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168 Julia Kristeva Ja alegria y Ja beatitud, y no como una libre decisién ni como un deseo, Pero lo que hay que subrayar aqui es la aparicién de esta «causa exte- rior, enamorada de si misma, a la vez objeto y motor del amor spino- zista. Para revelar como el movimiento amoroso de la alegria es una iden- tificacién de si mismo con Dios (sive Natura): no por el repliegue car- tesiano hacia una subjetividad de dominio, sino por la inmersién gozosa del entendimiento en un objeto o en una causa infinita felizmente ena- morada de si misma. «... En qué consiste nuestra salvacion o felicidad, © sea nuestra libertad; a saber: un constante y eterno amor a Dios, o sea en el amor de Dios hacia los hombres... Pues en cuanto se refiere a Dios, es una alegria acompariada por la idea de si mismo» (laetitia conco- mitante idea sui) **. Sino hay mas que conocimiento, este conocimiento ¢s un amor —un amor intelectual, amor intellectualis— que relaciona el si mismo (cuyo cuerpo no hay que olvidar) con Dios. Sélo asi el conocimiento puede conducir al horizonte ético: al gozo del salus. De la ratio diligendi to- mista al amor intellectualis spinozista parece que se ha producido una ver- dadera transformacién, la de la teologia en ética. Sin que por ello el amor se borre de la légica cuando ésta no renuncia a la felicidad: al gozo. Un gozo discreto en Santo Tomas, manifiesto ¢ innovador en Spinoza. EI resto no es mds que imaginacién, fantasmas, fabulas que desplie~ gan los callejones sin salida —las delicias— del amor. % Tbid., pp. 589-90. DON JUAN © AMAR PODER LA SEDUCCION MASCULINA Venido de la sombria y calurosa tierra de Esparia (El burlador de Sevilla de Tirso de Molina data de 1630), atraviesa la ligereza del aire y de la voz italiana (Convitato di pietra de Cicognini, 1650) y dirige a las mu- jeres y al ciclo (como debe ser en la dulce Francia: Don Juan de Moliére, 1665) guifios tan irénicos como fascinados: don Juan seductor, malvado, ridiculo, irresistible, es sin duda la figura mas perfectamente ambigua —la mis perfecta— que nos haya legado la leyenda occidental a propé- sito de la sexualidad masculina. Ha habido que esperar hasta Mozart, que en 1787 crea en Praga su épera bufa Don Juan, para que la temible seduccién del noble espafiol se libere de la condena moral que la ha acom- paiador probablemente desde su nacimiento, en Ja calurienta imagina- cién de los oscuros precursores de Tirso de Molina, y encuentre en la musica el lenguaje directo de] erotismo amoral. Puede entonces resonar en el mundo entero como un himno a Ja libertad. «Péntiti, scellerato. / No, vecchio infatuato! / Péntiti. / No. / Si. / No.» Sin embargo aqui no nos interesa el alcance social y politico de don Juan, que anuncia la Revolucién francesa. gNo es su ateismno wna posible consecuencia de su erotismo? Mas intrinsecamente pertinente para nues- tro tema es la posicién de Kierkegaard ', que aclara la musicalidad esen- cial de este erotismo: la «genialidad eroticosensual= procedente (segiin el filésofo danés) del cristianismo es esta «abstraccién» suprema que sdlo puede expresarse por medio de la misica. Pero gqué es lo que hace correr a don Juan? ¢Qué busca? Y, reci- procamente, para su desgracia y desamparo, gqué es lo que atrae a las mujeres hacia él? Y finalmente, ¢qué es lo que retine en torno a don Juan a esos hombres que se imaginan, se desean y se comportan como si fue- ran él? Tres preguntas que suponen tres objetos de amor diferentes, y que aclaran quiza tres aspectos de la seduccién masculina. * Les étapes érotiques spéntanées ou V’érotisme musical», en Ox bien... ox bien, Paris, Gallimard, 1943. 172 Julia Kristeva NARRACION Y MUSICA: MORAL E INFINITO. Hay como minimo dos maneras de entender las aventuras de don Juan. La primera consistira en intentar captar su sentido tal como lo cuenta el narrador, Moligre por ejemplo, o Lorenzo da Ponte (para el libreto de Mozart). La segunda prestara més atencién a la virtuosidad de la prosa de Moliére (Don Juan es su primera obra escrita en prosa), ef jubilo li- gero, Kicido-y de una autenticidad indestructible propio de la musica de Mozart, en fin, a la risa, a su tonalidad cémplice y liberadora que acom- paiia las hazafias del seductor. {Dénde se coloca el analista? E} que Freud no amara a musica, y ocurriera lo mismo con Lacan, sugiere més bien Ja necesidad, para los modernos, de prestar atencidn a Jas dos direccio- nés que constituyen el mito de don Juan: ef sentido y la seduccién, el emensaje» y el virtuosismo. Si se despoja a esta historia de los efectos estilisticos para no dejarle més que la expresién del sentido global, el punto de vista del narrador es el punto de vista del moralista, es decir de la victima: en este caso, de la mujer seducida. Esto se pone de manifiesto si se decide, por una elec- cién equivocada y en realidad dificil de mantener rigurosamente (hasta tal punto para los ciudadanos del siglo xx don Juan esta intrinsecamen- te constituido por la musica de Mozart), leer el libreto de Da Ponte ol- vidando ta rodsica de Mozart. La fatuidad del seductor aparece entonces sin ningtin género de dudas: don Juan no es mas que un libidinoso enar- decido, pretencioso, que abusa de la debilidad de las mujeres y del pue- blo, mas excitado cuando otro hombre se codea con la amante deseada (Mazetto con Zerlina, o Leporello en torno a dofa Elvira en la famosa escena del disfraz), deseoso de conquistar porque es incapaz de retener. Pero basta con hacer que sobre esta historia edificante, surgida de una moralidad medieval en descomposicién, resuene la musica gozosa y ma- jestuosa de Mozart para que el punto de vista cambie y que en lugar de Ja reivindicacién, desabrida de la victima resuene el puro goce de un con- quistador, por supuesto, pero de un conquistador que se sabe sin objeto, que no lo quiere, que no ama el triunfo ni la gloria en si, sino el paso de ambos: el eterno retorno, al infinito. No simplemente ef infinito numérico, con el que disfruta su criado contable Leporello («Jn /talia seicento e quaranta, | in Germania, duo- cento e trentuna, / Cento in Francia, in Turchia novantuna / Ma in Is- pagna son gia mille ¢ tre»): por malicioso que sea el placer de esta cuen- ta, no capitaliza en suma més que el sadismo de reducir a ndmeros a las poseidas por una pasién que, para el Amo, no es una cuenta sino un jue- go. El infinito que revela la musica de Mozart es precisamente el de un juego, el de un arte, desapasionado. En las antipodas del romanticismo, Don Juan 0 amar poder 173 el don Juan de Mozart disfruta elaborando una combinatoria. Estas cs- posas son marcas (retengamos este término) de su construccién: aunque las desea no Ja inviste como objetos auténomos, sino como jalones de su propia construccién. ¢Quiere esto decir que, como Narciso, no hace més que amarse indefinidamente a través de los fantasmas deseables en Jos que cree ver mujeres? No exactamente. El don Juan musical se ha alejado del universo cténico del narcisismo mérbido, pero sin investir un objeto. A partir de una panoplia de amantes y esposas, multiplica su universo, hace de él un politopo. Don Juan es musical precisamente por- que no tiene Yo. Don Juan no tiene interioridad; tal como nos lo pre- sentan sus andanzas, sus fugas, sus estancias tan mitiples como insoste- nibles, es una multiplicidad, una polifonia. Don Juan es la armonizacion de lo miltiple. Pero no hay que llegar demasiado deprisa a la conclusién de que se trata simplemente de un Narciso paranoico. La proposicién no seria cierta mas a condicién de volverla del revés: don Juan trinnfa alli donde el paranoico fracasa, Consigue conquistar a las mujeres, desa- fiar a Dios, construirse una existencia como se construye uno una épera bufa, por ejemplo. Don Juan puede. El donjuanismo es un arte, como lo fue en una determinada época la aristocracia o el dandismo ?. MOLIERE: ES EL IDEAL REALMENTE COMICO? Esta diferencia entre el don Juan-visto por la victima y el don Juan que estalla en la propia alegria del seductor que se puede observar en el jue- go entre el texto y la misica de la Spera de Mozart es sin duda menos clara en el texto del Don Juan de Moliére. El medio del arte es aqui el lenguaje, y él sélo asume la expresién, el sentido y la hazafia de la se- duccién. Hay que destacar la frase ritmada, poética, toda ella en verso blanco y tejida de alejandrinos, de esta primera comedia en prosa escrita por Moliére. Hay que recordar la riqueza de las enunciaciones: irénica, aristocratica, popular, trégica, que anuncia no sélo el talento del autor, sino también la plasticidad del héroe, hecho de miltiples registros, de di- versas capacidades, artista, comediante si se quiere, «hombre orquesta» avant la lettre. Moliére, seducido a su vez, 0 asi parece, por el «gran se- fior y hombre malo», glo condena o Io absuelve? ¢Por qué Don Juan es la iinica obra que el célebre actor no publicd en vida? ¢Por miedo a los devotos? ¢O por haberles hecho concesiones? Pues, cémo no encontrar simpatico, en el propio significado {por no hablar del significante), a este ? Cf, Domna C, Stanton, The aristocrat as art, Columbia University Press, 1980, La au- tora sostiene que una cierta concepcién de la experiencia interior, propia desde el hombre honrado del siglo xvi al dandy, es, de hecho, un equivalente del arte.

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