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Extraña oración

"Y ahora Señor, mira sus amenazas y concede a tus siervos que con toda valentía hablen tu
palabra, mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades, y prodigios mediante el
nombre de tu santo Hijo Jesús" (Hechos 4:29,30).

Alguien dijo que esta es una oración muy extraña. Lo lógico hubiera sido que los
apóstoles pidieran al Señor ser librados de sus enemigos. Sin embargo, y aquí la extrañeza,
pidieron predicar sin temor el bendito evangelio de salvación que les había sido prohibido por
las autoridades.
Creo que si predico el evangelio a una persona de duro corazón, blasfema, violenta y
altiva, le pediría al Señor que me aparte de aquella persona o bien, que la castigue. Así
reaccionamos muchos de nosotros porque olvidamos que la obra es del Espíritu Santo. No es
la Palabra de Dios que yo uso para convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio, sino
la Palabra de Dios que mora en mí y que el Espíritu Santo puede tomar para hacer su obra de
regeneración. Aquí vemos cuanto vale para nosotros aquello de "la palabra de Dios more en
abundancia en vosotros".
Los apóstoles no podían callar lo que habían visto y oído, por eso esta clase de petición.
Sabían que la voluntad de Dios es que su Palabra corra cual agua fresca y viva para un mundo
sediento y moribundo. Buscaban la gloria de Dios a costa de la aflicción en sus vidas. No
olvidaron las palabras del Señor Jesús: "en el mundo tendréis aflicción...", y ante tal situación
angustiante, se aferraron a lo siguiente: "...pero confiad, yo he vencido al mundo".
Rara vez he oído oraciones como estas, a lo sumo escucho decir: "Señor, toca el
corazón de los que no te conocen para que puedan recibirte", pero nunca: "que tus siervos
hablen con denuedo". El Espíritu Santo no es un obrero mudo, tiene boca, y habla por medio
de nosotros.
Debemos pedir a Dios el hablar con denuedo su Palabra, sin temor y con autoridad;
pedirle señales y milagros que hagan notorio el poder salvador de nuestro Señor Jesucristo.
Hemos de buscar la gloria de Dios acercando su reino a los perdidos de este mundo.
Se dice que hoy en día es muy fácil predicar la Palabra, no hay persecución ni cosas por
el estilo, sin embargo yo creo que es todo lo contrario. Justamente porque no hay trabas para
predicar, la iglesia se encierra en sus cuatro paredes conformándose con lo que tiene. A su vez,
esto es una muestra de egoísmo. Por eso no hay crecimiento y edificación.
Los primeros cristianos tuvieron que sufrir una gran persecución para ser testigos de la
salvación no solo en Jerusalén y Judea, sino también en Samaria y hasta lo ultimo de la tierra.
Podemos ver a esta persecución como las fuerzas del mal para ahogar el mensaje de Cristo,
pero es así como hoy, en la gracia, podemos contar la historia. Hubo mujeres y hombres
comprometidos con el reino de Dios, llenos del poder del Espíritu Santo. Sabían muy bien que
ni hambre, espada o desnudez, y hasta la misma muerte, podían separarlos del amor de Dios
en Cristo Jesús.
Dios tuvo que permitir una persecución para que el evangelio se extendiera por todo el
mundo, y no nos extrañemos cuando en distintas formas, suframos una persecución para dar a
conocer a Cristo a nuestros familiares, amigos o vecinos. Más no esperemos que esto suceda.
Para nosotros es también lo que dice Pablo: "He aquí ahora el tiempo aceptable, he aquí ahora
el día de salvación".
Nunca hubo en la historia un tiempo tan difícil como el de hoy para predicar el evangelio,
y la dificultad no se encuentra en la ocasión o en los corazones de los inconversos. Somos
nosotros los que fallamos y creamos la dificultad. No hay llenura del Espíritu Santo, no hay
poder en la vida de los creyentes. El conformismo y el pasivismo han opacado el continuo fluir
del Espíritu Santo, ya no se encuentran cristianos intrépidos, obreros de valor que arrebaten las
almas de las garras de Satanás.
Aprendamos la "extrañeza" de esta oración y veremos que de ella resulta la llenura del
Espíritu Santo, para hablar con denuedo la Palabra de Dios y hacer grandes señales y
prodigios en su nombre.

Ernesto F. Silva