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The Guardian Weekly/11-17 de noviembre de 2011

El rostro público de una dictadura.

Guinea Ecuatorial invitó a parlamentarios británicos a una visita, en un esfuerzo por cambiar la percepción mundial del régimen de Teodoro Obiang. Entre ellos estaba Ian Birrell.

Es difícil no quedar impresionado cuando uno llega a la recientemente enriquecida nación de Guinea Ecuatorial, en particular cuando llegas como invitado del Presidente. Al salir del aeropuerto

de Malabo se aprecia lo que casi parece una escultura modernista de aviones abandonados, uno de los cuales tiene el morro apuntado al cielo. Puedes llegar a imaginar que es un extraño tipo de monumento al infame intento de golpe de Estado de Wonga, en el que los mercenarios bajo mando británico no lograron derribar a nuestro anfitrión en un intento de echar mano a su riqueza petrolera.

A continuación hay un trayecto por una nueva autovía de tres carriles. No hay tráfico, no nos

cruzamos más que con cinco automóviles que venían en dirección opuesta. A cada lado hay edificios

dispersos entre el frondoso follaje. Hay oficinas de empresas petrolíferas y constructoras y bloques de pisos nuevos: todos vacíos.

A su debido tiempo pasas frente al centro de conferencias que se construyó para alojar una

reciente cumbre de la Unión Africana. Junto al mismo hay un complejo de 52 mansiones idénticas, una para cada líder africano asistente. Por supuesto, dispone de helipuerto propio. Todas las casas están vacías. “Una infraestructura fantástica,” - se entusiasma uno de mis compañeros, mientras pasamos – “nada que ver con el resto de África, ¿no?”. Es Adrian Yalland, un exuberante antiguo portavoz de la

Countryside Alliance (Alianza Rural) británica, que ahora actúa en nombre de esta dictadura africana. Es su primera visita al país.

A continuación, pasamos por una playa artificial y un hospital ultramoderno antes de llegar a

un impresionante hotel con 200 habitaciones, el primer spa del país y un recorrido a medida por la selva en una isla. Se está talando la verde selva para hacer un campo de golf de 18 hoyos. Sin embargo, apenas hay huéspedes alojados. Bienvenidos a Sipopo. Este complejo orwelliano, incrustado en la capital, Malabo, es el rostro que Guinea Ecuatorial quiere presentar al mundo. Teodoro Obiang, el dirigente africano que en la actualidad lleva más tiempo en el poder y que está acusado de presidir uno de los Gobiernos más corruptos y represivos del mundo, gastó más de 800 millones de dólares en construirlo, como parte de su plan para cambiar la fachada de su régimen. Es calderilla para un hombre al que se acusa de embolsarse casó 65 millones de dólares al día en ingresos por petróleo: su diminuto país es el tercer mayor productor de crudo del África subsahariana. Sipopo costó cuatro veces el presupuesto anual de educación en el que es quizás el país con mayor desigualdad del mundo, una sociedad en que la riqueza per cápita supera a la de Gran Bretaña, pero tres cuartos de sus 675.000 ciudadanos viven con menos de un dólar al día. La tasa de mortalidad infantil está entre las peores del mundo, pero ese nuevo hospital, nos dijo un médico, está sin pacientes la mayor parte del tiempo. La gente normal está excluida de la zona. Yo viajaba con la primera delegación parlamentaria británica a Guinea Ecuatorial, por lo que estábamos aislados de la realidad, trasladados de acá para allá en comitivas automovilísticas escoltadas por coches de policía. Era muy divertido, aunque bastante menos para los conductores locales obligados a salirse de la calzada, a juzgar por sus airadas miradas. Sin embargo, era improbable que se quejaran: un farmacéutico al que había detenido la policía por una infracción de tráfico leve nos dijo que le habían golpeado “como si fuera un animal”. La invitación para incorporarme al viaje vino de Greg Wales, un empresario británico con viejos intereses en los rincones más turbios de África, entre ellos su asociación con el también

británico Simon Mann en el complot para derrocar a Obiang. En un giro surrealista, ahora hace propaganda del régimen que intentó liquidar hace siete años. Me invitó como representante del mundo de la cultura, a la vista de mi interés en la música africana; me pareció una infrecuente oportunidad de echar un vistazo a un régimen conocidamente despótico. La delegación incluía a tres parlamentarios conservadores de a pie, ninguno de los cuales parecía haber investigado gran cosa sobre Guinea Ecuatorial antes de sumergirse en sus butacas en clase business del vuelo de ida, junto con dos representantes culturales. El objetivo estaba claro. Convencernos de que se trataba de un buen sitio para los negocios, las artes y, posiblemente, incluso el turismo. La lluvia golpeaba cuando nos encaminábamos a nuestra primera reunión. La presidió Ángel Serafín Seriche Dougan, un elegante individuo que es presidente del parlamento. Previamente fue primer ministro, hasta que tuvo que dejar el cargo entre acusaciones de corrupción: todo un éxito en Guinea Ecuatorial. Nos sentamos en fila a su derecha mientras importantes políticos del país ocupaban sofás a su izquierda, de tres en fondo. La exhibición de relojes de pulsera era apabullante. “Estamos aquí para examinar a Guinea Ecuatorial y volver con nuestra impresiones”, dijo la jefa de la delegación, la parlamentaria Nadine Dorries, antigua enfermera, conocida en el Reino Unido por sus campañas antiaborto. Siguió un cortés debate sobre la “dinámica democracia” de Guinea Ecuatorial. Dougan dijo que celebraban elecciones libres “con toda la transparencia posible”, discutió las libertades de que disfrutaban los partidos de la oposición y explicó que estaban reformando la Constitución siguiendo el modelo británico. “Tendremos dos cámaras, para escuchar mejor al pueblo. Estamos aprendiendo de ustedes: podrán decir que no vamos suficientemente rápido, pero somos buenos discípulos.” Añadió que los dos grupos parlamentarios compartían los mismos intereses. “Tenemos petróleo desde 1996 y estamos intentando que el país se desarrolle. Procuramos utilizar los recursos con toda la transparencia posible para el desarrollo del país y su bienestar.” Elogiables objetivos, de ser ciertos. Freedom House, el respetado centro de estudios políticos estadounidense, coloca a Guinea Ecuatorial, junto a Birmania, Corea del Norte y Somalia, en la lista de los peores regímenes del mundo. Los representantes británicos, mientras continuaba el ilusorio discurso, plantearon las siguientes tres cuestiones: ¿podía la oposición plantear asuntos para su debate en el parlamento? ¿Podían solicitar debates? Y la mejor de todas, si la reforma democrática estaba impulsada por los políticos o por el pueblo. Ésta la hizo Caroline Nokes, parlamentaria y antigua directora de la Asociación Nacional del Pony. Yalland, con su traje color crema, aportó su contribución: “Una de las equivocaciones respecto a Guinea Ecuatorial es que carece de una democracia que funcione, pero es obvio que no es así, que hay partidos políticos que funcionan, con financiación presupuestaria. Hay también grandes errores sobre libertades públicas y derechos humanos.” Dougan dijo que sabía la enorme tarea que suponía para sus huéspedes cambiar el punto de vista de la gente en Europa y hacerles notar que no todo era negativo en Guinea Ecuatorial. “Partirán como nuestros primeros embajadores”, concluyó con una sonrisa. Nada extraño. Las cámaras habían estado filmando y fotografiando constantemente. La información oficial estaba celebrando la llegada de un grupo de 10 parlamentarios británicos de todos los partidos. A pesar de la ingenuidad de sus preguntas, los parlamentarios empezaron a percibir que no todo era lo que parecía. Dorries dijo, confidencialmente, que una de las mujeres, una política, llevaba un bolso de Hermès, que cuesta alrededor de 24.000 dólares. “¿Qué clase de parlamentaria tiene un bolso así? Son esos detalles los que te hacen sospechar.” La respuesta es obvia, a la vista de los antecedentes sentados por el Presidente. Teodoro Obiang Nguema Mbasogo arrebató el poder en 1979 a su tío, un hombre que se declaraba brujo, coleccionaba cráneos humanos y era un tirano de tal categoría que un tercio de la población escapó de su criminal poder. A partir de entonces, Obiang ha creado un brutal Estado de partido único que gira alrededor de su familia. Se le alaba en la radio como a un dios “en permanente contacto con el Todopoderoso” que puede “decidir matar sin que nadie le exija responsabilidades y sin ir al infierno”;

ello no le ha impedido, sin embargo, declararse católico y ser invitado al Vaticano por los sucesivos Papas.

Pocos extranjeros se preocupaban por lo que sucedía en este apartado rincón, de lengua española, hasta que se descubrió petróleo. En ese momento se presentaron los gigantes occidentales de la energía y la familia presidencial se incorporó a la lista mundial de los acaudalados. Obiang, culpando a los extranjeros de la introducción de la corrupción en el país, comunicó al pueblo que se veía obligado a controlar el tesoro público para evitar que otros sucumbieran a la tentación. La fantástica escala de sus consiguientes hurtos quedó a la vista cuando las investigaciones estadounidenses en un banco que quebró descubrieron que, sólo en ese banco, Obiang tenía depósitos por valor de 700 millones de dólares. El elemento más famoso del clan es Teodorín, el hijo preferido y supuesto heredero. Su sueldo oficial como ministro de Agricultura y Asuntos Forestales es de alrededor de 8.000 dólares al mes, pero en sólo tres años ha gastado en bienes de lujo el doble del presupuesto estatal anual de educación. A principios de este año se le sorprendió intentando comprar un superyate de 375 millones de dólares y en septiembre se hizo público que había perdido en Suazilandia un maletín que contenía 400.000 dólares. Un funcionario de inteligencia estadounidense comentó que era “un idiota inestable e insensato”. El régimen está gastando enormes sumas en relaciones públicas, aunque ello no ha impedido investigaciones criminales en EE.UU. y Francia. El primer intento de Obiang de limpiar su imagen tuvo lugar hace tres años, cuando patrocinó un premio científico de la ONU con 3,32 millones de dólares: los grupos de derechos humanos levantaron tal revuelo que el premio nunca se concedió. Ahora es el presidente de la Unión Africana y está adoptando lo que un colaborador llama “enfoques más sutiles”. De ahí nuestro viaje, con su punto culminante en una prometida entrevista con Obiang. Así que, bajo un sol que por fin brillaba, se nos transportó en el avión presidencial a Bata, la segunda ciudad del país. Mientras esperábamos en el hotel, antes de que se nos dijera que debíamos ver previamente al primer ministro, Ignacio Milam Tang, contemplamos a un ministro trasegando champán en el bar. Dorries abrió la conversación con su ya familiar discurso acerca del honor que suponía para la delegación encontrarse allí. “Hemos venido para disipar algunos mitos sobre Guinea Ecuatorial y también para ofrecerles nuestra humilde colaboración para que eviten los errores que nosotros hemos cometido”. Ello dio inicio a una estrambótica sesión de preguntas y respuestas. Dorries preguntó si el hospital de Sipopo estaría abierto a todo el mundo, a lo que el primer ministro contestó que era tan reciente que la gente no conocía su existencia (en un país en el que uno de cada siete niños muere antes de cumplir los cinco años). Steve Baker, el concienzudo tercer miembro de la delegación, obsesionado con la libertad de mercado, preguntó por los tipos tributarios, a lo que el primer ministro contestó que no sabía las cifras exactas, “porque no estoy a cargo de las finanzas”. Después Tang dijo que no sabía cómo responder a mi pregunta respecto a las razones por las que el país tuviera tan mala reputación. Dorries conferenció con Baker y, por fin, planteó la cuestión de la represión. “Se nos sigue diciendo que no admiten la percepción que se tiene de ustedes. Pero esa respuesta no contribuye a que les ayudemos”, dijo. “Se trata especialmente de la cuestión de los derechos humanos”. Tang respondió que algunos Gobiernos intentaban imponer puntos de vista que no eran adecuados debido a las diferencias culturales, antes de añadir que eran víctimas de historias que procedían del régimen anterior. Al terminar la reunión, soltó el bombazo: el presidente estaba fuera de la ciudad, por lo que no podría recibirnos. Dorries, claramente irritada, pidió hacer otra pregunta, “ya que su Presidente no va a recibirnos”, y preguntó cuáles eran esos valores culturales que chocaban con los de sus críticos. Tang, que parecía incómodo, dijo que no lo sabía, añadiendo que sus “valores africanos” nunca podrían coincidir con nuestros “valores europeos”.

El ambiente se tornó glacial. Baker y el embajador ante Gran Bretaña se incorporaron a la discusión, diciendo este último que el tribalismo era un obstáculo para la democracia, antes de concluir: “No podemos aceptar que venga gente de Europa, sin entender África ni la forma africana de hacer las cosas, y nos diga qué tenemos que hacer”. Dorries, que en su juventud había pasado un año trabajando en Gambia, replicó que el problema eran los “diktats inaceptables” de los Gobiernos. “Todos los países africanos tienen tribus, pero no todos tienen una reputación como la de Guinea Ecuatorial”. Tang respondió que no eran el único país africano con mala reputación y concluyó la reunión agradeciendo la sinceridad de sus visitantes. Para cuando regresé al hotel tras otra reunión, el grupo estaba dando cuenta de pizzas y vino. Dorries acabó la comida diciéndole a Wales que no se les estaba ofreciendo una versión auténtica del país que el informe no sería exculpatorio; la contestación fue que habían sido groseros con sus huéspedes y que no entendían África. La discusión fue violenta. Nunca nos reunimos con Obiang. Nunca hicimos la visita que se nos había prometido a Black Beach, breve residencia temporal de Simon Mann y la prisión más famosa de África, con su reputación de sistemática ferocidad y torturas, lo que era más comprensible, a pesar de las insistentes declaraciones de que su infamia era cosa del pasado. Pero me reuní con Gerardo Angüe Mangue, que conocía la prisión estupendamente. En marzo de 2008, este dirigente del Partido del Progreso recibió una llamada instándole a volver corriendo a su casa. Al llegar, cuatro policías le esposaron y le apalearon frente a la misma, antes de depositarle en una celda diminuta de Black Beach. Se le acusó, junto a otros dirigentes del partido, de conspirar para derrocar a Obiang. Le tuvieron con grilletes durante dos meses. Los policías le sacaban de la celda, le ataban manos y pies y le colgaban de un madero que pasaban entre sus brazos. Nos mostró la postura en cuclillas a la que se veía forzado, dando alaridos de agonía, mientras encendían velas bajo su rostro para que el humo le sofocara. A veces vertían agua fría sobre él. “Mucha gente murió en este tormento”, nos dijo. “Muchas veces pensé que moriría yo también”. El único alimento era pan y agua y el retrete era un cubo en el rincón. Las palizas eran frecuentes. Después de cinco semanas le trasladaron a una celda con cinco personas más y la comida mejoró con el añadido de alas y cuellos de pollo. Estuvo incomunicado durante un año; después, previo pago a los guardias, se permitió que le visitaran su esposa, familiares y amigos. A veces, también les golpeaban. Mangue, que tenía 50 años, me dijo que entre los presos había mujeres y niños y que, antes de las visitas de la Cruz Roja limpiaban la cárcel, pero que la mayoría de los presos estaban demasiado asustados como para hablar abiertamente. Le liberaron en junio, tras una amnistía presidencial, pero le advirtieron de que volvería a Black Beach si volvía a la actividad política. En ese caso, ¿por qué estaba hablando conmigo? “Muy sencillo, - dijo- después de Black Beach ya no tienes nada que perder”. Otro disidente se ofreció a mostrarme un aspecto distinto de Guinea Ecuatorial. Sonrió cuando me vio salir de un coche con matrícula presidencial y me preguntó si estaba seguro de lo que hacía, porque los últimos periodistas extranjeros en Malabo habían sido detenidos por la policía secreta y deportados acto seguido. Vagamos por Campo Yaundé, una comunidad de 25.000 personas en el centro de la capital. Las atestadas calles tenían tanto barro que era difícil caminar sin resbalar. Un hombre se ofreció a mostrarme su barraca, hecha de tablones y con un tejado de chapa. En el interior había dos habitaciones para las cuatro personas que la ocupaban, con cubos de agua almacenados junto a la puerta y frecuentes cortes de corriente eléctrica. En muchas casas se amontonaba un aún mayor número de personas. “Bienvenido a mi hogar”, dijo con una triste sonrisa. “Puede que la mitad de la población de Malabo viva en estas condiciones. No sólo los desempleados, sino profesores, mecánicos, incluso economistas. No se parece mucho a Sipopo, ¿no?”. En la estantería había un puñado de libros, comprados en España. “Debemos ser el único país del mundo en el que no hay ni una librería”, dijo

cuando lo mencioné. A pesar de sus difíciles circunstancias, me invitó a compartir el arroz y la carne guisada de su cena. Después de marcharnos, el disidente me dio un ejemplo de cómo el régimen ofrecía ilusiones de cambio, conservando el control. “Al partido socialista, opositor, no le dejaban vender su periódico. Ahora lo pueden vender libremente por la calle” –dijo- “pero la policía secreta sigue a cualquiera que lo compre, y le interroga, maltrata y amenaza”. Mientras tanto, Obiang se concentra en sacarle brillo a su sucia imagen; a uno de los parlamentarios visitantes se le ofrecieron más de 30.000 dólares para que convenciera a sus colegas de que visitaran el país. El parlamentario se negó. Pero no puedo dejar de darle vueltas a ese tipo de asuntos después de mi imprevista inmersión en el mundo de los regalos a los parlamentarios. Los políticos británicos volvieron a casa después de un extraño viaje, para el que se habían preparado escasamente, en el que habían planteado pocas preguntas incisivas, tratado en ocasiones con condescendencia a sus anfitriones y permanecido todo el tiempo en su burbuja construida a medida. Aunque hay que reconocer que se habían aventurado en lo desconocido y, en última instancia, se habían negado a ceder y elogiar al régimen como estaba previsto. En nuestra reunión con el presidente del Parlamento, pregunté por el paradero de Plácido Micó, la única auténtica voz opositora en el Parlamento. Dougan replicó: “Le habíamos pedido que estuviera aquí, pero no aparece. Tal vez esté fuera del país”. Por supuesto, no estaba en el extranjero. Micó resopló burlonamente cuando se lo conté, antes de explicarme cómo estaba excluido de los medios de comunicación, que sus reuniones eran disueltas por matones y que despedían de sus puestos de trabajo a sus correligionarios. A él le han detenido una docena de veces y ha pasado temporadas en Black Beach. ¿Qué les habría dicho a los parlamentarios británicos? “Mi mensaje es que el pueblo de Guinea Ecuatorial está sufriendo una de las más atroces dictaduras. Nuestro pueblo necesita ayuda. Hay que atender a los intereses de la gente que sufre, no a los de las empresas petroleras y multinacionales”. “La mayoría de los extranjeros que han llegado en los últimos diez años está más interesada en el petróleo y en conseguir ventajas comerciales que en la ausencia de derechos humanos y democracia”, dijo. “Nuestro pueblo podría vivir muy bien a cuenta del petróleo y del gas. Pero todo se lo quedan Obiang y su familia”.