con las ciencias humanas? Por consiguiente, examinare las consecuencias pragmáticas de los diversos discursos morales:

¿Funcionan efectivamente generando lo que podemos enfocar como «la sociedad moral»? Finalmente, quiero examinar los potenciales positivos en una alternativa construccionista. Efectivamente, quiero desafiar el enfoque según el cual el relativismo construccionista está moralmente empobrecido. En cambio, la cultura podría ser bien servida si la comunidad especializada pudiera superar su ya larga histeria sobre el relativismo y empezar a explorar sus posibilidades positivas. En la tradición occidental, el individuo sólo hace las veces de átomo del interés moral, aquella esencia en ausencia de la cual los temas del debate ético tendrían poca razón de ser y sin el compromiso de la cual la civilizacien en realidad se desintegraría. Por consiguiente, los filósofos intentan establecer criterios esenciales para la toma de decisiones morales, las instituciones religiosas se preocupan por los estados de la conciencia individual, los tribunales de justicia establecen criterios para enjuiciar la culpabilidad ndmdual, las instituciones educativas están motivadas a inculcar el carácter a su descendencia. En efecto, en temas de ética, de moralidad y, finalmente, de la buena sociedad, las gentes de Occidente se muestran como psicólogos. La conducta meritoria es impulsada por la mente virtuosa, y con e numero suficiente de individuos realizando los actos que merecen la pena alcanzamos la sociedad buena. En este contexto, encontramos que la psicologia y sus disciplinas aliadas desempeñan un papel fundamental en las preocupaciones de la cultura por la acción moral, dado que este tipo de disciplinas poseen los medios con los que se pueden dislocar los secretos de la mente virtuosa (y de un modo más lógico, la mente inicua). Así pues- la historia de la filosofía moral -desde los imperativos categóricos kantianos, pasando por la Teoría de a justicia de Rawls (1971)-, en gran medida, ha sido la deliberación sobre las potencialidades del agente individual. De manera similar, desde el primer trabajo de Freud sobre la formación del superego pasando a través del

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aprendizaje social de las formulaciones de la modelacion y las teorías contemporáneas de la toma de decisión moral la investigación psicologica ha desempeñado (y sigue haciéndolo) un papel esencial al describir a base de la acción moral y proporcionar una nueva percepción de su génesis. En este contexto quiero considerar dos enfoques principales de la acción moral que surgen de la historia reciente en términos de lo que afirman sobre el funcionamiento individual y de lo que más en general ofrecen a la sociedad Estos enfoques, que denominaré respectivamente romántico y modernista, han aparecido en lugar destacado en diversas formulaciones psicológicas, y ambos tienen consecuencias múltiples para la acción societal. Sin embargo, como argumentaré, tanto la concepción romántica como la modernista de a acción moral son imperfectas en sentidos importantes No pueden cumplir lo que se promete, ni en términos de una concepción viable del funcionar humano ni en lo referente a los de fundamentos éticos de una sociedad viable. Tal como encontraremos, mientras el construccionismo no dicte un fundamento alternativo para la acción moral, su mismo silencio puede servir del mejor modo al bienestar humano.

ROMANTICISMO Y MORALIDAD INHERENTE

Aunque son muchas las historias que se pueden contar acerca del movimiento del romanticismo en el arte, la literatura, la filosofía y la música del siglo XIX, a continuación ofreceré sólo un breve resumen de las presuposiciones románticas del ser moral. 1 Para el romántico, el dominio

más importante del funcionar humano —un dominio que en alguna otra parte he caracterizado como «interior profundo» (Gergen, 1991b)— estaba más allá del alcance inmediato de la conciencia. Aquí se habían de encontrar las facultades primordiales de la pasión, la inspiración, la creatividad, el genio y, como muchos creían, la locura. En el centro de ese interior profundo estaba el alma o el espíritu humano, relacionado por un lado con Dios (y por consiguiente tocado por un elemento divino), y por el otro enraizado en la naturaleza (y por consiguiente poseyendo la fuerza instintiva). Lo que es más importante, en el seno de ese interior profundo se habrían de encontrar los valores inherentes o los sentimientos morales: orientación para una vida loable, inspiración para las obras virtuosas, recursos para resistir la tentación y fundamentos naturalizados para las formulaciones filosóficas y religiosas del bien. Tal como lo expresara elogiosamente Shelley, «la esencia, la vitalidad de las acciones [morales], deriva su colorido de aquello a lo que en absoluto se contribuye desde una fuente externa. Las propensiones

inherentes al espíritu humano. Estamos impelidos a buscar la felicidad de los

benevolentes son

demás». 2 Este enfoque resuena en los Principia Ethica que G. E. Moore compusiera a caballo del cambio de siglo. Moore confiaba a las intuiciones profundamente alimentadas del individuo la condición de fuentes de la acción moral. «Son incapaces de prueba o refutación», escribe Moore, «y, en realidad, no se puede aducir ni prueba ni razonamiento alguno a su favor o en su contra.» Para Moore, las «afecciones personales» y los «goces estéticos» se encontraban entre los grandes bienes imaginables. Diversos rastros del legado romántico pueden también encontrarse en las filosofías del «expresionismo» o del «emotivismo». Mientras que el romanticismo deja de desempeñar un papel regente en el mundo intelectual, probablemente es el medio esencial a través del cual las personas en realidad justifican sus posiciones morales en la vida cotidiana.

1 Para una ulterior elaboración, véanse Abrams (1971), Furst (1969), y Schenk (1966).

2 P. B. Shelley (1967, pág. 79).

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Nuestras acciones intuitiva e irresistiblemente «se sienten correctas»

EL MENGUAR DE LA MORALIDAD ROMÁNTICA

A mi entender, ni la concepción romántica del ser humano ni el enfoque a ésta unido de la dirección moral siguen siendo irresistibles, en amplia medida a causa del advenimiento de discursos alternativos: argumentos de fuerte atracción racional y retórica. Cuatro líneas de argumentación merecen nuestra atención.

El mal inherente y el problema de la obligación

La creencia optimista en una base inherente para la acción moral seguramente encuentra su fuente en la historia religiosa. Si los humanos son las criaturas de un creador divino — probablemente creadas a «su imagen»—, seguramente sus instintos han de ser leales. Sin embargo, con el advenimiento del pensamiento ilustrado, y la consiguiente erosión de la influencia religiosa, había buenas razones para dudarlo. Se pueden hallar pruebas abundantes del mal en el seno del mundo natural, lo cual es difícil de reconciliar con la tradición religiosa. Tales sospechas fueron también espoleadas por diversos escritores y eruditos románticos que, después de mirar en el interior profundo, reaccionaron con temeroso respeto. Para Baudelaire, Poe y Nietzsche, por ejemplo, las fuerzas profundas de la psique eran en realidad desalentadoras. La tesis del mal naturalizado adquirió renovado impulso en los escritos de Freud. Para Freud, el niño era totalmente autoindulgente, «perverso polimorfo» y sin conciencia. Las tendencias morales propias (el superego) se adquieren, y representan una defensa compensadora frente a los instintos inmorales y los temores de la castración. Bajo la influencia de estos textos espectaculares, la presuposición de una moralidad inherente difícil-mente podría conservar su vigor.

La tesis darwiniana

Resulta difícil sobrestimar el influjo de El origen de las especies de Charles Darwin en la vida cultural e intelectual de finales de siglo pasado. Existen importantes sentidos en los que el enfoque de Darwin era profundamente enemigo de los enfoques románticos de la moralidad. Al principio, las tesis de Darwin favorecían un completo secularismo en asuntos morales. Al desacreditar los enfoques y opiniones creacionistas, Darwin puso en peligro el supuesto de la actuación de un Creador, perturbando así cualquier base espiritual para los impulsos del interior profundo. Al mismo tiempo, la teoría darwiniana dio mucho de sí a lo que había de ser el punto de vista moderno. Para Darwin las diversas especies de vida están esencialmente encerradas en una lucha de tálente hobbesiano de todos contra todos. La supervivencia de la especie humana exige que los seres humanos tengan una ventaja adaptativa sobre sus competidores en el reino animal. Y si la adaptación exige el conocimiento objetivo del entorno y una valoración sistemática de las diversas vías de acción, también favorece un enfoque del funcionar humano que garantiza a los seres humanos esas capacidades. En el enfoque darwiniano, el funcionamiento óptimo del ser humano sería aquel que descansa de manera más clara en las facultades de la observación y la razón. Una concepción como ésta del funcionar humano estaba reñida no sólo con el enfoque romántico del individuo sino con su enfoque gemelo, el de los principios morales. El romántico no es idealmente apto para la supervivencia: un individuo movido por sentimientos, pasiones, o arrebatos, sencillamente no sería adaptativo. Y dado que los sentimiento morales operan sobre la base no de lo real sino de lo ideal —están vinculados a la conciencia, no a

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