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Cartas

San Antonio del Desierto


CARTA PRIMERA
Saludo a vuestra caridad en el Señor. Hermanos, juzgo que hay tres clases de personas entre
aquellas a quienes llama el amor de Dios (2), hombres o mujeres. Algunos son llamados por
la ley del amor depositada en su naturaleza y por la bondad original que forma parte de ésta
en su primer estado y su primera creación. Cuando oyen la palabra de Dios no hay ninguna
vacilación; la siguen prontamente. Así ocurrió con Abraham, el Patriarca. Dios vio que
sabía amarlo, no a consecuencia de una enseñanza humana, sino siguiendo la ley natural
inscrita en él, según la cual El mismo lo había modelado al principio (3). Y revelándose a él
le dijo: "Sal de tu tierra y de tu parentela y ve a la tierra que Yo te mostraré" (Gen. 12,1).
Sin vacilar, se fue impulsado por su vocación. Esto es un ejemplo para los principiantes: si
sufren y buscan el temor de Dios en la paciencia y la tranquilidad (4) reciben en herencia
una conducta gloriosa porque son apremiados a seguir el amor del Señor. Tal es el primer
tipo de vocación.

He aquí el segundo. Algunos oyen la Ley escrita, que da testimonio acerca de los
sufrimientos y suplicios preparados para los impíos y de las promesas reservadas a quienes
dan fruto en el temor de Dios (5). Estos testimonios despiertan en ellos el pensamiento y el
deseo de obedecer a su vocación. David lo atestigua diciendo: "La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante", etc. (Ps.18,8,
traducción oficial española). Así como en otros muchos pasajes que no tenemos intención
de citar.

Y he aquí el tercer tipo de vocación. Algunos, cuando aún están en los comienzos, tienen el
corazón duro y permanecen en las obras de pecado. Pero Dios, que es todo misericordia,
trae sobre ellos pruebas para corregirlos hasta que se desanimen y, conmovidos, vuelvan a
El (6). En adelante lo conocen y su corazón se convierte. También ellos obtienen el don de
una conducta gloriosa como los que pertenecen a las dos categorías anteriores.

Estas son las tres formas de comenzar en la conversión, antes de llegar en ella a la gracia y
la vocación de hijos de Dios.

Los hay que comienzan con todas sus fuerzas, dispuestos a despreciar todas las
tribulaciones, a resistir y mantenerse en todos los combates que les aguardan y a triunfar en
ellos. Creo que el Espíritu se adelanta a ellos para hacerles el combate ligero, y dulce la
obra de su conversión. Les muestra los caminos de la ascesis, corporal e interior, cómo
convertirse y permanecer en Dios, su Creador, que hace perfectas sus obras (7). Les enseña
cómo hacer violencia, a la vez, al alma y al cuerpo para que ambos se purifiquen y juntos
reciban la herencia. Primero se purifica el cuerpo por los ayunos y vigilias prolongadas; y
después el corazón mediante la vigilancia y la oración (8), así como por toda práctica que
debilita el cuerpo y corta los deseos de la carne.
El Espíritu de conversión (9) viene en ayuda del monje. El es quien lo pone a prueba por
miedo a que el adversario no le haga desandar el camino. El Espíritu-director abre
enseguida los ojos del alma para que también ella, junto con el cuerpo, se convierta y se
purifique. Entonces el corazón, desde el interior, discierne cuáles son las necesidades del
cuerpo y del alma. Porque el Espíritu instruye al corazón y se hace guía de los trabajos
ascéticos para purificar por la gracia todas las necesidades del cuerpo y del alma. El
Espíritu es quien discierne los frutos de la carne, sobreañadidos a cada miembro del cuerpo
desde la perturbación original (10). Es también el Espíritu quien, según la palabra de Pablo,
conduce los miembros del cuerpo a su rectitud primera: "Someto mi cuerpo y lo reduzco a
servidumbre" (I Cor.9,27); rectitud que fue la del tiempo en que el espíritu de Satán no
tenía parte alguna en ellos y el cuerpo se hallaba bajo la atracción del corazón, instruido, a
su vez, por el Espíritu. El Espíritu es, en fin, quien purifica el corazón del alimento, de la
bebida, del sueño y, como ya he dicho, de toda moción e incluso de toda actividad o
imaginación sexual, gracias al discernimiento llevado a cabo por un alma pura (11).

Yo señalaría tres clases de mociones violentas (12). La primera reside en el cuerpo, está
inserta (13) en su naturaleza, formada al mismo tiempo que él en el primer instante de su
creación. Sin embargo, no puede ser puesta en movimiento sin que el alma lo quiera. De
ella sólo se sabe esto: que está en el cuerpo. He aquí la segunda: cuando el hombre come y
bebe con exceso sigue una efervescencia de la sangre que fomenta un combate en el cuerpo,
cuyo movimiento natural es puesto en acción por la glotonería. Por eso dice el Apóstol: "No
os emborrachéis con vino, en él está la liviandad" (Ef.5,18). Del mismo modo, el Señor en
el Evangelio prescribe a sus discípulos: "Que vuestros corazones no se emboten por la
comida y bebida" (Lc.21,34) o las delicias. Más que nadie, quien guarda el celibato debe
repetirse: "Someto mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre" (I Cor.9,27) (14). En cuando a la
tercera moción, proviene de los espíritus malos que nos tientan por envidia y buscan
manchar a quienes se comprometen en el celibato.

Volvamos, hijos míos queridos, a cuanto se refiere más de cerca a estas tres clases de
mociones. Quien permanece en la rectitud, persevera en el testimonio que el Espíritu da en
lo más íntimo de su corazón y permanece vigilante, se purifica de esta triple (15)
enfermedad en su cuerpo y en su alma. Pero si no tiene en cuenta estas tres mociones, de las
que da testimonio el Espíritu Santo, los espíritus malos invaden su corazón y siembran las
pasiones (16) en el movimiento natural del cuerpo. Lo turban y entablan con él un duro
combate. El alma, enferma, se agota y se pregunta de dónde le vendrá el auxilio, hasta que
se serene, se someta de nuevo al mandamiento del Espíritu y cure. Así aprende que sólo
puede hallar su reposo en Dios, y que permanecer en El es su paz (17).

Esto, queridos, para indicaros cómo el cuerpo y el alma han de ir unidos (18) en la obra de
conversión y purificación. Si el corazón sale vencedor del combate, ora en el Espíritu y
aleja del cuerpo las pasiones del alma que proceden de la propia voluntad. El Espíritu, que
viene a dar testimonio de sus propios mandamientos, se convierte en el amigo de su
corazón y le ayuda a guardarlos. Le enseña cómo curar las heridas del alma, cómo
discernir, una tras otra, las pasiones naturalmente insertas en los miembros (19), de la
cabeza a los pies, y también las que, procedentes del exterior, han sido mezcladas al cuerpo
por la voluntad propia.

Así es como el Espíritu conducirla mirada a la rectitud y pureza, y la retirará de cuanto le es


extraño (20). El inclinar el oído sólo a palabras decorosas; y el oído, no cediendo al deseo
de oír hablar de caída y debilidades humanas, pondrá su gozo en conocer el bien y la
perseverancia de cada uno, y la gracia dada a las criaturas; cosas de las que estando
enfermo, se había desinteresado hasta entonces.

El Espíritu enseñara la lengua a purificarse porque ella es la que puso al alma gravemente
enferma. Por medio de la lengua expresa el alma la enfermedad que padece; incluso la
atribuye a la lengua, pues ésta es su órgano. En efecto, por la lengua le han sido infligidas
graves enfermedades y heridas; por la lengua ha sido herida. Lo atestigua el apóstol
Santiago cuando dice: "Si alguien pretende conocer a Dios y no frena su lengua se engaña
en su corazón, su culto es vano" (St.1,26). En otro lugar afirma: "La lengua es un miembro
pequeño, pero mancha todo el cuerpo" (3,5).

Cuando el corazón está, pues, fortificado con el poder que recibe del Espíritu, él mismo
queda primero purificado, santificado, enderezado, y las palabras que confía a la lengua
están exentas del deseo de agradar, así como de toda voluntad propia. En él se cumple lo
que dice Salomón: "Mis palabras son de Dios; no hay en ellas dureza o perversión"
(Prov.8,8) y "la lengua del justo cura las heridas" (Prov.12,18).

Viene después la curación de las manos, que en otro tiempo se movían de forma
desordenada, a gusto de la voluntad propia. El Espíritu dará al corazón la pureza que
conviene en el ejercicio de la limosna y la oración. Así se cumplirla palabra: "El alzar de
mis manos es como una ofrenda de la tarde" (ps.140,2), y esta otra: "Las manos de los
poderosos distribuyen riquezas" (Prov.10,4) (21).

Después de las manos el Espíritu purifica el vientre en cuanto a comida y bebida. David
decía sobre esto: "Con el de ojos engreídos y corazón arrogante no comeré" (ps.100,5).
Pero si el deseo y la gula en cuestión de comida y bebida toman preponderancia, y las
voluntades propias (22) que lo trabajan lo hacen insaciable, a todo esto vendrá a añadirse
todavía la actividad del diablo (23). Al contrario, el Espíritu se hace cargo de quienes
buscan una cantidad conforme a la pureza, y les señala una cantidad suficiente para
sostener su cuerpo sin conocer el atractivo de la concupiscencia. Entonces se realiza en
ellos la palabra de S. Pablo: "Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo
para gloria de Dios" (I Cor,10,31) (24). Si los órganos genitales producen pensamientos de
fornicación (25), el corazón, instruido por el Espíritu, discierne la triple moción de que he
hablado antes. Gracias al Espíritu que le ayuda y fortifica, hélo aquí dueño de esas
mociones. Las apaga con la fuerza del Espíritu, que da la paz al cuerpo entero, e interrumpe
su curso. Como dijo Pablo: "Mortificad vuestros miembros terrenos: fornicación, impureza,
pasiones y malos deseos" (Col.3,5).

A continuación, el Espíritu se entrega a la purificación de los pies, que antes no caminaban


en la rectitud y perfección de Dios. Pero una vez colocados bajo el impulso del Espíritu,
éste realiza su purificación y los hace caminar según su voluntad. Avanzan en la práctica de
las buenas obras. Todo el cuerpo es así transformado, renovado, entregado al poder del
Espíritu. Ese cuerpo, totalmente purificado, a mi modo de ver ya ha recibido una parte (26)
del cuerpo espiritual que deberíamos recibir en el momento de la resurrección de los justos
(27).

He hablado de las enfermedades del alma que se han infiltrado en los miembros naturales
del cuerpo; las que lo hacen tambalearse y lo ponen en movimiento. Porque el alma sirve de
lugar de paso a los espíritus malos que actúan en el cuerpo por medio de ella. He indicado
también la existencia de otras pasiones que no vienen del cuerpo y que ahora tenemos que
enumerar: a esas pasiones pertenecen los pensamientos de orgullo, la jactancia, la envidia,
el odio, la cólera, el desprecio, la relajación y todas sus consecuencias.

Si alguien se entrega a Dios de todo corazón, Dios tiene piedad de él y le concede el


Espíritu de conversión. Este Espíritu da testimonio ante él de cada uno de sus pecados para
que ya no vuelva a caer en ellos. A continuación le revela los adversarios que se levantan
ante él y le impiden librarse de ellos, luchando vigorosamente con él para que no persevere
en su conversión. Si a pesar de todo conserva el ánimo y obedece al Espíritu, que le exhorta
a convertirse, el Creador se apresurara tener piedad del trabajo (28) de su conversión. Y
viendo las aflicciones que impone a su cuerpo: oración incesante, ayunos, súplicas, estudio
de la Palabra de Dios, alejamiento del mal, huida del mundo y de sus obras (29), humildad
y pobreza de corazón (30), l grimas y perseverancia en la vida monástica, - viendo, digo -
su trabajo y su paciencia (31), el Dios de misericordia tendrá piedad de él y lo salvar .

CARTA SEGUNDA
Hermanos muy queridos y venerados: Antonio os saluda en el Señor.

Sabemos que Dios no ha visitado a sus criaturas sólo una vez. Desde los orígenes del
mundo, todos aquellos que han hallado en la Ley de la Alianza el camino hacia su Creador,
han estado acompañados por su bondad, su gracia y su Espíritu. En cuanto a los seres
espirituales a quienes esta Ley causó la muerte, tanto la del alma como la de los sentidos de
su corazón, se hicieron incapaces de ejercitar su inteligencia según el estado de la creación
original y, totalmente privados de razón, han sido exclavizados por la criatura en vez de
servir al Creador.

Pero, en su gran bondad, Dios nos ha visitado por la Ley de la Alianza. En efecto, nuestra
naturaleza permanecía inmortal. Y quienes han recibido la gracia y (32) han sido
fortalecidos por la Ley de la Alianza, a quienes ha iluminado la enseñanza del Espíritu
Santo y se les ha dado el espíritu de filiación, han podido adorar a su Creador como es
debido. De ellos dijo el apóstol Pablo: "Si no se han beneficiado plenamente de la promesa
que les fue hecha, es por causa nuestra (Hb.11,13.39).

En su amor incansable, el Creador de todas las cosas deseaba, no obstante, visitarnos en


nuestras enfermedades y nuestra disipación: suscitó a Moisés, el Legislador, que nos dio la
Ley escrita y echó los fundamentos de la Casa de verdad, la Iglesia Católica. Ella ha
llevado a cabo la unión de todos, según el designio divino de conducirnos a nuestra
condición primera (33).

Moisés emprendió su construcción, pero no la acabó; la dejó y se fue. Vino la asamblea de


los Profetas suscitados por el Espíritu de Dios. También ellos continuaron la construcción
sobre los cimientos de Moisés, sin poder acabarla. Así la dejaron y se fueron. Cada uno,
revestido del Espíritu, constató que la llaga era incurable y que ninguna criatura podía
curarla, excepto el Hijo Unico, fiel imagen del Padre, de Aquel que creó a esta imagen los
seres dotados de inteligencia. El, el Salvador, es un médico prudente. Ellos lo sabían. Se
reunieron, pues, y presentaron a Dios una oración unánime por los miembros de esta
familia de la cual formamos parte: "¿No hay bálsamo en Galaad? ¿No hay médico? ¿por
qué no sube uno de ellos para curar a la hija de mi pueblo?" (Jer.8,22). "Nosotros la hemos
cuidado; no ha curado. Dejémosla y marchemos de aquí" (Jer.51,9).

Entonces Dios, desbordante de amor, vino a nosotros diciendo por boca de sus santos: "Hijo
de hombre, prepárate lo necesario para una cautividad" (Ez.12,3). Y El, la imagen de Dios
(II Cor.4,4), no pensó en arrebatar el rango que lo igualaba a Dios; al contrario, se anonadó
y, tomando la condición de esclavo, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Así
Dios le dio el Nombre sobre todo nombre, de suerte que al nombre de Jesucristo toda
rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los infiernos y, en adelante, toda lengua
confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre (Fil.2,6-11). Ahora, muy
queridos hermanos, se ha realizado entre nosotros esta palabra: "Para salvarnos, el amor del
Padre no perdonó a su Hijo Unico, sino que lo entregó por nuestra salvación, a causa de
nuestros pecados (Rom.8,32)" (34). "El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por
nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido
curados" (Is.53,5). Su Verbo omnipotente nos ha reunido de todos los países, de un extremo
a otro de la tierra y del universo, resucitando nuestras almas, perdonando nuestros pecados,
enseñándonos que somos miembros unos de otros.

Os suplico, Hermanos, por el Nombre de nuestro Señor Jesucristo: penetraos bien de esta
maravillosa Economía de la Salvación: Se ha hecho semejante a nosotros en todo, excepto
en el pecado (Hb.4,15) (35). Todo ser dotado de inteligencia espiritual - por quien ha
venido el Señor - debe tomar conciencia de su naturaleza propia, es decir, le es preciso
conocerse a sí mismo y llevar a cabo el discernimiento del mal y del bien, si quiere
encontrar la liberación cuando venga el Señor. Llevan ya el nombre de servidores de Dios,
que han logrado su liberación por esta Economía de Salvación. Pero ahí no está el término
supremo. Este no es sino la justicia de la hora presente (36), el camino hacia la adopción
filial.

Jesús, nuestro Salvador, sabiendo bien que ellos habían recibido (37) el Espíritu de
filiación, y que lo conocían gracias a la enseñanza del Espíritu Santo, les decía: "Ya no os
llamaré siervos, sino hermanos y amigos, porque os he dado a conocer y os he enseñado
cuanto me ha enseñado mi Padre" (Jn.15,15). Su espíritu se enardeció - en adelante se
conocían con su naturaleza espiritual y gritaron: "Hasta ahora te conocíamos en tu cuerpo,
pero ahora ya no es así" (II Cor.5,16). Recibieron el Espíritu que hizo de ellos hijos
adoptivos y proclamaron: "El Espíritu que hemos recibido ya no es un espíritu que hace
esclavo y conduce a la tierra, sino un Espíritu de adopción por el cual gritamos ¡Abba,
Padre! (Rom.8,15). Señor, ahora lo sabemos: nos has dado el poder ser hijos y herederos de
Dios, coherederos de Cristo (Rom,8.17).

Pero sabed bien esto, hermanos queridísimos: el que haya descuidado su progreso espiritual
y no haya consagrado todas sus fuerzas a esta obra, debe saber bien que la venida del Señor
ser para él día de su condenación. El Señor es para unos olor de muerte para muerte, y para
otros, olor de vida para vida (II Cor. 2,16). Así es para ruina y resurrección de un gran
número en Israel y para ser signo de contradicción (Lc.2,34).

Os suplico, queridísimos, por el Nombre de Jesucristo, no descuidéis la obra de vuestra


salvación. Que cada uno de vosotros rasgue, no su vestido, sino su corazón (Joel,2,13). Que
no llevemos en vano este vestido exterior preparándonos así una condenación. En verdad,
está próximo el tiempo en que aparezcan a plena luz las obras de cada uno.

Sería preciso volver sobre otros muchos puntos de detalle, pero está escrito: "Da consejos al
sabio y se hará más sabio" (Prov.9,9) (38). Os saludo a todos en el Señor, del más pequeño
al mayor (Hec.8,10), y que el Dios de la paz sea, queridos hermanos, vuestro guardián.
Amén.

CARTA TERCERA
Antonio a sus queridos hijos. Sois hijos de Israel por nacimiento, y en vosotros saludo esta
naturaleza espiritual. ¿Por qué nombraros con vuestros nombres terrestres y efímeros si sois
hijos de Israel? Hijos: mi amor hacia vosotros no es de la tierra; es amor espiritual, según
Dios.

No me canso de orar a mi Dios día y noche por vosotros: que os sea dado el tomar plena
conciencia de la gracia que os ha hecho. No es la primera vez que Dios visita a sus
criaturas; las conduce desde los orígenes del mundo y mantiene en vela a todas las
generaciones mediante los acontecimientos de su gracia (39).

Hijos, no nos cansemos de gritar a Dios día y noche. Haced violencia a la ternura de Dios.
Desde el cielo os enviara Aquel cuya enseñanza os dará a conocer lo que os es bueno.

Hijos, habitamos en la muerte. Nuestra morada es la celda de un prisionero. Los lazos de la


muerte nos tienen encadenados.

No deis sueño a vuestros ojos ni reposo a vuestros párpados (ps.131,4). Ofreceos a Dios
como víctimas puras y fijad en El vuestra mirada pues, según dice el apóstol, nadie puede
contemplar a Dios si no es puro (Hb. 12,14) (40).

Sí, hijos muy queridos en el Señor, que esto os quede muy claro: no olvidéis la práctica del
bien. Esto es tranquilidad para los santos, fuente de alegría para los ángeles en el servicio
que llevan a cabo con vosotros (41), alegría para el mismo Jesús cuando venga. Pues hasta
ese día no han estado tranquilos respecto a nosotros. Y también para mí, hombre débil, que
aún estoy en esta morada de barro, seréis la alegría de mi alma.
Hijos, es seguro que nuestra enfermedad y humillación causan dolor a los santos y les son
motivo de llantos y gemidos que ofrecen por nosotros ante el Creador del universo. Por eso
la cólera de Dios va contra nuestras obras malas. Pero nuestro progreso en la santidad
provoca la alegría en la asamblea de los santos y los mueve a orar mucho ante nuestro
Creador en el colmo de la dicha y el gozo. El también obtiene gran alegría por nuestras
obras y por el testimonio que los santos le dan de ellas, y nos concede dones aún más
importantes.

Pero sabedlo: Dios ama para siempre a sus criaturas que, inmortales por esencia, no
desaparecen con el cuerpo (42). Esta naturaleza espiritual es la que El ha visto precipitarse
en el abismo y allí encontrar la muerte perfecta y total. La Ley de la Alianza perdió su
fuerza pero Dios, en su bondad, visitó a su criatura por Moisés. Moisés, que puso los
cimientos de la Casa de verdad, quiso curar esta profunda herida y conducirnos a la
comunión original. No lo logró, y se fue. Tras él vino la asamblea de los Profetas: se
pusieron a construir sobre estos cimientos sin llegar a curar la profunda herida de los
miembros de la familia humana; y reconocieron su impotencia. A su vez, la asamblea de los
santos se reunió y su oración se elevó hacia el Creador: "¿No hay bálsamo en Galaad? ¿No
hay médico? ¿por qué no suben a curar a la hija de mi pueblo?"(Jer.8,22). "Nosotros hemos
cuidado a Babilonia y no ha curado ¡Dejémosla y vayámonos de aquí!" (Jer.28.9). Esta
súplica que dirigían los santos a la bondad del Padre acerca de su Hijo Unico -pues ninguna
criatura es capaz de curar la profunda herida del hombre; sólo El podía hacerlo viniendo a
nosotros-, impresionó al Padre y dijo: "Hijo del hombre, prepárate lo necesario para una
cautividad" (Ez.12,3) y acepta tomar esta misión sobre ti. El Padre no ha perdonado a su
Hijo Unico para lograr la salvación de todos nosotros, lo ha entregado por nuestros pecados
(Rom.8,32). "El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El
soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados" (Is. 53,5).
Nos ha reunido de un extremo al otro del universo, ha resucitado nuestro espíritu de la
tierra y nos ha enseñado que somos miembros unos de otros.

Cuidad, hijos, que no se cumpla en nosotros la palabra de Pablo: que tengamos "solamente
la apariencia exterior de la obra de Dios, negando su poder" (Tito.1,16). ¡Que cada uno
desgarre su corazón! (Joel.2,13). Que corran las l grimas ante Dios y que todos digan:
"¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?" (ps.115,12). Hijos, temo también
que se nos aplique esta palabra: "¿Qué se gana con mi muerte si un día he de convertirme
en podredumbre?" (ps.29,10).

Creedme, me dirijo a vosotros como a hombres sensatos (I Cor.10,15). Comprended lo que


os digo y declaro: si cada uno de vosotros no llega a odiar cuanto pertenece al orden de los
bienes terrestres y a renunciar a ello de todo corazón, lo mismo que a cuantas actividades
dependen de ellos, si después no llega a elevar las manos de su corazón al cielo, hacia el
Padre de todos, no hay salvación para él. Pero si hacéis lo que acabo de decir, Dios tendrá
piedad de vosotros por el trabajo que os tomáis. Os enviar un fuego invisible que consumir
vuestras impurezas y devolverá a vuestro espíritu su pureza original. El Espíritu Santo
habitaren nosotros (43). Jesús estar junto a nosotros y podremos adorar a Dios como es
debido. Mientras queramos vivir en paz con las cosas del mundo seremos enemigos de
Dios, de sus ángeles y de sus santos.

Os conjuro desde ahora, queridos míos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, para que no
descuidéis vuestra salvación, y que esta vida tan corta no os sea causa de desdicha para la
vida eterna; que el cuidado concedido a un cuerpo perecedero no oculte el Reino de la
inefable luz; que el país donde sufrís vuestro destierro no os haga perder, en el día del
juicio, el trono angélico que os está destinado. Sí, hijos, mi corazón se sorprende y mi alma
se espanta: nos hundimos en el agua (44), estamos metidos en el placer como gentes ebrias
de vino nuevo porque nos dejamos distraer por nuestros deseos, dejamos reinar en nosotros
la voluntad propia y rechazamos dirigir nuestra mirada al cielo para buscar la gloria celeste
y la obra de los santos y marchar en adelante tras sus huellas. Ahora, comprendámoslo:
santos del cielo, ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, querubines, serafines, sol, luna,
estrellas, patriarcas, profetas, apóstoles, el mismo diablo o Satán, los espíritus del mal o el
soberano de los aires, en suma, todos, y los hombres y mujeres, pertenecen desde el día de
su creación a un solo y mismo universo, en el cual, sólo deja de estar contenida la perfecta,
bienaventurada Trinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La mala conducta de algunas de sus criaturas ha obligado a Dios a darles el nombre en


relación con sus obras. Pero dar una mayor gloria a las que más hayan progresado.

CARTA CUARTA
Antonio a todos sus hermanos de la región de Arsinoé (48) y sus alrededores, a cuantos se
encuentran con ellos (49), salud en el Señor.

A todos vosotros, que os preparáis para acercaros al Señor, os saludo en El, hermanos muy
queridos, pequeños y grandes, hombres y mujeres (50) santos hijos de Israel según vuestra
naturaleza espiritual (51). ¡Qué grande es, hijos míos, la dicha y la gracia (52) concedida a
vuestra generación! Por Aquel que os ha visitado, es muy conveniente que no cedáis a la
fatiga del combate hasta la hora en que podáis ofreceros a Dios como víctimas puras;
pureza sin la cual no hay herencia en el cielo (53). Sí, queridos hijos, es muy importante
(54) que os interroguéis acerca de la naturaleza espiritual, en que ya no hay hombre ni
mujer, sino solamente la esencia inmortal que tiene comienzo y no tendrá fin. Es
indispensable conocer la razón de su caída hasta este punto de abyección y vergüenza;
nadie se ha librado de ella. Es preciso porque esta naturaleza siendo inmortal por esencia,
no participar de la disolución de los cuerpos.

He aquí por qué, ante esta herida incurable y gravísima, Dios, por su clemencia, visitó a sus
criaturas. Por su bondad, les dio la ley en el tiempo oportuno y, para entregársela, dispuso el
ministerio de Moisés. Para ellos echó Moisés los cimientos de la Casa de verdad, con
intención de curar esta profunda herida. Pero no le fue posible terminar su construcción. Se
reunió toda la asamblea de los santos y reclamó de la bondad del Padre un Salvador (55)
que viniera (56) a salvarnos a todos, pues nuestro Sacerdote soberano, eminente y fiel es el
único médico capaz de curar nuestra profunda herida (57). Por voluntad del Padre se privó
de su gloria: siendo Dios, tomó la forma de esclavo (Fil. 2,6-7) y se entregó por nuestros
pecados. "El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el
castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados" (Is.53,5).

Querría por tanto que estéis bien convencidos, queridos hijos míos en el Señor, de que por
nuestra locura se ha vestido de la locura; por nuestra debilidad se ha vestido de la debilidad;
por nuestra indigencia se ha vestido de la indigencia; por la muerte, que ha partir de
entonces era nuestra, se ha vestido de mortalidad (58) y por nosotros ha sufrido tanto (59).

En verdad, queridos en el Señor, no deis sueño a vuestros ojos ni reposo a vuestros


párpados (ps.131,4) sino suplicad, violentad la bondad de Dios hasta que se incline a
socorrernos y podamos prepararnos a consolar a Jesús cuando venga, y a dar su eficacia al
ministerio de los santos (60), que suplen nuestra presente indigencia terrena, y
determinarlos a ayudarnos con todo su poder en el día de nuestra tribulación (61); porque
ese día se gozar n juntos el que siembra y el que siega.

Quiero que sepáis, hijos, la gran pena que siento por vosotros cuando veo la profunda ruina
que a todos nos amenaza (62) y considero esta solicitud de los santos para con nosotros y
los gemidos y oraciones que por nosotros elevan constantemente hacia Dios, su Creador.
No ignoran lo que nos ha hecho el diablo (63) y los funestos proyectos que maquina junto
con sus secuaces. Est n constantemente preocupados por llevarnos a la perdición. El
infierno será un día su herencia, y quieren aumentar el número de los condenados (64). Sí,
queridísimos en el Señor, hablo a prudentes (I Cor.10,15) (65). Conoced con exactitud la
Economía de la salvación que el Creador ha previsto para nosotros. Se nos manifiesta tanto
por la acción secreta como por la proclamación pública de su Palabra. Nos llaman criaturas
racionales y nos comportamos irracionalmente (66) ya que ignoramos (67) las múltiples
maquinaciones del diablo. Su envidia hacia nosotros (68) data del día en que se dio cuenta
que intentábamos tomar conciencia de nuestra abyección y buscar los medios para huir las
obras malas de que él es cómplice. Así rechazamos obedecer a sus malos consejos,
sembrados en nosotros, y, en gran parte, nos hemos burlado de sus asechanzas. El demonio
no ignora que el Creador nos ha perdonado, que El es su muerte y que ha preparado la
gehena como término de su rechazo.

Quiero que sepáis, hijos, que no ceso de rogar a Dios por vosotros día y noche: que abra los
ojos de vuestro corazón para que percibáis los múltiples meleficios secretos (69) lanzados
sobre nosotros cada día, en todo tiempo (70). Hago votos para que Dios os dé un corazón
clarividente (71) y un espíritu de discernimiento, a fin de que os presentéis ante El como
una víctima pura, sin mancha.

Sí, hijos, los demonios no dejan de manifestar su envidia hacia nosotros: designios malos,
persecuciones solapadas, sutilezas malévolas, acciones depravadas; nos sugieren
pensamientos de blasfemia; siembran infidelidades cotidianas en nuestros corazones;
compartimos la ceguera de su propio corazón, (72) sus ansiedades; hay además los
desánimos cotidianos del nuestro, irritabilidad por todo, maldiciéndonos unos a otros,
justificando nuestras propias acciones y condenando las de los demás. Son ellos quienes
siembran estos pensamientos en nuestro corazón. Ellos quienes, cuando estamos solos nos
inclinan a juzgar al prójimo, incluso si está lejos. Ellos quienes introducen en nuestro
corazón el desprecio, hijo del orgullo (73). Ellos quienes nos comunican esa dureza de
corazón, ese desprecio mutuo, ese desabrimiento recíproco, la frialdad en la palabra, las
quejas perpetuas, la constante inclinación a acusar a los demás y nunca a sí mismo.
Decimos: es el prójimo la causa de nuestras penas; y, bajo apariencias sencillas, lo
denigramos cuando sólo en nosotros, en nuestra casa, es donde se encuentra el ladrón. De
ahí las disputas y divisiones entre nosotros, las riñas sin más objeto que hacer prevalecer
nuestra opinión y darnos públicamente la razón. Son también ellos quienes nos hacen
solícitos para llevar a cabo un esfuerzo que nos supera (74) y, antes de tiempo, nos quitan
las ganas de lo que nos convendría y nos sería muy provechoso.

Así nos hacen reír a la hora de llorar, y llorar en el momento de reír. En resumen: buscan
obstinadamente desviarnos del recto camino utilizando otros muchos engaños para
dominarnos. Pero esto basta de momento. Cuando nuestro corazón está saturado de cuanto
acabo de decir y de ello hacemos nuestro pasto y subsistencia, Dios, tras larga indulgencia
(75) para con nuestra perversidad, vendrá por fin a visitarnos. Nos arrebatará el peso de este
cuerpo. Para vergüenza nuestra, el mal que hasta este momento hayamos hecho se revelaren
nuestro cuerpo, entregado al tormento, pero que un día revestiremos de nuevo por la
bondad de Dios (76). Así nuestra situación final ser peor que la primera (Lc. 11,26). No
ceséis, pues, de implorar la bondad del Padre para que su ayuda nos acompañe y nos
muestre el mejor camino.

Con toda verdad os digo, hijos míos, la envoltura de nuestra morada presente es perdición
para nosotros, casa donde reina la guerra. En verdad os digo, hijos míos, quien se haya
deleitado en sus propios deseos y sometido a sus propios pensamientos (77), quien haya
acogido de todo corazón esta semilla (78) y buscado en ella su gozo, puesta en ella la
esperanza de su corazón como si fuera un misterio grande y excelente, y se haya servido
para justificar una vez más su conducta, su alma, como el aire (79) estar habitada por los
espíritus del mal. Le ser consejera funesta y hará de su cuerpo la copa de sus secretas
abyecciones. Sobre este hombre tienen los demonios pleno poder, porque no ha querido
poner a plena luz su ignominia.

¿Ignoraréis la variedad de sus trampas? Si no es así, ¡qué fácil es conocerlas y preservaros


de ellas! Pero por más que mires no podrás percibir materialmente el pecado, la iniquidad
que maquinan contra ti, pues ellos mismos no son visibles materialmente (80).
Comprendedlo bien: nosotros les servimos de cuerpo cuando nuestra alma acoge su
malicia. En efecto, por ese cuerpo, que es nuestro, es por donde el alma introduce en sí a los
demonios. Así pues, hijos, cuidémonos de dejarlos pasar. De otro modo la cólera divina
pesar sobre nosotros y vendrán a su nueva casa para reírse de nosotros, seguros de la
eminencia de nuestra pérdida. No despreciéis mis palabras porque los demonios saben que
nuestra vida depende de estos intercambios entre nosotros (81). Pues, ¿quién ha visto
alguna vez a Dios? ¿quién ha encontrado en Él el gozo? ¿quién lo ha retenido junto a sí a
fin de que le ayude en su peligrosa condición? Y, ¿quién ha visto jamás al diablo (82)
hacernos guerra, alejarnos del bien, atacarnos, estar físicamente aquí o allí, lo cual nos
permitiría temerle y escapar de él? Es que se mantienen ocultos a nuestros ojos (83). Son
nuestras acciones (84) las que manifiestan su presencia.
Porque todos, en cuanto existen forman una sola y única naturaleza espiritual: por haberse
separado de Dios han visto aparecer entre sí tales diferencias como consecuencia de sus
distintas actividades (85). Por la misma razón les han sido dados tantos nombres distintos,
según su particular actividad (86). Así unos han sido llamados arcángeles, otros tronos o
dominaciones, principados, potestades, querubines. Les fueron atribuidos estos nombres
por su docilidad a la voluntad de su Creador.

En cuanto a los otros, por su mal comportamiento se les llamó mentirosos, Satán, así como
otros demonios fueron llamados espíritus malos e impuros, espíritu de error, príncipes de
este mundo y otras numerosas especies que hay entre ellos.

También entre los hombres que les resistieron (87) a despecho del duro peso de este cuerpo,
algunos recibieron el nombre de patriarcas, otros de profetas, de reyes, sacerdotes, jueces,
apóstoles, y tantos otros nombres escogidos semejantes a estos, según su comportamiento
santo. Estos diversos nombres les fueron atribuidos sin distinción de hombre o mujer, según
la diversa naturaleza de sus obras: porque todos tienen el mismo origen (88).

Quien peca contra el prójimo, peca contra sí mismo; quien lo engaña, se engaña; y quien le
hace bien, se lo hace a sí mismo (89). Por el contrario, ¿quién engañara Dios? ¿quién le
dañar ? ¿o quién le prestar un servicio? O incluso ¿quién le dar una bendición que juzgue
necesaria? ¿Quién podrá jamás glorificar al Altísimo según su dignidad, exaltarlo según su
medida?

Vestidos aún con el peso de este cuerpo despertemos a Dios en nosotros mismos
respondiendo a su llamada (90), entreguémonos a la muerte para la salvación de nuestra
alma y de todos (91). Así manifestaremos el origen de la misericordia de que somos objeto
(92). No nos dejemos llevar del egoísmo si no queremos participar de la caída del demonio
(93).

Quien se conoce a sí mismo conoce también a las demás criaturas que Dios ha creado de la
nada, como está escrito: El, que ha creado todo de la nada (Sab.1,14). Lo que los libros
santos quieren decir con esto se refiere a la esencia espiritual, velada por la corrupción de
nuestro cuerpo; que no existiendo desde un principio, un día se nos quitar . Quien sabe
amarse a sí mismo ama también a los demás (94).

Queridos hijos, os suplico que os améis unos a otros sin cansancio ni hastío. Tomad el
cuerpo de que estáis revestidos, haced de él un altar (95), poned sobre él vuestros
pensamientos y, ante los ojos del Señor, abandonad todo designio malo, levantad hacia Dios
las manos de vuestro corazón (ps.133,2) - es lo que hace el Espíritu cuando obra (96) - y
rogadle que os conceda ese hermoso fuego invisible que descender desde el cielo sobre
vosotros y consumir el altar y sus ofrendas. Que los sacerdotes de Baal, el enemigo y sus
malas obras, cojan miedo y huyan ante vosotros como ante el profeta Elías (I Re.18,38-40).
Entonces, por encima de las aguas veréis como las huellas de un hombre que os traerla
lluvia espiritual, la consolación del Espíritu Paráclito (97).
Mis queridos hijos en el Señor (98), auténticos hijos de Israel, ¿qué necesidad tengo de
invocar la bendición sobre vuestros nombres mortales, y de mencionarlos, si son efímeros?
Ya sabéis que mi amor por vosotros no se dirige a vuestro ser mortal; es un amor espiritual,
según Dios. Estoy convencido de esto: es grande vuestra dicha, que consiste en haber
tomado conciencia de vuestra miseria y haber afirmado en vosotros esta esencia invisible
que no pasa como el cuerpo. Pienso así porque esta dicha os ha sido concedida (99) ya
desde ahora.

Estad bien convencidos (100) de que vuestro comienzo y adelantamiento en la obra de Dios
no son tarea humana sino intervención del poder divino que no cesa de asistiros. Tomad
siempre a pecho el ofreceros como víctima a Dios (Rom.12,1) y acoged con fervor la fuerza
que os ayuda. Consolareis a Cristo Jesús (101) en su Venida, y a toda la asamblea de los
santos. Y también a mí, pobre hombre, que sigo retenido dentro de este cuerpo de barro, en
medio de las tinieblas.

Si os insisto y si quiero daros esta alegría es porque todos somos criaturas de la misma
invisible esencia, que tuvo comienzo pero no tendrá fin (102). Quien se conoce
verdaderamente no tendrá duda alguna acerca de (103) su esencia inmortal.

Quiero, pues, que tengáis un claro conocimiento de ello: Jesucristo nuestro Señor es el
Verbo auténtico del Padre, a partir del cual fueron creadas todas las naturalezas espirituales,
a imagen de la Imagen que es El, ya que El es la cabeza de toda la creación y del cuerpo
que es la Iglesia.

Así pues, somos miembros unos de otros, y somos el cuerpo de Cristo (I Cor.12,27). La
cabeza no puede decir a los pies: no os necesito; y si sufre un miembro todo el cuerpo se
resiente y sufre (I Cor.12,21-26).

Por tanto (104) un miembro separado del cuerpo, sin unión con la cabeza, que busca el
placer en las pasiones corporales, está herido, por lo que hemos dicho, con una herida
incurable. ha perdido de vista tanto su principio como su fin.

He aquí por qué el Padre de la creación tuvo piedad de esta herida que nos dañaba: ninguna
criatura podía curarla, sólo podía hacerlo la bondad del Padre. Envió, pues, a su Hijo Unico
el cual, viéndonos esclavos, tomó sobre sí la forma de esclavo (Fil. 2,7). El ha sido herido
por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz,
y con sus cardenales hemos sido curados (Is.53,5). Después nos ha reunido de todos los
países para hacer que nuestro corazón resucite de la tierra y para enseñarnos que todos
somos una sola y misma esencia, miembros unos de otros (105). Amémonos pues,
profundamente unos a otros: en efecto, quien ama a su prójimo amara Dios, y quien ama a
Dios se ama a sí mismo (106).

Tened también esto muy presente (107), queridos hijos míos en el Señor, santos hijos de
Israel por vuestro nacimiento. Estad siempre dispuestos a acercaros al Señor para ofreceros
a Dios como víctimas puras, con esta pureza que nadie puede heredar si no la practica
desde aquí abajo. ¿Acaso ignoráis, queridos hijos, los funestos designios que sin cesar
alimenta contra la verdad el enemigo de la virtud (108)? Estad, pues, vigilantes, queridos
hijos, no deis sueño a vuestros ojos ni reposo a vuestros párpados(ps.131,4), sino gritad día
y noche a vuestro Creador para que venga de lo alto el socorro que proteger vuestro
corazón y vuestros pensamientos y los establecer en Cristo.

En verdad, hijos, ocurre que habitamos la misma casa del ladrón y en ella estamos
encadenados por los lazos de la muerte.

Sí, os lo digo, este estado de negligencia, de caída, de exclusión de la santidad, no sólo


causa nuestra perdición sino también el sufrimiento de los ángeles y santos de Cristo, pues
aún no les hemos dado nunca motivo de paz. Sí, hijos, es verdad que este estado de caída en
que estamos les causa tristeza y que, al contrario, nuestra salvación y nuestra entrada en la
gloria les proporcionar n gozo y alegría.

Sabedlo: desde el día en que se puso en marcha la bondad del Padre no cesa de ayudarnos,
hoy como ayer, a escapar de esta muerte que hemos merecido. Porque hemos sido creados
libres, y los demonios (109) nos acechan incesantemente. De ahí la palabra de la Escritura:
"El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege" (ps.33,8).

Ahora, hijos, quiero que sepáis que desde que El vino en ayuda nuestra (110) hasta hoy,
quienes se excluyen de la vida santa para seguir sus malos instintos son contados entre los
hijos del diablo. Quienes lo son, lo saben bien. Por eso se preocupan tanto de que cada uno
de nosotros haga su voluntad propia. Saben que si el diablo cayó del cielo fue por su
orgullo; por eso atacan primero al que se eleva a un grado de eminente santidad, pues
tienen habilidad para manejar el orgullo y la vanidad que se encuentran entre nosotros. No
olvidan que gracias a esta arma nos separaron de Dios en otro tiempo.

Sabiendo también que el amor al prójimo es semejante al amor a Dios, los enemigos de la
santidad arrojan en nuestro corazón una semilla de división y desean que entre nosotros se
eleven sentimientos de odio profundo que ya no nos permita dirigir la palabra al prójimo, ni
siquiera a distancia.

Y quiero que también sepáis, hijos, que hay algunos, y su número es grande, que se han
tomado muchas fatigas durante toda su vida y que, por falta de discernimiento, lo han
perdido todo (111). Sí, hijos, no os sorprendáis si por negligencia o por falta de
discernimiento en vuestras acciones caéis peligrosamente, como pienso, hasta poneros al
nivel del diablo por haber pensado con demasiada facilidad que gozabais de la amistad
divina y si, en vez de la luz que esperabais, os alcanzan las tinieblas. Por eso Jesús tuvo
tanto interés en que, ceñidos con una toalla lavéis los pies a vuestros inferiores (Jn.13.4 y
5). Si El mismo nos dio ejemplo es para enseñarnos a no perder de vista nuestro primer
origen. Porque el orgullo está en el origen del primer desorden, es lo primero que se vio
aparecer. Por eso os es imposible poseer el Reino de Dios a menos que grabéis en vuestro
corazón, en vuestro espíritu, en vuestra alma y hasta en vuestro cuerpo, una profunda
humildad (112).
Puedo decir, hijos míos en el Señor, que noche y día ruego a mi Creador, por el Espíritu
recibido en herencia (113), que abra los ojos de vuestro corazón para que comprendáis el
amor que os tengo. Que se abran también los oídos de vuestro corazón para que toméis
conciencia de vuestra miseria. Que quien tome conciencia de su vergüenza se ponga
inmediatamente en busca de la gloria a que está llamado; que quien comprenda su muerte
espiritual encuentre enseguida el gusto de la vida eterna.

Me dirijo a prudentes (I Cor.10,15). De verdad, hijos, temo que durante el camino (114)
pueda atormentaros el hambre en un lugar en que hubierais debido hallar abundancia. He
deseado ir junto a vosotros y veros con mis propios ojos, pero esperaré más bien el día, ya
próximo, en que podremos encontrarnos juntos, cuando hayan pasado los sufrimientos,
tristezas y gemidos, y la alegría sea nuestra corona (Is.35,10; Ap.21,4). Quería deciros algo
más pero, como dice el proverbio: "Da consejos al sabio y se hará más sabio" (Prov.9,9).

Queridos hijos: os saludo a todos y a cada uno.

CARTA QUINTA
Hijos, reconoced (115) la liberalidad de nuestro Señor Jesucristo: de rico que era, se ha
hecho pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza (II Cor.8,9). Su esclavitud
nos ha devuelto la libertad (116), su debilidad nos ha dado la fuerza, su locura nos ha
enseñado la sabiduría. Pero esto no es todo: quiere también, por su muerte, procurarnos la
resurrección. Tenemos razón para elevar la voz y decir: "Incluso si conocimos a Cristo
según la carne, ahora ya no es así: porque en Cristo hay una creación nueva" (II Cor. 5, 16-
17).

Os digo con verdad, queridos hijos en el Señor, que, si tuviera que detallar los mensajes de
salvación que nos da, tendría mucho que decir; pero aún no ha llegado la hora. De momento
me basta con saludaros, queridos hijos míos en el Señor, hijos de Israel, nacidos santos
según vuestra naturaleza espiritual (117). A vosotros, que habéis deseado acercaros a
vuestro Creador, os conviene buscar la salvación de vuestras almas en la Ley de la Alianza
(118). Es verdad que, a consecuencia de nuestros innumerables pecados, de nuestras
funestas rebeldías, de nuestras pasiones sensuales (119), se ha enfriado (120) la Ley de la
Promesa y se han embotado las facultades de nuestras almas. Por la muerte (121) en que
estamos precipitados se nos ha hecho imposible tener cuidado de nuestro verdadero título
de gloria: nuestra naturaleza espiritual (122). Por eso se lee en las divinas Escrituras:
"Como en Ad n todos los hombres morimos, en Cristo todos somos vivificados" (I
Cor.15,22).

Ahora es El la vida de toda inteligencia espiritual entre las criaturas hechas a imagen de la
Imagen que es El mismo, pues es la auténtica inteligencia del Padre y su Imagen inmutable.
Por el contrario, las criaturas hechas a su imagen tienen una naturaleza mudable. De ahí la
desgracia que nos hirió, en la que todos hallamos la muerte y que nos hizo perder nuestra
condición primera de naturaleza espiritual. Por esta misma razón, dejada nuestra primera
naturaleza, adquirimos una morada de tinieblas (123) en que por todas partes reina la
guerra.
Nosotros mismos hemos dado testimonio de ello: no teníamos la menor noción de virtud.
Pero Dios, nuestro Padre, contemplando nuestra debilidad, nuestra incapacidad para
revestir nuestra verdadera naturaleza, quiso (124), por su bondad, visitar a sus criaturas
mediante el ministerio de los santos.

Os suplico a todos en el Señor, queridos hijos, que os penetréis bien de cuanto os escribo
(125) porque mi amor hacia vosotros no se dirige sólo a vuestros cuerpos sino que es
caridad espiritual, según Dios.

Volved vuestra alma hacia vuestro Creador y rasgad vuestro corazón en vez de vuestro
vestido (Joel, 2,13) (126). Preguntaos qué podríamos devolver al Señor por todas sus
gracias. El se acuerda siempre de nosotros por su gran bondad, por su indecible amor. Y
aquí mismo, en la presente morada de nuestra miseria, no nos ha dado lo que merecían
nuestros pecados. Su bondad es tan grande que ha querido que el mismo sol se ponga a
nuestro servicio en esta casa de tinieblas, y también la luna y las estrellas para apoyo físico
de un ser al que su propia debilidad condenaría a perecer. Sin hablar de sus otros poderes,
ocultos, pero también a disposición nuestra sin que podamos verlos con los ojos corporales.

Así pues, ¿qué le devolveremos el día del juicio? (127); o, si preferís, ¿qué beneficio
podemos imaginar que ya no nos haya concedido? Los Patriarcas, ¿no han sufrido por
nosotros? ¿No nos han enseñado los Sacerdotes? ¿Acaso no combatían por nosotros los
Jueces y Reyes? (128). ¿No mataron a los Profetas por nosotros? (129). Los Apóstoles, ¿no
sufrieron persecución por nosotros? Y el Hijo predilecto, ¿no murió por nosotros?

Por nuestra parte dispongámonos ahora a ir hacia nuestro Creador por el camino de la
pureza (130). Porque viendo que los santos, o más bien todas sus criaturas, no conseguían
curar la profunda herida (131) de sus propios miembros (132), y conociendo la
imperfección de su espíritu, El, el Padre de las criaturas, les manifestó su misericordia, y
por su gran amor no perdonó a su Hijo Unico, al cual entregó por nuestros pecados para
salvación de todos (Rom.8,32). "El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por
nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido
curados" (Is.53,5). Así su Verbo omnipotente nos ha reunido de todos los países para llevar
a cabo la restauración de nuestro espíritu caído y enseñarnos que somos miembros unos de
otros.

Así (133), ya que hemos vuelto a nuestro Creador, conviene que todos ejercitemos nuestra
inteligencia y nuestro espíritu para conocer exactamente la naturaleza propia del bien y para
saber discernir el mal, para conocer bien (134) la Economía establecida por la venida de
Jesús a este mundo (135), el cual se ha hecho semejante a nosotros en todo excepto en el
pecado (Hb.4,15).

Es verdad que a consecuencia de nuestra gran malicia, del desorden de nuestra vida, de las
pesadas consecuencias de nuestra inestabilidad, la venida de Jesús fue para algunos un
escándalo (136), para otros un beneficio (cf. I Cor,1,23), para algunos sabiduría y poder,
para otros también resurrección y vida. Pero estad convencidos: su venida fue (137) el
juicio del mundo entero. Está escrito: "He aquí que vienen días - oráculo del Señor - en que
todos me conocer n, pequeños y grandes, y no tendrán que enseñarse unos a otros diciendo
'conoced a Yahvé '" (Jer.31,33-34) porque seré yo quien hará resonar mi Nombre hasta los
confines de la tierra. Toda boca se cerrar y el mundo entero quedar bajo la soberanía de
Dios (Rom.3,19). No conocían a Dios, no le daban gloria como a su Creador (Rom.1,21), a
consecuencia de su locura que les impedía comprender su sabiduría. Y cada uno de
nosotros se abandonaba a sus voluntades propias (138) para cometer el mal y hacerse
esclavo de él. Por eso también se despojó Jesús de su gloria (139) tomando condición de
siervo (Fil.2,7) a fin (140) de que su esclavitud fuera nuestra libertad. Entregados a la
locura habíamos conocido toda clase de males; El se revistió con esta locura para que,
hecha suya, fuera nuestra sabiduría. Habíamos caído en la miseria y la miseria nos había
arrebatado toda fuerza; El abrazó la pobreza para colmarnos por ella de ciencia e
inteligencia. Y esto no fue todo: nuestra debilidad la hizo suya y su debilidad fue nuestra
fuerza. Por su Padre quiso obedecer en todo hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil.2,8), para
que ella (141) fuera nuestra resurrección y su dueño, el diablo fuera aniquilado. Si esta
liberación que nos ha traído su venida a este mundo llega a hacerse verdaderamente
nuestra, nos hará un día discípulos de Jesús, por quien entraremos en la herencia divina.

A decir verdad, queridos hijos en el Señor, es grande mi inquietud y mi espíritu está turbado
y agitado. Hemos tomado el hábito y llevamos el nombre de santos, título de gloria entre
los incrédulos, pero temo que se cumpla en nosotros la palabra de Pablo: "Profesan seguir a
Dios, mas con sus obras niegan su poder" (Tito 1,16; Rom.2,20) (142).

El amor que os tengo me hace suplicar a Dios que os lleve a reflexionar sobre la vida (143)
que lleváis y a considerar como herencia vuestra lo invisible. Sin duda, hijos míos, esto no
supera nuestra naturaleza sino que, normalmente, la corona, incluso si debemos utilizar
nuestras fuerzas en la búsqueda de Dios. Porque buscar a Dios, o servirle, sigue siendo
siempre para el hombre una búsqueda natural. El pecado de que somos culpables (144) es
lo que está fuera y más allá de las condiciones normales de nuestra naturaleza (145).

Hijos queridísimos en el Señor, vosotros que habéis querido estar dispuestos a ofreceros a
Dios como víctimas puras, no os hemos ocultado nada de cuanto puede seros útil.
Atestiguamos, más bien, lo que nosotros mismos hemos visto (Jn.3,11) (146) porque los
enemigos de la santidad piensan incesantemente en atacar a quienes de verdad la desean.
Estad convencidos: el hombre carnal persigue siempre al espiritual (G l.4,29), y quien
quiere vivir piadosamente la vida de Cristo sufrir persecución (II Tim.2,12) (147).

Por este mismo motivo, Jesús dirigía a sus apóstoles estas palabras confortadoras: "en este
mundo tendréis muchas tribulaciones, pero no temáis: Yo he vencido al mundo" (Jn.16,33).
El sabía que a los apóstoles les esperan en este mundo inquietudes y pruebas. Pero su
paciencia vencer el poder del enemigo, es decir, la idolatría. Les enseñaba también: "No
temáis al mundo, sus males no tienen comparación con la gloria que os espera (Rom.8,18).
Si han perseguido a los profetas antes que a vosotros, también a vosotros os perseguir n; si
a Mi me han odiado, también a vosotros os odiar n (Jn.15,20); pero no temáis porque
vuestra paciencia vencer el poder del enemigo".
Entrar en los detalles del tema sería preparar un largo discurso, y está escrito: "da consejos
al sabio y se hará más sabio" (Prov.9,9). Pocas palabras bastan para consolarnos. Cuando el
espíritu las ha aprendido ya no necesita de las palabras, con frecuencia de doble sentido, de
nuestra boca.

Pido por la salvación de todos vosotros, queridos hijos en el Señor. Que la gracia de nuestro
Señor Jesucristo esté con todos vosotros (II Cor.13,13). Amén.

CARTA QUINTA BIS


Es grande mi alegría a causa de vosotros, hijos queridísimos, amados del Señor, verdaderos
hijos de Israel (148), santos según vuestra naturaleza espiritual.

Lo primero que importa al hombre dotado de razón es conocerse a sí mismo; después


conocer cuanto viene de Dios y todas las gracias que de El recibe incesantemente. Que sepa
también que cuanto es pecado y merece reproche queda fuera de su naturaleza espiritual
(149).

Nuestro Creador se dio cuenta de que cuanto estaba así fuera de nuestra naturaleza procedía
del libre albedrío, y que también la muerte procede de él. Sus entrañas se conmovieron por
nosotros

En su bondad, quiso conducirnos de nuevo a nuestro estado original, que jamás debió
desaparecer. No se perdonó a sí mismo sino que visitó a sus criaturas para salvarlas a todas.
Porque se entregó por nuestros pecados. "El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido
por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos
sido curados" (Is.53,5). Por su Verbo omnipotente nos ha reunido de todas las regiones, de
un extremo al otro del universo, enseñándonos que éramos miembros unos de otros. Por
esto, si el hombre dotado de razón quiere ser absuelto cuando venga el Señor, le es preciso
examinarse y preguntarse qué podría devolver a Dios por todos los bienes que de El ha
recibido.

También yo, el más miserable de todos, que estoy escribiendo esta carta despierto de mi
sueño de muerte, he pasado la mayor parte de los días que me fueron concedidos en la tierra
preguntándome, con l grimas y gemidos, qué podría devolver al Señor por todo lo que me
ha dado. Verdaderamente no hemos carecido de nada en cuanto El ha emprendido en favor
de nuestra miseria. Nos ha dado ángeles como servidores; ha ordenado a sus propios
profetas que nos instruyan con sus oráculos; ha mandado a sus apóstoles evangelizarnos.
Más aún: ha pedido a su Hijo Unico que tome la condición de esclavo por nuestra causa.

Muy queridos míos en el Señor, a vosotros, coherederos de los santos (150), os suplico
despertéis en vuestros corazones el temor de Dios. Os es preciso saber claramente que Juan,
el Precursor, bautizó para remisión de los pecados por causa nuestra a fin de que después
seamos santificados por el Espíritu en el bautismo (151) de Cristo. Preparémonos, pues
santamente y purifiquemos nuestro espíritu (152) para estar puros y dispuestos a recibir el
bautismo de Jesús y a ofrecernos como víctimas agradables a Dios. El Espíritu Consolador
recibido en el bautismo (153) nos (154) conduce de nuevo a nuestro estado original. Nos
hace entrar en nuestra heredad y aplicar de nuevo el oído a su enseñanza (155). Porque
cuantos han sido bautizados en Cristo han sido revestidos de Cristo. Ya no hay hombre o
mujer, esclavo o libre (156) (G l.3,27). En el mismo momento en que, recibiendo su santa
herencia, acogen la enseñanza del Espíritu Santo, les fallan sus recursos corporales: fallan
la voz y la lengua y adoran al Padre como es debido, en espíritu y en verdad (Jn.4,23)
(157).

Sabed también esto, queridos hermanos: no hay que esperar el juicio futuro cuando venga
Jesús. Porque su primer Adviento ya ha traído el juicio para todos (158). Y sabed también
que los justos y los santos, revestidos del Espíritu, oran sin cesar por nosotros para que
sepamos someternos humildemente (159) a Dios, a fin de recuperar nuestra gloria primera y
tomar de nuevo el vestido que habíamos rechazado (160), el que corresponde a nuestra
naturaleza espiritual (161).

Con frecuencia también, a quienes han sido revestidos del Espíritu (162) se dirige una voz
procedente del Padre y les dice: "Consolad, consolad a mi pueblo, dice el Señor; sacerdotes,
hablad al corazón de Jerusalén" (Is.40,1-2). Porque Dios viene siempre a visitar a sus
criaturas y a dar prueba de su bondad para con ellas (163).

En verdad os digo, queridos hijos: está lejos de agotarse esta palabra de salvación y libertad
por la que hemos sido librados (G l.5.1). Está escrito: "Da consejos al sabio y se hará más
sabio" (Prov.9,9) (164).

Que el Dios de la paz os conceda la gracia y el espíritu de discernimiento para permitiros


comprender bien cuanto os he escrito: son mandamientos del Señor. Y que el Dios de toda
gracia os guarde en el camino de la santidad en el Señor hasta vuestro último suspiro (165).
Ruego por la salvación de todos vosotros, queridos hijos en el Señor.

Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros (II Cor.13,13). Amén.

CARTA SEXTA
El hombre dotado de razón que se prepara a la liberación que le traerla Venida del Señor,
debe conocer lo que es, según su naturaleza espiritual. Porque si se conoce, conoce
igualmente la Economía de la salvación llevada a cabo por el Creador y cuanto Él hace por
sus criaturas.

Queridos hijos en el Señor, que sois como mis propios miembros y coherederos de los
santos, os suplico por el Nombre de Jesucristo que obréis de tal modo que Dios os dé el
espíritu de ciencia para discernir y comprender que el gran amor que os tengo no es caridad
natural, sino espiritual, según Dios. ¿Tendré necesidad de escribir vuestros nombres
terrestres, que son efímeros? El que sabe su verdadero nombre también conocer su sentido
(166). He aquí por qué Jacob, en su combate nocturno con el ángel, no cambió de nombre
en toda la noche. Pero al llegar el día, recibió el de Israel, que significa: "Espíritu-que-ve-a-
Dios" (Gén.32,24-28) (167).
Creo que jamás habéis dudado que los enemigos de la santidad piensa sin cesar en alguna
mala jugada contra la verdad. Por eso Dios no ha venido una sola vez a visitar a sus
criaturas. Desde el comienzo, la Ley de la Alianza (168) puso a muchos en camino hacia el
Creador. Les enseñó a adorar a Dios como es debido. Pero la amplitud del mal, el peso del
cuerpo, las malas pasiones, hicieron impotente la Ley de la Alianza (169) e imperfectos los
sentidos interiores. Imposible recobrar el estado de la primera creación. El alma, aunque
inmortal y no sometida a la corrupción como el cuerpo, no llegó a liberarse por su propia
justicia (170). He aquí por qué Dios, en su bondad, le hizo conocer, mediante la Ley escrita,
el modo de adorar al Padre.

No olvidéis esto: Dios es uno. Igualmente toda naturaleza espiritual está fundada en la
unidad. Donde no reina la unidad y la armonía, se prepara la guerra.

Constató el Creador que la llaga se estaba envenenando y que era preciso recurrir a un
médico: Jesús, que ya había creado a los hombres, vino a curarlo. Sin embargo, envió
precursores delante de El. No vacilamos en afirmar que Moisés, por quien se dio la Ley, fue
uno de esos profetas, y que el Espíritu que caminaba con él fue también el apoyo de toda la
asamblea de los santos. Pero todos, en su oración, llamaban al Hijo Unico de Dios.

Juan es también de esos profetas. Por eso está escrito: "La Ley y los profetas llegan hasta
Juan" (Lc.16,16), y "El Reino de los cielos padece violencia y sólo los violentos lo
arrebatan" (Mt.11,12) (171). Quienes habían sido revestidos del Espíritu (172)
comprendieron que nadie entre las criaturas podía curar esta profunda herida, sino la
bondad del Padre: el Hijo Unico (173) enviado para salvar al mundo. El es el gran médico
que puede curarnos de esta profunda herida. Así pues, rogaron a Dios y a su bondad (174).

El Padre no perdonó a su Hijo Unico para salvarnos a todos; lo entregó por todos nosotros
(Rom.8,32). "El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El
soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados" (Is.53,5).
Por su Verbo omnipotente nos reunió de todos los países, de un extremo a otro de la tierra.
Ha resucitado nuestro corazón de la tierra (175) para enseñarnos que somos miembros unos
de otros.

Os pido, queridos hijos en el Señor, que consideréis este escrito como un mandamiento del
Señor (176). Es muy importante, en efecto, comprender bien el estado que Jesús abrazó por
nosotros: "Se hizo semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado" (Hb.4,15). A
nosotros toca ahora (177) trabajar por nuestra liberación, gracias a su Venida. Que su locura
sea nuestra sabiduría, su pobreza nuestra riqueza, su debilidad nuestra fuerza. Que obre en
nosotros su resurrección y derrote al que detentaba las llaves de la muerte. Entonces
dejaremos de invocar a Jesús de forma demasiado exterior y material. Pues la Venida de
Jesús nos invita a un servicio más alto en el día en que quedar n destruidas nuestras
iniquidades. Entonces no dirá : "Ya no os llamo siervos, sino hermanos" (Juan.15,1). Una
vez, pues, que ha sido dado el espíritu de filiación adoptiva a los apóstoles, el Espíritu
Santo les enseña cómo adorar al Padre en verdad (178).
En cuanto a mí, pobre y maldito de Cristo, la edad a que he llegado me ha traído gozo y
gemido de l grimas. Porque muchos de nuestra generación han vestido el hábito de la obra
de Dios sin conocer su poder (II Tim.3,5). Me alegran quienes se han dispuesto y están
preparados a su liberación, gracias a la Venida de Jesús. Pero otros, que pretenden llevar su
existencia en el Nombre de Jesús y, de hecho, siguen su propia voluntad tanto en sus
sentimientos como en sus actos, me hacen llorar. Aquellos a quienes el tiempo les parece
siempre largo, que se han dejado desanimar, que han rechazado el hábito de la obra de Dios
para colocarse a nivel de los animales, me hacen derramar muchas l grimas. Es, pues,
preciso que sepáis que estos ser n severamente condenados cuando venga Jesús. Pero
vosotros, queridos hijos en el Señor, comprended bien lo que sois para aprovechar vuestro
tiempo, y preparaos a ofreceros como víctima agradable a Dios.

Sí, es verdad, queridos hijos en el Señor, os escribo esto como a quienes pueden
comprender (I Cor.10,15) porque sois capaces de tener incluso un conocimiento justo de
vuestro estado (179). Y ya sabéis que quien se conoce a sí mismo (180) conoce a Dios y la
Economía de la salvación que prepara para sus criaturas.

Y sabed también que no es un amor puramente natural el que os tengo, sino un amor
espiritual, según Dios, ese Dios que encuentra su gloria en la asamblea de los santos
(ps.78,8). Preparaos, pues, porque aún tenemos intercesores que rueguen a Dios para que
ponga en nuestro corazón ese fuego derramado en la tierra por Jesús (Lc.12,49). Así
ejercitaréis vuestro corazón y vuestros sentidos para discernir el bien del mal, la derecha de
la izquierda, lo sólido de cuanto no lo es.

Sabía Jesús que la materia de que está hecho este mundo está en manos del diablo (181).
Llamando a sus discípulos les dijo "No acumuléis tesoros sobre la tierra, no os inquietéis
por el mañana, cada día tiene su afán" (Mt.6,19 y 34).

Sí, queridos hijos, cuando los vientos se calman el piloto se distrae; pero si se alza un
viento violento y contrario, muestra su competencia (182). A vosotros toca reconocer el
tiempo al que hemos llegado.

Estas palabras de salvación requerirían una explicación más detallada, pero basta dar un
poco al sabio para que se haga más sabio (Prov.9,9).

Queridos hijos, os saludo a todos, del menor al mayor (Hc.8,10). Amén.

CARTA SÉPTIMA
Antonio os saluda, queridos hermanos en el Señor: el gozo sea con vosotros.

No me cansaré de recordaros, miembros de la Iglesia católica. Sabedlo: el amor que os


tengo no es puramente natural, sino espiritual y según Dios. Porque en nosotros el amor
simplemente natural es débil, inconstante, incesantemente abatido por vientos mudables
(185).
Los que temen al Señor y guardan sus mandamientos son sus servidores. Tal servicio aún
no es la perfección, pero es la justicia que, poco a poco, nos conduce al Espíritu de filiación
(186). He aquí por qué los profetas, los apóstoles, las asambleas de los santos, los escogidos
por Dios y a quienes se confió la predicación apostólica, todos por la bondad de Dios Padre,
estaban unidos en Jesucristo. El apóstol Pablo dice, efectivamente: "Pablo, prisionero de
Jesucristo, elegido para ser apóstol" (Rom.1,1; Ef.3,1).Que la Ley escrita os sea, pues, una
ayuda en vuestro santo servicio hasta el día en que os sea dado dominar las pasiones y
adquirir la perfección en el santo ejercicio de la virtud, gracias al don que también
recibieron los apóstoles (187).

Cuando estemos a punto de recibir esta gracia nos dirá Jesús: "ya no os llamaré siervos sino
amigos y hermanos porque os he dado a conocer cuanto me ha enseñado el Padre"
(Jn.15,1). En efecto, quienes se han acercado a la gracia han recibido de ella la enseñanza
del Espíritu Santo, y han conocido su naturaleza espiritual. Ahora bien, este conocimiento
de ellos mismos les hace gritar y decir: "No hemos recibido un espíritu de servidumbre para
vivir en el temor, sino el espíritu de adopción filial, que hace gritar ¡Abba!: ¡Padre!"
(Rom.8,15) para que reconozcan el don de Dios. Porque somos herederos de Dios y
coherederos de los santos (Rom.8,17).

Hermanos queridos, llamados a compartir la herencia de los santos, ahora estáis cerca de
todas las virtudes. Todas os pertenecen, si (188) no os cayereis en la vida carnal sino que
permaneciereis trasparentes ante Dios (189).

Ahora bien, el Espíritu de Dios no entra en relación con un alma entregada al mal, no
establecer su morada en un cuerpo herido por el pecado. Es un poder (190) santo, que
sortea las asechanzas del mal (Sab.1,4-5).

Queridos hijos, escribo a personas capaces de comprenderme, capaces de conocerse a sí


mismas. Ahora bien, quien se conoce, conoce a Dios; y quien lo conoce debe adorarlo como
merece.

Sí, queridos hijos en el Señor, conoceos a vosotros mismos porque quienes se conocen,
conocen el tiempo en que viven (191) y, conociéndolo, pueden mantenerse, sin dejarse
impresionar por las doctrinas que corren.

Respecto a Arrio, aparecido en Alejandría para decir cosas contrarias a nuestra fe acerca del
Hijo Unico de Dios (192), atribuyendo tiempo a Aquel que está fuera del tiempo (193),
límite a quien, al contrario de las criaturas, no tiene límite (194) y movimiento a un Ser
inmutable, sólo diré esto: si el hombre ofende al hombre, los hombres rogar n a Dios por él;
pero si ofende a Dios ¿quienes rogar n por él? (cf. I Sam.2,25). Este hombre ha querido
hacer demasiado por sus propias fuerzas y el mal que así ha contraído no tiene remedio. Si
hubiera tenido el conocimiento propio de que hablo, su lengua no hubiera dicho lo que
ignora. Tras lo que ha ocurrido, está claro que no se conocía a sí mismo (195).

CARTA A TEODORO (196)


Antonio a Teodoro, su hijo querido: gozo en el Señor. Sabía que el Señor no haría nada sin
revelar su sentido a sus servidores, los profetas. No me parecía, pues, necesario indicarte lo
que el Señor me ha revelado hace ya tiempo. Pero acabo de ver a tus hermanos, con Teófilo
y Copres, y Dios me ordena escribirte lo siguiente:

Muchos de los que adoran a Cristo en verdad, y esto no puede decirse que en todo el
mundo, han caído en el pecado después de su bautismo. Pero han llorado y se han
arrepentido, y Dios ha acogido sus l grimas y su arrepentimiento. Hasta el día en que te
envío esta carta ha borrado los pecados de quienes así se han portado. Léela a tus hermanos
para que se alegren al escucharla.

Saluda a los hermanos. También te saludan los hermanos de aquí. Pido para que obres bien
en el Señor.

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Notas

2. #1 que llama el amor de Dios: según S.

3. #2 Enseñanza repetida sin cesar en las Cartas: el estado original de gracia es natural al
hombre, y a este estado deben conducir de nuevo la llamada de Dios y es esfuerzo del
hombre. Cf. Vita,14; y sobre todo el n.20.

4. #3 Según el siríaco N&O Elighut". Hay una huella en S: requies, única alusión en estas
Cartas a la hesyquía, la quietud necesaria para que se desarrolle en el alma el don de Dios.

5. #4 En la vocación del mismo Antonio fue decisiva la escucha dela Palabra de Dios (la
Ley escrita):cf. Vita, 2.

6. #5 Acerca de cómo las pruebas tienden a desanimar al monje para conducirlo a poner en
Dios su confianza, cf. la Lettres esfils, de MACARIO, 11-12 (ed. A. WILMART, Révue
d'ascétique, Ide mystique, I (1920), 58-83.

7. #6 Doble ascesis, exterior e interior, del cuerpo y del corazón, que se encuentran unidas
inseparablemente desde los comienzos del monaquismo; cf. Apotegmas, AGATON 8. El
Espíritu Santo suaviza la ascesis, cf. AMMONAS, Cartas II,2.

8. #7 y después el corazón...la oración, conjetura según S,E,G y la variante de un


manuscrito sirio.

9. #8 Ammonas (Cartas II, XV, 5) también conoce un Espíritu de conversión que precede al
Espíritu de verdad; este último es sólo el Espíritu Santo. con el cuerpo: según E.

10. #9 Lo que nosotros llamamos concupiscencia. Según la concepción de los antiguos es


ajena al hombre y le fue sobreañadida.

11. #10 Esta purificación del corazón se dirige a todo cuanto influye indebidamente en él, a
partir de la pesadez no natural del cuerpo en su estado actual. No es la supresión de todo
deseo o necesidad. El n.3 señalar una moción natural en el hombre, que es según Dios.

12. #11 La doctrina de las tres mociones se halla casi literalmente en los Apotegmas,
Antonio 22. Cf. también AMMONAS, Cartas XI,3, que mencionan tres deseos, que
encierran en parte las tres mociones, pero, invirtiendo su orden.

13. #12 Literalmente: plantada.

14. #13 del mismo modo el Señor...a servidumbre: según S y G.

15. #14 triple: según S,E,G.


16. #15 Las pasiones proceden en este caso del diablo, que se aprovecha de nuestra
inadvertencia. Alteran un movimiento o una moción que son naturales al cuerpo.
movimiento natural: cf. S y G.

17. #17 Cf. MACARIO, Letra ... es filas, 10-12. han de ir unidos: según E.

18. #18 han de ir unidos: según E.

19. #19 En este caso la pasión es natural. Encierra, pues, el concepto de moción. de cuanto
le es extraño: según S,E,G.

20. #20 de cuanto le es extraño: según S,E,G.

21. #21 y esta otra...riquezas: según S.E,G.

22. #22 En plural, como aparece habitualmente en los textos antiguos. Se trata de la
variedad de deseos inmoderados que, después del pecado, han roto la unidad y simplicidad
del hombre.

23. #23 vendrá a añadirse todavía: según E.

24. #24 pero si el deseo...gloria de Dios: según S,E,G.

25. #25 Si... fornicación: según S y G.

26. #26 una parte: según S y G.

27. #27 Texto muy fuerte. MACARIO, en su Letra ... es filas (n.14) habla del Paráclito "que
hace alianza con la santidad del cuerpo", en un párrafo que recuerda, más sobriamente, las
largas ampliaciones de este n.4. En cuanto a AMMONAS, habla de un cuerpo viviente, que
viene de arriba (Cartas I,1). Cf. la descripción del cuerpo de S. Antonio anciano en la Vita
Antonii 93.

28. #28 En la Carta de MACARIO aparece frecuentemente Dios que se muestra solícito
ante el trabajo del monje tentado. Cf. también, en la Bita Antonia 10, la respuesta de Jesús:
"estaba aquí, Antonio, y esperaba para ver tu combate"

29. #29 huida ... obras: según G.

30. #30 pobreza de corazón: según S,E,G.

31. #31 paciencia: según S y G.

32. #32 han recibido la gracia...fortalecidos: según S.


33. #33 Unión con Dios y comunión entre los hombres van a la par en el estado original de
nuestra naturaleza. También en la salvación recuperada: cf. Vita Antonia 91: unirse a Dios y
después a los santos.

34. #34 A partir de vino la asamblea de los Profetas...hasta aquí, hemos seguido G y E,
contra S, que presenta un texto más breve y diferente.

35. #35 De aquí hasta el final del párrafo seguimos una vez más G y E contra S.

36. #36 Posible eco de una antigua doctrina que distinguía entre los cristianos a justos y
perfectos. Pero en S. Antonio los perfectos se llaman más bien "los que han recibido el
Espíritu de filiación".

37. #37 habían recibido: según E.

38. #38 Desde ahora casi todas las cartas terminan con esta cita. Era como una fórmula de
cortesía, en uso en el desierto de Egipto: cf. AMMONAS; Cartas I,3.

39. #39 Según G y S.

40. #40 Según E.

41. #41 Cf. AMMONAS, Cartas II, 1. Dios se regocija con sus ángeles por causa del monje
que progresa. Doctrina repetida incansablemente por Antonio: IV,3.8.10; V bis; VI,3.

42. #42 2,3 a 3,3 falta en E.

43. #43 El Espíritu Santo enviado al hombre después de sus trabajos: esta concepción
constituye la trama de la Carta de MACARIO. Cf. AMMONAS, Cartas VIII.

44. #44 agua; según S.

48. #45 Unica carta cuyos destinatarios pueden ser localizados. Y también única referencia
geográfica que ya conocía S. Jerónimo. Esto basta para probar que hemos encontrado el
mismo corpus de Cartas. En la Bita Antonia 15. Arsinoé está situada en el camino que lleva
a una comunidad de hermanos.

49. #46 de la región...con ellos, omitido por E.

50. #47 Parece que el autor no se dirige sólo a monjes.

51. #48 hombres y mujeres...espiritual, en E: "Que sois verdaderos israelitas".

52. #49 la dicha...gracia, en S: "la promesa que habéis recibido".

53. #50 sin...en el cielo: omitido por E.


54. #51 E resume desde aquí hasta el párrafo 3.

55. #52 Salvador según G, en contra de S, que dice: "salvación".

56. #53 S añade: "bajara la tierra".

57. #54 Importancia de la comunión eclesial a través de los siglos y más allá de los dos
Testamentos.

58. #55 La librea de un mortal según G, en contra de E, que dice: "ha gustado la muerte", y
S: "tomó el aspecto de la muerte".

59. #56 E añade: "y por su muerte hemos sido salvados".

60. #57 dar su eficacia al ministerio según G.

61. #58 no deis...tribulación lo resume E.

62. #59 cuando veo...todas, omitido por E.

63. #60 No ignoran... según G y S contra E, que añade: "Intenta dimitarlos. Han visto la
Economía del Creador en la admirable Encarnación y los trabajos que por nosotros ha
llevado acabo".

64. #61 E omite: desean...condenados

65. #62 E omite: hablo a prudentes.

66. #63 E añade: "por nuestra atracción hacia lo que agrada al enemigo que hace el mal, al
padre de la mentira".

67. #64 ya que ignoramos según S.

68. #65 Acerca de la envidia que nos tienen los diablos, cf. Vita Antonii 22.

69. #66 Esta misma gracia de discernimiento se pide en la Vita Antonii 38 y en


AMMONAS, Cartas IV, que unen este don al de la filiación adoptiva. Para la apertura de
los ojos del corazón cf. AMMONAS. Cartas XV, 13.

70. #67 E omite en todo tiempo.

71. #68 E: "despierto".

72. #69 ceguera de su propio corazón: añadido por la carta de Besa a Herón.
73. #70 hijo del orgullo: según la carta de Besa.

74. #71 Esta tentación está descrita en la Carta de MACARIO, 6.Cf.Apotegmas, POIMEN
129, y Bita Antonia 25.

75. #72 E resume a partir de aquí hasta el fin del párrafo 5.

76. #73 Texto oscuro que parece aludir a un tormento de los cuerpos que tendrá lugar antes
de su glorificación definitiva.

77. #75 E añade: "caer espontáneamente".

78. #76 G y S: semilla.

79. #78 Que el diablo habita los aires, cf. Bita Antonia 21.

80. #79 S omite: ellos mismos... materialmente.

81. #80 No despreciéis...: según E, y contra G y S, que parecen tener a mano un texto
corrompido.

82. #81 E resume desde aquí hasta el fin del párrafo.

83. #82 Importancia del diálogo espiritual, destinado a hacer visibles a los dos antagonistas
invisibles por esencia: Diosy el diablo. Esta misma insistencia se da en AMMONAS, Cartas
VI,2: "Ahí donde los padres reciben a sus hijos, Dios está presente en una y otra parte".

84. #83 S: "nuestros mayores esfuerzos".

85. #84 E omite: han visto crearse... actividades.

86. #85 Para la gran diferencia entre los diablos, cf. Bita Antonia 21.

87. #86 E: "que han odiado el peso de este cuerpo".

88. #87 E añade: "y la misma sustancia".

89. #88 E omite: y quien le hace...a sí mismo.

90. #89 respondiendo a su llamada, según G.

91. #90 entreguémonos, según G.

92. #91 de que somos objeto, según S.

93. #92 si no queremos... demonio, según S y G.


94. #94 La naturaleza espiritual, que poseemos a imagen del Hijo, constituye el lazo de
unión entre Dios y el hombre, y también de los hombres entre sí. Por eso interesa conocer
esta naturaleza para que el esfuerzo espiritual sea de buena ley. Por eso también es
necesario reconocer la divinidad de Jesús, a través de quien estamos unidos, al mismo
tiempo, a Dios y a los demás hombres. Esta afirmación es la clave de toda la doctrina de S.
Antonio.

95. #95 E: "incensario".

96. #96 E: "la potencia espiritual".

97. #97 Este párrafo contiene una definición descriptiva de la oración, una de las más
antiguas en la tradición monástica. Ya menciona el abandono de todo pensamiento, del
sacrificio espiritual, del fuego y del consuelo del Espíritu.

98. #98 E omite desde aquí hasta ya desde ahora.

99. #99 S omite: que consiste en...sido concedida.

100. #100 E resume desde aquí hasta el fin del párrafo.Que el conocimiento de sí mismo
sea el comienzo de todo el esfuerzo espiritual, cf. la Carta de MACARIO, 1.

101. #101 G: "Dios".

102. #102 S añade: "amémonos, pues, unos a otros".

103. #103 S: "la misma esencia".

104. #104 E omite desde aquí hasta la última frase del párrafo.

105. #105 Comparando con los lugares paralelos aparece claramente que en Antonio, la
doctrina de la única esencia espiritual sólo puede comprenderse plenamente a la luz del
Cuerpo Místico de Cristo. Es clara la alusión al cuerpo y a los miembros. Si hay resabios de
gnosticismo, es fundamentalmente cristológico.

106. #106 S omite: quien ama a Dios se ama a sí mismo.

107. #107 E sólo tiene las dos últimas frases del párrafo 10.

108. #108 Cf. Bita Antonia 89.

109. #109 S: "los santos interceden continuamente por nosotros".

110. #110 S: "desde el principio del mundo", omitido por E.


111. #111 Cf. Apotegmas, ANTONIO 8, y San Juan CASIANO, Conferencias II, 2.

112. #112 La misma insistencia sobre la humildad en MACARIO, Cartas 17; cf. Apotegmas
ANTONIO 7.

113. #113 E: "en cuyas manos está mi espíritu".

114. #114 #10000 E añade: "la caridad y".

115. #115 E: "he conocido".

116. #116 E omite.

117. #117 E omite esta frase.

118. #118 E: "conviene luchar para librarnos de las pasiones según la Ley espiritual".

119. #119 E añade: "de las tentaciones del diablo".

120. #120 G: "reseca".

121. #121 E: "a causa de las pasiones".

122. #122 E añade: "no hay salvación para nosotros sino por el Señor Jesucristo".

123. #123 E: "hemos nacido en la carne".

124. #124 E: "enviado su Hijo Unico, que ha tomado nuestra carne y, con sus dones, ha
visitado su creación, sus ministros y sus santos".

125. #125 E: "por el amor que os tengo"; omite lo que sigue.

126. #126 E omite.

127. #127 E omite.

128. #128 E omite.

129. #129 E omite.

130. #130 S: "santidad"; E omite el final del párrafo.

131. #131 S: "hecha a los judíos, es decir, a sus miembros".

132. #132 Es decir, de sus hermanos, miembros del mismo cuerpo. Otra vez la insistencia
en el carácter social, tanto de la caída como de la salvación.
133. #133 S: "a cuantos se apresuran a ir hacia su Creador El les enseña cómo han de
ejercitar su inteligencia".

134. #134 E: "para cambiarnos e ir al encuentro del Señor".

135. #135 S: "por amor hacia nosotros".

136. #136 G: "una prueba".

137. #137 E: "los juicios de unos y la vida de otros".

138. #138 G: "a su voluntad"; E: "espontáneamente al mal".

139. #139 E omite.

140. #140 E: "de salvarnos"; omite hasta muerte de cruz.

141. #141 S: "su muerte y anonadamiento".

142. #142 Cita que se encuentra en AMMONAS, Cartas IX,3-4.

143. #143 E: "que está oculta en vosotros, por la cual obráis para adquirir la herencia
invisible".

144. #144 E: "Somos dignos de corrección o de castigo porque es extraño a nuestra


naturaleza".

145. #145 S omite esta frase.

146. #146 E y S omiten.

147. #147 E omite y continúa: "Os hago saber que el cuerpo hace siempre la guerra al
Espíritu, como dice el Apóstol Pablo(G l.5,4). Quien quiere llevar una vida piadosa en
Jesucristo debe expulsar de sí los deseos del cuerpo mediante oraciones dirigidas a nuestro
Señor Jesucristo. El, en su misericordiosa bondad, os quitar el trabajo y las tentaciones que
proceden del cuerpo".

148. #148 amados del Señor, verdaderos hijos de Israel, omitido por E.

149. #149 El final de este párrafo está resumido u omitido en E.

150. #150 E omite vosotros que sois...santos.

151. #151 S omite el bautismo.


152. #152 E añade: "y nuestro cuerpo"; S lee: "mens sensualis", difícil de traducir: "espíritu
dotado de razón" (?).

153. #153 recibido en el bautismo, según E.

154. #154 E: "hace realizar obra de penitencia".

155. #155 E omite y aplicar...enseñanza.

156. #156 E omite ni esclavo ni libre.

157. #157 Este párrafo resume la evolución de la vida espiritual según S. Antonio: paso del
bautismo para remisión de los pecados al bautismo en el Espíritu Santo y Consolador, que
hace capaz de escuchar su enseñanza, de ofrecerse como víctima agradable a Dios y adorar
al Padre en espíritu y en verdad. En este estado tiende a desaparecer toda oración exterior o
vocal. Terminología bíblica que se ordena a una experiencia espiritual muy concreta.

158. #158 E ha entendido lo contrario: que no seremos dispensados deljuicio final,


anunciado por Jesús en su primera Venida.

159. #159 E: "unirnos".

160. #160 E: "por la desobediencia".

161. #161 S: "Sabed que quienes llevan en sí el Espíritu mirar n y ser n revestidos de este
vestido, que había sido quitado, y que era nuestra naturaleza espiritual".

162. #162 S: "que llevan en sí al Espíritu".

163. #163 Cf. Apotegmas POIMEN 87: "Preguntó un hermano al Abad Poimen: ¿es bueno
interceder? El anciano le contestó: el Abad Antonio dijo: he aquí que sale una voz de junto
al Señor que dice: 'Consolad a mi pueblo, dice el Señor, consolad a mi pueblo'". El contexto
de la Carta V bis aclara el sentido oscuro del apotegma tomado aisladamente. Se trata de la
respuesta de Dios a los santos que interceden por nosotros y por la cual les anuncia que ha
sido escuchada su oración. Es, pues, positiva la respuesta de Poimen a su interlocutor: ya
que Dios escucha la oración, según atestigua S. Antonio, ésta es buena.

164. #164 E omite esta frase.

165. #165 G: "hasta la cima de la ascensión espiritual".

166. #166 S: "que cada uno conozca su verdadero nombre".

167. #167 La insistencia de Antonio sobre el verdadero nombre espiritual de sus


corresponsales, en oposición a su nombre terrestre, ¿hay que relacionarla con la antigua
costumbre de los monjes de recibir otro nombre al comienzo de su vida monástica, a
ejemplo de Jacob, que acaba de ser citado? La costumbre está atestiguada por AMMONAS
(Cartas IX, en la única versión siríaca), con idéntica alusión a los ejemplos del Antiguo
Testamento. Ammonas la justifica así: "Ya que habéis crecido en Dios, debe cambiarse el
nombre de vuestro progreso en El".

168. #168 E: "por la ley de su corazón".

169. #169 E: "los sentidos del cuerpo".

170. #170 S: "de la injusticia".

171. #171 S resume desde el comienzo de este párrafo.

172. #172 S: "que llevaron en sí al Espíritu"; E: "revestidos de Dios".

173. #173 S añade: "que es su imagen y a su imagen del cual se hizo el mundo entero".

174. #174 S añade aquí las citas de Jer.7,23; Jer.51,9; Ez.12,3;Fil.2,6-11.

175. #175 S añade: "resucitando nuestros sentidos y perdonando nuestros pecados".

176. #176 Antonio no duda en subrayar así la autoridad de su palabra de padre espiritual.

177. #177 S comienza aquí un texto diferente y omite cuanto sigue hasta la penúltima frase
del párrafo: "Así pues, toda criatura dotada de razón, por quien ha venido el Salvador, debe
discernir su estado y la ignorancia de su espíritu. Debe intentar distinguir el bien del mal y
liberarse gracias a su Venida. Quienes así han sido liberados se llaman siervos de Dios. Esto
es solamente una perfección provisional, que debe llevarnos a la filiación adoptiva. Cuando
se acercó el tiempo en que debían recibirla, el Señor hizo reconocerlo por la enseñanza del
Espíritu Santo y saber que la Venida de Jesús sería un juicio para los hombres".

178. #178 En este contexto, "adorar al Padre (en espíritu y) en verdad", expresión frecuente
en las Cartas, debe comprenderse en el sentido de un paso de la oración exterior a una
oración más interior. Este paso es consecuencia del don del Espíritu.

179. #179 E: "una justa noción de la Sagrada Escritura".

180. #180 E: "la Escritura".

181. #181 E: "Jesús sabía que el diablo es seductor".

182. #182 La misma imagen en AMMONAS, Cartas X,2.

185. #183 C contra G,S,E: "exteriores".

186. #184 Cf. Carta II, nota 2.


187. #186 En este pasaje el don ulterior del Espíritu Santo se relaciona mas particularmente
con la gracia de los apóstoles, íntimamente unidos a Jesús con vistas a la predicación del
mensaje.

188. #187 si, según C y E.

189. #188 El mismo vocabulario en la Bita Antonia 20: "(la virtud) no está lejos de
nosotros, ni fuera de nosotros mismos, y nos es fácil abrazarla, si queremos".

190. #189 poder, según C,G,E.

191. #191 Cf. AMMONAS; Cartas I,3: "Que el Señor os dé inteligencia en todo para
escapar al error de estos tiempos"; cf.VI,3.

192. #192

193. #193 San Atanasio describe con términos semejantes el testimonio dado por San
Antonio acerca de la doctrina de Arrio: "Es impío decir que hubo un tiempo en que El no
era" (Bita Antonia 69). La ausencia de cambio en el Verbo aparece también en el discurso
de Antonio a los filósofos (Bita Antonia 74).

194. #194 un límite...de límite, según C,G,E.

195. #195 S añade: "en su temeridad ha presumido demasiado acerca del misterio del Hijo
Unico, a quien sea toda gloria, majestad, honor y adoración, con el Padre y el Espíritu
Santo, por los siglos de los siglos".

196. #196 Cf. Introducción, nota 10. Cf. también PG 40.1065.

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