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El malestar en la diferencia. (Suely Rolnik)

“La historia, según Foucault, nos cerca y nos delimita: no dice lo que somos, sino aquello de lo que estamos en vías de transfor-marnos: no establece nuestra identidad, pero la disipa en prove-cho de lo otro que somos(…)En suma, la historia es lo que nos separa de nosotros mismos(…) lo que se opone al tiempo así como a la eternidad(…), aquello que Nietzsche llamaba de lo inactual o intempestivo, lo que es en acto1´char(180).

La vocación del dispositivo analítico2 es crear condicio-nes de escucha de las diferencias que se movilizan en la consti-tu-ción de nuestra subjetividad. Ellas se hacen presentes a través de un malestar.

Las diferencias a las cuales me refiero no tienen un sentido identitario, establecido a partir de la perspectiva de la repre-sentación – las supuestas características específicas de cada individuo o grupo, que los distinguirían de todos los otros. Al contrario, me refiero a las diferencias en el sentido de aquello que justamente viene a destruir las identidades, estas calcifica-ciones de figuras, oponiéndose a la eternidad. Lo inactual, lo intempestivo. Diferencias que hacen diferencia.

Qué es lo que provoca esta conmoción? Estamos poblados por una infinidad variable de ambientes, atravesados por fuerzas/flu-jos de todo tipo. Estos van haciendo ciertas composiciones en cuanto otras se deshacen, en una incansable producción de dife-rencias. Cuando la aglutinación de estas nuevas composiciones llega a un cierto umbral, explota un acontecimiento: imantación de una multiplicidad de diferencias, necesariamente singular, que anuncia una transfor-mación irreversible de nuestro modo de subjetivación. Esto nos coloca en estados de sensación desconoci-dos que no consiguen expresarse en las actuales figuras de nuestra subjetividad, las cuales pierden su valor, tornándose enteramente obsole-tas.

La irrupción de un acontecimiento nos convoca a crear figuras que vengan a dar cuerpo y sentido a la regimentación de las diferencias que él promueve. Nos hace temblar nuestros contornos y nos separa de nosotros mismos, en aras de otro que estamos en vías de convertirnos. Pierden sentido nuestras carto-grafías, se empobrece nuestra consistencia, nos fragilizamos – todo esto al mismo tiempo.

Son quiebres, rupturas, demoliciones, que pueden variar en ritmo e intensidad, pero que acontecen forzosa y repetidamente a lo largo de nuestra existencia. Imposible evitarlo: tales quie-bres son el efecto de una implacable disparidad entre, por un lado, la infinitud del ser en cuanto pura producción de diferen-cia y por el otro, la finitud de los modos de subjetivación en que se expresan las diferencias, cristalizaciones provisorias del ser formando figuras, lo humano propiamente dicho. Tal disparidad es constituti-va de la subjetividad: ella define el carácter trágico de nuestra condición, el palpitar de lo transhumano en el hombre. No hay cómo deshacerse de esta disparidad, cambia apenas el modo de como se lucha con lo trágico y las cartografías que se delinean a partir de allí.

Las diferencias se tornan más densas, como nubes negras. Oscurecen nuestro mundo. Es verdad que su acumulación progresiva anuncia el relámpago del acontecimiento – el pasaje de lo trans-humano (plano virtual, constituido por los problemas generados por las diferencias en sus aglutinaciones) para lo humano (plano actual, constituido por los modos de existencia creados como resolución de los problemas situados en lo virtual). Pero el instante que antecede al relámpago parece no tener fin: somos lanzados a una especie de vacío.

El salto en la turbulencia de los transhumano produce malestar. Para protegernos hacemos síntomas – formaciones exis-tenciales3 de compromiso que funcionan como solución contempo-rizadora. Por un lado, neutralizan las diferencias, proponiéndo-nos enfrentar sus exigencias, lo que atenúa momentáneamente nuestro desasosiego y abre posibilidades de vida. Por el otro lado, este esquivar, tiene su costo: una falta de vigor del proceso de construcción experimental de la existencia, a través del cual se actualizan las diferencias. La enfermedad psíquica es exactamente ese desvigor4 – fuerza de resistencia contra la finitud de las figuras en que nos reconocemos.

Si las diferencias no continuasen desasosegándonos, podría-mos quedar así ad infinitum. Pero ellas insisten a través del malestar y es eso lo que eventualmente nos lleva a buscar un análisis.

El análisis tiene la potencialidad de constituirse como fuerza de enfrentamiento del problema que cada aglutinamiento de diferen-cias coloca, fuerza de sustentación de la emergencia de lo nuevo, fuerza subversiva. La eficacia del dispositivo analíti-co está en relanzar el ser a su procesualidad, deshacer los nudos de figuras identificatorias calcificadas, crear condiciones para la invención de posibilidades de vida producidas a partir de un procesamiento de las diferencias y no de su rechazo.

La vocación del análisis, por lo tanto, no es decir lo que somos, sino promover la escucha de aquello de lo que estamos en vías de diferir – o sea, la sustentación del devenir otro. Tal vocación estuvo presente en la propia fundación del Psicoanáli-sis, con el cual se inaugura el campo analítico. La creación por Freud de este nuevo tipo de práctica, al final del siglo XIX, se constituyó en una respuesta posible al malestar provocado por la declinación del modo de subjetivación entonces dominante, lo cual se expresa convulsivamente en el conjunto de síntomas que se convino en llamar histeria.

El hecho de que el síntoma funcione como un sedativo para el malestar, hace de él un analizador: escucharlo nos da acceso simultáneamente a por lo menos tres aspectos del contexto proble-mático en el que él aparece. En primer lugar, el síntoma trae a la luz una cierta aglutinación de diferencias, disruptiva del modo de subjetivación vigente y el problema que esto ruidosamente nos plantea. En segundo lugar, él manifiesta la respuesta contem-porizadora que está siendo dada a este problema, en la tentativa de escapar del conflicto. Y por fin, él explica la estrategia existencial construida a partir de esta respuesta, resolución paliativa cuyo objetivo es conjurar nuestra condición trágica.

Los modos de subjetivación son formaciones singulares y datadas, fruto de un tiempo procesual e irreversible. En el colapso de los modos de subjetivación, cuando la disparidad de lo humano y lo transhumano está a flor de piel, es que aparece el problema, la respuesta y la resolución, que el síntoma torna accesibles. Son mezclas espacio-temporales, marcadas por dife-rentes maneras de resistir lo trágico, diferentes figuras de su denegación.

El dispositivo analítico tendría por función facilitar la relación entre lo humano y lo transhumano, produciendo cartogra-fías que van a dar cuerpo a las diferencias, responsables por aquellos colapsos de sentido. siendo así tales cartografías designan necesariamente una elección en un contexto problemático dado y por eso son siempre parciales: ellas cambian a lo largo de la historia del dispositivo analítico a pesar de que su función permanezca la misma desde su origen. Pretender que nuestras cartografías sean puras, eternas, universales o simplemente verdaderas en sí mismas es repetir exactamente lo que hace enfermar y callar la diferencia, calcificar lo existente, impo-tentizar la vida, trabar la procesualidad del ser, frenar la historia. Y la propia práctica analítica es la que se enferma y se impotentiza cuando resbalamos hacia este tipo de posición. El peligro es que las diferencias acaben no haciendo diferencia.

El desafío que se le plantea al analista, hoy, es detectar qué nubes negras oscurecen el paisaje contemporáneo y forjar las cartografías para los modos de subjetivación que vengan a actua-lizar aquello que los relámpagos de los acontecimientos anuncian, como hizo Freud al fundar el psicoanálisis colocándose en la escucha de la histeria.

Histeria y panico: cartografias de lo transhumano en el hombre

Propongo que examinemos brevemente, dos momentos del campo analítico, su inicio y nuestra actualidad. Partiremos de un conjunto de síntomas que hablan más alto en cada uno de estos momentos para tratar de oír qué diferencias están pidiendo paso y el modo que se está buscando contornear esa exigencia.

Las diferencias con la que el psicoanálisis se tuvo que ver en sus principios, como ya fue mencionado, se le presentaron a Freud a través de la voz de la histeria. De qué nos habla la histeria? De un hombre desorientado por verse expuesto a lo trágico en una intensidad mayor de lo habitual y que se asusta por explorar lo transhumano como un viaje tenebroso hacia lo inverso de la forma, hacia su negativo: éste es su problema. Es que este hombre cree en la eternidad de su forma, la que le sería otorgada por la supuesta unidad de su persona, lo que lo hace sentirse deforme e incluso informe. El malestar en la disparidad entre lo humano y lo transhumano es para él un trauma; él lo interpreta como si algo le estuviese faltando a su autoimagen, poniendo en riesgo su consis-tencia. Una crisis yoica: ésta es la respuesta que este hombre elabora para su problema. En posesión de esta respuesta contempori-zadora, la resolución que él constru-ye consiste en colocarse en posición de demanda de reconocimien-to: a través de la

seducción de un otro idealizado, buscar una restauración especular de sí. Supone que el mirar de este otro seducido es un espejo que

le

devolverá el contorno de su figura aplastada, lo que lo salvará para siempre de la oscuridad de lo transhumano.

El

paisaje subjetivo que estas nubes vienen a oscurecer en el final del siglo XIX es el de la edad clásica, en la cual el hombre tiene

sus fuerzas agenciadas con las fuerzas del infini-to5 donde deposita las garantías de su consistencia. Un modo de subjetivación basado en un sistema absoluto y próximo al equili-brio. Son varias, aquí, las versiones de lo absoluto. En líneas generales ellas

pueden ser tanto la forma humana a imagen y semejanza de Dios con su razón infinita (el sujeto judeo-cristia-no), cuanto la concien-cia (el sujeto del cógito cartesiano), cuanto también la interiori-dad (el sujeto de la psicología clásica, fundada en la introspec-ción, o incluso el de la psiquia-tría del siglo pasado). Es este hombre el que se ve vertiginosa-mente expuesto a lo trágico y

se desespera. Lo que llega a los oídos de Freud son los ecos de esta angustia acompañada de una demanda: encontrar un modo de subjetiva-ción que sea una resolu-ción menos paliativa que la histeria.

Freud constituirá cartografías para esta construcción singular. Su desafío: instrumentar la travesía que está operándo-se de una subjetividad cerrada en sí misma, cerca de lo absoluto y el equilibrio, hacia una subjetividad agenciada con las fuerzas de la finitud, descubiertas en la vida, en el trabajo y en el lenguaje.

La resolución que se irá construyendo a lo largo del siglo XX, incluso a través del psicoanálisis, se constituye a partir de un desplazamiento de la posición desde la cual lo transhumano es explorado: él continúa siendo vivenciado como el negativo de la forma, pero cambian las figuras de lo negativo. Pasa a un segundo plano el sujeto unitario, que ve en esta experiencia, la señal de una crisis yoica, lo considera como un castigo por algún pecado o error y se atormenta con la culpa; aparece en primer plano un sujeto descentrado, que continúa explorando lo transhumano como un viaje a lo negativo de su figura, pero lo incorpora como parte inevitable de su subjetividad. Este tipo de visión de lo transhu-mano, marcado por una experiencia traumática de lo trági-co, se mantiene a lo largo de la historia del psicoanálisis hasta hoy, cambiando apenas sus figuras de un campo energético indife-rencia-do (contemporáneo a la termodinámica y a la ley de la entropía) a una falta en ser, pasando por otras innumerables.

No cabría aquí realizar un relevamiento exhaustivo de tales figuras, ni un examen más minucioso de alguna de ellas. El problema con que se enfrentó el psicoanálisis durante su funda-ción y las resoluciones que le fue dando implican cartografías específicas que pasan por decisiones tomadas a lo largo de su historia. Hacer un recorte de la teoría psicoanalítica intentando detectar tales cartografías parciales, más allá de ser excesiva-mente pretencioso en el contexto de este ensayo, escaparía de nuestra ambición principal: circunscribir las nubes que ensombre-cen el paisaje contemporáneo para problematizar los desafíos a los cuales tenemos que hacer frente en la actualidad del trabajo analítico. Vamos entonces derecho a lo que nos interesa y lo que se vislumbra en este paisaje.

Es evidente que la histeria no dejó de existir, así como una serie de otros síntomas detectados al inicio y a lo largo de la historia del psicoanálisis. A pesar de eso, un conjunto de síntomas insiste especialmente en la actualidad: aquello que la psiquiatría llamó “síndrome de pánico”. No estoy tomando a tal “síndrome” desde un punto de vista psiquiátrico, o sea, como categoría de una clasificación universal y a-histórica de las psicopatologías y , menos aún, entendida a la exclusiva luz de la causalidad orgánica-, sino como un analizador. Hay otros numero-sos analizadores de la problemática de nuestro tiempo; elijo este simplemente porque constato en mi clínica que el pánico se ha presentado como una de las quejas con las cuales se llega a un análisis.

Y a qué nos apunta este síndrome? Un hombre tomado por el pánico, al encontrarse expuesto a lo trágico en una proporción

probablemente más violenta y recurrente que en el final del siglo pasado, le provoca una desestabilización aún mayor. Como lo trágico continúa siendo un trauma, la intensificación de la disparidad que lo caracteriza, pasa a ser vivenciado como inci-diendo en

su propia vida: este hombre siente su organismo habita-do por un peligro progresivo de la pérdida de organicidad, de desorientación

, que en cualquier momento puede llegar a un verdadero enloquecimiento del cuerpo6 y llevarlo a la muerte. Se siente enteramente impotente para hacer algo que frene este proceso, porque éste se lleva a cabo imperceptiblemente en el secreto de sus entrañas. Es como si la vida se le escapase de sus manos. Una especie de terremoto ontológico, donde el que se queda amenazado es el propio

ser, en cuanto pulsación vital.

La resolución que este hombre intenta encaminar a través de su síndrome, tal como lo vengo constatando en la clínica, es el no moverse, o sólo moverse acompañado. Espera de esta manera evitar que la desestabilización traspase el límite de la pérdida irrever-sible de consistencia, de muerte biológica. Deposita su vida en manos del “acompañante” que le sirve de garantía exter-na – una especie de cuerpo sobresaliente o cuerpo-prótesis, del cual puede disponer en el caso de que este umbral sea alcanzado.

Convulsiones contemporaneas

Qué está sucediendo en este final de siglo para que el pánico haya llegado hasta este punto?

Una intensa crisis en los modos de subjetivación vigente se viene gestando, fruto de una sumatoria de factores. Para tomar apenas algunos, destaquemos el importante avance tecnológico que se han alcanzado y que confronta al hombre a nuevas fuerzas – el silicio, más allá del carbono, y el cosmos, más allá del mundo. Nos embarcamos en una acelerada transfiguración , para lo cual contribuye especialmente la industria de la información y la transformación digital. Imágenes, sonidos y datos de todo tipo navegan por las arterias electrónicas, cada vez más rápida e instantáneamente, haciendo que las figuras de la realidad subje-tiva y objetiva tengan vida cada vez más corta y nuevas figuras proliferen en una velocidad impresionante, en múltiples direccio-nes, todas al mismo tiempo. Esto promueve una desnaturalización de las figuras casi concomitantemente a su aparición y hace que a todo momento estemos viviendo choques con lo inhabitual, envuel-tos por nubes negras de diferencias, perdidos en su oscuridad. Nuestros modos de subjetivación, no consiguen acompañar este proceso a la misma velocidad, y nos deja inhabilitados para operar en este nuevo ambiente, componiendo, con sus fuerzas/flu-jos, territorios de existencia individual y colectiva, donde nos podamos situar.

Otro factor importante es la vigencia en el mundo contempo-ráneo de una jerarquía más imperceptible de la que se ejerce entre clases, etnías, razas, sexos o géneros, pero tal vez por esa misma razón, más implacable; es la jerarquía que incide sobre los modos de existencia, sobre sus sentidos y sus valores. Algunos modos son valorizados a priori, tomados como referencia universal a partir de la cual se evalúa a todos los demás, lo que promueve una homogenei-zación de la subjetividad. Tal jerarquía refuerza la ilusión de que existen modos que giran intocables sobre la turbulencia de lo vivo, de que es posible permanecer en el equilibrio, inmune a la finitud, lo que repite la exploración de lo transhumano como el negativo de la forma. Los monopolios de los medios ejercen un papel particular-mente importante en el establecimiento de este tipo de jerarquía: a través de sus ondas visuales y sonoras, cada vez más perfectas, vibra incansable e instantáneamente la transmisión de esta jerarquía para todos los rincones del planeta.

Sumados estos dos factores, entre otros, queda fortalecida nuestra tendencia a hacer del malestar un trauma. Nos dejamos capturar por la ilusión de completud e investimos inconciente-mente modos de subjetivación pret-a-porter que idealizamos, lo que torna más difícil aún la creación de territorios singulares que corpori-fiquen los agenciamientos de diferencias que piden paso. Las diferencia continúan entonces desestabilizándonos, fragilizándonos cada vez más: cuanto más fragilizados , más investimos aquella jerarquía y la ilusión de la que ella es portadora. Esta situación es bastante temible pues en nombre de lo absoluto somos capaces de eliminar todo lo que imaginariamente viene a amenazarlo, con una crueldad insospechable.

Frente a este cuadro, reivindicar un relativismo de valores de nada sirve. Este tipo de reivindicación nos mantiene en el mismo lugar, pues el relativismo, como la jerarquía, se basa en una concepción identitaria de la diferencia: oponerlos por lo tanto, es plantear un falso problema. Tanto en una como en la otra posi-ción, nos confundimos con lo existente, nos anestesiamos a la irrupción intempestiva de agenciamientos de diferencias – aquí, en el sentido de lo que viene a arrancarnos de nuestra supuesta identidad – y quedamos impedidos de crear territorios que traigan estos agencia-mientos a la existencia.

Es verdad que esta tendencia no es soberana: los avances que vivimos hoy y la intensificada producción de diferencias que ellos promueven, potencializan considerablemente la experimenta-ción individual y colectiva. Por ejemplo en el campo de los medios electrónicos, en contracorriente al centralismo tecnocrá-tico de los monopolios, otros usos se vienen afirmando interna-cionalmente, en la dirección de una democracia cognitiva en tiempo real apoyada en el surgimiento de una inteligencia colec-tiva7. Es el caso de la super-infovía Internet, que abarca más de cuarenta millones de usuarios esparcidos por ciento y tanto países, cambiando directa e instantáneamente información, organi-zados en torno de intereses de los más variados, pasando por encima o a lo largo de los poderes de los estados multinaciona-les. Una guerra entre estas fuerzas se viene llevando a cabo cada vez más intensamente sobre una arena invisible cuyo nombre es “ciberespacio”.

El análisis es uno de los dispositivos que podría intervenir en esta balanza, haciendo que se incline hacia el lado de la potencia creadora – esta sería su vocación ético-política más radical. Pero ejercerlo depende de atrevernos de encarar el desconcierto que estamos viviendo y autorizarnos a pensar carto-grafías adecuadas para lo que este malestar nos señala. Tal decisión implica ampliar al máximo la disponibilidad en relación a toda especie de ruptura de sentido, ampliar la fluidez y la libertad de creación. Sin esta ampliación, no conseguimos proce-sar subjetivamente la riqueza del paisaje contemporáneo y conti-nuamos perdidos y asustados.

Si quisiéramos aprovechar esta riqueza tendríamos que ir más lejos en la tentativa de destituir lo absoluto. Sin duda el tipo de hombre que el síndrome de pánico nos muestra – en cierta medida, todos nosotros – ya reconoce que el absoluto no existe y, que por lo menos, su subjetividad es descentrada, frag-mentada, etc. A pesar de eso, guarda las marcas de un pasado en el que lo absoluto funcionaba como garantía de orden y eternidad. Ligado umbilicalmen-te a este pasado, no tan remoto, mantiene lo absoluto como promesa en el horizonte de su deseo. Vive el ser como un vacío a ser llenado y lo que lo mueve es entonces la búsqueda de un objeto imposible, que vendría a completarlo. Es en tanto perdido e imposible que perdura lo absoluto como referencia para este hombre que somos. Encarar de frente el problema que el síndrome de pánico nos muestra, pasa por limitar más incisivamen-te la presencia de lo absoluto que aún insiste en la subjetividad en este inminente cambio de siglo.

El desafío que se le impone al análisis en este contexto es cambiar cartografías que impliquen un cambio de perspectiva en relación con lo trágico: es preciso que el malestar que él moviliza pueda dejar de ser un trauma. Para eso es necesario desplazarse del punto de vista de un sujeto, aunque descentrado y esclavo de su figura, hacia el punto de vista de la procesualidad del ser. Dejar de explorar lo transhumano como negativo de la figura constituida, para tomarlo en su positividad: una fábrica de híbridos de fuerzas/flujos, productoras de diferencias, cuya aglutinación es responsable por el amanecer de figuras de la realidad subjetiva y objetiva, como por el ocaso de estas.

En el horizonte del paisaje contemporáneo lo que parece delinearse es una subjetividad que deja de depositar la garantía de su consistencia en lo absoluto, inclusive como inalcanza-ble, para sustentarse en la procesualidad del ser. Una subjetividad cuyo único parámetro es lo trágico: el eterno retorno de la diferen-cia8, la garantía de que algo va a advenir. La eclosión de acontecimientos, portadores de diferencias, es el único indicador con que este hombre podrá contar para trazar sus cartografías. Una subjetividad heterogenética, metaestable9, sistema distante del equilibrio10.

Es evidente que este nuevo problema exige una ampliación y hasta aún de un desplazamiento de las cartografías psicoanalíti-cas tradicionales. Estas son inseparables de una sociedad presa a su pasado, a sus invariantes subjetivas11 – una subjetividad homogenética con su sistema próximo al equilibrio, regido por leyes dialécticas o estructurales, y marcado por una lógica discursiva. Las convulsiones contemporáneas piden que dirijamos nuestras cartografías más hacia el futuro y hacia una enfatiza-ción de cuño experimental de las prácticas analíticas. Porqué experi-mental?

Es que en el trabajo de análisis estamos todo el tiempo expuestos a una responsabilidad, que no es relativa a un referen-cial, ni a una institución, ya sea ella psicoanalítica o no; es una responsabilidad relativa al propio ser, en cuanto fuerza de repetición de diferencia. Referentes e instituciones vienen siendo elegidos en función de esta responsabilidad. En esta aventura no hay ninguna garantía de verdad o de cientificidad, pues el análisis implica una compleja aprehensión del problema singular que cada acontecimiento plantea, corriéndose siempre el riesgo de fracasar. Es esto lo que hace de la práctica analítica un arte de la experimentación. La prudencia es un elemento importante de este arte – pero, recordemos, “la radical apertura a lo problemático hace que esta prudencia nada tenga que ver con las virtudes del sentido común"12. Se trata de una prudencia ética.

Pensando desde esta perspectiva, lo que hacemos en la práctica analítica es más del orden de una experimentación del inconciente, que de su interpretación propiamente dicha. O para ser más rigurosos, lo que hacemos es, en verdad, una exploración experimen-tal de la relación con lo trágico, esta pulsación de lo transhumano en el hombre. Esto depende de un interminable combate contra los obstáculos que reiteradamente se contraponen a esta aventura.

Uma reversion del Platonismo en el campo analitico

El trabajo que vengo emprendiendo desde la década del 70 en la tentativa de hacer frente a las exigencias que la práctica analítica plantea en la actualidad, me ha llevado a dedicarme especialmente a la elaboración de una operatoria de los conceptos propuestos por la clínica y por los escritos del psicoanalista Félix Guattari, solo o en compañía con el filósofo Gilles Deleu-ze.

Del lado de la clínica, esta obra es la problematización de la vasta experiencia analítica de Guattari, marcada inicialmente por una corriente de la psiquiatría francesa que fue conocida con el nombre de “psicoterapia institucional”, importante referencia en el

abordaje de la psicosis. Esta corriente tiene su origen durante la Segunda Guerra Mundial, el hospital de Saint Alban, donde entre innumerables innovaciones en la práctica psiquiátri-ca, se destacan la introducción de un psicoanálisis repensado en función del trabajo con la psicosis en el ámbito institucional y la incorpora-ción de la autogestión del colectivo como recurso terapéutico. La contribución más significativa de esta corriente, nos ha sido ofrecida por la clínica de La Borde, a la cual Guattari estuvo vinculado desde el inicio, hace más de 40 años, habiendo sido su co-director por mucho tiempo, junto a su funda-dor, Jean Oury. En este contexto, la psicoterapia institucional gana aire, marcada en un primer momento por el movimiento laca-niano y, en seguida, por el vasto trabajo teórico emprendido por Guattari en su obra con Deleuze, llevando a enfrentar cuestiones suscitadas por la práctica analítica, cuya problematización quedaría inviable si quedara restringida a las fronteras del psicoanálisis.

Esta obra se delinea a partir de recursos conceptuales del psicoanálisis – extraídos de varias de sus tendencias, sin ligarse dogmáticamente a ninguna de ellas – asociados a recursos de otros campos de la cultura – filosofía, ciencias y artes – especialmente los trabajos que se insertan en una tradición de cuestionamiento de los modelos de representación que impregnan la historia del pensamiento occidental.

Porqué el análisis exige que se recurra a lo extrapsico-analítico? Es que hay inevitablemente una transdisciplinaridad en torno a los problemas planteados por las diferencias que se presentan en cada época pues ellos atraviesan todos los campos de la cultura. Freud sabía de eso y nunca dejó de alimentarse del pensamiento producido en otros campos. Y cada nueva teoría que se produce en el campo analítico es una decisión tomada en un contexto problemático específico.

La principal decisión que la obra de Guattari y Deleuze toma en relación al campo analítico es la de ligarlo a la tradición filosófica que cuestiona los modelos de representación. Tal empresa no pasa apenas por apuntar y demoler las fuertes marcas de los modelos de representación que impregnan al psicoanálisis: ya otros autores hicieron este trabajo y lo vienen haciendo en los últimos tiempos. La contribución más original y más relevante de esta obra es la de constituirse como un campo de creación conceptual libre de estas marcas: hacer una “reversión del platonismo” en el interior del campo analítico, como Deleuze se propuso hacer en el campo de la filosofía13. Es verdad que esta reversión cambia el paisaje analítico al punto de tornarlo muchas veces irreconocible. Pero esto sucede si reducimos el campo analítico a una o varias de sus cartografías parciales, y nos olvidamos que su vocación es exactamente la de crear condiciones para soportar el extrañamiento de los paisajes que el tiempo rediseña en el rastro de los acontecimientos, lo que implica estar siempre rehaciendo sus cartografías. El coraje de reafirmar esta vocación hace de la obra de estos autores una fuente privilegiada de recursos para circuns-cribir las diferencias que nos desconciertan y avanzar en la travesía que se hace necesaria en dirección de una subjetividad heterogenética, fundada en lo trágico. Y más todavía, esta obra se constituye en una fuente privilegiada de recursos para pensar el plano donde se engendran las diferencias, lo transhumano en su lógica y complejidad propias. Esto contribuye para desplazarnos de la perspectiva que explora lo transhumano bajo la predominancia del plano de las formas y que lo piensa simplemente como lo negativo de este plano, lo no-discursivo, no-verbal, indecible, innominable, irrepre-senta-ble, informe…inconciente.

Dependiendo de cómo el análisis es entendido y practicado, él podrá estar o no a la escucha de la problemática singular que se plantea a cada momento de su práctica. De esta escucha depen-derá su efecto: callar o dar voz a lo transhumano en el hombre, resistir a lo trágico o afirmarlo – o sea, trabar o relanzar la productividad del ser. En términos sociales e históricos esto implica reiterar los modos de subjetivación dominantes o colo-carse en la adyacencia de sus rupturas, sustentando la búsqueda de expresión de aquello que las nubes negras de las diferencias anuncian intempestivamente. En suma, soportar y permitir que la historia nos separe de nosotros mismos toda vez que esto fuese necesario.

Es preciso ser fronterizo al propio psicoanálisis en cuanto campo de saber y de poder, si queremos “reatar con su inventivi-dad primera"14, activar “la riqueza efervescente, el inquietan-te ateísmo de sus orígenes"15, esta crisis de lo absoluto abriéndose a la escucha para la turbulenta profusión de diferen-cias. De esto depende el poder de cura del análisis – su fuerza de creación y transformación.

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1 Gilles Deleuze, “A vida como obra de arte”, Conversações, 1972-1990. Ed. 34, Rio de Janeiro, 1992; p.119.

Estaremos utilizando os termos análise, analítico, analista e analisando no sentido de uma operacionalização clínica dos conceitos propostos por Félix Guattari e Gilles Deleuze, cuja obra nos oferece instrumentos para um trabalho de reorientação e expansão do campo psicanalítico.

2

3´char(180)Guattari na PUC”, in Cadernos de Subjetividade, v. 1, n. 1: 9-28. São Paulo, Núcleo de Estudos e Pesquisas da Subjetividade, Programa de Estudos Pós-Graduados de Psicologia Clínica da PUC/SP; mar./ago. 1993 (especialmente p. 18).

4 Paulo C. Lopes, Exame de Quaificação para dissertação de mestrado. Pós-Graduação de Psicologia Clínica da PUC/SP. São Paulo,

1994.

5Gilles Deleuze, “Rachar as coisas, rachar as palavras”, Conversações, 1972-1990. Ed. 34, Rio de Janeiro, 1992; p. 114.

6Idéia sugerida por Pierre Fédida (seminário clínico na livraria Pulsional. São Paulo, abril de 1994).

7Pierre Lévy, L’intelligence collective. Pour une anthropologie du cyberpace. Éd. de la Découverte, Paris, 1994.

8Gilles Deleuze, Diferença e repetição. Graal, Rio de Janeiro, 1988.

9Gilbert Simondon, L’individu et sa génèse psycho-biologique. PUF, Paris, 1964.

10Ilya Prigogine e Isabelle Stengers, A nova aliança. Metamorfose da Ciência. UNB, Brasília, 1991.

11Félix Guattari, Caosmose. Um novo paradigma estético. Ed. 34, Rio de Janeiro, 1992.

12Luis B. Orlandi, “Pulsão e campo problemático”, in Pulsão. Diferentes abordagens. Escuta, São Paulo, 1995 (col. Linhas de Fuga).

13cf. nota 8.

14Félix Guattari, editorial de Chimères, Revue des Schizoanalyses, no 1: 3. Dominique Bedou, Paris, primavera 1987.

15cf. nota 11.