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San Benito nació en 1526 en San Fratello o San Filadelfo, Sicilia, de padres

cristianos, Cristóbal Manassari y Diana Larcari, descendientes de esclavos de origen


africano. De adolescente Benito cuidaba el rebaño del patrón y desde entonces, por sus
virtudes, fue llamado el «santo moro». Cuando tenía más de 20 años entró en contacto
con la comunidad de la Orden de Frailes Menores, conocidos como franciscanos, por su
fundador, Francisco de Asís. Decidió ingresar a la orden, en el convento de Santa María de
Jesús en Palermo, pero como era analfabeta se le asignaron tareas en la cocina de la
comunidad. El carisma franciscano absorbió los impulsos del joven y se entregó a imitar el
ejemplo de caridad de Francisco de Asís. Se le tenía en tal aprecio que en 1578, siendo
religioso no sacerdote, fue nombrado superior del convento. Por tres años guió a su
comunidad con sabiduría, prudencia y gran caridad. Se cuenta que logró imponer una
estricta disciplina de pobreza y austeridad entre los frailes. Con ocasión del Capítulo
provincial se trasladó a Agrigento, donde, por la fama de su santidad, que se había
difundido rápidamente, fue acogido con calurosas manifestaciones del pueblo.

Al emular al fundador de la orden, Benito se ganó la admiración de sus


contemporáneos y de las generaciones posteriores, que le elevaron a los altares.
Nombrado maestro de novicios, atendió a este delicado oficio de la formación de los
jóvenes con tanta santidad, que se creyó que tenía el don de escrutar los corazones.

Finalmente volvió a su primitivo oficio de cocinero. Un gran número de devotos iba


a él a consultarlo, entre los cuales también sacerdotes y teólogos, y finalmente el Virrey
de Sicilia. Para todos tenía una palabra sabia, iluminadora, que animaba siempre al bien.

Humilde y devoto, redoblaba las penitencias, ayunando y flagelándose hasta


derramar sangre. Realizó numerosas curaciones. Cuando salía del convento la gente lo
rodeaba para besarle la mano, tocarle el hábito, encomendarse a sus oraciones.

En 1589 enfermó gravemente, luego recibió los últimos sacramentos, y el 4 de abril


de 1589 expiró en Palermo a la edad de 63 años, pronunciando las palabras de Jesús
moribundo: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu». Su culto se difundió
ampliamente y vino a ser el protector de los pueblos negros. Fue canonizado por Pío VII el
24 de mayo de 1807.

Su cuerpo, que aún se conserva incorrupto en el convento de Santa María de Jesús


junto a Palermo, empezó en el acto a ser objeto de la pública veneración de los
palermitanos. Los innumerables milagros obrados por su intercesión obligaron a la
Santidad de Benedictino XIV a beatificarlo; y después de nuevos prodigios, Pío VII le colocó
en el catálogo de los Santos.
La devoción de San Benito de Palermo está muy difundida en América Latina, sobre
todo donde hubo comunidades esclavas numerosas, como Venezuela y Nicaragua, e
inclusive al sur, como en Uruguay, Brasil y Argentina.

En Venezuela, los primeros indicios apuntan a que el culto fue introducido por los
sacerdotes franciscanos en los años 1600, en las plantaciones y haciendas del Sur del Lago
de Maracaibo, como forma para evangelizar a los esclavos africanos que trabajaban en las
mismas (Martínez, 1999). Todo indica que el origen del culto a San Benito en Venezuela se
ubica en los alrededores de la población de Bobures, y desde allí se propagó por toda la
Cuenca del Lago de Maracaibo y los Andes, y de manera particular en los pueblos de la
Costa Oriental del Lago.

Se sabe que durante el período hispánico, en el sur del Lago de Maracaibo hubo
fuerte devoción hacia él y que sus devotos eran personas de origen africano. Según el
historiador Juan de Dios Martínez, un gran porcentaje de las poblaciones de Bobures y
Gibraltar tenía antepasados africanos y eran mulatos, esto sería un fuerte estímulo para
venerar a un santo que, como los habitantes de la población, compartía con ellos la
discriminación de un origen esclavo.

Los chimbángueles son originarios de África, y es un culto que se remonta al


periodo colonizador, cuando los esclavos traídos del continente negro y en vista de la
imposición de los santos de los blancos, fusionaron su devoción a las divinidades africanas
con las de San Benito de Palermo.

Según versión de algunos moradores del Municipio Bolívar, Estado Trujillo, la


imagen de San Benito, el santo patrono de la localidad, apareció en las riberas del Río
Cheregüe, aldea perteneciente a dicho municipio, comenzando la tradición del Santo
Negro en el año 1889. Hoy día, dicha imagen, posa en la iglesia de Sabana Grande.
En el municipio Bolívar, los días domingos a partir del mes de octubre de cada año,
comienza a celebrarse los tradicionales bailes y romerías en honor a San Benito de
Palermo en donde se reúnen diferentes grupos folklóricos con sus tambores para celebrar
las festividades; siendo el 25 y 26 de diciembre los principales días donde se congrega
gran cantidad de personas del municipio y de pueblos circunvecinos para rendirle culto al
patrono de dicho pueblo.

Fuentes:
Ferrini-Ramírez, Santos Franciscanos para cada día, Asís, Editorial Porziuncola, 2000, pp. 104-105
J. Martínez. En Revista. PDVSA Al Día. Año 2, número 42, diciembre 1999. Publicación Periódica.
Luis M. Fernández E. Año Seráfico, Barcelona-Madrid 1932, T. I, pp. 294-298
Diccionario de Historia del Zulia de Luis Guillermo Hernández y Jesús Ángel Parra
http://www.saber.ula.ve/cgi-
win/be_alex.exe?Documento=T016300002853/5&term_termino_2=e:/alexandr/db/ssaber/Edocs/pubelectr
onicas/boletinantropologico/num63/articulo5.pdf&term_termino_3=&Nombrebd=saber.

Recopilado por:
Nárviz Pérez
Narviza.95@gmail.com
Octubre 2008