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La lectura y los relatos de historias en familia favorecen el hábito lector en los niños y su amor por los libros.

(Lara, A., Rico, L.)

INTRODUCCIÓN

El lenguaje, la imaginación, el juego y el libro deberían ser inseparables en la infancia, ya que son elementos fundamentales para el conocimiento intelectual y el equilibrio psicológico de los niños. Los cuatro elementos se vinculan estrechamente con el pensamiento. Alimentar cualquiera de ellos supone un enriquecimiento intelectual. Para aprender a entenderse a sí mismo y para integrarse en el mundo real, relacionándose con sus iguales, el niño necesita imaginar tanto lo que existe y él conoce objetos y seres vivos- como lo que desconoce y teme, o aquello que desconoce y le puede gustar. El libro puede convertirse en una estupenda ventana desde la que observar todo esto, ya que la lectura además de hacer volar la imaginación da lugar a tiempo de reflexión, consciente o inconsciente, mientras se lee o después de hacerlo. El problema, es que hoy en día el niño recibe una hiperestimulación sensorial, o mejor dicho visual, que no favorece ni el desarrollo de la imaginación ni la reflexión. El niño se rodea de videojuegos, programas de televisión y juguetes que no dan pie a imaginar ya que, o bien son ya personajes de populares series de televisión, con roles predefinidos, o bien se trata de juguetes que ya hablan o se mueven por sí mismos. Estos tres elementos absorben la mente del niño, la mantienen “ocupada”, pero no permiten, o al menos no suelen ir acompañados, de intercambio, interacción social ni comunicación. Para los padres y educadores resulta difícil saber qué pasa por las mentes de sus hijos y cómo están procesando la información con la que son bombardeados. Otro efecto perverso es que al niño “no le queda tiempo para leer”, y tampoco le motiva, pues leer supone un esfuerzo que no está acostumbrado a realizar. En este proceso de investigación se ha tratado de conseguir que el niño aprendiera a sentir pasión por la lectura y fuera construyendo un hábito lector. Para ello, se pensó que el mejor entorno que podría favorecer estas adquisiciones sería la familia, ya que es el entorno afectivo por excelencia, y se sabe que la afectividad es el motor de la inteligencia y de la voluntad. Además, es el entorno en que el niño normalmente pasa más tiempo en sus primeros años de vida, antes de que aprenda a leer, que precisamente son cruciales para transmitir al niño el amor por la lectura. La escuela también tiene un papel decisivo, pero se analizará en otro estudio.

Para el estudio se escogieron familias en que los padres se mostraban dispuestos a actuar de “modelos lectores” y a narrar y leer relatos a sus hijos de diversas formas y en diversos momentos. Además se trató de que fueran entornos familiares en que primaran el amor y la afectividad y en que el principal objetivo de los padres fuese lograr la felicidad de sus hijos.

MATERIALES y MÉTODOS

Los libros que se contaron o se ofrecieron al niño para que leyera:

1. reunían tres condiciones:

Ofrecer calidad: textos bien estructurados, correctamente escritos, con ritmo ágil y lenguaje correcto y claro.
Ofrecer calidad: textos bien estructurados, correctamente escritos, con ritmo ágil y lenguaje correcto y claro.
Ofrecer calidad: textos bien estructurados, correctamente escritos, con ritmo ágil y lenguaje correcto y claro.

Ofrecer calidad: textos bien estructurados, correctamente escritos, con ritmo ágil y lenguaje correcto y claro. Entre sus contenidos se podía encontrar imaginación y humor. Podían contar cosas que han pasado, o pasan, o pueden pasar, o no han pasado, no pasan y no pueden pasar. Debían ser entretenidos; si a un niño le aburren varios libros puede dejar de leer

pasado, no pasan y no pueden pasar. Debían ser entretenidos; si a un niño le aburren
pasado, no pasan y no pueden pasar. Debían ser entretenidos; si a un niño le aburren

2. No eran excesivamente largos, ni de gran formato, ni pesados.

3. Eran fáciles de leer en todos los sentidos.

4. Se incluían en las selecciones cuentos de hadas y todo aquello que nos ofrece la tradición oral. Estos relatos son insustituibles. Se han guardado y conservado para nosotros durante generaciones, por lo que no debemos despreciarlos ni olvidarlos.

5. El inicio del libro debía ser apasionante y el final, redondo.

6. Para los más pequeños lo más adecuados son los cuentos y relatos breves. Más adelante, lo ideal son las novelas breves, porque son fáciles de leer y experimentar el “¿qué pasará?” de los relatos largos crea tensión y anima a seguir leyendo. Por último, para los adolescentes, conviene ofrecer libros que además de los requisitos anteriores, les ofrezcan respuestas a sus numerosas dudas existenciales.

Otros materiales necesarios para contar cuentos:

- Juguetes

- Títeres

- Familiares y amigos

La biblioteca infantil debían ir haciéndola los propios niños. Una biblioteca debe estar formada por libros que su propio dueño escoja y lea. Si no, sería inútil. No se compraban muchos libros hasta que no se comprobaba que se iban leyendo. Cuando los niños se convertían en buenos lectores se ponía a su disposición todos los que deseaban, y se podían comprar o conseguir.

Protocolo para establecer comunicación entre familiares o amigos y los niños a través de los cuentos:

1. En primer lugar, familiares o amigos relatan historias de diferentes características

a los niños:

- Cuentos:

o

Inventados

o

Aprendidos

o

Leídos en voz alta

- Hechos o sucesos de:

o

nuestro pasado

o

de la familia

o

de la ciudad o del barrio

o

de la propia historia

o

ese mismo día, o el anterior, o el mes pasado

o

del pasado de los propios niños, cuando eran más pequeños (les encanta)

2. En segundo lugar, hay que dejar que sean los niños los que cuenten:

- lo que pasa por sus cabezas

- lo que les preocupa

- lo que les sucede en el colegio y en la calle

¿Cómo usar los juegos para contar cuentos?

1. Partimos de los juguetes que tenga el niño para inventar cuentos.

2. Utilizamos los juguetes del niño para “dramatizar” cuentos o historias inventadas

o no.

3. Invitamos a los niños a que cuenten cuentos a sus muñecos o juguetes.

¿Cómo usar las marionetas para contar cuentos? Con las marionetas se dramatizan:

- cuentos tradicionales o modernos

- cuentos inventados de modo que sirvan de excusa para conversar, echar regañinas, elogiar, dilucidar diferencias, hacer las paces, etc., sin suscitar recelo en los niños.

¿Cómo interrumpir rabietas infantiles mediante el cuento?

1. Se sorprende al niño, por ejemplo, diciendo que hemos oído un ruido extraño, o hemos visto una luz, o cualquier otro elemento extraño e inhabitual. Por supuesto, esto se debe decir empleando un tono de voz más alto que los gritos o llantos del niño. Por ejemplo:

¡¿Qué ha sido ese ruido?!

2. Inmediatamente el niño se callará

3. nosotros debemos continuar hablando, explicando con todo detalle las características del ruido e inventando alguna historia a partir de ese elemento.

¿Cómo usar los cuentos para que el niño coma? Hay que narrar el cuento con voz grave y alta, y gesticulaciones abriendo mucho la

boca. Esto refuerza y estimula las ganas de comer, porque indican vitalidad. Elegir cuentos en que aparezcan alimentos o personajes comiendo. En muchos

cuentos tradicionales aparece algún alimento (gachas, manzana, habas, manjares, en general),

o se habla de algún banquete. Ejemplo: Cuento de El Zorro hambrón.

¿Cómo usar los cuentos para que el niño duerma?

Hay que narrar el cuento bajando el tono de voz, hablando con voz persuasiva, suave y dulce y haciendo pausas no demasiado largas, sin prisas. La habitación debe estar en penumbra. Los contenidos no deben producir temor o plantear problemas. Al contrario, la casa, la familia, la vida del niño, están en orden. Ejemplo: Cuentos en 5 minutos para antes de dormir, de Sagrario Luna.

¿Cómo usar los cuentos para enseñar al niño a controlar sus emociones?

Se deben contar historias que permitan hacer al niño consciente de su propia emoción

y verla como algo natural y superable. Por ejemplo:

- Ante la tristeza, el relato debe ser estimulante

- Ante la rabieta, debe ser tranquilizador.

Organización de las “lecturas familiares”

Periódicamente, las familias se reunían para leer. La lectura tenía lugar en una habitación o un rincón de la casa destinado a esta actividad. Se dejaba participar a quien lo deseaba. El que quería hacer otra cosa (jugar, ver la tele,…), lo hacía en otro lugar, sin molestar a los lectores.

RESULTADOS

Para este experimento hubo, en primer lugar, que ejercitar la imaginación de los padres y cuidadores, para que se sintieran capaces de inventar cuentos con facilidad. (En el apartado “Métodos” podemos ver diversas formas de inventar relatos a partir de juguetes y títeres; revisar también el protocolo para establecer comunicación entre familiares o amigos y niños).

Se comprobó que los cuentos inventados por los padres son los que prefieren los hijos. Una vez aprendidas las técnicas para contar cuentos por los educadores, se empezó contando cuentos a los niños desde su nacimiento. A los bebés hay que contarles de todo, decirles palabras que rimen, juegos de palabras y canciones y, puesto que la imagen de sí mismos se la damos nosotros, hablarles de cosas que les permitan afianzar su autoestima. También se les deben enseñar las ilustraciones y los libros para que los miren, los huelan y los toquen.

Desde que los niños son muy pequeños, se invitó a los padres a que leyeran (el periódico, revistas, sus propios libros) de forma habitual delante de ellos, para que se convirtieran en sus “modelos de lector”. La razón es que es importante ver leer para aficionarse a la lectura. No solo porque las aficiones se transmiten, sino porque cuando un niño ve leer a sus padres, tal vez piense que, cuando él aprenda a hacerlo, también leerá mucho y será tan mayor y sabrá tantas cosas como ellos. También desde pequeños los padres leyeron y contaron cuentos o historias a sus hijos, de forma habitual. Es decir, todos los días y en diversas ocasiones durante el día, desde que el niño nacía hasta que dominaba la lectura sin ayuda. Momentos especiales en que no se dejaba de leer o contar un cuento fueron:

- Durante las comidas.

- Antes de dormir: este es un momento clave para motivar buenos sueños y elevar la autoestima.

- Ante un disgusto, enfado, rabieta, sensación de tristeza, etc. Los cuentos ayudan a educar las emociones. Los niños a veces están tristes sin saber por qué. O su tristeza se debe a motivos que a los adultos nos parecen nimios, pero que para ellos son perturbadores. Los cuentos ayudan a canalizar las emociones.

- Siempre que el niño lo pedía.

- En los viajes.

- Cuando surgían problemas, ya que los cuentos pueden enseñar a resolverlos. Naturalmente, los cuentos fueron diferentes en cada una de estas circunstancias. Ver apartado “Métodos” para saber qué y cómo contar cuentos en algunas de estas ocasiones “especiales”. Los cuentos se contaban con amor, sencillez y naturalidad, con buen humor y con

alegría.

Se contaban cuentos después de lecturas en voz alta, para crear nexos de unión entre el relato oral y la lectura. No importaba repetir los cuentos. Muchos niños quieren oír una y otra vez su cuento preferido. La repetición aporta seguridad a los niños, al encontrarse con lo que ya conocen. Las ilustraciones de los cuentos servían para ser explicadas. Abrir el libro por cualquier ilustración e ir diciendo lo que representa es una forma novedosa y eficaz de transformar un cuento que ya se sabe, en otro prácticamente nuevo. Además, resultó que a los niños les encantaba. Está demostrado que los juguetes son un buen elemento de comunicación para los niños, que a través del juego elaboran el mundo real y construyen el suyo propio. Por eso se decidió sugerir a los niños que contaran ellos mismos cuentos a sus muñecos o juguetes. Esto resultó ser una magnífica salida de escape, que además, les facilitó la relación familiar y social, y les ayudó a perder la timidez y a expresarse con soltura. Mediante los títeres se pueden narrar cuentos como en un juego. Se utilizaron las marionetas para enviar mensajes educativos que los adultos difícilmente podemos hacerles llegar sin suscitar en los pequeños algún tipo de recelo. Los títeres pueden conversar, echar regañinas, elogiar, dilucidar diferencias, hacer las paces y narrar toda clase de cuentos. Una vez que los niños aprendían a leer, no se les dejaba solos ante un libro hasta que no alcanzaban un aprendizaje lector funcional, es decir, hasta que no eran capaces de comprender lo que leían. Se establecieron lecturas familiares en voz alta con cierta periodicidad y frecuencia, establecida de antemano. Los libros se escogían democráticamente. En estas lecturas se participaba desde que se aprendía a leer. No se obligaba a nadie a leer si en ese momento no le apetecía. Al terminar de leer, se hablaba durante un rato. Padres e hijos intercambiaban opiniones y preguntas sobre la lectura. Dado que la pregunta es un buen estímulo intelectual, los padres preguntaban muchas cosas, especialmente si el libro les había gustado y por qué.

También qué pensaban de la historia, de los personajes. No se trataba de hacer un interrogatorio, ni simular un comentario de texto. Las preguntas se hacían con delicadeza, mostrando mucho interés por sus respuestas. En caso de que no se consiguiera aficionar a algún niño a la lectura desde muy pequeño, se esperaba a la etapa de la adolescencia para hacer un segundo intento. Es en la adolescencia cuando se plantean los grandes temas de la vida y los problemas existenciales incitan a la soledad y a la búsqueda. Por esta razón, se pensó que sería bueno mostrar a los adolescentes que el libro podía servirles de guía. Para ello, había que ofrecerles libros en que pudieran encontrar respuestas a sus preguntas y que dejaran a los jóvenes lectores prendidos de sus historias, deseando que se prolongara el tiempo de lectura indefinidamente.

CONCLUSIONES

Los cuentos narrados o leídos, sirven como ayuda para construir el propio mundo y encontrarse uno a sí mismo gracias a la identificación con personajes de ficción. No hay un momento determinado para empezar a contar cuentos a los hijos; pero es preferible hacerlo cuanto antes y que se convierta en algo natural, porque aporta numerosos beneficios a los niños y contribuye a nuestra paz y tranquilidad como educadores. Los educadores debemos aprender que hay que escoger un cuento para cada oyente y para cada momento. Hay que tener en cuenta la edad, el carácter, el estado de ánimo, la circunstancia, etc. Hay que hablar, narrar y leer a los niños antes, durante y después del aprendizaje

lector.

Hay un primer libro que el niño lee solo y que es definitivo para que sea un buen lector. Se debe escoger cuidadosamente y procurar que sea apasionante, ameno e interesante y que excite la curiosidad. Tanto el cuento narrado como el libro son medios y formas de comunicación e importantes nexos de unión incluso entre desconocidos y, especialmente, entre amigos y familiares. Es bueno contarles cuentos a los niños, pero también que ellos nos los cuenten a nosotros. También es bueno que los hermanos mayores cuenten cuentos a los pequeños. Esto es positivo psicológica y afectivamente y supone un gesto de solidaridad y contribuye a poner en marcha mecanismos creativos. Hay que hablar a los hijos a todas las edades. Y contarles miles de cuentos cuando son pequeños, y leerles en voz alta, y asegurarse de que van entendiendo los significados, sin examinarlos, y explicarles todo aquello que no han entendido bien, sin darles clases. Hablar con los hijos no siempre es fácil. Los libros son un magnífico tema de conversación: lo que se

ha leído, lo que se va a leer, de qué trata el libro que estamos leyendo, si nos ha gustado y por qué. Ahora bien, no se debe pedir un comentario de texto; leer no debe convertirse en una obligación, ni parecerse a los deberes del colegio convirtiéndose en algo impuesto por los padres.

No se puede dejar pasar el momento de la adolescencia para que los hijos se aficionen a leer, porque está comprobado que dejarlo para después puede ser demasiado tarde. Los padres no deben tener miedo de la imaginación de sus hijos. Al contrario, darles alas y compartir con ellos las imágenes que desvela la lectura es la mejor manera de conocerlos e inocularlos contra los riesgos de la vida. La lectura no puede ser nunca una obligación, sino una actividad libre, voluntaria y placentera. Los adultos debemos ser lo suficientemente generosos para permitir a nuestros hijos o alumnos leer lo que les gusta más, dentro de lo que puedan escoger, y también aceptar que dejen un libro a medio leer cuando no les interese, que lo hojeen y lo rechacen, que lean el final, que se lo cuenten a quien les parezca oportuno, y que lo critiquen negativamente, aun en el caso de que nosotros opinemos lo contrario.

BIBLIOGRAFÍA

Rico, L. (2004). Cómo hacer que tus hijos lean : análisis y recetas. Madrid: Alfaguara.