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La memoria histórica: derrota, resistencia y reconstrucción del pasado 1 Una lectura de las Tesis sobre el concepto de la historia, de Walter Benjamin, y otros textos 2

La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Carlos Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte.

La memoria histórica en la resistencia: el recuerdo como herramienta Al mirar hacia el pasado no estamos haciendo una pregunta científica que busca saber la verdadde lo que ha sucedido, sino una pregunta cargada de angustia. Articular el pasado históricamente no significa descubrir „el modo en que fue‟ (verdad científica) sino apropiarse de la memoria cuando ésta destella fugazmente en un momento de peligro (verdad política). Le preguntamos al pasado con la intención de responder las urgencias del presente. En el pasado hay una promesa incumplida de felicidad” 3 , por lo tanto nos habla de cosas que interesan al futuro” 4 . Cualquier otro tono en que nos preguntemos sobre el pasado es una pregunta que no merece responderse, porque “es odioso todo aquello que únicamente me instruye pero sin acrecentar mi actividad ni animarla de inmediato” (palabras de Goethe, citadas por Nietzche, 1999: 37). Necesitamos de la historia “para la vida y para la acción”… “para actuar contra y por encima de nuestro tiempo a favor de un tiempo futuro” (Nietzche, 1999: 38-39). La memoria histórica es un recuerdo colectivo, una evocación volcada hacia el presente del valor simbólico de las acciones colectivas vividas por un pueblo en el pasado. Es una acción que preserva la identidad y la continuidad de un pueblo, es no olvidar lo aprendido, muchas veces con sangre, es el camino para no repetir errores pasados. Es un ejercicio peligroso porque recordar que un día fuimos libres amenaza romper el dominio de quien hoy se aprovecha de nuestras cadenas. Solo las clases dominantes parecen tener memoria histórica, porque para ellos no es importante determinar los hechos históricos, solo necesitan que todos recuerden el resultado final: quien se enfrente con ellos terminará derrotado (García Bilbao, 2010), aunque la tarea de dominación se haya tornado cada vez más difícil en virtud de la resistencia de los dominados. Un pueblo con memoria histórica es dueño de su destino. Los que consideran necesario impedir que eso suceda cuentan con los recursos sociales, políticos y económicos para lograrlo. Basta con aniquilar los símbolos, el lenguaje, vaciar la educación y la vida

1 Paper preparado para las Jornadas “35 aniversario del golpe de Estado en la Argentina”, Auditorio

Mario de la Cueva, Torre II de Humanidades, Ciudad Universitaria, UNAM, México, 5, 7 y 11 de abril de

2011.

2 Dr. Norberto Emmerich, doctor en Ciencia Política y Licenciado en Relaciones Internacionales, Investigador invitado por el Conacyt (Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología) de México en el Posgrado en Estudios Sociales de la Universidad Autónoma Metropolitana, Distrito Federal, México.

3 Amador Ibañez, El concepto de historia de Walter Benjamin, www.marxismo.cl/mod/forum/discuss.php?d=1421, 18 de marzo de 2010.

4 Eduardo Galeano, El tigre azul y nuestra tierra prometida, citado por Löwy, 2007: 5.

colectiva de señas de identidad entroncadas con la realidad y la memoria común (García Bilbao, 2010). Los problemas que ahora vivimos ya los vivieron otros antes que nosotros. Sin memoria histórica estamos condenados a vivir un eterno presente, la repetición constante del mismo sufrimiento, como Prometeo encadenado (García Bilbao, 2010). El pasado que recordamos no es el pasado tal cual sucedió, sino el pasado tal cual lo actuamos en el presente. Antes de que podamos informar sobre lo acontecido, este pasado ha cambiado varias veces y siempre nos enteramos demasiado tarde de todo ello. Por eso es importante el rol de los militantes, que pueden predecir el presente porque lo contemplan en el medio de las fatalidades que ya han sucedido. Como en el Viejo Testamento son los profetas de un pasado ya vivido. Por más difícil que sea, la memoria histórica siempre está consagrada a la memoria de los sin nombre. No se consagra a ellos solo porque rescata del olvido sus nombres, sus trayectorias y sus datos, sino porque pone en tiempo presente “efectivamente” sus acciones. Recordar sus acciones significa querer y saber reproducirlas, saber para qué sirven, necesitar sus objetivos, participar de sus sueños. Cuando un joven obrero se reúne casi clandestinamente para organizarse junto a sus compañeros, la memoria histórica lo liga con un pasado que quizás no conoce, pero que renace a través suyo, en un momento de urgencia, impulsado por la sensación de peligro. La memoria histórica necesita atrapar ese destello del pasado, puesto que en él se juega la verdad del presente, las clases oprimidas que son víctimas de la “fuerza de las cosas” han olvidado el pasado y su fuerza subversiva. Esta tarea de reconstrucción de una memoria histórica perdida es difícil porque los dominadores de un determinado momento son los herederos de todos los que alguna vez vencieron en la historia. Quien haya alcanzado en el día de hoy la victoria en alguna de las mil batallas que conforman la historia tiene su parte del botín en el festín de los que dominan a los dominados. Esa pequeña reunión es un evento mentalmente difícil porque el inventario que los vencedores muestran a los vencidos se llama cultura 5 , y de esa cultura se alimenta diariamente el dominado. Con las palabras de esa cultura, el dominado percibe, entiende y explica la realidad en la que vive. Solo la memoria histórica le permite descorrer el velo de la cultura dominante y escapar de la ignorancia. El pasado recreado en el presente por una resurrección y por motivos del presente, busca en el pasado argumentos que respondan las urgencias de este presente. Pero sólo puede utilizar este mecanismo redentor si los argumentos del pasado son „emergentes‟, si atraviesan por el momento fugaz de volverse reconocibles, solo si forman parte de ese poder mesiánico débil con el que fuimos dotados originariamente, si encaja con ese índice temporal por el cual es convocado al rescate. La verdadera imagen del pasado es fugaz. Se vuelve reconocible solo por unos instantes y amenaza con desaparecer imprevistamente, nunca será vista otra vez. Pero ¿quién nos trae desde el pasado esa imagen olvidada y perdida? Los militantes, los portadores de la memoria histórica, los actores centrales de la praxis social. Los militantes son quienes

5 “Las Pirámides de Egipto, construidas por los esclavos hebreos, o el Palacio de Cortés en Cuernavaca, por los indios sometidos” (Löwy, 2007: 2).

hacen que la historia no sea una sucesión catastrófica de acontecimientos imprevisibles, sino una herramienta consciente de re-construcción del pasado. La represión establece la ruptura de los enlaces sociales que actúan como portadores de la memoria. Si la memoria histórica no transporta solo conceptos o “recuerdos” sino experiencias, la desaparición física de los “mensajeros” destruye las posibilidades de reproducción política de la población. Nuevas experiencias se asientan y se construye una nueva memoria histórica, basada en el miedo, la desmovilizacion y la apatía. En términos de memoria histórica, aparece el “olvido”. Dice Paolo Virno que los neurobiólogos y psiquiatras identifican como causas del olvido dos tipos de interferencia:

Retroactiva, es el disturbio que una nueva información acarrea al recuerdo de un evento anterior.

Proactiva, es la dificultad de la experiencia actual para memorizar lo que sucederá a continuación (Virno, 2003: 14). El golpe de Estado fue una interferencia de los dos tipos que no irrumpió por el contenido, sino por la forma. De acuerdo a la memoria histórica anterior era un golpe

más que se acumulaba en una larga serie de golpes de Estado. La forma del golpe, determinada por su contenido, es una nueva información que no encaja con el recuerdo anterior (interferencia retroactiva) y no permite anticipar qué sucederá a continuación (interferencia proactiva). En el ámbito historiográfico tenemos la memoria de procedimiento: pasado consolidado en el saber-hacer o en una costumbre, conservado como técnica o ethos, lo que específicamente entendemos como memoria histórica. Y la memoria semántica:

evocación específica de signos y significados inherentes a hechos pasados, lo que podríamos llamar memoria de la historia. Hay además tres nociones adicionales:

1. Hipermnesia: incremento de la capacidad mnésica en caso de peligro o trauma. En una situación de peligro los militantes capturan todo el bagaje histórico del que disponen para intentar responder, buscan en el pasado la chispa de la esperanza que haga saltar el polvorín hoy (Löwy, 2003: 77).

2. Criptomnesia: tomar un recuerdo que aflora imprevistamente, por una idea totalmente nueva. Es el intento de apelar a viejos esquemas para responder a nuevos desafíos.

3. Allomnesia: atribuir a una experiencia pasada un contenido o una ubicación

distinta de la real. En la nostalgia de la derrota, los sobrevivientes encuentran en el pasado acontecimientos, símbolos o palabras, que asimilan al presente. El peligro no amenaza solo a los portadores o receptores de la tradición, también

amenaza al contenido de la memoria trasmitida. Y la amenaza siempre es la misma:

convertirnos en instrumento de las clases dominantes. En cada época histórica es preciso arrancar la memoria de las manos del conformismo. Porque la redención que deseamos y prometemos no es glorificación sino guerra, no es honor sino sangre. “Ni los muertos estarán a salvo si el enemigo vence”, dice Benjamin, y el enemigo no ha hecho sino vencer hasta ahora.

El pasado re-creado no se alimenta de la búsqueda caprichosa de hechos inconexos, sino del descubrimiento de la significación social de hechos emergentes. No es una búsqueda ex nihilo, sino un buceo en la corriente general de pensamiento de la época, entre las esperanzas comunes compartidas, de un espíritu general que sobrevuela nuestras frustraciones. Por eso nada de lo que tuvo lugar alguna vez debe darse por perdido para la historia. Cargamos con las exigencias del pasado, exigencias veladas, ocultas, enterradas y pisoteadas bajo las botas de los vencedores y la sangre de los vencidos. La revolución no es una proclama de gloria en el panteón de los dioses, es el desgarramiento de la tela que oculta tras un destello de luces el barro de la historia. Solo los derrotados pueden escribir esta historia, porque ellos pueden mirar de frente la sangre y el barro sin sentir vergüenza, porque es su sangre y su barro, no de otros. De ese barro y de ese hedor estamos hechos, nuestros mejores sueños sueñan un futuro cargado de pasado. Es el “acuerdo secreto entre las generaciones pasadas y la presente”. Lo que tenemos para decir está todavía vestido con los ropajes del ayer, mientras anuncia el mañana. La letra de nuestra proclama se mueve en la frontera de la vida y la muerte, entre las demandas de las generaciones pasadas y la envidia que lanzamos hacia un futuro que no conocemos, pero que a pesar de ello deseamos. Reconocer y reivindicar el pasado significa tener en cuenta todo lo que ha sucedido después, significa no tener empatía con el vencedor 6 , significa comprender que el presente es el futuro del pasado, que todo pasado fue presente, que todo pasado fue futuro y que todo presente será pasado. La empatía con el vencedor, la “idolatría de lo fáctico(Nietzche, 1999: 96), no se anima a adueñarse de la imagen histórica auténtica, que es la imagen del vencido. En consecuencia la principal tarea del historiador es adueñarse de la tradición de los oprimidos. Nuestra historia es la historia de Tupac Amaru, José Martí, Emiliano Zapata, Augusto Sandino, el Che, nuestros 30 mil muertos. Es una historia de oprimidos, derrotados y muertos. ¿Cómo se transmite la memoria histórica si nuestro pasado sólo acumula muertos? Giorgio Agamben 7 nos recuerda que en latín hay dos palabras para referirse a testigo, una de ellas es testis, el que se sitúa como tercero en un litigio entre dos contendientes, adoptando una postura imparcial no participante; la segunda es superstes, se refiere a quien ha vivido personalmente un proceso, generalmente hasta el final y puede dar cuenta fiel de lo sucedido. De superstes deriva la palabra sobreviviente. Nuestros sobrevivientes han sido a la vez las dos cosas: han dado cuenta de lo sucedido y han sido testigos en los juicios contra los genocidas. El testigo sabe lo que los demás olvidan y se siente urgido a hablar porque el crimen una vez cometido, solo existe si se conserva en la memoria de los hombres. Su papel lo convierte en la puerta giratoria de toda mirada presente hacia el pasado y de toda vigencia del pasado en el presente. Los sobrevivientes argentinos no sólo nos recuerdan lo que pasó, también militaron para

6 Löwy señala que las celebraciones del quinto centenario del Descubrimiento de América fueron manifestaciones típicas de la “empatía con los vencedores” (Löwy, 2007: 3).

7 Giorgio Agamben, Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo, Valencia, Pretextos, 2005, págs. 15-16. Citado por Erice Sebares, 2008: 92.

hacer justicia. Auschwitz, igual que la Esma, “no sólo fue una gigantesca fábrica de muerte, sino también un proyecto de olvido”, en el que todo estaba pensado para no dejar rastros 8 . El continuum de la historia es el continuum de los opresores, los que igualan todo al nivel del suelo, para quienes la continuidad de la historia es la garantía de la continuidad de sus intereses históricos. Porque hasta hoy la historia de las conquistas es la historia de los conquistadores, porque hasta hoy “la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia”, como dice una conocida canción argentina. La conciencia de una discontinuidad histórica es propia de las clases revolucionarias en el momento de su acción. Sin embargo prevalece una estrecha conexión entre la acción revolucionaria de una clase y el concepto que esta clase tiene de la historia pasada. La revolución francesa se remontó dos mil años hasta la república romana para encontrar un espejo donde reflejarse. Esta relación se perturba en el proletariado: a la conciencia de la nueva intervención no le correspondió ninguna precedencia histórica, no tuvo lugar ningún recuerdo. Al principio se intento instituirla. Mientras la idea del continuum lo iguala todo al nivel más bajo, la idea del discontinuum es el fundamento de la tradición auténtica. La clase trabajadora se presenta como la última clase avasallada, como la clase vengadora, anclada en la tradición de los oprimidos. De esta conciencia se deshizo la socialdemocracia desde un comienzo, atribuyendo a la clase trabajadora el rol de redentora de las generaciones venideras y no el rol de vengadora de las generaciones pasadas. Si la idea del discontinuum es el fundamento de la memoria histórica auténtica, ésta siempre vive un nuevo comienzo, una ruptura, porque se nutre de las derrotas, es la herencia cultural de los vencidos, aquellos que han sufrido su propia muerte y la muerte del mensaje del que eran portadores. ¿Qué significa rescatar la memoria histórica? No se busca tanto remediar el desprestigio y menosprecio en el que han caído tanto los portadores como el contenido de su mensaje. El rescate busca remediar la forma en que fue trasmitido el mensaje. Y el rescate no puede ser la dignificación como “herencia” (continuidad), sino la dignificación como “interrupción” (ruptura). Si queremos honrarlos, digamos que su lucha fue destruida, no digamos que su lucha continúa. Porque los dominadores dan mucha importancia a la elaboración de la continuidad, rescatando aquellos elementos que han entrado a formar parte de una eficacia posterior (la banalización del Che). Pero se le escapan aquellos momentos en que lo trasmitido se interrumpe, con sus asperezas, contradicciones y limitaciones. Éstas ofrecen un punto de apoyo a quienes quieren ir más allá de lo transmitido. ¿Y cuál es el punto de apoyo que nos dejan los 30 mil desaparecidos? No se trata de que el pasado arroje luz sobre el presente, sino que el pasado se funda con el presente. Pero esa unión solo es posible en un momento de peligro. Son imágenes que vienen involuntariamente. El historiador debe tener la capacidad de percibir la crisis en la que ha entrado en ese momento el sujeto de la historia, es la clase oprimida luchando en su

8 Baer, A., Holocausto. Recuerdo y representación, Madrid, Losada, 2006, págs. 38-43. Citado por Erice Sebares, 2008: 91.

situación de mayor riesgo. En ese momento, el conocimiento histórico es solo para ella.

Y solo es un instante: son los obreros en huelga contra el golpe el 24 de marzo de 1976

en Córdoba, son los trabajadores argentinos gritando contra la dictadura en la tarde del 27 de abril de 1979, es la multitud reunida en los alrededores del Congreso en la Semana Santa de 1987.

La gran historia no registra estos hechos, pero son los hechos imperceptibles que tienen importancia histórica, son el destello de odio en un momento de peligro, son un momento de ruptura con la continuidad histórica. Como resultado “nunca máshabrá un golpe de Estado en la Argentina, 30 mil muertos nos han dejado esa enseñanza para los momentos de peligro. La consigna del “Nunca más” es acumulativa en el concepto de memoria semántica, como simple recuerdo; pero es revolucionaria en el concepto de memoria histórica, como experiencia en un momento de peligro. Los bienes culturales son el botín de guerra que cuelga del carro de los vencedores. No hay un documento de cultura que a su vez no sea un documento de barbarie, y también

es un documento de barbarie el proceso de transmisión a través del cual los unos lo

heredan de los otros, eso que llamamos educación. El sujeto del conocimiento histórico es la clase oprimida misma, cuando combate y solo cuando combate porque el conocimiento histórico se elabora en el laboratorio de la praxis social, no en las bibliotecas. En la historia del movimiento obrero hubo etapas donde se desaprendió el odio y la voluntad de sacrificio. Ambos se nutren más de la imagen de los antepasados esclavizados que del ideal de los descendientes liberados. El odio es el alimento de la revolución, que capta simpatizante mediante un proceso de adhesión negativa, en rechazo al malestar pasado o presente, no por la búsqueda de una utopía por venir. En todo caso es una utopía por dejar de ser, una mirada cargada de odio hacia el pasado. En consecuencia las generaciones futuras no deberán agradecer nuestras grandes acciones sino recordar que fuimos abatidos, debemos despertar su odio no su compasión porque fuimos derrotados ni su admiración porque fuimos vencedores. Por eso es razonable la consigna de la revolución rusa: sin gloria para el vencedor, sin compasión con el vencido. Hay una fuerte vinculación entre presente y pasado, pero la vinculación entre presente y futuro es lábil y quebradiza. Los 30 mil desaparecidos (derrotados) alimentaron nuestro odio y nuestra voluntad de sacrificio entendida como la determinación de que nunca más vuelva a suceder algo semejante. La solidaridad con nuestros muertos (solidaridad entendida como odio y abnegación) será la fuerza para luchar en nombre de los vencidos y convertirnos en clase reivindicadora. La culminación de esa lucha fue la justicia de los jueces, después de haberse construido la justicia de los necesitados de justicia, la justicia de los oprimidos. La historia se construye en un tiempo que no es homogéneo y vacío sino que está lleno

de un tiempo actual que da señas de estar “en la espesura del pasado”. El pensamiento burgués, que en la física acepta -con ciertas excepciones- la ruptura epistemológica que representa la teoría de la relatividad de Einstein, no lo hace en el terreno filosófico y de las ciencias sociales. En la filosofía y las ciencias sociales, esta ruptura epistemológica

es impensable para el pensamiento burgués porque la economía capitalista se basa

necesariamente sobre un concepto del tiempo lineal e inmutable. El tiempo es la única medida que tiene el capitalismo para comparar lo incomparable: el trabajo distinto de seres humanos distintos. Con la aceptación de la teoría de la relatividad para la filosofía y las ciencias sociales se derrumbaría todo el orden existente. La revolución es un salto de tigre al pasado bajo el cielo libre de la historia, rompiendo el continuum de la historia. La revolución no interviene pasivamente en la cronología de la historia, la revolución no es un hecho que se suma a otros hechos, la revolución es interrumpir el momento. Por eso es incómodo “relatar” a los revolucionarios. Como si dijéramos: todo marchaba cadenciosamente bien, hasta que apareció Fidel e interrumpió la historia. Por eso las revoluciones lo primero que cambian es el calendario, mueven las rutinas, cambian las fechas, rompen el protocolo histórico. Los calendarios miden el tiempo de la conciencia histórica, no son relojes, son recordatorios de lo que somos porque nos recuerdan (con-memoran) el momento en el que “fuimos”. Los gobiernos revolucionarios insertan fechas, resaltan personajes, introducen símbolos y si pueden “crean” y “re-crean” la historia, incorporan personajes olvidados, ponen en primer plano acontecimientos perdidos, premian a personajes “malditos”. El rol de los relojes en el capitalismo es marcar el tiempo del trabajo, unificar las rutinas humanas, convertir lo inaudito en normal, aislarnos de la totalidad y sumergirnos en las partes. Si el tiempo perdiera su carácter homogéneo y vacío sabríamos que lo que hoy existe visiblemente no es la totalidad, no es la última palabra de la historia, hay algo más que esta fuerza destructora del capitalismo contemporáneo. La incapacidad de tomar distancia de la propia derrota termina por crear las condiciones de la traición a la propia causa. Por eso la máquina de represión siempre adquiere un carácter apabullante, urgente, histérico. La intención es no permitir “tomar distancia” del estado de excepción, no dejar comprender cuál es la norma inserta en el caos represivo, no pensar, solo sentir. El objetivo no es solo derrotar, también se busca lograr empatía con el vencedor. Si la derrota lo aleja de los suyos, la empatía lo acerca a los nuestros. Porque la empatía con lo que eternamente ha sido está en armonía con su reactualización. De este modo se elimina todo eco de lamento en ella, se elimina el dolor de las generaciones pasadas y el odio que ese dolor debería provocar y se solicita el beneplácito de un futuro incierto. La tortura rodea al torturado de “partesy lo enajena del todo anterior, pero también propone la inclusión en una nueva totalidad, la aceptación de la autoridad excepcional. Por eso Massera era el represor más peligroso, porque buscaba crear nuevas totalidades, destruyendo e incorporando. La revolución francesa introdujo el calendario republicano, abolido por Napoleón en 1806 pero reinstaurado brevemente por la revolucionaria Comuna de París, la revolución rusa abandonó el calendario bizantino, la Iglesia abandonó el calendario civil egipcio-romano de Julio César (juliano) y adoptó el calendario litúrgico gregoriano, que lo impuso a toda la humanidad. Los trabajadores parisinos destruyeron los relojes en la revolución de 1830 (tesis XVI de Benjamin), los indios brasileños rompieron los relojes de la cadena O Globo en la celebración del quinto centenario del descubrimiento de

Brasil en el 2000 9 . Las revoluciones hacen visible la ruptura del continuum histórico, por eso a veces comienzan un nuevo recuento de los años, con la finalidad de acelerar el tiempo histórico e introducir un “nuevo comienzo”. El historiador común establece nexos causales entre distintos momentos de la historia. Pero el verdadero historiador sabe que un hecho no es histórico solo por ser una causa. En todo caso lo será en virtud de acontecimientos que pueden estar separados de él por milenios. ¿O acaso había un esclavo llamado Espartaco en la liga creada por Rosa Luxemburgo? Cuando el historiador se da cuenta de ello, no deja que los acontecimientos se le escapen de las manos como arena, comprende en qué constelación del pasado ha entrado su propia época presente. Así define un concepto del presente como un tiempo en el que están incrustadas astillas del tiempo mesiánico, un tiempo en que cada segundo es una pequeña puerta por la que puede entrar el futuro.

La memoria histórica en la derrota: el recuerdo como locura Aunque la memoria histórica es un valor que permite que los pueblos no cometan nuevamente los mismos errores del pasado, también es una garantía negativa porque provee de respuestas automáticas a situaciones nuevas que son incorporadas y “etiquetadas” en los viejos odres donde bebíamos el viejo vino. En el peor momento, cuando tarda en llegar el convencimiento de que nada de lo aprendido sirve para resistir el “progreso” que invade la sobrevivencia diaria, la experiencia de lo nuevo y el olvido de lo aprendido es un camino necesario para tomar distancia del frenesí represivo. Es cierto que la experiencia no es percibida ni valorada como un tesoro, no goza de autoridad ni está ligada al pasado (Fernández, 1995: 109). Hablando sobre la primera guerra mundial Benjamin decía: “las gentes volvían mudas del campo de batalla. No enriquecidas, sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable” 10 . Su empobrecimiento consiste en la devaluación de los bienes de la educación, del aprendizaje, de la tradición, de la memoria, de la narración que ensanchan el horizonte e intensifican las posibilidades de nuestra existencia (Fernández, 1995: 110). Las situaciones nuevas exigen pensar por sí mismo, sacudirse el peso de la tradición para que no hipoteque. Avanzar exige alejarse del pasado y seguir viajando, aprendiendo. Cierto grado de olvido es un recurso imprescindible de salud vital. Solo la memoria aligerada y selectiva tiene la soltura necesaria para tejer la propia historia. En esa liberación se produce el empobrecimiento de la experiencia y una especie de nueva barbarie. Barbarie real pero positiva, que pone en evidencia que la experiencia no es mera acumulación, ni se hereda sin hacerla propia, ni impone la ley del pasado. De hecho su pobreza de experiencia lleva a estos bárbaros a comenzar desde el principio. Para inventar y crear, en un universo repleto de signos, costumbres, órdenes, es necesario vencer la tentación de quedarse en meros conservadores del patrimonio, olvidar, borrar huellas y experimentar (Fernández, 1995: 112).

9 Citado por Michael Löwy, 2007: 7. 10 Walter Benjamin, Experiencia y pobreza, en Discursos Interrumpidos, Taurus, Madrid, pág. 168.

La experimentación es la dimensión activa, positiva de la pobreza de la experiencia. Su lado negativo está en la pérdida de parte de la herencia de la humanidad, en el peligro de reducción y vaciamiento de la experiencia misma en la modernidad triunfante y asentada (Fernández, 1995: 113-114). La estructura de la memoria es decisiva para la experiencia. Pero la memoria no es un registro exacto y completo de todos los acontecimientos. Es selectiva, rechaza o margina algunos hechos, privilegia y maquilla otros, asocia y separa. Tiene lagunas estructurales y no solo accidentales, se mueve acicateada por el peligro. Pero la relación entre conciencia y memoria no es de colaboración sino de oposición. La conciencia no cuida de la conservación de la experiencia, sino que su tarea consiste en proteger contra los estímulos que pueden producir un shock traumático. Cumple una función vital, puesto que la defensa contra los estímulos es para los organismos vivos tan importante como la recepción de éstos, pero contraria a sus aspiraciones de conocimiento completo. La conciencia actúa contra la memoria histórica, entre lo conveniente y lo necesario, siempre elige lo posible intentando preservar la normalidad de la psiquis social. La selección que realiza no responde a intereses de conocimiento sino a criterios de angustia soportables. Procura evitar las impresiones fuertes, desagradables, desestabilizadoras; y si no lo logra, se afana en borrar sus huellas. Cuando el dispositivo de defensa fracasa, aparece el trauma, el espanto (Fernández, 1995: 115). En virtud de esa función de vigilancia y alerta, la memoria consciente ordena temporalmente los acontecimientos y los retiene “a costa de la integridad de su contenido”. Ello significa que la memoria voluntaria es espontáneamente desmemoriada ya que constantemente alteramos nuestros recuerdos para que nuestro pasado no entre en conflicto con nuestro presente. Recordamos las cosas de otra manera o directamente las olvidamos. Así se entiende que durante mucho tiempo las Madres de Plaza de Mayo fueran llamadas las “locas” de la Plaza. Su conciencia trasvasaba toda angustia, su memoria voluntaria no era desmemoriada, se esforzaron por no recordar como un simple recuerdo las cosas tal cual fueron, contra toda conveniencia, contra toda lógica, contra todo interés. Por un lado no tenían la herencia de la vieja memoria histórica, por otro lado siempre experimentaron la desaparición de sus hijos como un hecho de la realidad presente, no como un recuerdo del pasado. La misma noción de tiempo dista mucho de gozar de orden interno, de ser consistente; al contrario, resulta manifiestamente paradójica. Se supone que el curso del tiempo es una flecha que va del pasado al futuro y así se ordena la historia y se afirma la prioridad de los antecedentes, el valor de lo antiguo y la autoridad de las fuentes, de los orígenes y de sus elementos (Fernández, 1995: 117). En virtud de esto tomamos el tiempo como ordenador primario de los sucesos, operando también en las explicaciones correspondientes. Es un principio básico que la causa precede al efecto, derivando en un supuesto orden jerárquico: la causa es anterior y superior al efecto. De esa manera se desliza la idea de que los procesos causales son descendentes, se da primacía a la causa y se la considera independiente, mientras que los efectos son dependientes y están sometidos a su predominio, hasta el punto de

excluir toda retroactividad. Termina pareciendo ridículo afirmar que los padres son tales en virtud de sus hijos. La causa sujeta a los efectos y termina resultando una condena para ellos (Fernández, 1995: 116). La historicidad de la memoria subvierte el orden cronológico del tiempo y en virtud de la praxis política logra que los hijos sean causa originaria de los padres, como lo demostraron las Madres de Plaza de Mayo, que transformaron la locura en norma. Pero la primacía cronológica en el estudio del tiempo también afirma que el pasado resulta irrecuperable e irreversible. No se puede querer ni actuar hacia atrás, el curso de la vida y de la historia se asienta sobre la muerte de los muertos. Pero alguien dijo una vez: “nadie está muerto hasta que lo olvidan”, y la consigna de las Madres siempre fue:

“aparición con vida”. Nuestros muertos que murieron no están muertos, estamos actuando hacia atrás, estamos cambiando el pasado de la historia, seguimos destruyendo el orden temporal siniestro que constituyó nuestra experiencia del pasado.

La memoria histórica en la revolución: la negación del recuerdo La militancia revolucionaria tiene una relación conflictiva con el pasado. Feuerbach escribía que para fundar una nueva era “la humanidad debe cortar cualquier vínculo con el pasado, debe establecer que todo lo que ha habido hasta ahora es nada”. Esta es una tendencia espontánea frecuente en el espíritu revolucionario. En filosofía y en política el innovador parece contrario al principio de historicidad. Historia significa un vínculo necesario entre momentos sucesivos, en el cual presente y porvenir dependen del pasado. Para quien aspira por un nuevo orden, ese deseo se presenta ante la realidad como una antítesis, porque la afirmación del deseo significa negación de la realidad, ya que no “contemplo” la realidad, proceso en el que se revela el objeto, sino que la deseo, proceso en el que se revela el sujeto. En consecuencia la niego en lo que es (realidad) para afirmarla en lo que no es (deseo). La forma verdaderamente humana de conocer es una forma de conocimiento que transforma la realidad mientras la va conociendo porque no conoce una realidad fuera de sí, sino una realidad humana. Por eso el revolucionario no es considerado hijo de su tiempo, siempre se le declara extraño y enemigo porque no reconoce los vínculos que lo atan a su época, sino que afirma los antagonismos que lo desvinculan de ella. Cuando el revolucionario expresa su acción como una antítesis entre lo real repudiado y lo ideal deseado destruye toda posibilidad de comprender la historia como un proceso vital, que tiene una necesidad interior de desarrollo. Comprender la historia significa volver a vivirla y no se puede vivir sin simpatizar, ni comprender sin justificar. La mentalidad revolucionaria así presentada es refractaria al concepto histórico. La realización del ideal se coloca en el futuro y la distinción entre real e ideal se convierte en una distinción temporal y una división de momentos. En lugar de un choque entre energías coexistentes, se considera a la historia como una sucesión de fases o períodos. La realidad que se quiere destruir queda en el pasado, la idealidad que se quiere realizar, se proyecta en el futuro. Entre una y otra época, separadas entre sí, la concepción del ideal es una fase intermedia que funciona como línea de separación más que como eslabón de enlace.

La separación es tal que el momento de destrucción del pasado queda separado del momento de construcción del porvenir. Todo el pasado personifica a la clase conservadora y todo el futuro a la clase revolucionaria. El presente actúa como línea de separación entre pasado y futuro y se pierde así la unidad y continuidad de la vida. Cuanto más se afirma la mentalidad revolucionaria en su mirada hacia el futuro, le quita al concepto de progreso, concepto histórico por excelencia, toda idea de historicidad (Mondolfo, 1968: 16). Marx decía que “nada tenemos que hacer con la construcción del porvenir y la receta buena para todos los tiempos… no se trata de una separación de pensamientos entre pasado y porvenir, sino de un acabamiento de los pensamientos del pasado”. La mentalidad revolucionaria posee el verdadero concepto histórico al reafirmar la interioridad de lo humano y reemplaza la separación de los elementos por el concepto de unidad histórica, la sucesión por la continuidad. La actividad revolucionaria se afirma no solo porque ansía el futuro, sino porque encuentra resistencia. El que busca un mundo mejor lucha porque los que están interesados en conservar lo existente se oponen a los cambios. La tendencia conservadora no argumenta estar defendiendo un interés de clase, sino que asienta la defensa de sus intereses invocando un principio universal, el derecho histórico. De la legitimidad otorgada en el pasado quiere deducir, en nombre de la historia, la ilegitimidad de un futuro diferente o la legitimidad de un futuro igual, la continuidad histórica que denuncia Benjamin. El principio de Giambattista Vico de que lo verdadero se identifica con lo hecho, es aplicado unilateralmente: se reconoce como hecho lo que ya está establecido en las instituciones vigentes, lo que constituye la realidad del presente frente a la irrealidad del futuro. Así surge una negación de los derechos de la idealidad y de la subjetividad, excluidos de lo verdadero porque no son parte de lo hecho. En los revolucionarios nace una unilateralidad opuesta. Como la realidad (lo hecho) es defectuosa, se divide y separa la realidad de la verdad y se legitima el deseo de realización de lo ideal mediante la afirmación de la irracionalidad de la realidad, como diciendo que lo racional es lo no-hecho, lo que está por hacerse. Si la clase conservadora personifica el pasado, la clase revolucionaria personifica el porvenir. Así se construye una clara afirmación del ideal revolucionario, presentado como puro, sin mezclas con el fondo oscuro de la realidad y del pasado. En este contexto cualquier ideal de innovación necesita presentarse como libre de vínculos con el pasado. Por eso dice Feuerbach: “el presente no puede conocerse por medio de la historia… el presente puede ser aprehendido únicamente por sí mismo. Y puedes comprenderlo solamente si no perteneces ya al pasado, sino al presente, no a los muertos, sino a los vivientes”. El contraste entre pasado y futuro se acentúa, convirtiendo al concepto dialéctico de desarrollo en un esquema rígido, diferenciando sus momentos por completo. El porvenir se presenta como una creación absoluta, originada ex nihilo, sin arraigo en la historia, de la cual, sin embargo, debería extraer su origen y sustento. Lo cierto es que el revolucionario enfrenta una contradicción surgida de la lucha concreta contra tendencias opuestas. Se acentúa el contraste que lo obliga a usar las

palabras “apropiadas” para definir la situación en que se encuentra. Evita entonces el vocabulario político que tenga que ver con la continuidad histórica, con el desarrollo, con la evolución, con la dialéctica no-fragmentada de la realidad. Las condiciones exteriores constriñen el uso de la palabra apropiada por la necesidad de acentuar el contraste con las tendencias conservadoras. Por las propias necesidades de la lucha de clases cotidiana en todo revolucionario hay una tendencia anti-histórica. Desde Heráclito en adelante el carácter revolucionario consiste en considerar el desarrollo como un proceso interminable de luchas, que superan las resistencias y dominan la realidad. Pero el revolucionario debe circunscribirse a las contingencias históricas de su época, con lo cual se hace concreto y por supuesto sufre determinaciones. Porque no tiene ante sí la totalidad del proceso sino un determinado y específico instante, no abraza la historia total de la humanidad, sino apenas la lucha peculiar de su momento. Aunque la visión teórica sea universal, la unilateralidad y la parcialidad son propias de todo programa revolucionario. Esta contradicción se invierte cuando se pasa del programa a la acción concreta. Aquí el revolucionario se encuentra con la realidad que había repudiado y no puede prescindir de ella sin fracasar. Ninguna revolución puede tener eficacia histórica sin tener en cuenta la realidad existente, que es una herencia del pasado, y sin comprender que superar no es destruir, sino realizar potencialidades engendradas en el pasado, ofrecidas en el presente y concretadas en el futuro. La acción histórica debe adaptarse a la continuidad del desarrollo y alejarse de la separación entre pasado y presente que caracteriza al programa revolucionario. Por supuesto que podrá acentuarse la antítesis y la negación en la lucha contra las fuerzas opuestas, pero en el conjunto de la acción revolucionaria vuelve a mostrarse la continuidad que había desaparecido en los momentos aislados. La antinomia (tesis-antítesis) del espíritu revolucionario se manifiesta en un doble contraste: primero, entre su teoría general de la historia y su programa particular; segundo, entre el programa proclamado y la acción histórica concreta (Mondolfo, 1968:

28).

Las dos exigencias opuestas, la del historicismo y la del anti-historicismo, son entonces intrínsecas a la naturaleza y acción de la conciencia revolucionaria. Este es el drama interior de todo espíritu innovador: las exigencias del pasado y la necesidad de negarlo para marchar hacia el porvenir. El presente no es aniquilamiento del pasado, sino su desarrollo y complemento. Pero ese desarrollo y complemento no es tan unidireccional como la línea de continuidad histórica promete. Si algo caracteriza a la historia es su doblez, su trama ambigua, su ruptura. El complemento se realiza a saltos, sin que pueda preverse hacia dónde nos llevará el instante siguiente. Cuando ese instante llega, comprendemos lo que ha sucedido, no antes.

La memoria histórica en la encrucijada: la memoria como olvido ¿Por qué toda nuestra experiencia, incluso la más intrascendente, es una experiencia histórica? Memoria e historia son categorías que se relacionan aunque la relación se presta a equívocos. Uno de ellos es reducir la historia a las evocaciones biográficas,

imponerle la casaca doméstica del tiempo vivido. Es el equívoco donde la memoria son solo recuerdos y donde la memoria histórica es la acumulación de recuerdos históricos. En ambas concepciones hay un debilitamiento de la memoria como experiencia. Para comprender el debilitamiento de la experiencia histórica hay que comprender qué es un recuerdo del presente (Virno, 2003: 18). El fenómeno del déja vú es la vivencia de una experiencia presente como si fuera una evocación del pasado. Es un momento de la verdad en el funcionamiento de la memoria, no es una anomalía sino un aspecto del “recuerdo normal” que habitualmente permanece disimulado. Al explicar el fenómeno Paolo Virno dice que la formación del recuerdo “no es posterior a la percepción sino contemporánea a ésta” (Virno, 2003: 19). La huella mnésica es el correlato de la experiencia. El recuerdo no es inferior sino simultáneo, con la misma potencia pero de distinta naturaleza respecto a la percepción, un modo perceptivo distinto. En consecuencia cada evento es captado por dos mecanismos distintos y concomitantes: percepción y recuerdo. En este sentido se puede afirmar que la memoria es ante todo recuerdo del presente porque todo evento vivido es al mismo tiempo un evento recordado. ¿Por qué entonces el déja vú es la excepción y no la regla? Bergson responde que el impulso a la acción privilegia la forma-percepción sobre la forma-recuerdo. La “atención a la vida” (el impulso práctico orientado al futuro) interpela al patrimonio mnésico solo para extraer de él la información que sea útil para resolver las tareas apremiantes propuestas por la percepción. Para la acción no hay nada más inútil que un recuerdo del presente. Desaparece de la escena el hecho básico, el hecho de que nos acordamos de algo mientras está sucediendo. Esta verdadera estructura, olvidada por las necesidades de la acción perceptiva, se vuelve evidente cuando se corrompe el gusto por la acción y la “atención a la vida” declina. Solo entonces, en ocasión de una crisis, adquiere relieve el recuerdo del presente, el déja vú, que aparece provocado por una disminución de las tensiones vitales. Hay un presente percibido y un presente recordado; recuerdo y percepción muestran así su heterogeneidad esencial (Virno, 2003: 20-22). Toda nuestra vida presenta dos aspectos, la percepción y el recuerdo. Y ambos se escinden en el mismo momento en que se producen. La percepción fija el presente como hecho acabado, como algo real; el recuerdo lo retiene como potencialidad, como algo posible, como un recurso de la memoria histórica que será utilizado en la situación en que un nuevo presente lo convoque. Por eso todo evento por más insignificante que sea es un acontecimiento histórico. En el lenguaje mesiánico utilizado por Benjamin todo será parte del orden del día en el juicio final, todo acontecimiento microscópico puede “emerger” si un probable presente lo considera conveniente y necesario “en una situación de peligro”. Con esto estamos diciendo que proyectamos lo potencial en el pasado, cuando la lógica indica que el potencial, aquello que todavía no es, se proyecta en el futuro. Se supone que la memoria siempre es objeto de espera, no de recuerdo; que recordamos lo que fue porque puede volver a ser, no recordamos lo que fue porque pudo haber sido. En síntesis: proyectamos en el futuro aquello que pudo haber sido, pero que no sabemos si fue, si es o si será. Solo sabremos todo, en un presente eventual, donde toda la historia será nuevamente convocada en un recuerdo del presente.

Bergson sostiene que algo se vuelve posible solo cuando es real. Eso significa que si algo sucedió, al mismo tiempo se volvió posible, potencial, incompleto, contingente. Cuando sucede un hecho determinado, además de percibir la realidad, aprehendemos su trama potencial. Lo posible no es otra cosa que lo real más el agregado del recuerdo que relanza la imagen al pasado. Lo posible es el espejismo del presente en el pasado, el recuerdo no viene después del hecho, lo posible no precede a lo real. El recuerdo es simultáneo a la percepción (Virno, 2003: 25-26). En esta tesis de Bergson no hay lugar para que lo posible se desenvuelva independientemente de lo real, lo posible sería la imagen del pasado de lo real que está en el presente. Hasta ahora sabemos que lo posible tiene la forma del pasado y se estructura como recuerdo, mientras lo real tiene la forma del presente y se estructura como acción. Ambas están organizadas alrededor de la misma experiencia pero son independientes. Pero debemos aclarar que aunque toma la forma de recuerdo, lo potencial no es algo del pasado, es un recuerdo del presente. El pasado en el cual se inscribe lo posible no es próximo ni remoto, es un pasado indefinido, el pasado en general, es un antes que no se deja circunscribir en la sucesión cronológica, no hay fecha. El pasado en general acompaña cada actualidad sin haber sido nunca actual. La historia se detiene cuando es reducida a un cúmulo de acciones que se reiteran hasta el infinito. Es la contracara negativa del fenómeno del déja vu, donde todo lo que sucede parece que ya ha sucedido antes. Aunque se asista al frenesí del cambio continuo, todo permanece igual, todo se repite (Virno, 2003: 41), es la tesis del fin de la historia. La tesis del recuerdo del presente parece atentar contra la existencia de la memoria histórica. Cada hecho es realizado y recordado al mismo tiempo. Pero lo que se estructura como recuerdo y adquiere la forma del pasado es lo potencial, mientras lo real tiene la forma del presente y se estructura como acción. Lo potencial se separa de lo real, se sumerge y “desaparece” para que la estructura de la vida siga su curso y lo real perceptible emerja predominante. Una concepción del recuerdo descripta de esta manera hace que la memoria sea olvido, para que la percepción sea acción. Y precisamente eso es la memoria histórica. La memoria histórica no es simple “recuerdo”, es historia vivida, es percepción de la realidad en su aspecto potencial, es un sedimento histórico de todo el pasado humano acumulado en el sótano secreto de los tiempos, listo para “emerger” cuando el presente lo solicite, solo por un fugaz instante. Ese biblioteca experiencial de la historia vivida está mejor disponible, es más abundante y es mejor entendida, si existe una generación de cuadros políticos portadores de la memoria que construyan una constante emergencia, que aporten peligro y exijan respuestas de las clases dominadas. En su trabajo titulado “Sobre la utilidad y perjuicio de la historia para la vida”, Nietzche afirma que una sobreabundancia de memoria paraliza la acción. Si la memoria es solo recuerdo practicamos una reverencia sumisa hacia el pasado, justificamos nuestro presente proyectándolo hacia atrás en el tiempo: “todo es indiferente, todo es vano, todo ya ha sido”. Los hombres se abandonan a un fatalismo impregnado de resignación en la época en que el presente percibido parece copiar al presente recordado.

Si ya todo ha sido, todo evento actual repite otro evento previo y está destinado a ser repetido en el no-futuro que es el futuro. Es terrible una vida en que todo lo nuevo es viejo, en que todo futuro es pasado. En las sociedades imperialistas, donde mañana será la repetición de hoy, las tasas de suicidio son muy altas, porque el orden repetitivo asfixia. Pero el hechizo que considera la acción en curso como duplicación de una acción precedente, decae cuando se hace la incontestable pregunta de cuál es la acción central que se repite. En el déja vu parece que repetimos algo, pero no podemos decir qué estamos repitiendo porque el contenido de la repetición se establece solo por la experiencia actual, le corresponde al presente determinar retroactivamente lo ya sucedido.

La memoria histórica en acción: entre la quebradiza continuidad del tiempo histórico y la ruptura definitiva de toda continuidad Toda la vida actuada ahora es actuada por primera vez, aunque dentro de esa experiencia a veces se siente algo extraño y oscuro, como que se ha experimentado en otro momento. Pero ¿qué cosa retornará desde el pasado? Heidegger lo contesta con certeza: “aquello que ocurrirá por primera vez en el instante siguiente11 . La importancia vital de la memoria histórica es relevante solo en el presente, por urgencias del presente y por mecanismos que solo el presente puede desencadenar. Una vez que el presente reclama el desencadenamiento del mecanismo de urgencias, todo el pasado es convocado y toda la historia es re-construida en beneficio de la contingencia histórica actual, aunque solo una partícula de ese sedimento sea utilizada en la emergencia. Ese eventual presente hará que la contingencia que acompañó en el pasado lo real de ese pasado pierda su viejo carácter potencial y se “complete” en el nuevo presente, donde adquirirá un distinto carácter potencial para un nuevo y desconocido futuro. Ese es el tiempo histórico que explica la continuidad como una sucesión de rupturas. Sin embargo muy de vez en cuando aparece una clase social dispuesta a romper para siempre todo esbozo de continuidad, por más quebradiza que ésta se presente. La revolución, que no puede ni debe desentenderse de la historia y que necesita comprender la continuidad de las cadenas que esclavizaron a la humanidad desde que surgió sobre la tierra, solo podrá establecer un nuevo tiempo histórico si rompe definitivamente todo vestigio de continuidad, todo rastro de “progreso” en el desarrollo histórico.

La memoria histórica: todo pasa y todo queda

1. En la Francia ocupada por los nazis era obligatorio el registro de los judíos. Uno de

ellos, por ser famoso y estar enfermo, fue dispensado por las autoridades de esa inscripción. Se registró voluntariamente diciendo “quiero estar entre los que mañana serán perseguidos”. Era el filósofo Henri Bergson.

2. Con fecha 5 de noviembre de 2010 ingresó a la Cámara de Diputados de la República Argentina un proyecto de ley cuyo artículo 1° dice: “la Nación Argentina reconoce el

11 Heidegger, Nietzche, Tomo 1, pág. 332.

derecho individual y colectivo de las personas a la titularidad y al ejercicio de la Memoria Histórica que les permita decidir sobre el futuro propio y de la sociedad y obtener justicia y reparación de las violaciones a los derechos fundamentales de los que hayan sido víctimas”. Firma: Cristina Fernández de Kirchner. 3. El pasado 1° de abril de 2011 el gobernador del estado de Maine, en Estados Unidos, Paul LePage, ordenó a los trabajadores públicos que retiraran del vestíbulo del Departamento de Trabajo de ese Estado un mural de 11 metros que describe la huelga de 1937 en Auburn y Lewiston. El mural incluye la imagen icónica de Rosie la Soldadora, quien en la vida real trabajó en Bath Iron Works, uno de los mayores astilleros de los Estados Unidos, situado en Maine. Un panel del mismo mural muestra a la ex secretaria de Trabajo del gabinete de Franklin Roosevelt, Frances Perkins, quien fue enterrada en Newcastle, Maine.

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En la década de 1930 llega a la Argentina un ciudadano español, Juan Avellaneda, militante anarquista que por su actividad sindical y política estuvo detenido 36 meses en los años posteriores al golpe de Uriburu. Unos 40 años después, un 15 de abril de 1976 un grupo de tareas busca infructuosamente en Munro a su hijo, el militante comunista Floreal Avellaneda, delegado textil de la fábrica Tensa. Al no poder capturarlo, ingresan violentamente a la casa de la familia y secuestran al hijo adolescentes de 15 años, Floreal Avellaneda. El cuerpo del joven Floreal aparece en las costas uruguayas, con señales de haber sido salvajemente torturado y de haber muerto por empalamiento. La madre de Floreal, Iris, también fue secuestrada, detenida y torturada durante los dos años siguientes. 33 años después, en el año 2009, fueron acusados, juzgados y condenados por la comisión de delitos de lesa humanidad: el general Santiago Omar Riveros, a prisión perpetua; el general Fernando Ezequiel Verplaetsen, a 25 años; el general Julio Horacio

García, a 18 años; los capitanes Raúl Jarcich y Cesar Fragni, a 8 años de prisión y el comisario Alberto Aneto a 14 años de prisión. El padre del adolescente Floreal Avellaneda, falleció al año siguiente, el 23 de junio de 2010, 34 años después del golpe. Los militares nunca pudieron saber dónde estaba Floreal Avellaneda aquella noche de abril de 1976. Ni su hijo adolescente ni su esposa jamás revelaron su paradero. Con su muerte, un largo ciclo de impunidad que había comenzado en los años 30, se cerró. Pero la historia no se detuvo. Sin embargo, el 19 de marzo de 2011, pocos días antes de conmemorarse los 35 años del Golpe militar de 1976, el dirigente de las Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), Mario Llambías, dijo en un acto en la ciudad de Junín, provincia de Buenos Aires: “hay muchos que quieren remplazar nuestra bandera nacional por un sucio trapo rojo”.

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La rueda de la historia sigue girando.

“Dejaría de hablar del pasado, si no estuviera tan presente”. Barthelémy Boganda, héroe de la independencia de la República Centroafricana.

Bibliografía

1. BENJAMIN, Walter, 1973; Tesis sobre el concepto de la historia, Taurus, Madrid.

2. BUCK-MORSS, 2005; Susan, Walter Benjamin escritor revolucionario, Interzona Editora S.A., Buenos Aires.

3. ERICE SEBARES, Francisco, 2008; Memoria histórica y deber de memoria: las dimensiones mundanas de un debate académico, Entelequia. Revista Interdisciplinar, Monográfico N° 7, www.eumed.net/entelequia

4. FERNANDEZ, Eugenio, 1995; W. Benjamin: Experiencia, tiempo e historia, Anales del seminario de Historia de la Filosofía, Universidad Complutense de Madrid, N° 12, Madrid.

5. GARCIA BILBAO, Pedro A., 2010; Sobre el concepto de memoria histórica,

historica-pedro-a-garcia-bilbao/, blog de Sociología Crítica.

6. HEIDEGGER, Martín, 2000; Nietzche, Tomo 1, Ediciones Destino, Barcelona.

7. LÖWY, Michael, 2003; Walter Benjamin aviso de incendio, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

8. LÖWY, Michael, 2007; El punto de vista de los vencidos, Rebelión, 12 de mayo.

9. MONDOLFO, Rodolfo, 1968; Espíritu revolucionario y conciencia histórica, Editorial Escuela, Buenos Aires.

10. NIETZCHE, Friedrich, 1999; Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia en la vida, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid.

11. VIRNO, Paolo, 2003; El recuerdo del presente. Ensayo sobre el tiempo histórico, Paidós, Buenos Aires