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San Juan Dámaso (675-749) monje teólogo, doctor de la Iglesia

Sobre el gran profeta Elías, el Tesbita

“Estará lleno de Espíritu Santo...e irá delante de él con el espíritu


y el poder de Elías...” (Lc 1,17)

¿Quién recibió el poder de abrir y cerrar los cielos? (cf 1R


17,1)...¿Quién aniquiló en un arrebato de furor a los profetas paganos a
causa de sus ídolos? (1R 18,40)? ¿Quién ha visto a Dios en el susurro
del aire suave? (cf 1R 19,12)?
Todos estos hechos son atribuidos únicamente a Elías y al Espíritu que
habita en él.

Ahora bien, se puede hablar de hechos aun más prodigiosos. .. Elías


no ha padecido la muerte hasta el día de hoy, sino que fue arrebatado al
cielo (2R 2,1). Algunos piensan que vive con los ángeles cuya
incorruptibilidad comparte en una vida inmaterial y pura... De hecho,
Elías apareció en la transfiguración del Hijo de Dios, viéndolo cara a cara
con el rostro descubierto. (Mt 17,3). Al final de los tiempos, cuando se
manifestará la salvación de Dios, él mismo proclamará la venida de Dios
antes que nadie y la mostrará a todos, y, por muchos otros signos
divinos, confirmará el día que hasta ahora está escondido ante el
mundo. En aquel día, también nosotros, si estamos preparados, iremos
por delante de este hombre admirable que nos prepara el camino que
lleva a aquel día. ¡Que nos introduzca en las moradas del cielo, por
Cristo Jesús a quien sea dada la gloria, el poder ahora y por los siglos de
los siglos!

San Gregorio Magno (hacia 540-604) papa, doctor de la Iglesia


Homilía sobre San Mateo 13

“Si el grano de trigo con cae en tierra y muere, queda él solo;


pero si muere da mucho fruto.” (Jn 12,24)

“El Reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza que


tomó un hombre y lo sembró en su campo...cuando crece es mayor que
las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo
vienen y anidan en sus ramas.” (Mt 13,31)

Esta pequeña semilla es para nosotros el símbolo de Jesucristo que,


sepultado en la tierra del jardín, surgió poco después en su resurrección
y se irguió como un gran árbol.

Se puede decir que cuando murió fue como una pequeña semilla.
Fue un grano de semilla por la humillación en la carne y un gran árbol
por la glorificación en majestad. Fue un grano de semilla cuando se
presentó ante nuestros ojos desfigurado, y un gran árbol cuando
resucitó como el más bello de los hombres. (cf Sal 44,3)

Las ramas de este árbol santo son los predicadores del evangelio de
los cuales nos dice un salmo: “por toda la tierra alcanza su pregón y
hasta los límites del orbe su lenguaje.” (Sal 18,5) Los pájaros anidan en
sus ramas cuando las almas de los justos se elevan por encima de los
atractivos de la tierra, y, apoyándose en sus alas de santidad,
encuentran en las palabras de los predicadores del evangelio el consuelo
que necesitan en las penas y fatigas de esta vida.

Isaac de Santa Stella (hacia 1171) monje cisterciense


Sermón 39, 2-6; SC 207, pag 321

“Por el príncipe de los demonios expulsa a los demonios.” (Mt


9,34)...

La envidia, una blasfemia contra el Espíritu Santo

Lo propio de los tipos pervertidos y tocados por el soplo de la


envida es cerrar por todos los medios los ojos a los méritos de los
demás, y, cuando vencidos por la evidencia ya no pueden hacerlo,
desprecian o tergiversan las actitudes de los demás. Por esto, cuando la
multitud se queda maravillada y exultante de devoción a la vista de los
prodigios de Cristo, los fariseos y escribas cierran los ojos a la verdad,
rebajan lo que es grande, tergiversan lo que es bueno. En una
circunstancia, por ejemplo, haciéndose los ignorantes, dicen al autor de
tantos prodigios: “¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti?”
(Jn 6,30) Aquí, no pudiendo negar el hecho, lo desprecian
malévolamente, reclamando un signo del cielo, como si el signo que
acaban de ver no fuera celestial. Y tergiversándolo dicen: “Por el
príncipe de los demonios expulsa a los demonios.” (Mt 9,34)

Aquí, amados míos, radica la blasfemia contra el Espíritu Santo,


blasfemia que ata a los que una vez han sido seducidos por ella con
cadenas de culpabilidad eterna. No se le niega al penitente el perdón de
todo si produce frutos de penitencia. (Lc 3,8) Pero, aplastado bajo un
peso de malicia, no tiene fuerza de aspirar a esta penitencia que le
llama al perdón. Según un inescrutable y justo juicio de Dios, aquel que
percibiendo con evidencia en su hermano la gracia de la operación del
Espíritu Santo, no pudiéndola negar y, animado por la envidia no teme
de tergiversar los hechos y calumniar y atribuir a espíritu maligno lo que
sabe perfectamente que viene del Espíritu Santo contra quien atenta, así
ofuscado, ciego por su propia malicia, ya no puede querer la penitencia
que le obtendría el perdón. ¿Qué hay de más grave que atreverse, por
envidia de un hermano que debemos amar como a nosotros mismos,
blasfemar de la bondad de Dios que debemos amar más que a nosotros
mismos e insultar la majestad de Dios desacreditando a un hermano?

Beato Guerric d'Igny (hacia 1080) monje cisterciense


Primer sermón para la fiesta de la Purificación, 2-3; SC 166, pag. 311ss

“Luz para iluminar a los gentiles” (Lc 2,32)

¿Quién, sosteniendo hoy entre sus manos un cirio encendido, no


recuerda instantáneamente a aquel anciano que en este día recibió en
sus brazos a Jesús, Verbo encarnado, luz de las naciones que brilla en el
cirio, y que dio testimonio de la luz que ilumina a los gentiles? El viejo
Simeón era todo él una llama encendida que iluminaba, dando
testimonio de la luz, él que, lleno del Espíritu Santo, recibió, oh Dios, tu
misericordia en medio de tu templo (Sal 47,10) y dio testimonio que
Jesús es la misericordia y la luz de tu pueblo...

¡Regocíjate, anciano justo, ve hoy lo que habías vislumbrado desde


antiguo: las tinieblas del mundo se han disipado, las naciones caminan a
la luz del Señor (cf Is 60,3). Toda la tierra está llena de su gloria, (Is
6,3) de la esta luz que tu escondías en otro tiempo en tu corazón y que
hoy ilumina tus ojos...Abraza, o santo anciano, la sabiduría de Dios y
que te rejuvenezcas. (Sal 102,5) Recibe en tu corazón la misericordia de
Dios y que tu vejez conocerá la dulzura de la misericordia. “Descansará
sobre mi pecho”, dice la Escritura (Ct 1,12) Incluso cuando lo devuelva a
su madre, se quedará conmigo. Mi corazón se embriagará de su
misericordia y más aún, el corazón de su madre...Doy gracias y alabo a
Dios por ti, llena de gracia, tú has dado al mundo la misericordia que yo
acojo; el cirio que tú preparaste, lo tengo entre mis manos...

Y vosotros, hermanos, ved el cirio arder entre las manos de


Simeón, encended vuestros cirios con la luz del anciano... Entonces, no
sólo llevaréis una luz en vuestras manos, sino vosotros mismos seréis
luz. Luz en vuestro corazón, luz en vuestras vidas, luz para vosotros, luz
para vuestros hermanos.

Beato Guerric d'Igny (hacia 1080-1157) monje cisterciense


Sermón para la fiesta de Todos los Santos 3, 5-6; SC 202, pag 503ss

“El Reino de los cielos es para ellos.” (Mt 5,10)

“Dichosos los pobres de corazón, porque el Reino de los cielos es


para ellos.” Sí, dichosos los que rechazan las cargas sin valor pero bien
pesadas de este mundo. Los que no buscan hacerse ricos sino es
poseyendo al Creador del mundo, y él sólo por él sólo. Los que son como
gente que no tienen nada pero poseen todo. (cf 2Cor 6,10) ¿No poseen
todo aquellos que poseen al que contiene todo y dispone todo, aquellos
que poseen a Dios en heredad? (Nm 18,20) “Nada les falta a los que le
temen.” (Sal 33,10) Dios les otorga todo lo que sabe que les es
necesario. Se da él mismo para que su alegría sea plena.... ¡Gocémonos,
pues, hermanos, de ser pobres por Cristo y esforcémonos de ser
humildes con Cristo. No hay nada más detestable y más miserable que
un pobre orgulloso...

“El Reino de Dios no es ni comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo


en el Espíritu Santo.” (Rm 14,17)

Si nos damos cuenta de que tenemos todo esto en nuestro interior


¿por qué no proclamar con seguridad que el Reino de Dios está dentro
de nosotros? (Lc 17,21) Ahora bien, lo que está en nosotros nos
pertenece realmente. Nadie nos lo puede arrebatar. Por esto, cuando el
Señor proclama dichosos a los pobres tiene razón cuando dice: “El Reino
de Dios es para ellos”, no dice “será para ellos”. No lo es solamente por
una ley establecida sino también como prenda absolutamente segura, es
una experiencia ya ahora de la felicidad perfecta. No solamente porque
el Reino está preparado para ellos desde la creación del mundo (Mt
25,34) sino también porque ya han comenzado a poseerlo ahora. Poseen
ya el tesoro celestial en vasijas de barro (cf 2Cor 4,7); llevan a Dios en
sus cuerpos y en su corazón.
Tomás de Celano (hacia 1190) biógrafo de s. Francisco de Asís y de
Santa Clara
“Vita Prima”

“...y comenzó a enviarlos de dos en dos.” (Mc 6,7)

Un nuevo aspirante entró en la Orden y así creció el número hasta


ocho miembros. Entonces, el bienaventurado Francisco los reunió a
todos y les habló largamente sobre el Reino de Dios, sobre el
menosprecio del mundo, sobre la renuncia a la propia voluntad y sobre
la docilidad. Luego, los dividió en cuatro grupos de a dos y les dijo: “Id,
hermanos míos queridos, recorred las diversas regiones del mundo,
anunciad la paz a los hombres y predicad la penitencia que obtiene el
perdón de los pecados. Sed pacientes en las pruebas, seguros que Dios
cumplirá sus designios y será fiel a sus promesas. Responded
humildemente a los que os pidan cuenta, bendecid a los que os
persigan, dad gracias a los que os insulten y os calumnien: el Reino de
los cielos será para vosotros.” (cf Mt 5,10-11)

Ellos recibieron con gozo la misión que les fue confiada por la
santa obediencia y se prosternaron a los pies de San Francisco que los
abrazó a cada uno tiernamente y diciéndoles: “Confiad a Dios todas
vuestras preocupaciones, él cuidará de vosotros.” (1Pe 5,7) Esta era su
frase habitual cuando enviaba a un hermano a la misión.

Baudon de Ford (hacia 1190) monje cisterciense


Homilía sobre Hb 4,12; PL 204, 451-453

“Jesús lo increpó diciendo: Cállate, sal de este hombre!” (Mc


1,25)

“La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que una espada de
doble filo.” (Hb 4,12) Toda la grandeza, la fuerza y la sabiduría de la
Palabra de Dios se muestra aquí por el apóstol a todos los que buscan a
Cristo, Palabra, fuerza y sabiduría de Dios... Cuando se predica esta
Palabra de Dios, por la predicación la palabra exterior, pronunciada y
escuchada se reviste del poder de la Palabra acogida en el interior.
Entonces, los muertos resucitan, (Lc 7,22) y este testimonio hace surgir
nuevos hijos de Abrahán. (Mt 3,9) Esta Palabra es palabra viva. Viviente
en el corazón del Padre, viviente en los labios del predicador y viviente
en los corazones llenos de fe y de amor. Y como es Palabra viva no hay
duda de su eficacia.

La Palabra actúa con eficacia en la creación del mundo, en su


gobierno y en su redención. ¿Qué puede haber de más eficaz o más
fuerte que ella? “Cantad las proezas del Señor, su poder!” (cf Sal 105,2)
La eficacia de esta Palabra se manifiesta en sus obras, se manifiesta
también en la predicación. “No tornará a mí de vacío, sin que haya
realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié.” (Is
55,11)

La Palabra es, pues, eficaz y más penetrante que una espada de


doble filo cuando se la recibe con fe y amor. En efecto ¿qué hay de
imposible para quien cree, y qué hay de duro para aquel que ama?

Lansperge el Cartujano (1489- 1539) monje cartujo, teólogo


Sermón 5
“El pueblo que andaba a oscuras vio una gran luz.” (Is 9,1)

Hermanos míos, nadie ignora que todos hemos nacido en las


tinieblas y en tinieblas hemos vivido en el pasado. Pero, esforcémonos
para no permanecer en ellas, ya que nos ha brillado el sol de justicia.
(Mi 3,20)...

Cristo ha venido para “iluminar a los que viven en sombras de


muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz.” (cf Lc 1,79) ¿De
qué tinieblas hablamos? Todo lo que está en nuestra inteligencia, en
nuestra voluntad o en nuestra memoria que no es Dios o no tiene su
fundamento en Dios,-dicho de otra manera-, todo lo que hay en
nosotros que no dé gloria a Dios y se interpone entre Dios y nosotros, es
tiniebla... Por esto, Cristo, siendo la luz, nos ha traído la luz para que
pudiéramos ver nuestros pecados y aborrecer nuestras tinieblas.
Realmente, la pobreza que él ha escogido cuando no encontró sitio en el
albergue es para nosotros la luz que nos da a conocer ya ahora la
felicidad de los pobres de espíritu que van a heredar el Reino de los
cielos. (cf Mt 5,3)

El amor que Cristo nos demuestra instruyéndonos y aceptando por


nosotros las pruebas del exilio, de la persecución, de las heridas y la
muerte en cruz, el amor que le hizo orar por sus verdugos, es para
nosotros la luz gracias a la cual podemos aprender también nosotros a
amar a nuestros enemigos.

San Bernardo (l091-1153) monje cisterciense, doctor de la Iglesia


Homilías sobre el Cantar de los Cantares, 84, 1.5

“Llamó a los que quiso...para que estuvieran con él.” (Mc 3,14)

“De noche busqué al amor de mi alma.” (Ct 3,1) ¡Qué bien tan
grande buscar a Dios! Para mí no hay bien mayor. El primer don de Dios
no se añade a ninguna virtud, porque no hay virtud anterior a este don
de buscar a Dios. ¿Qué virtud se podría atribuir a aquel que no busca a
Dios, y qué límite poner a la búsqueda de Dios? “Buscad siempre su
rostro” dice el salmo (104,4) Yo creo que incluso cuando se le haya
encontrado no cesaremos de buscarlo.
No se busca a Dios corriendo hacia alguna parte sino deseándolo.
Porque la felicidad de haberlo encontrado no apaga el deseo sino, al
contrario, lo agranda. El colmo de la alegría...es más bien como aceite
sobre el fuego, porque el deseo es una llama. La alegría será colmada
(Jn 15,11) pero el deseo no tendrá fin, y tampoco la búsqueda...

Pero, que cada alma que busca a Dios sepa que Dios se le ha
adelantado, que es buscada por él antes que ella se haya puesto en
movimiento para buscarle. ..A esto os llama la bondad de aquel que os
precede y os busca y os ha amado el primero. Pues, si no hubieseis sido
buscados nunca os hubierais puesto a buscarle. Si él no os hubiera
amado primero no lo amaríais. El os pasó delante, no por una gracia
única sino por dos gracias: por el amor y por la búsqueda. El amor es la
causa de la búsqueda. La búsqueda es el fruto del amor y es también la
prueba del amor. A causa del amor no teméis de ser buscados. Y porque
habéis sido buscados no seréis amados en vano.
Santa Teresa de Jesús (1515-1582) carmelita descalza, doctora de la
Iglesia
Carta a las carmelitas de Sevilla, 31 de enero 1579

En medio de la tempestad

Ánimo, ánimo, hijas mías; acuérdense que no da Dios a ninguno más


trabajos de los que puede sufrir y que está Su Majestad con los
atribulados. Pues esto es cierto, no hay que temer sino esperar en su
misericordia que ha de descubrir la verdad de todo y se han de
entender algunas marañas que el demonio ha tenido encubiertas para
revolver, de lo que yo he tenido más pena que tengo ahora de lo que
pasa. Oración, oración, hermanas mías, y resplandezca ahora la
humildad y obediencia en que no haya ninguna que más la tenga a la
vicaria que han puesto que vuestras caridades, en especial la madre
priora pasada....

¡Oh, qué buen tiempo para que se coja fruto de las determinaciones
que han tenido de servir a nuestro Señor! Miren que muchas veces
quiere probar si conforman las obras con ellos y con las palabras.
Saquen con honra a las hijas de la Virgen y hermanas suyas en esta
gran persecución, que si se ayudan el buen Jesús las ayudará, que
aunque duerme en la mar, cuando crece la tormenta hace parar los
vientos. Quiere que le pidamos, y quiérenos tanto que siempre busca en
qué nos aprovechar. Bendito sea su nombre para siempre, amén, amén,
amén.

En todas estas casas las encomiendan mucho a Dios, y así espero


en su bondad que lo ha de remediar presto todo. Por eso procuren estar
alegres y considerar que, bien mirad, todo es poco lo que se padece por
tan buen Dios y por quien tanto pasó por nosotras, que aun no han
llegado a verter sangre por El...Dejen hacer a su Esposo y verán cómo
antes de mucho se tragará el mar a los que nos hacen la guerra, como
hizo al rey Faraón, y dejará libre su pueblo y a todos con deseo de
tornar a padecer, según se hallarán con ganancia de lo pasado.

León XIII, papa desde l878-1903


Rerum novarum 32

“Recuerda el día del sábado para santificarlo.” (Ex 20,8)

La vida del cuerpo siendo tan valiosa y apreciada no es el fin último


de nuestra existencia. Es un camino y medio para llegar, por el
conocimiento de la verdad y del amor al bien, a la perfección de la vida
del alma. Es el alma que lleva impresa la imagen y semejanza de Dios.
En ella reside esta soberanía del hombre que le fue concedido cuando
recibió el mandato de someter la naturaleza inferior y de poner a su
servicio la tierra y los mares. (cf Gn 1,28)... En este sentido, todos los
hombres son iguales. No ha diferencia alguna entre ricos y pobres, amos
y siervos, gobernantes y súbditos: “Todos sirven al mismo Señor.” (cf
Rm 10,12)

Nadie puede violar impunemente esta dignidad del hombre que Dios
mismo respeta ni impedir el progreso del hombre hacia esta perfección
que corresponde a la vida celestial y eterna...
De ahí se desprende la necesidad del reposo y la interrupción del trabajo
en el día del Señor. El descanso, por otra parte, no debe entenderse
como un tiempo dedicado a la ociosidad estéril y menos como una
holgazanería que provoca vicios y malgasta los salarios, antes bien como
un tiempo de reposo santificado por la religión...Esta es la característica
y la razón de este descanso del séptimo día, prescrito por Dios en uno
de los principales artículos de su ley: “Recuerda el día del sábado para
santificarlo.” (Ex 20,8) El mismo Dios dio ejemplo de este reposo cuando
descansó después de la creación del hombre: “...y cesó en el día
séptimo de toda la labor que hiciera.” (Gn 2,2)

San Siloán (1866-1948) monje ortodoxo


Escritos

“Llegan donde Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido


la legión, sentado, vestido y en su sano juicio.” (Mc 5,15)

El fin de todo nuestro combate es encontrar la humildad. Los


demonios, nuestros enemigos, cayeron por el orgullo y nos quieren
arrastrar en su caída. Pero nosotros, hermanos, seamos humildes y así
veremos la gloria del Señor ya en esta tierra, (Mt 16,28) porque a los
humildes el Señor se da a conocer por el Espíritu Santo. El alma que ha
saboreado la dulzura del amor divino está enteramente regenerada y
recreada. Ama a su Señor y tiende con todas sus fuerzas hacia él, día y
noche.

Hasta un cierto momento, el alma queda apaciguada en Dios, luego


comienza a sufrir por el mundo. El Señor misericordioso le da al alma
tiempos de reposo en Dios como tiempos de sufrimiento por el mundo
para que todos los hombres se arrepientan y alcancen entrar en el
paraíso.

El alma que ha conocido la dulzura del Espíritu Santo desea para


todos el mismo conocimiento porque la dulzura del Señor no permite al
alma ser egoísta sino que la enriquece con el amor que brota del
corazón.

Beato Juan XXIII papa, (l881-1963)


Diario del alma, 1935-1944

“Le siguió una gran muchedumbre de Galilea, Decápolis,


Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán.” (Mt 4,25)

“Señor, ábreme los labios y mi boca proclamará tu alabanza.” (Sal


50,17) Cuando uno advierte que estas palabras son proclamadas cada
día a la hora de la alabanza matutina en nombre de la Iglesia que ora
por ella misma y por el mundo entero, por miles y cientos de miles de
bocas implorando esta gracia, nuestra visión se ensancha y se completa.
Es la Iglesia que se anuncia, no como un monumento histórico del
pasado, sino como una institución viva. La Santa Iglesia no es como un
palacio que se construye en un año. Es una ciudad grande que contiene
el universo entero. “La montaña de Sión está fundada sobre la alegría
de toda la tierra; la ciudad del gran Rey se extiende hacia el Norte.” (Sal
47,3 Vulgata)

La fundación de la Iglesia se comenzó hace veinte siglos y sigue


realizándose. Se extiende a toda la tierra hasta que el nombre de Cristo
sea adorado en todas partes. A medida que prosigue su construcción,
los nuevos pueblos a quienes es anunciado el nombre de Cristo exultan
de gozo: “Los pueblos se alegran por el gozoso anuncio.” (cf Hch 13,48)
Es bello pensar en esto, edificante para todo presbítero que recita su
breviario: cada uno tiene que comprometerse a fondo en la construcción
de esta Iglesia santa.

El que se dedica a la predicación, en calidad de mensajero del


evangelio, diga al Señor: “Señor, ábreme los labios y mi boca
proclamará tu alabanza.” (Sal 50,17) El que no es misionero, que desee
ardientemente cooperar en la gran tarea de la misión. Y cuando
salmodia en privado, soo en su celda, que diga también: “Señor, ábreme
los labios.” Porque, por la comunión en la caridad debe considerar como
suya toda lengua que anuncia el evangelio en aquel momento, siendo el
evangelio la suprema alabanza divina.

Concilio Vaticano II
Ad Gentes: La actividad misionera de la Iglesia, 21

“Que vuestra luz brille ante los hombres.” (cf Mt 5,16)

El evangelio lo puede penetrar profundamente en las conciencias, en


la vida y en el trabajo de un pueblo sin la presencia activa de los
seglares. Por ello, ya al tiempo de fundar la Iglesia hay que atender
sobre todo a la constitución de un maduro laicado cristiano...La
obligación principal de los seglares, hombres y mujeres, es el testimonio
de Cristo, que deben dar con la vida y con la palabra en la familia, en su
grupo social y en el ámbito de su profesión. Es necesario que en ellos
aparezca el hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad
verdadera. (cf Ef 4,24) Y deben expresar esta vida nueva en el ambiente
de la sociedad y de la cultura patria, según las tradiciones de su nación.
Tienen que conocer esta cultura, sanearla y conservarla, desarrollarla
según las nuevas condiciones y, finalmente, perfeccionarla en Cristo,
para que la fe cristiana y la vida de la Iglesia no sea ya extraña a la
sociedad en que viven, sino que empiece a penetrarla y transformarla.
Únanse a sus conciudadanos con sincera caridad a fin de que en el trato
con ellos aparezca el nuevo vínculo de unidad y de solidaridad universal
que brota del misterio de Cristo. Siembren también la fe de Cristo entre
sus compañeros de trabajo, obligación que tanto más urge cuandto que
muchos hombres no pueden oír hablar del evangelio ni conocer a Cristo
más que por sus vecinos seglares....

Los ministros de la Iglesia, por su parte, aprecien grandemente el


activo apostolado de los seglares. Fórmenlos para que, como miembros
de Cristo, sean conscientes de su responsabilidad en pro de todos los
hombres; instrúyanlos profundamente en el misterio de Cristo; inícienlos
en los métodos prácticos y asístanles en las dificultades...

Observando, pues, las funciones y responsabilidades propias de los


pastores y de los seglares, dé toda la Iglesia joven testimonio vivo y
firme de Cristo, para convertirse en señal luminosa de la salvación, que
nos llegó en Cristo.

Juan Pablo II
Homilía de la conmemoración de los testigos de la fe del siglo XX, 7 de
mayo 2000

Testigos de la verdad ante las fuerzas del mal.

“Dichosos vosotros cuando os injurien y os persigan y digan con


mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y
regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos.” (Mt
5,11) Estas palabras de Cristo se aplican de maravilla a innumerables
testigos de la fe del siglo que acaba: fueron perseguidos e insultados
pero no se doblegaron en ningún momento ante las fuerzas del mal.

Allí donde el odio parecía contaminar toda la vida sin posibilidad


de escapar a su lógica, ellos mostraron que “el amor es más fuerte que
la muerte” (Ct 8,6) En los nefastos sistemas de opresión que
desfiguraron al hombre, en los lugares de sufrimiento, en medio de las
privaciones durísimas, a lo largo de marchas interminables y
agotadoras, expuestos al frío, al hambre, a las torturas, agobiados por
toda clase de sufrimientos, creció su firme adhesión a Cristo muerto y
resucitado.

Muchos rehusaron doblegarse al culto a los ídolos del siglo


veinte y fueron sacrificados por el comunismo, por el nazismo, por la
idolatría del estado y de la raza. Muchos otros sucumbieron en el curso
de guerras étnicas y tribales porque rechazaron una lógica extraña al
evangelio de Cristo. Algunos murieron porque seguían el ejemplo del
Buen Pastor y prefirieron quedarse con el rebaño de sus fieles,
despreciando las amenazas. En cada continente, a lo largo del este siglo,
se han levantado personas que prefirieron ser asesinadas antes de
abandonar su misión. Religiosos y religiosas han vivido su consagración
hasta el derramamiento de la sangre. Creyentes, hombres y mujeres,
murieron ofreciendo sus vidas por amor a los hermanos, particularmente
por los más pobres y los más débiles. “Aquel que ama su vida, la
perderá, pero la que pierde por mí, la ganará.” (Jn 12,25)